De la boca del gorila

Entrevista con el general Marcelino García Barragán

Por Manuel Urrutia

Manuel Urrutia: ¿Cuáles fueron, señor General Barragán, las causas que provocaron la intervención del Ejército en los suceso que culminaron trágicamente el día 2 de octubre de 1968?

Marcelino García Barragán: La grave perturbación del orden público y la magnitud que alcanzó la agitación en los últimos días del mes de julio del año pasado, hicieron insuficiente la labor de la policía metropolitana para controlar el movimiento. Ante esa circunstancia ordené, previa solicitud que recibí de las autoridades civiles, que algunas tropas al mando del general Crisóforo Mazón Pineda intervinieran, primero en los sucesos del 26 de julio, cuando alborotadores se refugiaron en la Preparatoria de San Idelfonso; luego cuando se les desalojó de los edificios escolares de la Universidad y del Politécnico y después cuando trató de impedirse, el 2 de octubre, que los agitadores condujeran a los manifestantes de la Plaza de las Tres Culturas al Casco de Santo Tomás, ocasión en la cual el Ejército fue agredido por pistoleros.
En todos estos casos se dieron instrucciones precisas para que los miembros del Ejército se limitaran a cumplir con sus misiones constitucionales de mantener la seguridad y el orden interno como lo dispone el artículo 89 fracción VI de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

MU: ¿Cree usted, señor Secretario, que ese movimiento tuvo bandera legítima?

MGB: De ninguna manera. El movimiento de 1968 careció de forma absoluta de un justo fundamento. Nosotros hicimos una Revolución encabezada por Madero, con un plan, el de San Luis Potosí, y un programa de principios que formuló el propio presidente Madero. El señor Carranza, al desconocer a Huerta, formuló el Plan de Guadalupe, y las aspiraciones del pueblo manifestadas en nuestra Revolución, fueron plasmadas en la Carta de Querétaro de 1917. Si comparamos estos hechos con los seis puntos del pliego petitorio de la reciente agitación, cualquier persona sensata tiene su propia respuesta. Las únicas peticiones de tipo estudiantil que pueden justificar un estado de huelga son aquellas que se relacionan directamente con problemas de orden académico y que afectan la pureza de las enseñanzas que se imparten en los colegios o la funcionalidad de los mismos; pero, que yo sepa, ningún problema de esta índole fue planteado a los rectores de la Universidad y del Politécnico, que eran los conductos adecuados para que los estudiantes elevaran sus quejas y protestas en la forma mesurada que su condición intelectual exigía. Como no hubo un planteamiento de esta naturaleza, se acudió a demagogia propia de agitadores profesionales y bastó un incidente trivial para que la antipatria pusiera en marcha el abominable plan que todos conocimos. Desde un principio el señor Presidente de la República hizo un llamado cordial a todos los mexicanos y les tendió su mano amiga; pero las fuerzas del odio fueron tan brutales que ensordecieron con sus estridentes calumnias los oídos débiles de gente ingenua.
Los verdaderos estudiantes no deben olvidar nunca que serán ellos los que asumirán la responsabilidad de conducir a su propio país por las rutas de progreso de la Revolución Mexicana y que en esa tarea habrán de sortear gravísimos problemas, tal vez como los que confrontó el señor presidente Díaz Ordaz, o quizá de mucha mayor gravedad todavía, pero que siempre deberán de responder a la confianza del pueblo mexicano y sentir con verdadero patriotismo, evitando que nuestros enemigos, sean quienes fueren, dañen nuestra unidad nacional. Un presidente no puede dar de baja a sus colaboradores porque un reducido sector del pueblo se lo exija, y esta actitud no se funda en consideraciones de vanidad personal, sino que responde a la necesidad imperiosa de mantener íntegramente el principio de autoridad, de cuyo respeto depende en gran parte la buena marcha de la administración pública del país. Esto no quiere decir que deban solaparse las arbitrariedades de los malos funcionarios.
Por otra parte, no son atribuciones propias de estudiantes demandar el cese de funcionarios públicos; aunque las peticiones que se formularon en ese sentido y que todo mundo conoció, no fueron inspirados por estudiantes sino por agitadores dispuestos a complacer los sentimientos de venganza de políticos desplazados”

MU: ¿Qué fines considera usted que perseguía el movimiento?

