Por Manuel J. Lara

Foto por Victor Hugo Valdivia

La soledad es un elemento químico complejo, inestable y peligroso, como la nitroglicerina. Para los adictos a la cultura de masas siempre hay una obra que va acompañando los días, las horas, los minutos e instantes que marcan el paso con determinación como el segundero de un Rolex. Hace una eternidad eran noches inquietas en Twin Peaks, y de las calles de Baltimore me dirigí a la soleada Albuquerque de cielos azules claros e infinitos, de acolchadas nubes de anfetamina.

Y ahora, en este desierto, zona geográfica de dudosas fronteras, donde los carros son los caballos y los malos llevan algo más que un revolver, me encuentro a punto de cerrar una primera etapa. Nadie dijo que fuera fácil llegar hasta aquí. Las leyes del viejo oeste son inmutables, sólo aptas para colonos de corazón salvaje y nervios de acero. Como en todo caos, rigen ciertas normas de educación. Adaptarse es el único camino, aunque lleno de polvo que sin duda has de morder para sobrevivir.

Serpientes de cascabel, fiebres del oro y sheriffs de dudosa reputación; sueños y carreras en un atropello constante por alcanzar el mejor terreno para poner un rancho; carne asada a la luz de las estrellas, café de calcetín y amaneceres frescos.

Un lugar donde nadie llega a ser tu amigo del todo, donde nada sucede hasta que ha sucedido y donde los hombre sellan tratos con ruidosas palmadas en la espalda y las mujeres colocan tartas de arándano en el alfeizar; casinos con pianistas que nunca dejan de tocar y en los que nadie se levanta de la mesa aunque en la puerta suenen disparos. El gobernador, el regreso del PRI, la ceremonia, indios, mayas, flechas y un montón de whiskey.

La búsqueda como herramienta, infinita y agotadora. El miedo siempre protector, paternalista. La distancia como forma de vida. Y el reconfortante sentimiento de extrañar a seres, instantes y lugares queridos. Es otra vida como cualquiera, llena de incertidumbre, de fantasmas, de ilusiones e irrealidades. Es la que merece la pena ser vivida. Es hora de cobrar la recompensa, tocar base, abrazar a la familia, recargar pilas, tomar copas con los amigos y volver a empezar.

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