Compilación

Foto por Victor Hugo Valdivia (Cobertura en Iturbide) 

Erotismo para mujeres y para hombres

Con la muerte de Henry Miller se han estado recordando en el mundo los tiempos de la censura. George Orwell, que en dos años más podrá gozar en pleno de su 1984, defendió siempre a los personajes millerianos, aunque “gorrones de tragos y amigos de no trabajar”, claro ejemplo de “alegría de vivir con todo y su vocabulario soez”. En los EU los editores piratas se ingeniaron para imprimir sólo los episodios sexuales de los libros de Miller, como habían hecho antes con la edición resumida de El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence, a los pocos meses de que éste había publicado en Florencia la edición autorizada pero privada. Según la Catholic National Office for DecentLiterature, el mercado clandestino, a fines de la década de los 50, se elevaba a mil millones de dólares entre libros y revistas, lo que hacía un promedio de 25 dólares por cada familia norteamericana (anuales). Incluso el mercado “obsceno” era superior al “legítimo”, que incluía también textos escolares, libros técnicos y demás, y que sólo alcanzaba la cifra de 950 millones de dólares.

Había entre los libros de circulación permitida un gran número de ediciones dizque “eróticas” para mujeres, novelitas de amor color de rosa, en las que en todo caso lo sexual aparecía envuelto en una atmósfera de vergüenza y de culpa, miedo o frustración; según nuestra fuente (el libro de David Loth: The Erotic in Literature), eran libros que se anunciaban invariablemente con la leyenda “ahonda en las profundidades del alma”. Estos libros, exhibidos abiertamente, invadieron el mercado librero, incluso el exterior a las librerías. Los hombres necesitaban, en cambio, libros de mayor temperatura, y buscaban sobre todo aquello en que los personajes eran capaces de desplegar en todo momento una intensa actividad sexual, con clímax en cada página. “Las novelas rosas, aunque las leían muchos hombres, las compraban sobre todo las mujeres, pero pocas lectoras disfrutaban con el incansable atletismo sexual del segundo grupo de obras, escritas para los hombres y por ellos adquiridas. No debería asombrar a ningún estudioso de la cultura norteamericana que el material que gusta a las mujeres sea por lo general tolerado, en tanto se condenó siempre el material marcado ‘sólo para hombres’, considerado como pornográfico.

En todo caso, las tapas, cubiertas o portadas de los libros, cada vez en mayor número editados en rústica y exhibidos en farmacias, se volvieron “morbosos”. Comenta Loth: “Las ciudades y los pueblos reaccionan en estos casos en relación con el grado de tolerancia que brinde a los espectáculos de variedad con strip-tease y a la prostitución femenina. Esta relación no es la que se podría sospechar. Allí donde el teatro de revista y los prostíbulos no son molestados o lo son apenas es donde uno encuentra las campañas más severas contra la pornografía en los quiscos de libros y revistas. Allí donde las varietés audaces han sido proscritas y la prostitución acosada hasta la clandestinidad es donde las publicaciones prohibidas incluso por las comunidades ‘tolerantes’ se exhiben libre y aun ostentosamente”. En Detroit no se podía conseguir un libro como Ten Nort Federick, National Book Award, porque quien lo vendiera iba a dar a la cárcel, pero a la salida de los teatros había filas y filas de taxis que se peleaban a los excitados espectadores para llevarlos a los burdeles con estentóreo clamoreo. En Nueva York ningún libro se excluía de la venta, excepto los declarados obscenos por sentencia judicial, pero la prostitución y las variedades brillaban sólo en la más rigurosa clandestinidad.

¿Arte pornográfico?

La pornografía, como la belleza, está por entero en los ojos del que la contempla”. Esta máxima que circulaba a mediados del siglo relativizando el juicio, puso en duda todo criterio válido para decidir qué debía prohibirse. El mismísimo D.H. Lawrence consideró licenciosas, pornográficas y prohibibles novelas como Jane Eyre y el Ulises, porque se ofendía en ellas “el sentimiento sexual, al que se humillaba y degradaba”. Tanto Joyce como Charlotte Brönte eran culpables de buscar una excitación sexual pornográfica y no sana, natural, higiénica (!). George Meredith abogaba en favor de escritores que concibieran la literatura obscena con profundidad humana; en ese caso y en el del genuino mérito literario, las obras no podían ser consideradas inmorales. Cuando el Dr. Kinsey hizo su famosa investigación sobre la sexualidad masculina en Norteamérica se atuvo a este criterio y definió la pornografía como “literatura o imágenes cuyo objetivo deliberado y primordial o único es excitar eróticamente al lector u observador”.

