¿De qué habla una escritora consagrada durante una sesión de fotos?

Por Daniel Aguirre

Ilustración por Haydeé Villarreal

El veintitrés de abril del 2014, desde el púlpito del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en el discurso que dio al recibir el Premio Cervantes, Elena Poniatowska recordó a Sor Juana Inés de la Cruz como la única mujer en la literatura que ensayó una explicación del universo en uno de sus poemas.

Cincuenta y cinco días después, es imposible no recordar a la monja jerónima, pues Elena se encuentra en el auditorio Divino Narciso de la Universidad del Claustro de Sor Juana para la sesión de fotografías que le solicitó la Biblioteca Nacional de España, donde estará su retrato junto al de los demás ganadores del galardón.

Lleva el mismo huipil de tehuana que usó en la ceremonia, hecho por manos juchitecas; ese que usó en una premiación en Washington, en otra en Los Ángeles y durante un encuentro con el ex presidente de Venezuela, Hugo Chávez; es el mismo que, orgullosa, defendió ante los reyes de España, que creyeron que los colores rojo, amarillo y negro del atuendo aludían a la bandera española.

Está de pie sobre un púlpito dorado de madera apolillada con tallados barrocos, a más de dos metros de altura; lo reforzaron minutos antes con un par de puntales para soportar el peso de la Princesa Roja.

—¿Cómo estás, Elena? —le pregunta el fotógrafo Alan Flores.

—Siento que el corazón me late —contesta Elena mientras Alan dispara su cámara y el flash ilumina el rostro de la escritora y el color dorado de los ornamentos del retablo resplandece.

“Estaba muy impresionante [la altura del púlpito], pero era menos alto que en el que me subí en Alcalá de Henares, pues es un púlpito: ves todas las cabezas, las nucas, pero casi no puedes ver sus caras”, comenta Elena al concluir la sesión de fotografías.

Desde la institución del Premio Cervantes, sólo cuatro mujeres lo han ganado: María Zambrano, en 1988; Dulce María Loynaz, en 1992; Ana María Matute, en 2010, y en 2013, Elena Poniatowska. Sin embargo, Elena fue la primera en subir al púlpito del Paraninfo de Alcalá de Henares y emitir un discurso desde ahí.

Además de ser la clausura de un época en su trayectoria, el Cervantes, dice Elena, es un premio con dedicatoria para los periodistas, oficio en el que se inició en 1953, a los 21 años, en Excélsior. “Porque yo me considero periodista, sigo haciendo periodismo. Bueno, también escritora, pero como a los periodistas siempre los maltratan, los hacen esperar mil horas y los tienen siempre refundidos”.

Esta dedicatoria también tiene fundamento en la lucha que Elena ha llevado durante toda su vida: darle voz a los que no la tienen.

“También es una manera de estar con la gente que no está en el candelero, porque los periodistas siempre son los que preguntan y de cierta manera reciben, pero finalmente, cuando no se consigna un acontecimiento y no lo hace el periodista, es casi como si no hubiera habido acontecimiento alguno”, explica.

El periodismo de Elena ha sido uno de oposición, del que se indigna, como ella lo describe; esto porque está convencida, añade, de que hay que estar de ese lado, del de la protesta: “Porque si estás del otro lado, te vuelves tan corrupto como los políticos”, dijo.

La obra de Poniatowska está compuesta por más de 40 títulos, entre literarios y periodísticos; entre ellos La Noche de Tlatelolco, el libro que la encumbró y la identificó como una de las periodistas más importantes del México contemporáneo.

En La Noche de Tlatelolco, Elena recoge los testimonios de las personas que de alguna manera presenciaron la masacre del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas, en la Ciudad de México, y hace un recuento del movimiento estudiantil de la época y que tanto incomodó al gobierno de Luis Echeverría.

A casi medio siglo después de aquél fatídico suceso, para Elena, la situación de México está “de la patada; horrible, muy mal, porque matan a muchos jóvenes. La guerra contra el narcotráfico ha sido atroz, porque a cada rato ves gente que matan en la frontera; son gente joven, es terrible”.

