Por Berenice García

La comunidad búlgara en Monterrey está compuesta por no más de 30 personas. Bulgaria está al suroeste de Europa y comparte fronteras con Macedonia, Yugoslavia, Grecia y Estambul. Su capital es Sófia, una ciudad de construcciones con techos altos donde nació Elvira Popova. Elvira creció en una familia de artistas. Su abuelo disfrutaba del canto y durante muchos años formó parte de un coro prestigioso, mientras que a su mamá le gustaba el baile; fue bailarina de ballet hasta sus 40 años. A Elvira Popova le apasionó el teatro. Es clara la influencia que el arte y su familia ejercen hoy en su vida en Monterrey.

Popova es maestra de la Escuela de Artes Escénicas de la UANL y desde hace 15 años vive en Monterrey. Impulsada por el amor, llega a la ciudad con su esposo e hija. A su pareja la conoce por ahí de los años 80 en su ciudad natal cuando ella estudiaba teatrología en la Academia Nacional de Teatro y Cine de Sofía. Él llega a Europa para estudiar biología gracias a los intercambios culturales y alianzas estratégicas que se generaban entre países simpatizantes del régimen socialista. Al terminar sus estudios, se mueven a la ciudad de Monterrey, donde viven un corto tiempo con los padres del novio. Ella nunca antes había salido de su país y admite que no estaba del todo convencida de venir acá. No tenía ninguna expectativa de Monterrey. Tampoco conocía sobre el teatro mexicano, y la imagen que tenía de México estaba reducida al ícono del hombre con sombrero, zarape y burro. Sin embargo, se entrega a la aventura.

Al llegar a Monterrey, todo se convierte en descubrimiento. Lo que más le impresiona son los techos bajos de las casas y los modismos del lenguaje. Elvira Popova había estudiado el español por cuatro años. Conocía su gramática a la perfección, pero no había tenido la oportunidad de ponerlo en práctica. Recuerda que una de las veces que más se sorprendió (e indignó) fue una ocasión en la que una conocida llamó a su esposo “viejito”. Para ella esto fue un insulto, pues, en efecto, él era 20 años mayor que Elvira.

En su afán de descubrir Monterrey, Popova se dejaba llevar por la observación. Disfrutaba y le generaba inmensa curiosidad la dinámica social que se desarrolla en la Alameda. El mero hecho de tener empleo doméstico le resultaba un tanto extraño; ahora ya se acostumbró a la idea. La comida es de las cosa que más disfruta del país. Admite que con toda razón la gastronomía mexicana es reconocida como parte del Patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

Según lo percibe Elvira, si describimos a las personas con colores, en México seríamos anaranjados y en Bulgaria color beige u ocre. De acuerdo con la psicología del color, al mexicano le corresponden los calificativos de entusiasta, cálido y emocional, al búlgaro los de amabilidad, hospitalidad y estabilidad. Así es justo como nos describe Popova. En Monterrey se encontró con personas muy abiertas, alegres y sonrientes, dispuestas a compartir. Por eso, en 2003, cuando regresa por corto tiempo a Bulgaria, “extrañaba el calor y color de México”.

El venir a Monterrey resultó algo confuso para ella. Si tú también vienes desde Extranja, podrás reconocer ese sentimiento de estar sin estar, de tener un pie en el lugar de dónde vienes y otro en el lugar donde estás. Elvira estaba confundida, sentía que tambaleaba, tal y como lo hacía la mesa donde reposaban nuestros tés. Pero todo se vuelve más claro el año en el que regresa a Bulgaria. Ahí se da cuenta que ese ya no era su hogar, que ella pertenecía a México. Lo supo desde siempre, “desde el momento en que decidió estudiar español en lugar de inglés”. Esto le basta para naturalizarse como mexicana, sin embargo, dice que “puede considerarse arrogante ser extranjero y sentirse mexicano, lo comprendo. El extranjero es el otro, el que viene desde fuera”. El mexicano la sigue reconociendo como extranjera. Acepta que eso la entristece. 

Elvira no puede afirmar si quisiera morir en México. Ella se visualiza a futuro en el país; sabe que es de aquí y que en esta tierra ha encontrado la felicidad.

En México aprendí a ser alegre, a compartir con el otro. A lo mejor eso es crecer. Soy afortunada y estoy agradecida. Lo único que puedo sentir por México es agradecimiento. Me encontré a mí misma porque conocí a los otros.

De su oficio de maestra expresa que es una pasión. Aprende de los chavos y se anima a seguir descubriendo y creciendo como persona. Lo más importante de todo ello es compartir sus experiencias de vida.

Elvira Popova compara su vida con el Festival de Teatro de Nuevo León, pues ambos llegaron al mismo tiempo y se han ido transformando. Creo que la historia de Elvira puede ser vista como verdadera representación del Teatro Autentico. Ella escribió el libro Dramaturgia mexicana de los años 90 del siglo XX desde la perspectiva de la postmodernidad, lo que inició como una tesis de investigación para conocer un poco más sobre el teatro mexicano.

Comments

comments