¿Es novela la favela o favela la novela?

Por Alejandro Almazán

I
Horas antes de que un traficante saliera bien cabreado del callejón, desenfundara el revólver y el fotógrafo lo viera venir hacia él, Gilmar Vicente nos había llevado a esa misma parte de la favela para enseñarnos dónde asesinaron a Lucas.

 

Días atrás, Gilmar me habló de Lucas cuando nos conocimos en la Copa Social, un torneo de futbol que jugaron chicos de ocho favelas de Río de Janeiro y que fue publicitado como una “actividad propia” del Mundial. Ciudad de Dios, el equipo que Gilmar dirigió, terminó en séptimo lugar. Me acerqué a la mole aquella que es Gilmar y, en un portuñol de principiante, le pregunté por qué habían jugado tan mal.

 

Supuse que acusaría a los árbitros, como todo técnico que se precie de serlo. Pero me equivoqué y no pude disimular mi vergüenza por una pregunta tan tonta. “Dos días antes de empezar el torneo, mataron a Lucas; era mi mejor jugador”, me contestó y luego miró hacia otro lado porque los hombres no lloran y menos delante de un desconocido. “Ni los niños ni yo pudimos reponernos”.

 

Lucas era un chico de 13 años que se entregaba al futbol mañana, tarde y noche. Quería jugar en Europa para comprarle a sus padres una casa, de preferencia en Copacabana, hacerse de un PlayStation y un celular, pagarse un viajecito a Estados Unidos y regalarle a Gilmar una cancha de futbol como Dios manda, no como esa de barro rojo y de redes remendadas en la que Gilmar entrena a niños y niñas de la favela. En ese montón de tierra, Lucas se ensuciaba de lodo y de sacrificios desde que tenía cinco años. A esa edad es cuando a Gilmar le parece oportuno reclutar a los chicos de Ciudad de Dios. Cree que más grandes ya están hechos al modo de los traficantes y es más difícil enderezarlos, pero de cualquier manera se arriesga. Gilmar les lava los uniformes, les cose las zapatillas y suele decirles que un balón, en la favela, puede engañar al diablo. “A mí no me importa si a los niños los fichan en el Botafogo o en el Flamengo, yo sólo quiero que sean personas de bien y salgan de esta pocilga”, me dijo Gilmar, o al menos eso fue lo que entendí, porque el tipo habla como una bala disparada.

 

Absolutamente en nada de esto pensé cuando el traficante corrió con su endiablado revólver y el fotógrafo lo vio venir hacia él.

 

II
En el inicio fue la favela, y la favela se hizo novela, y la novela fue una película que le dio fama a la favela. Hasta Barack Obama la visitó cuando fue a Río en marzo de 2011. “Eso del presidente gringo fue puro show, mucha seguridad; ese día, seguro los traficantes se fueron a la playa”, nos dirá más tarde Gilmar. Ahorita, apenas vamos hacia Ciudad de Dios e, inevitablemente, pienso en Zé Pequeno y en Mané Galihna, los cabrones bandidos que allá por los años ochenta se declararon una guerra que no perdonó a nadie. Pienso en el samaritano Busca-Pé, en el astuto Infierninho, en el detective Belzebu, en la pobre Berenice, en Pardalzinho —“el bandido más bueno”— y en Paulo Lins, el que los inventó y escribió la novela Cidade de Deus.

 

Pero ni tiroteos, ni persecuciones, ni perros que ladren ni a Zé Pequeno, porque además ése ya está muerto, veremos cuando bajemos sobre la escandalosa avenida Edgar Werneck. Lo que nos recibirá será una carnicería, un supermercado, una cantina, autos, camiones, una niña en bicicleta, miradas de ¿ustedes qué?, una tienda de ropa pirata, un sol del carajo y un negro que sin problema rebasa los cien kilos, con bermuda y un silbato, pitando y deteniendo el tránsito. Esa mole será Gilmar y no esperará a que cambie el semáforo para cruzar la calle.

***

Gilmar Vicente Sombreiro nació hace 50 años en Ciudad de Dios. Pero estaba muy niño como para que hoy se acuerde de las máquinas que arrasaron con la tierra, con los árboles, con el pantano, con las huertas y construyeron centenares de chabolas para recibir a las miles de familias que fueron desalojadas del centro de Río. Los nuevos inquilinos, escribe Lins, “acarrearon consigo basura, perros vagabundos, echús y pombagiras1, días para ir a batallar, antiguas cuentas que ajustar, mercadillo de martes y domingo, pollos ofrecidos a los dioses, revólveres, hambre, traición, pobreza para querer enriquecerse, ojos para nunca ver ni decir, y pecho para encarar la vida, hacer la guerra y ser tatuado”.