La alternativa para solucionar el clima de violencia, opina Elena, no sólo radica en la generación de oportunidades y erradicación de la pobreza, algo que desde su punto de vista los políticos no parecen estar dispuestos a hacer, sino también en la organización civil.

“Que sepamos protestar, que salgamos a la calle, que digamos que no estamos de acuerdo, que no seamos indiferentes, inermes”.

Entre septiembre y octubre del año de 2014, Elena tiene pensado entregar su próxima novela a publicar: una historia basada en la modelo y novelista Guadalupe Marín.

Lupe, nacida un 16 de octubre de 1895 en Zapotlán, Jalisco, fue modelo de Diego Rivera; de esa manera el pintor la conoció y se enamoró de ella. Se convirtió en su segunda esposa y la única con la que contrajo matrimonio por lo civil y lo religioso.

Antes de que Rivera se fuera a Rusia, se separaron, luego de una relación conflictiva. Cuando el muralista mexicano regresó a México, se encontró con que Lupe Marín se había ido a vivir con el poeta y crítico literario Jorge Cuesta, el mismo que los últimos días de su vida los pasó en un sanatorio mental, donde se cortó los genitales y en el que en un descuido de los enfermeros, se suicidó.

Lupe Marín fue completamente tragada por Frida Kahlo, relata Elena, porque toda la atención, los reflectores, brillaron sobre ésta última.

No obstante, a Poniatowska el carácter de Marín la inspiró para hacer una novela: “Representa muchísimo a México; vivió todo el muralismo, y además es muy especial, porque no es la madrecita santa mexicana abnegada, considero. Y si su hija Ruth viviera, a lo mejor te diría que no fue ella ni buena madre, ni excelente esposa, y sigue siendo un gran personaje”.

Y como una buena parte de sus publicaciones anteriores, ésta también tiene un trasfondo periodístico, porque la novela está apoyada en una serie de entrevistas que Elena realizó a Guadalupe.

Antes de ponerse a escribir sobre Guadalupe Marín, Elena había pensado trabajar en una novela sobre uno de sus antepasados, el rey Estanislao Augusto Poniatowsky, pero reconoce que para ello requiere incrementar su conocimiento sobre el tema. “Ése es del siglo casi XVIII y no sé nada; no hablo polaco, no sé historia, nada. Bueno, yo vine a los diez [a México], me sé los reyes de Francia y tengo que leer más”.

El auditorio Divino Narciso es el antiguo templo de San Jerónimo, reinaugurado apenas el 17 de abril del 2013, con la presencia del flamante Secretario de Educación, Emilio Chuayfett, y cuya remodelación requirió la inversión de ocho millones de pesos. Tiene capacidad para 500 personas, y se estima que recibe 25 mil visitantes por año, mismos que presencian las cerca de 200 actividades que la Universidad realiza en el mismo periodo. En sus paredes hay grandes pedazos de loza que amurallaron el claustro de las monjas jerónimas, que datan desde el siglo XVII, que guardan las historias de las religiosas en un silencio perpetuo, que atestiguaron la tarea de la célebre Sor Juana.En el estrado, al menos una hora antes de la llegada de Elena, ronda un gato. El felino, debido al contexto del evento, trae al recuerdo un cuento que Poniatowska escribió inspirándose en su entrañable amigo el escritor Carlos Monsiváis, cuyo título es “Sansimonsi”; eso y que en la presentación del libro ilustrado por El Fisgón (el caricaturista Rafael Barajas Durán), ella comentó que el intelectual mexicano había reencarnado precisamente en un minino.

El 19 de junio de 2014 se cumplieron cuatro años del deceso de Monsiváis. Un día antes, algunos medios del Distrito Federal publicaron que Elena había dicho que a éste debería considerársele Patrimonio Cultural. “No, no. Yo dije que él era como un monumento, como un patrimonio cultural, pero también dije que como un bar gay, eso ya no lo pusieron, una casa, un asilo para gatos. Pero yo no dije eso tan pomposo”.

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