Por Zaga Di Gala

Foto por Victor Hugo Valdivia

El tema de la salubridad alimentaria ha estado muy presente en los noticieros en los últimos años; desde las vacas locas, pasando por la influenza porcina y hoy día la gripe aviar.

Siempre se ha visto este tema únicamente desde el punto de vista de la salud de los animales humanos, pero los medios convencionales nunca lo han tratado como una cuestión de ética y de respeto hacia los demás animales.

Para quienes vemos en los animales personas no-humanas con intereses propios, escuchar que han sido masacrados miles de individuos para prevenir el contagio de la enfermedad en curso es un escenario sumamente aterrador que nos recuerda a las condiciones en que vivían los esclavos humanos.

En aquel entonces, los barcos que trasladaban esclavos desde África hacia América los arrojaban aún vivos al mar cuando parecían enfermos para no arriesgar la carga entera o si hacía falta aligerar el peso de la embarcación.

De igual manera, el dueño de un esclavo prefería sustituirle por uno nuevo que atenderle si se encontraba enfermo. Así pues, 15 por ciento de los esclavos transportados desde África morían por las pésimas condiciones de viaje y 30 por ciento perecían durante el periodo de adaptación climática. La situación obligó a los tratantes a mejorar las condiciones salubres de los viajes, no por razones humanas, sino económicas.

Lo mismo sucede con los animales que hemos destinado a consumo humano: son propiedad fácilmente sustituible, no existe consideración hacia ellos; los animales enfermos son arrojados a fosas y enterrados o incinerados vivos. Sin embargo, la enfermedad no es el peor estado en que se encuentran ni la peor amenaza que afrontan. Las condiciones de encierro en las que viven —en constante padecimiento físico y psicológico mientras el “producto” está listo para ser comercializado, para luego terminar brutalmente asesinados en un matadero— no sólo atentan contra su bienestar, sino contra su interés por una vida libre.

Los esclavos de hace un par de siglos seguramente no querían grilletes menos pesados ni habitaciones más grandes. Del mismo modo, los animales no-humanos no quieren jaulas ampliadas ni música clásica. Los «centros de mejoramiento ganaderos» sólo están enfocados al producto de la explotación — la carne, el huevo o la leche—, jamás los intereses del animal. Como sucedió con los esclavos, el mejoramiento de las condiciones de encierro de los animales responde a intereses económicos, no éticos.

Los mataderos, como todos los centros de explotación de animales no-humanos, existen por una demanda económica y social, y mientras exista esa demanda, no sólo los problemas de salubridad alimentaria seguirán ocurriendo, también la desigualdad e injusticia hacia los menos afortunados, en este caso los animales no-humanos. Pero, ¿qué podemos esperar de quienes ni siquiera son capaces de ver a un indígena como su semejante? Ver a los animales no-humanos como nuestros iguales abre camino a erradicar otros tipos de violencia, explotación e injusticia.

Des-normalizar el especismo (la discriminación basada en la especie) es fundamental para quitarle vigencia a todas las manifestaciones de la discriminación. Mientras exista algún sector del planeta que sea visto como inferior, se seguirá justificando el abuso y la marginación en cualquier otro sector, ya que los argumentos por “imitación” han sido utilizados a lo largo de la historia para respaldar diversas injusticias, desde la opresión de los pueblos hasta la masacre de los mismos.

No es muy errada entonces la afirmación del novelista ruso León Tolstoi: “mientras continúe habiendo mataderos, existirán campos de batalla”. Así, en tanto percibamos a los demás animales como seres inferiores, lo mismo haremos con los seres humanos que no cumplan con las características privilegiadas de nuestro grupo de consideración ética.

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