 

De lo que sí se acuerda Gilmar es que, por esos años, también llegó la maconha (mariguana). “A lo mejor ya había, pero se escondía”. Gilmar, en vez de venderla o fumarla, encontró el futbol. Fue en el campo de la Rua Israel donde se raspó las rodillas y se hizo portero. A los 18 años ya jugaba para las fuerzas básicas del Botofago. En esos años, la década de los 80, los traficantes comenzaron la guerra y muchos vecinos, para frenar el crimen, crearon asociaciones de samba, clubes deportivos, grupos de teatro. A Gilmar se le ocurrió que, además de entrenar con el Botafogo, de cuidar a su familia y de construir su casa, podía enseñarles futbol a los niños. “En la favela, un balón cambia vidas”, resumió Gilmar su por qué.

 

Los primeros años, los entrenamientos fueron irregulares: primero, porque no tenían cancha y, segundo, porque nadie salía de casa por las balaceras. En los 90 mejoraron las cosas, pero los mejores tiempos (si a eso se le puede llamar mejores tiempos) llegaron después de la película que Fernando Meirelles adaptó de la novela en 2002: el gobierno brasileño llevó programas sociales, tiró casas y construyó otras, pavimentó algunas calles, puso algunas canchas y, un rato, le dio prioridad al futbol. Luego, en 2008, el ex-futbolista Zico necesitaba entrenadores para las escuelas que abriría en varias favelas de Río. Gilmar estaba vacante. Hoy, la alcaldía se ha sumado al proyecto de Zico y es quien a Gilmar le paga 500 reales al mes (poco menos de 3 mil pesos). Con esa plata come, paga renta, luz y compra cajas de galletas y litros de refrescos para que los chicos no se desmayen después del entrenamiento. Ese es el lunch.

 

III
Ciudad de Dios es como un batido de los siguientes ingredientes:

 


Un kilo de violencia.

 

Medio kilo de rifles kaláshnikov.

 

Un litro de río hediondo.

 

Un cuarto de Comando Vermelho.

 

Un cuarto de policía corrupta.

 

Una olla con 100 mil personas, de preferencia de raza negra.

 

Quince barrios que son imposibles de caminar en una semana, menos en un día.

 

Callejuelas tipo Chalco Solidaridad, al gusto.

 

Un MP3 con funky, samba y unas canciones de Cartola.

 

Una pizca de maconha.

 

Y la idea de que las penas con pan son mejores.

 

Pero ya me desvié. Yo vine a contarles de Gilmar.

 

IV
Gilmar nos llevó primero a la casa donde dejó su infancia. Era un cuarto donde apenas y caben los humanos; su hermana Eginia aún vive ahí con tres hijos, un perro perezoso y unas gallinas que ya sabrán lo que es la muerte. Después nos metimos por un callejón que parecía mercado sobre ruedas y llegamos a la pequeña cancha donde Gilmar se hizo portero. No me lo dijo, pero por la cara que puso debió haberse acordado de algo que lo hizo sentir bien. Luego saludó serio a los jóvenes que se acercaron fumando mariguana y nos fuimos.

 

—¿Alguna vez has fumado maconha? —le pregunté a Gilmar.

 

—Nunca. Dicen que con eso da hambre, imagínate si fumara. Sería lo doble de gordo.

 

A Gilmar no le gusta que los niños fumen. A quienes ha descubierto, no los ha vuelto a aceptar en el campo. Elis Menezes, la capitana de un equipo femenil que también dirige Gilmar, andaba por ahí, en su bicicleta, y Gilmar le preguntó que qué les hacía a los niños que fumaban maconha. Elis levantó la mano a la altura de su delgadísimo cuello y, con el dedo índice, simuló cortarse la yugular.

 

Más tarde, cuando caminábamos por la avenida Ciudad de Dios, Gilmar extendió los brazos como un presentador de circo y, frente a una modesta casa, dijo: “Aquí vivió Paulo Lins”.

 

—¿Lo conociste?

 

—Poco. A Paulo le gustaban los libros y a mí el futbol —me contestó y caminó hacía la orilla de un río de aguas negras que rodea la avenida Ciudad de Dios.

 

Entonces se entretuvo a mirar las llantas. “Los traficantes llevan años haciendo el microondas”, nos dijo. Microondas le llaman los traficantes al acto de meter vivo a alguien entre las llantas y prenderle fuego.