MGB: Las finalidades fueron diversas y se encuentran en reciprocidad a los intereses de las disímbolas facciones que concurrieron para darle cuerpo al movimiento. Unos pretendieron impedir la celebración de la Olimpiada en México; otros ilusoriamente creyeron que contarían con la adhesión del pueblo y consiguientemente soñaron con tomar el poder para imponernos un gobierno socialista. Algunos más le echaron leña a la hoguera por resentimientos personales; y los más, que fueron el grueso del material humano irreflexivo que se utilizó en la contienda, ni meditaron ni imaginaron siquiera cuáles serían los alcances de la provocación al gobierno. Esos que soñaron con tomar el poder pensarían seguramente en aquello de “Quítate tú, para ponerme yo”. Por último, afloraron las envidias que trataron de desprestigiar a un gobierno que ya había conquistado a la opinión pública con su actuación.
Resumiendo, ningún fin correlativo a las aspiraciones populares o a los anhelos de la clase estudiantil, se propuso en el movimiento de marras que sólo consiguió alterar la paz pública y lastimar seriamente intereses de particulares.

MU: ¿Podría señalar a algunas de las corrientes ideológicas o sectores interesados en el conflicto como principal responsable e imputarle la paternidad del movimiento y, consiguientemente, considerarlo el director intelectual del desarrollo del plan subversivo?

MGB: La contestación a esta pregunta nos la han dado ya los cabecillas de la intriga, lo que al declarar en el proceso penal a que están ya sujetos, han confesado su filiación ideológica; pero mucho antes de estas confesiones ya inferíamos las bases del movimiento porque en todos los planteles escolares de la Universidad y del Politécnico se pusieron letreros con leyendas alusivas a corrientes de pensamiento ampliamente identificadas. De allí que ninguna duda quepa sobre el origen del problema.

MU: ¿Cree usted que el gobierno haya violado la autonomía universitaria?

MGB: Este asunto de la autonomía universitaria fue postura demagógica de los abanderados del movimiento que se agarraron de lo que pudieron para picar el amor propio de la juventud en cuyo pecho arde inextinguiblemente el sagrado fuego del idealismo. No se necesita poseer muy brillante inteligencia para darse cuenta que los edificios escolares de cualquier país del mundo no pueden convertirse de la noche a la mañana en centros de operaciones subversivas y el alumnado en improvisados guerrilleros y todo ante la complacencia indefinida del gobierno.
El Gobierno de la República no es que haya querido esquivar el peligro, ni se asustó con las llamas que emergieron de los caldeados ánimos de los escolapios que voluntaria o forzosamente participaron en estos disturbios, sino que trató de rehuir, hasta donde le fue posible, el enfrentamiento con las turbas agitadoras porque se habían involucrado a personas de muy escasa edad. A eso obedeció su extraordinaria prudencia; de lo contrario, la bulla se hubiese acabado en un santiamén.
Es evidente que ningún sector del pueblo puede dedicarse a actividades de esta naturaleza en forma impune. Cualquier conducta antisocial tiene que ser reprimida por medio de la fuerza, máxime cuando ésta se organiza para atentar contra la estabilidad del Estado.
Este asunto de la autonomía universitaria lo han abordado destacados juristas y han precisado lo que debe entenderse por ella. Nosotros consideramos que este principio no autoriza a convertir las escuelas en prostíbulos. No hemos violado a la Universidad: simplemente ocupamos un centro subversivo y un centro de vicio, que es en lo que habían convertido el grupo que se apoderó de ella que es distinto. Ningún otro poder puede existir por encima de la soberanía del pueblo, representada por su gobierno legítimamente constituido, y la población estudiantil sólo significa, en este caso, un reducido porcentaje.
Es tan pasajero el momento de la juventud en todo ser humano que se pasa inadvertido y sin poder fijar donde éste empieza y donde éste termina, porque todos llegamos a adultos, y a viejos los que tenemos esta suerte. Por tal motivo no hay tal poder de las juventudes, lo que domina y predomina es la experiencia que no se compra en ninguna botica o establecimiento comercial ni en ninguna universidad, ésta se adquiere con el transcurso del tiempo, conociendo mutuamente el trato y los actos de los hombres que son los que nos dan la pauta para conducirnos con nuestros semejantes.

MU: ¿Cree usted, señor Secretario, que las autoridades universitarias se comportaron a la altura de sus obligaciones con la masa estudiantil y que sea correcto que profesores y maestros universitarios adoctrinen a la juventud en las corrientes ideológicas ajenas a la idiosincrasia de nuestro pueblo?

