Por Kaizar Cantú

 

Los espectros de la revolución (Alfaguara, 2022) es uno de esos libros que se escriben con intención de ofender pero que a su vez tienen una motivo sólido y razonable para hacerlo. A continuación, intentaré explicar la causa detrás de la ofensa, y espero sinceramente que de este intento no me gane demasiadas enemistades.


Los espectros es una novela que trata, a grandes rasgos, el enfrentamiento entre un grupo de jóvenes revolucionarios contra varios fantasmas, literalmente. En distintas ciudades de Latinoamérica comienzan a manifestarse apariciones con la forma y el rostro de antiguos opresores: Batista, Perón, Pinochet, Don Porfirio, además de otras figuras menos icónicas y algunas de apariencia más abstracta.

 

La juventud responde con valor, saliendo a las calles a marchar en un intento por espantar a los espantos, que sólo observan desde lejos y se alejan con cada paso de su oposición, como recortes clavados al horizonte. La novela progresa hacia una serie de manifestaciones, cada una más masiva e intensa que la anterior; las últimas dos son casi apocalípticas, con cadáveres abiertos sobre el pavimento y fuego devorando varias porciones de la ciudad. Los fantasmas, sin embargo, permanecen inmóviles, inmutables. La historia da un giro en la última parte, mas ese es un detalle que prefiero reservarme para no arruinar su lectura.


La autora (Siria Treviño) ha dicho que la novela no es más que la explicitación de una frase figurada. La juventud combate fantasmas salidos de su propia Historia, y de sus actos sólo resultan la nulidad y al final la destrucción. En este caso la metáfora de la aparición no articula el mal indeleble que sigue ejerciendo poder sobre las naciones, sino un dolor que aún no sana pero cuya fuente no existe en otro plano más que en el de la memoria, lo cual lo vuelve —al menos en términos concretos, reales— inofensivo. Dicho de otro modo, los jóvenes están tirándole golpes al pasado; un pasado que existe, cuyo legado es innegable, pero que está definitivamente muerto y enterrado.


El mensaje es obvio, y le ha ganado más de unas cuantas recriminaciones a la obra (y a su pluma). Gardenia Drori (Nexos) escribió que la novela “trivializa los efectos de la protesta, que es un deber de toda ciudadanía”. Samuel Rubio Talavera (SinEmbargo) la tachó de cínica, intentando persuadir a los jóvenes de que evitaran a toda costa leerla en serio, a menos que fuera como un desafío. Coral Correia (Elefante Rojo), quien ha sangrado más de una vez sobre las calles y entre las multitudes, dejó de lado la novela y brincó directo sobre Treviño, a quien acusó, entre otras cosas, de ser “una mujer ignorante y malagradecida que ha dedicado poco más de 200 páginas a una burla en contra de la lucha por la justicia y la igualdad social”.


Treviño, por su parte, no ha respondido a sus críticos con otra cosa más que risotadas —“¡Ay qué! Bola de exagerados”—. No he tenido la oportunidad de hablar con ella últimamente (le debo un pan dulce, y ella a mí un par de libros), pero supongo que está consciente del aire de sensibilidad que flota en algunos rincones de los círculos intelectuales de México y el resto de Latinoamérica, así que ha decidido tomárselo todo muy a la ligera.


Si alguien pidiera mi opinión —y con esto me anticipo a que suceda—, diría que todos estos artículos que atacan a Los espectros son el resultado de reacciones puramente viscerales; nada más que sentimiento repentino y sin razón. Parte de la crítica ha decidido embestir la obra porque se siente amenazada por sus palabras en un nivel ideológico. Esa porción de la crítica optó por una lectura torcida y superficial, es decir, ha decidido malinterpretar la novela.


De veras creo que algunos lectores se han tomado la trama de la novela muy a pecho, y también creo que su propio enojo les ha impedido percibir las sutilezas del argumento articulado en Los espectros. La historia escrita por Treviño no reduce la lucha social a un acto absurdo, sólo señala lo que ella considera uno de sus vicios más recientes. Los jóvenes revolucionarios de la novela encarnan los esfuerzos nobles pero mal enfocados de los combatientes, que desperdician su espíritu de lucha contra males que murieron y han permanecido muertos desde hace décadas, esto mientras otras vilezas crecen y se desarrollan justo bajo sus narices, o incluso dentro de sus mismas filas. Así se alimenta una batalla prolongada contra proyecciones salidas de los libros, batalla que es, por supuesto, infructífera, y cuyo únicos resultados palpables son la fragmentación y el caos.


Por supuesto, esto es sólo una opinión, una que es, para colmo, la mía, que bien puede quedar muy lejos del discurso intencionado por Treviño. Sin embargo, tal vez lo más prudente sea gastar tan poco tiempo como sea posible en discusiones de esta índole. Independientemente de lo que pensemos sobre Los espectros, el veredicto de mayor peso corresponde a quienes vendrán después (mucho después) de nosotros.

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