Por Carmen Libertad Vera

La ciudad estaba despierta. Y aunque la mayoría de los comercios aún no iniciaban actividades y sus cortinas lucían bajas, en las calles se advertía ya el tempranero trajín de gente yendo a la escuela o al trabajo.


El sol irradiaba un tímido calor, aun así, la temperatura se sentía muy fresca debido a la brisa otoñal que en pequeños remolinos alzaba montoncillos de polvo y una que otra breve hojarasca.


Fue entonces cuando algunos pudieron verla a ella, como una aparición fantasmal surgida desde alguna esquina. Y si bien ella no “era llena de gracia como el Ave María”, sí, al igual que en la Gratia Plena de Amado Nervo, “¡quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!”.


No podía ser de otra manera, ya que aquella mujer (mediana edad, deslucida presencia y cierto vacío en la mirada, lo que revelaba algún tipo de trastorno emocional) caminaba sin rumbo fijo por la vida, completamente desnuda.


A su paso, los andantes que se cruzaban en su camino se detenían asombrados. Las miradas exentas de morbo que aquella descuidada figura sobre sí atraía eran, eso sí, una mezcla de piedad y estupefacción.


Por su parte, aquella desnuda mujer que caminaba matinalmente por el céntrico entorno iba ajena a todo y a todos, excepto a su propio mundo. Por momentos, sus brazos se alzaban como dibujando algo en el aire mientras, en un extraño rictus desencajado, parecía querer plasmar en sus labios una especie de sonrisa. Su mirada era extraviada e inexpugnable. En sus ojos no se percibía ni dolor, ni tristeza, tampoco angustia, temor o coraje. Nada.

Absolutamente nada trasmitía a los demás la casi inmovilidad de sus pupilas.


“Pobrecita”. “Anda perdida”. “Seguro se escapó de un hospital o del manicomio”. “No se ve que esté herida”. “¿Estará borracha o drogada?”. “¿Alguien la conoce?”. Estos fueron algunos de los comentarios que en corrillo emitieron entre sí quienes la habían mirado o la miraban. No faltó quien sugiriera llamar a una patrulla o a una ambulancia.


Mientras tanto, aquella mujer seguía caminando por la vida. Lentamente. Mostrando al mundo en cada paso las grisáceas plantas de sus pies mugrientos, su pelo lacio y renegrido cayendo enmarañado sobre los hombros, la entelerida piel de su desparpajado cuerpo.


Alguien, de pronto, como sacado de una chistera de mago, frente a la vista de los involuntarios observadores, hizo aparecer un vestido blanco.


—Toma, ve y dáselo para que se cubra —dijo a una mujer el inesperado portador de aquella prenda.


Acatando aquella casi súplica, la mujer acomedidamente tomó el vestido y procedió a dar alcance a la mujer desnuda, quien en su deambular andaba casi llegando a la otra esquina de la misma cuadra, justo al cruce de una muy transitada avenida.


Al estar frente a ella, todos vieron cómo la mujer desnuda recibía en sus manos la blanca prenda. También vieron cómo, sin decir ni media palabra, después de mirar aquel vestido, lo terció con sus manos, colocándolo luego sobre su antebrazo izquierdo, decidiendo permanecer desnuda en aquella esquina.


A la distancia, los espectadores de aquella escena sólo atinaban a hacer un gesto de frustración al ver la inutilidad de aquel sorpresivo regalo.


Finalmente, todos prosiguieron su propio camino, no sin antes observar cómo aquella mujer, desnuda y con un vestido blanco doblado sobre su antebrazo, seguía de pie en la misma esquina, pero ahora esforzada en realizar distintos giros y poses, como si fuera una modelo haciendo pasarela a los automovilistas que por ahí transitaban.

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