Por Subteniente Hernández

Nunca en mi vida me había disfrazado de algo, salvo en los bailables de la escuela. Una vez organizamos una fiesta de disfraces con la familia y decidí maquillarme de Gene Simmons. ¿Por qué, si yo sé que no tiene nada que ver con las tradiciones mexicanas? Fue por el niño que aún a mis 40 años sigo teniendo dentro de mí -y espero que nunca me abandone-. Verán: conocí a Kiss por las revistas y la radio allá en 1978. Había un programa que se llamaba Radio Éxitos y tocaban a Kiss, Queen y Beatles, los más populares en aquel entonces. Me llamaban la atención los ritmos de la música diferentes entre sí y cuando ponían a Kiss su ruido era más pesado, de más desmadre y daban ganas de subirle. Pero el sonido se distorsionaba con la baja potencia del radiecito marca Citlali que mi mamá compró en abonos.

A los de Liverpool yo los conocía por la televisión. Queen no me interesaba mucho, pero de Kiss se hablaba; tenía compañeros de tercero de primaria que contaban cosas y hablaban del gato, del demonio, del espacial y el de la estrella como si fueran superhéroes. Batman, Superman y Ultraman se tuvieron que hacer a un lado para dejar pasar a los verdaderos héroes, los cuales tenían guitarras. En la escuela los niños metían las revistas Conecte y Sonido a escondidas y todos esperábamos el recreo con emoción para desplegar ese póster gigante de cuatro páginas. Después fueron discos: primero el Kiss alive I, el Destroyer y el Kiss alive II, que aunque yo no tenía tocadiscos, se los pedía prestados nada más para que al caminar de la escuela a la casa, que eran como cinco kilómetros de distancia, la gente me viera con un disco de Kiss bajo mi brazo y al llegar a la casa, después de hacer la tarea, tirarme en el suelo a mirar las fundas por largo rato, repasando los nombres de las canciones.

Años más tarde, cuando ya teníamos estéreo, mi mamá llegó a la casa con el disco Dinasty. Eso nunca lo olvidaré porque teníamos carencias y mi madre no nos compró leche, ni pan, ni tortillas: nos alimentó el alma. Para que mi mamá viera la satisfacción de haber hecho un sacrificio, lo puse una y otra vez hasta el cansancio, y más cuando mis padres se iban a trabajar y me quedaba a cargo. Entonces me ponía los zapatos de plataforma de la jefa y me pintaba la cara de manera burda. Tomaba una escoba que simulaba ser el bajote en forma de hacha ensangrentada de Simmons y me chutaba todo el disco o hasta que se me durmieran los brazos de tanto air bass.

Precisamente a ese niño quise homenajear cuando me disfracé. Nunca he ido a un concierto de Kiss; estuve a punto en el 92 cuando vinieron por primera vez a México, pero sin pintura, como que no era lo mismo ver a Gene Simmons sacar la lengua sobre su barba y con botas vaqueras; después vino la reunión, no alcancé boletos. Después siguieron viniendo, pero ya con chalanes.

De hecho apenas acaban de tocar en tierra azteca, pero ya no es lo mismo. Entonces me quedé con la mejor etapa de ser fan de Kiss, que fue precisamente del 78 al 82. Después, los verdaderos dueños de la franquicia corrieron al As Espacial y al Gato por borrachos. Metieron a otros en su lugar y se despintaron. Entonces se acabó la magia porque entré a la pubertad y supe quiénes eran en realidad los reyes magos; por eso yo siempre he dicho que los Kiss son mi Beatles, that is true!; por eso no me importa que Gene Simmons sea un súper mamón, bisnero, arrogante, ambicioso, presumido y que cada vez que viene a México amenace con cobrarle regalías a cada expendedor de mercancía pirata que se gana la vida afuera de los recintos donde han tocado. Lo único que me importa es que, como a miles de fans, tocó algo en nosotros. Siempre he dicho que cuando un artista logra lo inimaginable en un fan, su obra estará completa. Por eso no saben cómo se siente maquillarse de él. Eso sólo yo lo sé, así que cuando me levanté de la silla y me miré al espejo, un par de lágrimas se escurrieron por mis mejillas. La maquillista se dio cuenta y me dijo: “¿Está llorando señor?”. No contesté nada, le pagué, salí de su negocio, tomé mi bajo, agité mis alas de vampiro, saludé de beso a 20 groupies que me encontré en mi recorrido por el pasillo y me dieron su número telefónico anotado en sus pantaletas; y me dirigí al escenario donde una turba de gente de todas las edades gritaba enloquecida, pintada como yo y el resto de la banda; que exigía nuestra presencia. Entonces una voz en off gritó a la concurrencia: “¡GOOD NIGHT, DETROIT! ¡YOU WANNA THE BEST, YOU GOT THE BEST, THE HARDEST BAND OF THE WORLD: KISS!!!!!

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