MGB: No lo creo así, y mi opinión al respecto no tiene por objeto criticar intencionadamente a ningún funcionario de la Universidad en particular; pero sí deseo subrayar que la tolerancia en el aspecto educacional debe tener su límite, y analizado el problema desde el punto de vista de la tranquilidad del país, creo que debe impedirse que las escuelas se conviertan en focos de actividades antigubernamentales, como ha sucedido en ciertas escuelas normales rurales del país, de las que podemos destacar las de “Salaices”, “Saucillo” y “Roque”, entre otros, en los cuales los propios directores han sido los autores intelectuales o materiales de la formación de guerrillas y grupos subversivos de todo tipo.
Caracterizado así el problema de fondo, en mi opinión habrá que buscarle una solución desde dos puntos de vista: uno presente y otro futuro. Con respecto al primero, estimo que en todo aquello que se enseña debe haber una doctrina, pues si no la hay, salen sobrando todos los conocimientos que se impartan, aun con las técnicas más avanzadas en la materia, por ello deben preferirse siempre, sobre otros, los principios de la Revolución Mexicana, plasmados en la Constitución de 1917, que nos rige actualmente y cuya consolidación costó a la patria el sacrificio de un millón de vidas, porque nuestro movimiento social fue una revolución inminentemente popular, realizada principalmente por campesinos que empuñaron las armas para luchar por la transformación de su patria, terminar con una dictadura y liquidar las condiciones injustas que pesaban sobre todo el pueblo; por tal razón, es deseable que en ambos niveles de educación se haga una selección apropiada de maestros que estén realmente convencidos de nuestra doctrina revolucionaria, la cual es indispensable que sea incluida en los planes y programas de estudio.
En cuanto al segundo aspecto, aspiramos que con base en tales planes y programas de estudio, se logre tener una juventud adoctrinada dentro de los principios filosóficos de nuestra Revolución Mexicana.

MU: ¿Entrañaría la anterior circunstancia alguna restricción a la libertad de cátedra?

MGB: No se restringe la libertad de cátedra; no se propone el destierro de la enseñanza de todas las ideas políticas en boga en el mundo desde los tiempos del florecimiento cultural de Grecia y Roma; no se impide que se conozcan los principios ideológicos de la Revolución Francesa, Inglesa, Rusa, etc., pues México no puede cerrarle las puertas al movimiento cultural del mundo como se pretendió cuando Hidalgo y Juárez, autores de nuestra Independencia y de las Leyes de Reforma respectivamente, se nutrieron en libros que la reacción de gobiernos coloniales y conservadores, tenían prohibidos leer.
Lo que se anhela es que los mentores de la juventud no inclinen la balanza en forma deliberada y malévola en favor de determinado orden de ideas al sepultar en la mente del estudiante un semillero de éstas y empujarlos a luchas estériles en contra de su propio país. Es decir, que bajo ningún concepto debe permitirse que los profesores aprovechan la cátedra para fomentar la discordia, pues éstos deben concretarse a enseñar procurando dejar al libre albedrío del alumno la apreciación de todas las substancias de los conocimientos. Si acaso se inclinan por alguna doctrina política, ella debe ser la de nuestra Revolución Mexicana, porque ha sido la que nos ha permitido el progreso acelerado que vive el país desde hace varias décadas.
No estoy pues en contra de las enseñanzas de todas las doctrinas que han aparecido en nuestro mundo que habitamos; que pueden ser muy buenas para cada país que las sustenta y por ello merecen nuestro respeto; pero en México estos conocimientos fortalecen nuestra doctrina revolucionaria que es a base de dignidad del hombre, de libertad y de justicia social. Nuestra obligación mayúscula consiste en alentar al estudio a los espíritus jóvenes.

MU: ¿Qué opina usted de la conducta de los agitadores en relación con las condiciones en que quedaron los edificios escolares al ser rescatados de sus manos?

MGB: Los planteles educativos que rescatamos de manos de agitadores que indebidamente se posesionaron de ellos para convertirlos en lo que hemos dicho, los encontramos en condiciones verdaderamente lamentables; nunca antes había sucedido cosa semejante, ni siquiera en 1929, cuando un movimiento, ese sí verdaderamente estudiantil, alcanzó proporciones nacionales; pero considero que de esa conducta no podemos responsabilizar a los estudiantes que sólo fueron víctima de una cobarde intriga; los estudiantes innodados en este asunto; actuaron en forma irreflexiva y algunos hasta bajo el efecto de narcóticos, pues solamente así se explica que hayan atentado contra su Alma Mater en la forma que lo hicieron. Leí con indignación y tristeza los partes que sobre el particular me rindieron los jefes militares encargados de suprimir el desorden y desalojar a los agitadores de los edificios de la Universidad y del Politécnico.

