Por Kaizar Cantù

Hablaré del zahir. La palabra es definida por Borges con una cita mentirosa en uno de sus cuentos: “Zahir, en árabe, quiere decir notorio, visible; en tal sentido, es uno de los noventa y nueve nombres de Dios”.

Un zahir (o el zahir, para ser precisos; el universo es piadoso y permite la existencia de sólo uno) es un objeto que una vez visto, se adueña de la mente. El pobre diablo que posa sus ojos sobre el zahir no puede pensar en otra cosa. Al principio todas sus ideas se relacionarán con el zahir, luego sus sueños girarán en torno a la imagen de aquel objeto, y finalmente, poco a poco, la figura del zahir irá bloqueándole el mundo, hasta que no quede otra cosa más que el objeto flotando en el vacío de la consciencia.

Lo más temible es que cualquier algo puede convertirse en el zahir. Borges enumera una brújula, un tigre, un ciego lapidado, una moneda argentina. Dice, refiriendo palabras apócrifas, que cuando el zahir fue un astrolabio de cobre, un rey mandó a que se lanzara al fondo del mar porque temía que los hombres se olvidaran del universo.

Es curioso que Borges comience “El zahir” confesando un enamoramiento, porque me parece que los efectos de un encuentro con el zahir no difieren mucho de lo que en inglés se conoce coloquialmente como un crush, un amor que pulsa con tal intensidad que es aplastante.

Sé que la comparación es burda, y seguro Borges me molería las manos a bastonazos por escribir semejante bobera, pero es una bobera a la que no me molestaría dedicarle unas pocas palabras.

Supongo que todos hemos sufrido las ansiedades que causa un amor tremendo por otra persona. Nos sorprendemos pensándole sin querer, encontrándole aunque sea por un instante dentro de cualquier sueño, percibiendo el mundo como una bruma filtrada por su imagen. Es una maldición, la más natural y antigua de todas ellas.

Como he dicho, los síntomas que aquejan al enamorado no difieren mucho de los que tienen la mala fortuna de haber mirado el zahir. Algunos románticos dirían incluso que el amor es un mal mucho más cruel y peligroso. Zahír sólo hay uno, y al parecer el universo es medio caprichoso a la hora de elegir cuál será el siguiente, pero, ¿cuántos enamorados no hay recargados contra el barandal de un puente, suplicándole al agua o a la noche con los ojos?

Pero el zahir no es algo tan terrible. En el cuento, Borges refiere con ese misterio tan suyo unos versos de Tennyson: Little flower—but if I could understand / What you are, root and all, all in all, / I should know what God and man is. Al final plantea la posibilidad de descifrar el universo a través del zahir. Esa esperanza parte de que todo objeto en el universo no es más que un rastro del primer objeto de todos, un eco de la explosión, o el grito, o el verbo, o la sílaba que nació y sigue naciendo. Si una consciencia se fija en un solo objeto por el resto de sus días, tarde o temprano distinguirá aunque sea un atisbo de ese rastro que la llevará hasta el telón que cubre el cuerpo desnudo del universo. Alguno de los peces que miró de reojo el astrolabio de cobre que yace en el fondo de los mares vio, sin quererlo ni saberlo, el inicio del Tiempo y su final, todo lo que fue, es y será concentrado en un sólo instante.

Si trasladamos esa misma idea a la maldición de los amores, lo insufrible se transforma en un dolor noble. El enamorado sufre la imagen de su querido o su querida, pero esa imagen, que lo espanta en la noche y los sueños, como lo hacen los espectros, es lo que Borges llama “la sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo”. Detrás del rostro que se ama está el universo, entero, simultáneo e inexpresable.

¿Y qué es el amor si no eso? Una chispa que estalla y crece hasta abarcarlo todo, hasta convertirse en Todo.

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