Sólo Clifton Fadiman puso el dedo en la llaga: afirmó que sólo las obras de verdadero mérito artístico podían jactarse legítimamente de ser pornográficas, conforme al diccionario: “La pornografía es una de las artes literarias más restringidas, y aún de las más puras. Es trabajo exclusivo para profesionales. Su finalidad es simple: proporcionar el placer peculiar e inerradicablemente humano que brinda la contemplación vicaria de imágenes lascivas”. Así lo entendió el jurista noruego Thrap, para quien las obras podían ser obscenas aunque satisficiesen plenamente los criterios de excelencia literaria o artística. Y así lo entiende la teoría literaria de las artes: lo obsceno ni le quita ni le agrega cualidades artísticas a las obras; así como éstas tampoco pueden exculpar lo licencioso.

Abraham Kaplan (Obscenity as an Esthetic Category), en cambio, excluye del arte la pornografía; no así a la obscenidad, muy a menudo “la sustancia misma de la imaginación”. Para él la pornografía es “seria y vehemente pero nutrida sólo de frustración”. Orwell agregó que “lo pornográfico siempre es sádico”. Cualquier antropólogo sabe hoy que el tabú obsceno no es universal, sino un producto artificial que revela algo de la cultura que produce, tanto como un objeto arqueológico. “Los pueblos para quienes hablar del sexo o mostrar el cuerpo desnudo o aun practicar públicamente el coito resulta perfectamente lícito, tienen sus propias ideas acerca de lo que es vergonzoso: para unos, ser vistos mientras comen; para otros, sonarse; para los de más allá, quitarse los zapatos. Los japoneses consideran el beso como más obsceno que la exhibición del cuerpo desnudo; lo mismo que los esquimales, que en cambio conservan puestas siempre las botas. Los malayos creen incorrecto mostrar el pene, pero no los testículos, que exhiben con toda naturalidad. Y así ad infinitum”.

El sexo placentero e inocente

El 27 de febrero de 1959 Henry Miller expuso su parecer acerca de cómo escribir sobre sexo. En Noruega había sido prohibida su obra traducida al danés y aun en inglés; los ejemplares de Sexus fueron confiscados y dos libreros de Oslo condenados. Miller se desternilló de risa por el falo del tribunal noruego: “Conociendo el mundo por lo que es, y a los hombres que hacen y ejecutan las leyes por lo que son, consideré el fallo tan justo y honrado como cualquier teorema de Euclides”. El jurado había oído las opiniones de eruditos, críticos literarios, psicólogos, médicos, juristas; a Miller el peso de tantas opiniones le pareció “pomposo e hipócrita”. “¡Cuán afortunado soy de que no se me acuse de pervertido o degenerado sino simplemente de ser alguien que hace el sexo placentero o inocente! […] Disiento de la opinión corriente acerca de las cosas, en lo que respecta al asesinato, a la religión, a la sociedad, a nuestro bienestar […] No soy el primer autor que haya adoptado el procedimiento de las confesiones, que haya mostrado la vida al desnudo, o que haya usado un lenguaje supuestamente impropio para los oídos de las colegialas. Si yo fuese un santo que recuerda una vida de pecado, quizás esas francas afirmaciones sobre mis hábitos sexuales habrían sido juzgadas esclarecedoras, en particular por curas y galenos”. ¿Por qué —se pregunta Miller— sólo ha de tolerarse una historia sexual si es seria o desalentadora? “Mi vida ha sido una vida buena, plena y alegre, a pesar de los altibajos, de las barreras y obstáculos de las desventajas impuestas por códigos y convenciones estúpidos”.

Ni los dioses ni el destino ni las circunstancias pueden echar a perder la vida, buena en tanto existencia. Miller relaciona su método con el socrático, corruptor de la juventud: ¿Perturban sus libros a la gente porque la conducta que describen es real o porque sacan a la luz lo que se preferiría dejar oculto? ¿Actúan los seres humanos como él los pinta o puede su versión ser el resultado de una mente enferma? ¿Una condena pararía o aceleraría la circulación de las 600 páginas de Sexus? Miller alegó que los procesos ponían en ridículo sólo a la ley, cuyo código pertenece a un pasado, a los muertos. “No puede usted eliminar una idea prohibiéndola —le dice al juez noruego—, y la idea ligada a esta causa es la de la libertad para leer lo que uno elige. En otras palabras, tiene libertad de leer tanto lo que es malo para uno como lo que es bueno para uno […] o lo que es sencillamente inocuo. En fin, ¿cómo puede cuidarse uno del mal si no sabe en qué consiste? Pero no es algo malo ni algo ponzoñoso lo que Sexus ofrece al lector noruego. Es una dosis de vida que primero me administré a mí mismo, y a la que no sólo sobreviví, sino que me hizo bien. No lo recomendaría ciertamente a los niños, pero tampoco le ofrecería a una criatura una botella de aguardiente. Puedo decir una cosa en su defensa sin ruborizarme: comparado con la bomba atómica, mi libro está lleno de cualidades vigorizantes”.