MU: ¿Qué opinión tiene usted con respecto a lo ocurrido el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas?

MGB: El 2 de octubre la acción de los provocadores llegó a su máximo grado de maldad y el Ejército fue agredido por gente que estaba dispuesta a llevar las cosas hasta las situaciones extremas que llegaron y ellos fueron los únicos responsables del derramamiento de sangre en Tlatelolco. La trampa que allí se preparó la meditaron fríamente los autores de este crimen sin precedente. Quizá ni lo Huitzilac ni lo de Tlaxcalaltongo pueda compararse con esto, pues en estos casos no se mató a tanta gente inocente, ni se atentó en contra de los intereses del país como se hizo 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas.
Las órdenes que giré en esa fecha fueron en el sentido de que se evitara el desorden en el mitin de Tlatelolco y que no se permitiera que los estudiantes fueran conducidos por gente irresponsable al Casco de Santo Tomás, como tenía anunciado que iban a hacerlo. Con todo lo que había sucedido anteriormente, era lo más natural y lógico que tomáramos toda clase de precauciones; pero nunca sospechamos que una trampa tan miserable como ésta nos había tenido para inculparnos calumniosamente de un crimen que cometió la antipatria y jamás el Ejército Mexicano.
Serán muchas las pruebas que en el futuro presentaremos para demostrar la veracidad de los partes militares que se me rindieron con motivo de estos hechos y en los cuales se asienta que nuestras tropas fueron recibidas con nutridas descargas de armas de fuego que se hicieron desde distintos puntos de las azoteas y partes altas de los edificios del complejo habitacional de Tlatelolco, cuando trataron de intervenir para imponer el orden. Aproximadamente como a las seis de la tarde del día 2 de octubre, se escucharon disparos de armas automáticas y esto originó el caos en la Plaza de las Tres Culturas Estudiantes y gente del pueblo en general murieron o fueron heridos en estos sucesos y por parte del Ejército fueron asesinados un soldado y un cabo y heridos un general brigadier, tres oficiales y 12 individuos de tropa.
El 2 de octubre de 1968 mutiló nuestros corazones, dejó en el alma de los buenos mexicanos los más negros e indelebles crespones de dolor; pero es probable que su lección nos sirva de invaluable experiencia para no permitir que en el futuro gente perversa y traidores a la patria sigan corrompiendo a la juventud.

MU: Finalmente formulamos esta última pregunta: ¿A qué causa cree usted que obedezca la campaña de calumnias en contra del Ejército?

MGB: Calumnian al Ejército porque saben que esta Institución siempre ha gozado de la simpatía del pueblo; pero lo hace un reducido grupo de gente que no ha podido ni podrá jamás apoderarse del gobierno de la República, porque carecen de las más elementales convicciones revolucionarias. Estoy seguro de que el pueblo mexicano no ha perdido en ningún momento la confianza en nuestras instituciones democráticas.
Estoy seguro también que nuestro noble pueblo sabe bien que quienes hicimos la Revolución y aún tenemos la suerte de vivir y gozar y ver que todos gozan las conquistas de aquel movimiento que costó un millón de vidas, no permitiremos bajo ningún concepto que otros intereses, que otras facciones, que nada, en suma, se alce por encima de los sagrados intereses de la patria Repito, al Ejército se le calumnia o mejor dicho, lo calumnian unos cuantos, porque somos nosotros la causa de que no prosperen sus planes subversivos, nosotros que somos una institución con misiones constitucionales que siempre hemos cumplido y seguiremos cumpliendo religiosamente al pie de la letra.
En cambio el verdadero pueblo, la gente humilde sobre todo, que han palpado los sacrificios de nuestros soldados cuando han intervenido para ayudarla con motivo de inundaciones y otros desastres que esporádicamente se presenta en diferentes regiones del país, esa gente siente afecto y admiración por el Ejército.

[Estas fueron las últimas palabras finales de nuestra entrevista con el señor General de la División Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa Nacional. En varios momentos de su disertación percibimos en el temblor de su acento los efectos de la cólera; ojalá que su pensamiento vigoroso ilumine el camino promisorio de las nuevas generaciones de la patria para que los destinos de México continúen por la senda luminosa de nuestra Revolución Mexicana].

*Fragmento de Trampa en Tlatelolco: síntesis de una felonía contra México.

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