Ayer, casi enfrente de una estación del tren en Chiba, fue asesinada con un cuchillo una chica de 22 años. Hoy por la mañana gente común y corriente consternada por la noticia ha llegado al lugar de los hechos para dejar flores y hacer una oración… Japón no está exento de esta violencia. Sin embargo, me pregunto, ¿cuántos mexicanos fueron a mi casa a dejar flores y hacer una oración por los muertos que la violencia se ha llevado? Ninguno”.

El párrafo anterior es algo que escribió Dulce Caballero.

Cerca de la casa de Dulce hay un río. Se puede llegar a él en bicicleta. En los bordes tiene vegetación; yerbas resecas y altas que en México se conocen como eulalias. El cielo está azul, aunque se mira estriado por cables eléctricos y edificios a lo lejos. Un monorriel recorre el puente que pasa sobre el agua. El lugar parece muy pacífico. Dulce vive en Japón. Se fue a estudiar y ya lleva rato en aquel país. Desde allí tuvo que volar cuando le dieron la mala noticia. Su destino fue una colonia en Guadalupe, Nuevo León. En esa colonia había vivido cuanto todavía estaba en México y era el hogar de su familia. Venía a enterrar a su hermana. También venía a enterrar a su padre. Los dos fallecieron al mismo tiempo y su muerte no fue accidental.

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Cuentan que fue porque se negaron a ser extorsionados por un grupo que quería cobrar piso al negocio de la familia. En el lugar del crimen los asesinos dejaron un mensaje al respecto, pero de inmediato las autoridades se negaron a dar crédito a esa versión porque “indicaba línea de investigación” de parte de los delincuentes.

Lo que se tiene en claro es que el lunes 21 de octubre de 2013, hombres armados entraron en la casa de Alejandro Guadalupe Caballero Sánchez. Dispararon matándolo a él y a su hija, Cecilia Caballero. Los dejaron en la sala y se fueron en una camioneta Tornado que robaron y que poco después abandonaron en la misma colonia. A las ocho de la mañana otro hijo de Alejandro encontró los cuerpos.

Luego vinieron las patrullas, las llamadas, el viaje.

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AlejandroCaballeroA Alejandro el decían El Viejo, no por la canción de Piero sino porque sus hijos comenzaron a ver Los Simpson desde 1992 y les gustaba cómo Bart se dirigía a Homero. Toda su vida la había pasado en Guadalupe y Monterrey, donde nació, aunque rumores bromistas lo etiquetaban de “recogido”. No terminó la primaria pero de grande estudió mecánica y electricidad en la Escuela Electrónica Monterrey. Desde niño le encantaron los cómics de Superman, tanto que se hizo fan de Smallville. Para él películas de acción y de patadas se volvían el perfecto entretenimiento. Era bromista aferrado, casi sarcástico. Resolvía sopas de letras en el baño. Sus oficios, aparte del de mecánico, siempre trataron sobre el arte de ver: anduvo por la ciudad como taxista y se dedicó a fotografiar con pasión. Dejó el taxi cuando su esposa murió de cáncer. Era un hombre que al final del día sólo quería ir a casa con sus perros, su familia y su televisión.

Recién se acaba de jubilar. Quería comprarse una camioneta el próximo año. Quería seguir trabajando en el taller mecánico de mi hermano, y su sueño era cambiarle el nombre a la franquicia, comprar una grúa y ampliar el taller. En septiembre le regalé una cámara que me había pedido. Quería dedicarse de nuevo a tomar fotografías”.

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Antes de que Alejandro muriera asesinado por el narcotráfico en un estado donde se asegura que la criminalidad va a la baja después de alcanzar su máximo pico en 2010 y 2011, Dulce ya tenía conciencia de la violencia. Pertenecía al grupo Bordando por la Paz Tokyo¸ que es similar a las organizaciones que en México se dedican a bordar pañuelos para recordar a los muertos por violencia. Su papá veía con agrado la actividad pues creía que era algo “productivo para la sociedad”.

Cordelia Rizzo, participante del proyecto, escribió que “los paquetes de bordados llevan consigo un deber, una consigna, cariños, diligentemente codificados por todas las manos que los han hecho, tocado, visto, las que los han doblado, las que los portan y envuelven”.

No es lo mismo ver la violencia a ser sacudida por ella. Lo que uno ve desde el ruedo puede paralizarlo cuando embiste directo y sin advertencia. Con todo, cuando Dulce volvió a México, participó en varios eventos que se organizaron para protestar por la muerte de su padre, por la muerte de su hermana y por la muerte de tantos.

En la protesta por la muerte de Alejandro Caballero no hubo crisantemos o flores de loto. En cambio tuvo pañuelos, flores que restañan la sangre del país y que no permiten el olvido. Que a esa ofrenda se agreguen, tal vez, las palabras que aquí se escriben.

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