Por Alejandro Medina*

Ilustración por Sin Fronteras Colectivo, de la serie ‘Periodismo en Veracruz’

Una sesión de Skype interrumpida por el motor de un autobús que partía me sacó a las calles de Valladolid en un 26 de mayo del 2013. Giré la llave de la chapa y volví corriendo por mi cámara de video. Hoy jugaba el América, y según mi reloj que marcaba las 8:59PM, estaba por comenzar el segundo tiempo.

Mientras camino por la 40, escucho comentaristas discutiendo desde las ventanas de las casas y respiraciones marcadas por la faena del esférico en terreno santo, al menos para las 90 mil almas que hacían vibrar el Estadio Azteca. Familias observan desde las cocheras la final del fútbol mexicano, la de adeveras, la de vuelta. Unos meseros permanecen en silencio solemne sentados afuera de un bar vacío que no transmite el partido, se comen las uñas y escuchan el sonido del ambiente tenso.

Llego al Zócalo, entro a un bar conocido por sus buenas micheladas y sin detenerme pido una a los meseros de la entrada. Deposito mi cámara en la mesa y pregunto como si estuviera en mi casa:

—¿Cuánto va?

—1-0. Gana Cruz Azul. El América está con diez —responde un individuo de clara apariencia maya, sentado a unos metros.

La mesa de enfrente estaba dividida entre el azul y el águila. Yo estaba con mi clásica postura que siempre recibe mentadas de madre: “Le voy al que va perdiendo para que se ponga interesante”.

La Máquina dominaba el juego de forma increíble, traía al América corriendo por el balón como niños de primaria. El tiqui-taca parecía importado de Cataluña y se metía la pierna fuerte. Llegan los últimos 10 minutos y el amigo de enfrente, azul, se frota las manos saboreando el triunfo.

Una mirada, un recuerdo, un consejo del técnico, no sé lo que fue, pero los jugadores amarillos aprietan como si hubieran estado sentados jugando FIFA los últimos 80 minutos. Se estaban partiendo la madre, y yo como en una película de Tarantino, pendejo.

Minuto 88, sale un tiro de esquina que sufre un primer contacto, parabólico de los que duelen en el hígado. Vuela durante años el balón fuera de órbita y cae en el coco pelón de un cabrón negro que no sé quién es para colarse en la esquina izquierda del arco de Corona. Me levanto de la mesa gritando, sin pensar que quedaban 5 minutos para acabar el juego y todavía faltaba un gol.

Sí se puede, se escuchó en el estadio.

El América se va al frente. Van atrás del balón, meten la pierna, el corazón es el motor. Los azules están sin aliento, son los minutos más largos de sus vidas y ansían el pitido final.

Tiro de esquina. Tiro feo, pasado; rebota y vuelve a caer en la esquina.

Tiro de esquina. 92:33 marca el reloj. Última jugada.

No lo había visto, pero sabía que el guardameta águila estaba subiendo al área enemiga. Su mirada fija en el otro guardameta, no había prisa, era todo o nada.

Sale el tiro, pasado; es una lástima. Sin embargo, milagrosamente vuelve a salir el balón para tiro de esquina. Se va a terminar el juego, un jugador toma el balón y lo lanza a su compañero. Lo coloca, respira hondo y avanza.

Se sintió. La fuerza, dirección, la inmovilidad de Corona. Iba a haber remate. En eso, un uniforme gris estira los últimos músculos del cuello y de las pantorrillas para alcanzar con la frente su destino.

¡Gol!

*Texto de deaméricasoy.com 

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