¿Qué hay de escribible en el deporte?

Por Richard Schaap

Se pinta a los cronistas deportivos comúnmente como atletas frustrados, adulones, ventajeros, autores mercenarios, traficantes de frases gastadas y alcohólicos. Esta es una grosera afirmación: algunos no beben.

Exageré, desde luego, el enjuiciamiento masivo del cronista deportivo; pero hay quienes insistirían en que he sido demasiado benévolo. Hasta muchos colegas periodistas que deberían estar mejor enterados parecen considerarlos como una raza inferior: un tipo que ha de ser tolerado la mayor parte del tiempo, frecuentado en la época de los campeonatos mundiales para obtener entradas, pero a quien no ha de reconocérsele jamás igualdad de posición. El cronista deportivo es el James Meredith del periodismo. Sólo se lo acepta bajo protesta.

No presenta los grandes sucesos en la forma en que lo hacen los corresponsales políticos. Ni los aclara como lo hacen los analistas políticos. Ni los juzga como lo hacen los eruditos en política. Se gana la vida escribiendo sobre hombres grandes que intervienen en juegos de niños.

Mi modesta sugerencia es que nada tiene de malo escribir sobre juegos de niños —siempre y cuando el escrito en sí no sea infantil—. Cualquier cronista de deportes decente, como lo han manifestado muchos de ellos, sabe que está trabajando en la juguetería de su diario o revista. Se dan cuenta de que por importantes que parezcan en su momento las Olimpiadas o una pelea por el título de campeón de peso completo o el Gran Premio Automovilístico, su significación cósmica es, en el mejor de los casos, infinitesimal. Un acontecimiento deportivo no es más perdurable que el rapto de hoy o el asesinato con un hacha de ayer.

Al defender a tales cronistas, admito que me encuentro en una posición bastante vulnerable. Durante cinco años, desde que dejé la Escuela de Graduados de Periodismo de Columbia en 1956 hasta el otoño de 1961, me desempeñé como un cronista deportivo de dedicación exclusiva. Actualmente, por ser uno de los directores principales de Newsweek, a cargo de siete departamentos de los denominados back-of-the-book (departamentos auxiliares), dedico tal vez el 10 por ciento o menos de mi horario completo a los deportes. No obstante, como colaborador independiente de revistas dedico tal vez el 60 por ciento o más del que me queda a los deportes. Soy, podría decirse, un ex cronista deportivo a medias.

Para mí, lo que hace que valga la pena escribir sobre deportes no son por cierto los acontecimientos: son las personas que participan en ellos. Los deportistas, no el deporte. Éste es todo el atractivo de la profesión; nos brinda la oportunidad de escribir sobre personas ordinarias que se ven en circunstancias extraordinarias. La manera en que esta gente reacciona —tanto emocional como físicamente— puede ofrecer drama y emoción y humor, ingredientes básicos de un buen periodismo. Si el cronista deportivo es capaz de aprehender la esencia de un hombre —su “gracia bajo tensión”, según la clásica definición del valor hecha por Hemingway, o su “atragantamiento”, de acuerdo con la clásica definición que da el atleta de la cobardía—, entonces habrá igualado en valor cualquier cosa que pueda producir el corresponsal o el erudito en cuestiones políticas.

En consecuencia, mis experiencias más memorables en este campo se refieren a personas, no a sucesos. No puedo elegir a un individuo en particular, pero me limitaré a tres, tres hombres cuya compañía compartí en días críticos para sus carreras. Bajo una presión extremada, cada uno de ellos reaccionó de un modo diferente. Mi intención es darles simplemente una impresión de tres hombres diferentes entre sí y, con todo, igualmente capaces de despertar interés.

El día en que Floyd Patterson debía sostener su tercer brutal combate con Ingemar Johansson, un reducido grupo se reunió en su residencia provisional de Miami Beach para pasar las horas de espera con el hombre que era entonces campeón mundial de peso completo.

Patterson tiene sus defectos. Es introvertido hasta el exceso; desconfía demasiado de la gente; en oportunidades llega a ser tan decididamente humilde que bordea la insipidez. A pesar de todo, sus defectos son comprensibles. Creció en una abyecta pobreza, su adolescencia transcurrió en una escuela para niños con problemas; luego, aunque sus instintos son mansos, ganó fama y riquezas golpeando a los hombres con sus puños. Es realmente modesto y compasivo. Es, por más trillado que suene, un buen hombre.

Ahora bien, el día en que iba a poner en juego su título, examinaba admirado una tanda de cartas que había recibido de Suecia, extrañamente orgulloso de que tantos suecos quisieran que derrotase a su equipo compatriota. Se aseguraba de que sus huéspedes estuvieran cómodos. Y jugaba a las cartas tranquilo, casi alertado. Jugó una partida de Tonk, versión de cinco naipes del gin rummy. Yo gané cinco dólares al campeón mundial de peso completo; me pagó en efectivo.

Antes y después de almorzar hizo largas caminatas recorriendo las calles de Miami Beach, sonriendo y saludando a las personas que lo reconocían, cohibido aunque contento, y perdonó a la chiquilla que se le abalanzó diciendo: “Mejor será que gane esta noche. Mi padre apostó un montón de dinero a su favor”. Y ahora aparecían los primeros indicios de nerviosidad. Patterson bostezaba. Cuando se pone nervioso, se torna soñoliento; una vez tenía tanto temor de pronunciar un discurso durante un banquete que poco faltó para que se quedase dormido en el estrado. Patterson durmió la tarde de la pelea y también en el vestuario antes de sonar el gong inicial.