 

Luego, Gilmar nos dijo que nos despidiéramos de la zona más tranquila de Ciudad de Dios. “Vamos a donde vivo, y allá está peor”.

 

V
Disparos.

 

Pánico.

 

Gritos.

 

Todos los días alguien muere. En el caso de Lucas Farias existían poquísimas probabilidades de que ocurriera. Iba hacia el campito de futbol.

 

Cargador vacío.

 

Recarga.

 

Cargador Lleno.

 

Domingo 15 de junio, a eso del medio día: policías y traficantes del Comando Vermelho, el que controla Ciudad de Dios, se tirotean.

 

Bala.

 

Agujero.

 

Lucas está muerto.

 

“Menino baleado na Cidade de Deus é sepultado no Cemitério de Jacarepaguá”.

 

Yo no venía pensado en esto, pero Gilmar nos llevó a la calle del tiroteo, nos contó cómo pasó todo, como si fuera perito forense, y luego le pidió a Wallace, uno de los chicos del equipo, que se alzara el jersey para que mostrase la cara estampada de Lucas sobre la camiseta que traía debajo.

***

Los defectos de los traficantes se cuentan por costales: matan, luego averiguan, roban, violan… En Ciudad de Dios, según Gilmar, el Comando Vermelho no permite que estas barbaridades ocurran en la favela. “Quien roba o mata, es acuchillado y los avientan a los hormigueros”.

 

Esto lo dijo sin sobresaltos, como si ya lo hubiera contado muchas veces.

 

El Comando Vermelho, el grupo de traficantes más violento de Río y de Sao Paolo, mueve droga en más de la mitad de las favelas y lo hace con la libertad de un vendedor de uvas en Navidad. Esto no lo dijo Gilmar.

 

De esto no quiso hablar. Se sabe por algunos periodistas brasileños que han escrito sobre la estrategia gubernamental de pacificación en las favelas: mandar a la policía militar, desarmar a los narcos, dividirse el negocio y seguir trabajando.

 

VI
La riqueza de Gilmar consiste en: nn televisor LG que, si no fuera porque tiene control remoto, uno pensaría que es de bulbos; una docena de trofeos que solo hacen bulto, tres cacerolas, un ventilador que medio sirve, una silla de madera, algunos vasos de vidrio y otros de plástico, un refrigerador que ya dio lo mejor que tenía, una computadora reconstruida, dos sudaderas, dos pantalones, tres bermudas, una docena de playeras, un colchón individual, un champú y un celular de los que en México cuestan 100 pesos.

 

La chabola en la que vive, de dos por cinco metros, la renta. Lleva más de siete años ahí, desde que se divorció.

 

—¿Y de dónde sacas para comer? —le pregunté.

Encogió los hombros enormes y contestó:

—Dios siempre provee.

 

Tal vez le den sus dos hijos (uno es militar y el otro jefe en una empresa). O sus dos hijas (están casadas). Tal vez le lleven comida los padres de los chicos que entrena. No lo sabremos: Gilmar dijo que de eso no le gustaba hablar. “A veces no como y ni así adelgazo”, terminó con el tema y comenzó a platicar de Ginga Brasil.

 

Ginga Brasil es un proyecto de Gilmar y otros tres amigos. Objetivo: ofrecer a los niños actividades gratuitas. ¿Cuáles?: atletismo, jiu jitsu, judo y futbol. Los maestros: los raperos Robson Mendonça y Michel Fernandes, mejor conocidos como Don & Mingau, el judoca Rodrigo Andrade y Gilmar.

 

Conclusiones: gran proyecto, poca plata. Está en pausa. Solo Gilmar sigue y, por ahora, entrena a 25 niñas y a más de 40 chicos.

 

En los últimos años la cantera ha mejorado: Jadson fue reclutado por las fuerzas básicas de Vasco da Gama y Wallace jugará en una selección juvenil de favelas que Zico está por organizar. El resto se ha conformado con vestir la casaca de Ginga Brasil, que compite en una liga llanera de Nova Iguaçu, y que hace días perdió la final de varones.

 

VII
Le dije a Gilmar que me llevara a conocer a Leandro Firmino, el actor que interpretó a Zé Pequeno en la película, y él me respondió preguntándome si traía suficiente dinero. “En Ciudad de Dios todos cobran por hablar; desde que salió la película es un modus vivendi”. “Pero a ti todos te hablan, todos te saludan”, le insistí. “Por eso sé que todos cobran por hablar”.