Anormalidades

Las anormalidades patológicas de la vida sexual son una especia de atracción adicional o agregada a las relaciones corrientes; tales “perversiones” son, por supuesto, mucho más comunes en la vida real que en la literatura, entre ellas la masturbación, que “ni siquiera figura entre las 600 perversiones que hacen de los 120 Journées de Sodome del marqués de Sade un clásico de este campo relativamente limitado”. La homosexualidad no fue considerada como un mal en civilizaciones avanzadas, sino que se la toleraba y hasta se le alentaba; la pedomanía y la pederastia eran muy comunes en Grecia (unión física la primera, espiritual la segunda). La Oda a Anactoria de Safo fue el modelo de poesía lírica más perfecto. Los judíos, que luego la persiguieron, consideraron a la homosexualidad inicialmente con indiferencia y luego como una falta trivial (el Levítico impuso la pena de muerte para los varones, pero nada dijo de las mujeres; sólo más tarde las lesbianas fueron consideradas “viles” e indignas de ser esposas de los sacerdotes; más tarde se las azotaba y se les excluía de la compañía de la gente “decente”). Constantino impuso la pena capital a la pedomanía, y así quedó en los códigos europeos hasta el siglo XVIII; las penas para las lesbianas siempre fueron más leves. En la Edad Media, en el siglo pasado y en nuestra época se ha notado un aumento de la homosexualidad…; en realidad se trata de que las autoridades de estos periodos se han sentido movidas repentinamente a combatirla, por la hostilidad manifiesta en las iglesias al sexo. En general se ha mantenido la cifra de 5 por ciento de homosexuales masculinos declarados y 2 por ciento de lesbianas. Curiosamente la mayor parte de la literatura de la homosexualidad se refiere a las lesbianas (“la única actividad homosexual que se considera que excita al lector”). TheWell of Loneliness de Radclyffe Hall (1928) fue confiscada en Inglaterra a pesar de las protestas de Shaw, Hausman y Strachey. En los EU se prohibió la novela cuando ya se habían vendido 6 mil tirajes en pleno Macy’s. El pozo de la soledad fue rehabilitada en 1936; despertaba tal simpatía que se le comparó con La cabaña del tío Tom. A The Captive y The Man in Control (Charles McGraw) se les abrió proceso en 1954, pero el jurado los absolvió en 13 minutos. Otro libro lesbiano, Women’s Baracks, de la francesa Teresa Torres, en versión inglesa de Meyer Levin, vendió un millón y medio de ejemplares no precisamente entre gente del “tercer sexo” (como calificó a los homosexuales Magnus Hirschfield),

Perversiones

La flagelación con goce por infligirla o por recibirla ha sido en muchas épocas no sólo tolerada, sino admirada incluso en público. Olas de entusiasmo religioso levantan las órdenes de flagelantes. Que el flagelarse no protege de los pensamientos sexuales se ha sabido por lo menos desde tiempos de San Jerónimo, en el siglo IV, pues escribió: “Yo, que por temor al Infierno me había reducido a esa prisión (el desierto) donde los escorpiones y las bestias feroces eran mis compañeros, me imaginé hallarme entre bandadas de muchachas. Mi rostro estaba pálido y mi cuerpo helado por el ayuno, empero mi mente ardía con las ansias del deseo y los fuegos de la lujuria se alzaban de mi carne, que era como la de un cadáver”. La literatura y los azotes parecen haber andado de la mano durante los siglos XVIII y XIX. En 1718 apareció A Treatsie on the Use of Flogging; entonces en los prostíbulos uno podía pedir ser azotado como parte de los “servicios”. En Europa continental se conoció al flogging como el “vicio inglés”. Llegaron a inventarse máquinas de azotar hasta 40 nalgas a la vez. El mismísimo rey Jorge IV visitó aquellas instituciones con flagelación (los prostíbulos de Mrs. Colet, Mrs. Berkeley y Mrs. Jenkins quedaron inmortalizados por la Historia). “Se ha atribuido el éxito de estos lugares de ‘masajes’ a la creencia de que muchos galanes, agotados por la disipación, necesitan de un estímulo adicional para seguirse disipando”. (Cfr. Petronio: Satiricón).