Después vino el combate, y cuando Johansson los golpeó repentinamente con el puño derecho, Patterson cayó sobre la lona, con su orgullo más herido que su cuerpo. Se levantó y volvió a caer. Se entendía que yo debía ser un observador imparcial, pero conocía a ambos hombres y quería a uno solo de ellos, y también me sentí apenado. Cuando Patterson acometió nuevamente y tiró a Johansson al suelo en el primero round y lo aniquiló en el sexto, compartí su alegría. Después abrazó y felicitó a su adversario y el nerviosismo desapareció. Estaba bien despierto. Más tarde, cuando Jimmy Durante, al amenizar la reunión con que se celebró la victoria, señaló a Patterson haciendo converger sobre él la atención de todos los presentes, el campeón se mostró cohibido una vez más. Pareció un toque apropiado.

Si la tensión sirve como sedante a Floyd Patterson, obra en cambio como estimulante para Stirling Grauford Moss, el inglés que es, por puro virtuosismo, el más admirable corredor automovilístico que haya existido jamás, y casi que existió jamás. En la mañana del primer Gran Premio de Cuba, en 1956, Stirling, su futura esposa Katie y yo tomamos un rápido desayuno liviano. Él rebosaba palabras y energía.

“Correr el Gran Premio es un arte sencillo”, escribí en una ocasión en un artículo de la revista True. “Se conduce un coche bajo a alta velocidad y si se lo hace mejor que todos los demás, gana. Eso es todo. Excepto que no queda mucho espacio para errores. Se depende de una complicada máquina para tomar por asalto las rectas, a 270 y 290 kilómetros por hora, y de complejas habilidades para pasar como un torbellino por las curvas a 130 y 145 kilómetros por hora y, si falla la máquina o la habilidad, uno lo paga con sangre. El nombre del juego es supervivencia.

“Nadie practica este juego con tan tenaz empeño como un individuo bajo, delgado y recio, que pronto quedará calvo; un hombre audaz, supersticioso, poco generoso con los chelines, extrovertido, abstemio que responde a un nombre que parece acribillado por errores tipográficos. Stirling Crauford Moss es un inglés temerario. Tiene 33 años, y si alguno deseara apostar que nunca llegará a los 34, fundamentos tiene. Casi no llega a los 33”.

Como es típico de él, el día de Gran Premio de Cuba, Moss llegó a la pista de una manera algo desusada. Lo acompañaban diez personas en un Hillman Minx, una bonita acumulación de tres en el asiento delantero, cuatro en el trasero y tres en el baúl (resaltaba una rubia tendida sobre las piernas de dos jóvenes). Charlaba sin cesar mientras se ponía el equipo de correr, besó luego rápidamente a Katie y, saludando jovialmente con la mano, comenzó la carrera. Durante varias vueltas a la pista retuvo el primer lugar. Después bajó al segundo al pasar por los puestos de abastecimientos. Luego apareció por el recodo el coche que iba primero, pero no el de Moss. Dos veces más los competidores dieron vuelta a la pista y Moss no aparecía. Katie, de pie a mi lado en el parte, se aferraba con tal fuerza al cerco que había frente a ella que sus manos brillaban blancas. Por último, tras lo que se nos figuró un tiempo interminable, Moss apareció a lo lejos del camino, ileso, corriendo, caminando y jurando, maldiciendo a la máquina que le había fallado. Él, Katie y yo regresamos al hotel donde paraban. En el término de una hora estaba duchado, afeitado, vestido y riente, aparentemente olvidado por completo del percance que pudo haberle resultado fatal. De haber otro coche disponible, habría estado ansioso por arriesgar su vida nuevamente.

El boxeo es brutal y la carrera automovilística letal, pero el béisbol es un juego más bien agradable, y Jim Brosnan, el pitcher autor, es un hombre simpático. Estaba de buen talante aun aquella mañana del partido inaugural de las olimpiadas de 1961, cuando después de una década como jugador de segunda categoría se preparaba para su primera aparición en primera.

Brosnan es un atleta único. Escribe libros sobre su deporte, y, lo que es doblemente asombroso, los escribe él mismo y los escribe honestamente. Toma el juego y bebe martinis con igual seriedad, y a los entrenadores y los cronistas deportivos con iguales reservas. Es una persona encantadora.

La mañana en que sus Rojos de Cincinnati iban a iniciar la serie contra los Yanquis de Nueva York, Brosnan, su esposa y yo ingerimos pausadamente un suculento desayuno en un hotel de Nueva York. Mientras nos disponíamos a pedirlo, Brosnan se volvió hacia mí y me preguntó con fingida seriedad: “Dígame, ¿qué toma para el desayuno un pitcher suplente el día del partido inicial de los mundiales?”. Él comió una tajada de jamón asado.

Brosnan puede hacer bromas sobre los apremios del béisbol. No tiene una idea exagerada de la importancia del juego que practica. Pero es también un profesional dedicado y, cuando juega, juega para ganar. Yo presencié las olimpiadas y vi a los yanquis apabullarlo tomando una base tras otra; para mí era lo mismo que ver a Patterson caído o esperar la reaparición de Moss. Brosnan sufrió profundamente, pero cuando lo vi de nuevo pocos meses más tarde, todo el pesar se había desvanecido. Es sorprendente lo que un invierno de martinis bien mezclados puede hacer por un atleta o un cronista deportiva.

Floyd Patterson, Stirling Moss, Jim Brosnan. Podría agregar una serie de nombres. Los afortunados histriones: Paul Hornung y Cassius Clay; los genios en su arte: Pancho González y Wilt Chamberlain; los hombres amargados por la discriminación: Bill White y Oscar Robertson. Todos son individuos fascinantes. Son los hombres que hacen que valga la pena escribir sobre deportes.

 

* Texto de Reportaje a la realidad (1968)

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