Por Guffo Caballero

Foto por Victor Hugo Valdivia (Textos urbanos)

Apenas iba a cruzar la puerta del supermercado cuando una joven de lentes me interceptó: «¿Podría ayudarnos con un trabajo de la escuela?».

Le dije que sí, pues recordé mis años de prepa y carrera, cuando tenía que andar mendigando entrevistas o encuestas que nos encargaban como tareas. Sentía bien feo cuando la gente se negaba a responder las preguntas: maldecía en silencio y deseaba que les cayera un rayo –»¿Qué les cuesta?», pensaba–; y pues no quería que ese día me desearan lo mismo.

Junto a la chica de lentes había un joven con una cámara fotográfica muy moderna colgándole del hombro, y, del otro lado –donde está el asador para el “Viernes de Asador”–, estaba un camarógrafo –joven, también– y un hombre que destacaba de entre los demás por su cabello entrecano y un micrófono en mano, con el que entrevistaba a una señora que parecía Paquita la del Barrio pero con 40 kilos menos.

Le pregunté a la chava de lentes que de qué trataba la entrevista. “Son preguntas sorpresa: no escuches”, me dijo sonriendo mientras me jalaba de la manga de la chaqueta y me ponía frente a una pared.

Un par de minutos después la falsa Paquita la del Barrio se retiró, la chica de lentes me pidió unos datos que anotó en una hoja, el joven de la cámara moderna me tomó una foto y me llevaron frente al camarógrafo y el entrevistador. El hombre de cabello entrecano me dio la mano y soltó la primera pregunta:

¿Conoce usted a su diputado?

No –dije sin titubear.

¿Por qué no lo conoce?

Porque nunca se fue a presentar a mi casa.

¿Sabe si su diputado votó a favor o en contra de la Reforma Hacendaria?

Lo ignoro.

¿No sabe?

No, no sé. Da igual.

Quizás el «da igual» estaba de más, pero noté que el tono inquisitorio en la voz del entrevistador había subido dos rayitas, como si mi ignorancia en el tema fuera la causa de los males de México. Ya saben, la típica respuesta para eximirse de culpas y responsabilidades: “Por gente como tú, que no conoce a sus políticos, el país está como está”.

Entonces no lo conoce… –insistió el hombre.

No, no sé quién es.

¿Qué le diría a su diputado si lo tuviera enfrente?

Nada –dije indiferente–. Que trabaje, tal vez.

No se me ocurrió otra cosa. Aparte, me importaba poco aprovechar el espacio para dar cátedra de lo que pienso debe hacerse para tener una mejor ciudad y un mejor país. Tampoco quería quejarme de lo que todos se quejan: «Ay, es que todos son unos corrutos que cobran mucho y no hacen nada», porque también sería deslindarme de responsabilidades como ciudadano. Confieso que después me arrepentí de no haber dicho que sólo confiaría en políticos que fueran una mezcla de Rafael Correa y Pepe Mujica.

 El hombre bajó el micrófono y me dijo:

Pues mucho gusto: Soy No-Sé-Qué-Madres Coronado, tu diputado –y me tendió la mano con una sonrisa que, apuesto, ensayó mil veces.

Le di la mano y sonreí. “Hasta para algo tan sencillo tienen que envolver a la gente con engaños”, pensé y me fui.

Comments

comments