Es claro que hay más “sexo con dolor” en la literatura que en la vida, por lo que quienes dieron su nombre a las dos variantes del género fueron escritores: Donatien marqués de Sade, encarcelado, sobre todo por haber aludido poco veladamente a la emperatriz Josefina, y Leopoldo Sacher, hijo de un policía austriaco, nacido en Polonia (Lemberg) y casado con la hija de un profesor universitario, Von Masoch. Ricahrd von Krafft-Ebing inmortalizó el “masoquismo” en su Psychopatia Sexualis. En la literatura inglesa alcanzó la gloria de la flagelante la colección Whippingham Papers, sobre todo por la parte que escribió Swinburne; también tiene mérito el látigo de The Adventures of Lady Lovesport. La flagelación en el siglo XX anda de capa caída, pues Kinsey no encontró ya suficientes casos de muestreo como para hacer gran estadística. En su famoso Report, 2,880 mujeres y 1,016 hombres admitieron manifestar cierta reacción erótica al leer descripciones de “situaciones sadomasoquistas”. 3 por ciento de ellas y 10 por ciento de ellos manifestaron excitaciones “definidas y/o frecuentes”.

Shelley opinaba que el incesto era “una circunstancia muy poética” (cfr. su Laón y Citna y Los Cenci). ‘Tis Pity She’s a Whore (1633) de John Ford, y la escena entre la princesa Swivia y el príncipe Pricket de Rochester en una obra que nunca fue puesta en público: Sodom or the Quintessence of Debauchery (prohibida en 1662, publicada en 1684 en Amberes y no en Inglaterra); el Manfredo de Byron; el Don Carlos de Schiller; El Elegido de Thomas Mann; El hombre sin cualidades de Musil, así lo atestiguan. El tema de Edipo y los amores entre hermano y hermana se repitieron monótonamente: el papa Juan XII, nieto de Marozia, depueto en 964; Sigismondo Malatesta, señor de Rimini; Ana Balena, según la acusación de Enrique VIII… “El parentesco no cambia nada, de manera que el ayuntamiento entre hermano y hermana, madre e hijo, padre e hija, aun el juego homosexual entre hermanas, es tratado exactamente con la misma fruición y falta de pudor o culpa que el simple adulterio. Al parecer hay escasa demanda de relaciones homosexuales entre hermanos”. En 1907 los tribunales británicos prohibieron expresamente el momism (el que una madre sedujera a su hijo para salvarlo de una muchacha peligrosa).

La manía de la desfloración fue privada de la literatura inglesa, precisamente durante la época de mayor “acallamiento y disimulo” (hush and pretend): la victoriana. Parece ser que el que Casanova quite la virginidad a niñas de once y trece años no era considerado precisamente un crimen, pues las niñas iniciaban su vida sexual a esas tiernas edades. “Durante un siglo la norma moral había sido esta: hablar del sexo era vergonzoso; conseguir a una niñita para un libertino que iba a gozar con el dolor de la criatura era, en el peor de los casos, algo de mal gusto y poco digno de un caballero. Varias denuncias del sistema de prostitución que incluía éste y otros males llevaron a proyectar leyes para castigar a los proxenetas, mas los inflexibles moralistas de la Cámara de los Comunes nunca las aprobaron”. W.T. Stead, director de la Pall Mall Gazette y luego fundador de Review of Reviews, compró en 1885 en diez libras a una niña de 13 años y logró ponerla como pupila en un burdel de Londres. Entonces denunció el hecho: “Maiden Tribute of Modern Babylon”. Fue enviado a la cárcel por 3 meses, no por violación o proxenetismo, sino por pornografía; es decir, por escribir sobre un tema vedado. En 1760 se publicó el mayor manual de desfloración: The Battle of Venus; las torturas a las niñas se cuentan en Chrysal, of the Adventures of a Guinea de Charles Johnstone (4 vols. entre 1760 y 65). Richardson describe una violencia a una muchacha narcotizada en Clarissa Harlowe.

Caricias bucogenitales, bestialidades, voyeurismo, travestismo, fetichismo aparecen ocasionalmente en la literatura socialmente aceptable, aunque se describan profusamente en la literatura clandestina. Frank Harris (My Life and Loves) y Henry Miller gozaron con tales prácticas, consideradas “contra natura” en los EU. El fisgón, voyeur o peeping Tom (el sastre que miró a Lady Godiva atravesar desnuda Coventry, por lo que quedó ciego) suele ser un personaje cómico que contribuye a acicatear el lector con su excitación. El eonismo (por Charles de Beaumont, chavalierd’Eon, espía de la monarquía francesa en Londres, vestido de mujer) es delito, no así el travestismo de la mujer, en Inglaterra (abundan episodios travestistas en la obra de Shakespeare).

Una cosa demuestra la historia: “Sólo cuando la ley intervino para condenar la obscenidad, aparecieron las perversiones en los libros como elemento de rutina destinado a la excitación erótica”.

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