Por Mónica Vargas León

Cuando visité Oaxaca lo hice sin mayores expectativas. Bueno, la verdad es que tenía un par pero nada tenían que ver con el lugar. Iba más bien de paso, a visitar a un amigo mexicano, de Chihuahua- que fue capaz de reinventarse; una especie de Ave Fénix que había conocido un par de años atrás en Bogotá y que, para ser franca, no había entendido muy bien sino hasta qué paso el tiempo.

Viajé de noche desde la Ciudad de México, en un bus –como decimos acá-, camión -como dicen allá-, y llegué a eso de las 6 de la mañana, cuando la ciudad aún dormía y el calorcito propio de marzo todavía le daba tregua a los caminantes.

Me recibió una luna gorda y espesa que colgaba paciente en una esquina del cielo. Con la maleta que me iba a llevar hasta Chiapas, mi verdadero destino, caminé por las calles bonitas de esa ciudad encantadora, hasta llegar al portón grande y azul de la casa en la que me hospedé tres días.

Desde la ventana de la que fue mi habitación, se alcanzaba a ver parte de los tejados de esa zona colonial y en una de las terrazas una ropa tendida bailaba al vaivén del viento; era diversa y colorida, tal cual como es México. Ahora, recapitulando, siento que aunque la Luna siempre es encantadora y coqueta, fueron en realidad esos trapitos al sol los que me hicieron fall in love con la ciudad. Ha de ser porque hacían muy bien juego con los techitos de barro.

Sin embargo, luego, caer en el amor -o más bien en el enamoramiento- con Oaxaca fue inevitable a cada momento.

Primero me encontré con una plaza palpitante en la que todo llamó mi atención. La arquitectura de una iglesia que se notaba había visto pasar incontables amores y desamores, se sumó un árbol que me hizo saltar el corazón de alegría. Sus hojas salpicaban de rosado un cielito lindo y azul que me trajo una calma hermosa. Árbol de Primavera, creo que lo llaman.

Para esa hora el calor ya no dio más licencia. Mientras caminábamos al mercado, mi amigo me explicó que los turistas ‘gringos’ –yanquis les dicen en Cuba- eran fáciles de distinguir porque venían huyéndole al invierno y no le temían al lado de la acera en la que el sol era inclemente. Nosotros avanzábamos por la sombra, mientras yo pensaba en lo curioso que es eso de querernos escapar de ciertas cosas que otros buscan deseosamente.

Yo, por ejemplo, cada vez que viajo anhelo con todas mis ganas conocer el mercado del lugar porque siento que además de decirme mucho de allí, seguro voy a encontrar la mejor comida. En Oaxaca eso es ley. Pero además de los manjares, en la plaza de la ciudad hay música –una relinda y pegajosa, para bailar-, chapulines y mezcal, la mayoría con gusano incluido.

Por favor, no coma cuento del miedo ni de la impresión, más bien cómase esos animalitos porque, en verdad, vale la pena. Probar siempre vale la pena, y en México sí o sí hay que probar porque muchas cosas son mágicas y diferentes, también picantes y mágicas, mágicas y picantes, y diferentes. México todo es magia pura, entre otras cosas. México es complejo.

En la plaza hay que quedarse un rato pero también hay que ir varias veces. Lo que se vive ahí no se puede describir fácilmente. Los olores, los colores y los sonidos lo llevan a usted como a un mundo paralelo, uno un poquito más bonito que este. La plaza es como un paréntesis en la realidad, uno bastante agradable.

Uno de esos días, que para mí fueron muy pocos, por las calles empedradas del centro histórico llegué hasta una iglesia chiquita en la que hay una decoración con oro; que me habían recomendado; en la que, no sé por qué extraña razón, me invadió un llanto profundo y extenso, medio liberador pero también doloroso. Ha de ser porque Oaxaca tiene un poder extraño de remover sensaciones y sentimientos, o por lo menos conmigo lo tuvo.

La escena, que en realidad fue bastante fuerte, hubiera sido solo triste de no ser por el velorio que estaban realizando en el lugar y que, por mi llanto desbordado, hizo que muchos fijaran sus ojos en mí, cavilando, tal vez, sobre mi relación con el difunto o difunta.

Ahora que recapitulo, sabiendo incluso que mis lágrimas no fueron por ese deceso, creo que viene muy bien recordar lo de por quién doblan las campanas, y eso de que “nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra.; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Digo eso porque esas tierras Oaxaqueñas me conectaron con una parte de mi humanidad que tenía olvidada por mucho. Porque los tejados, con la luna y las calles empedradas, además de los trapitos al sol, y uno que otro personaje, movieron algo dentro de mí que necesitaba ser removido pero que, aún después de tantos meses, todavía estoy tratando de volver a encajar, de encajar diferente.

Cuando viajé a Oaxaca lo hice sin mayores expectativas pero, lo advierto, ahora solo pienso en volver y volver.

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