 

Leandro, el único actor que sigue viviendo en Ciudad de Dios, no pesaba más de 70 kilos cuando interpretó a Zé Pequeño. Hoy debe estar por los 100, ha hecho papeles menores y le va al Flamengo. En marzo de 2011, Firmino fue invitado a la visita que hizo Obama a Ciudad de Dios. “No fui, tenía otro compromiso”, le dijo al cineasta brasileño Cavi Borges para el documental que filmó sobre la vida de los actores, diez años después de la película.

 

—¿Y tú la viste? ¿Te gustó?

 

—Sí, me invitaron a una premier que hubo en Botafogo. Es fuerte, pero no exagera.

 

A mucha gente, sin embargo, no le cayó nada bien. En las notas de aquel tiempo del estreno, hay habitantes que se quejan, que dicen haber quedado marcados para siempre, que la favela no es así.

***

De Zé Pequeno se sabe que, como todo bandido que se precie de serlo, tenía varias casas y amantes en Ciudad de Dios. Un día dormía en un sitio, y otro día en otro. Y sí: era feo como si le hubieran modelado la cara a machetazos. No les daba droga a los niños y, si bien en sus inicios no robaba en la favela, esa regla tuvo sus excepciones hasta que desapareció la regla. Unos dicen que a Zé Pequeno lo asesinaron unos niños, pero otros juran que la banda de Valzinho, otro bandido, lo emboscó en un departamento.

 

Y de Mané Galinha se dice que sí, que era guapo, que sabía hablar y no parecía bandido. Que perdió a casi todos sus hermanos en la guerra con Zé Pequeno. Que su declive comenzó después de un tiroteo, donde recibió un disparo en el vientre, y él mató a una niña de nueve años que jugaba en la calle. Que después de eso, Mané Galinha nunca fue el mismo. Que sufrió mucho con la muerte de la niña. Que se puso muy enfermo y que, días después, en su casa, se disparó.

 

VIII
En la novela, Busca-Pé quiere trabajar para poder llevar sus estudios adelante, comprarse su propia ropa, tener algo de dinero y salir con la novia, pagarse un curso de fotografía, comprarse una cámara…

—Eres como Busca-Pé —le dije a Gilmar—. Él es la única esperanza en la novela.

 

—No, no. Yo no tomo fotos, no puedo ser Busca-Pé.

 

Entonces dijo que los que han salido de la favela, ellos sí, son Busca-Pé. Habló de Paulo Lins, de Cidinho & Doca (un dueto de funk, formado por Sidney da Silva y Marcos Peizoto; Rap das Armas es su canción más conocida); habló de Don & Mingao, y de otros que no alcancé a anotar: estaba oscureciendo y Gilmar nos avisó que ya no eran horas de seguir caminando por la favela.

 

Pensé irme con la imagen de aquellos chicos que, en algún momento de la tarde, vi elevar sus papalotes. “Había llegado el tiempo de los cometas a Ciudad de Dios”, escribe Lins. En la parada del camión, sin embargo, vimos y escuchamos el tronido de los cuetes. La droga había llegado a Ciudad de Dios.

 

Posdata

 

Una mulata enganchada al crack empezó a gritar que Alan, el fotógrafo, les había tomado las caras a los traficantes. Uno de ellos salió del callejón y, empistolado, avanzó hacia donde estaba Alan. Yo no vi nada de esto. Yo, como Alan, como Enrique (el otro fotógrafo) y como Érica (una brasileña que nos sirvió de intérprete), venía rezagado, y el trazo de la calles en Ciudad de Dios no ayuda a que uno vea dónde empieza una y dónde acaba otra. Entonces di vuelta y alcancé a ver a Gilmar: iba corriendo como si tuviera veinte años y pesara solo la mitad. Gilmar le alzó la voz al traficante, pero fue involuntario: solo le decía desde a lo lejos que él vivía en Ciudad de Dios, que era el entrenador del equipo, que todo estaba bien, que él nos había dicho las reglas y que Alan no había tomado fotos, aunque esto no lo supiera. “¡Dame la cámara!, ¡dame la cámara!”. ¿Y si nos acercábamos más? No, el único que podía rescatar a Alan, y a nosotros de paso, era Gilmar. Sólo él podía rapar a ese tigre. Gilmar le entregó la cámara al traficante y éste, como si se dedicara a la fotografía, la agarró, la encendió y revisó cada foto.

 

Minutos después, apagó la cámara y la regresó. “Desculpa”, dijo y volvió a lo suyo.

 

1. Pombagira es la compañera de Echú, divinidad afrobrasileña considerada como oricha (espíritu guía), que los misioneros católicos identificaban con el diablo.

*Esta crónica forma parte de la Colección de Crónicas Máspormás.

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