Por Marco Polo

Ilustración por Sin Fronteras Colectivo de la serie ‘No se olvida’

 

Mulecto es una comarca donde, según se dice, vivía antiguamente cierto príncipe muy malvado, que se llamaba el Viejo de la Montaña. En ese país vivían unos herejes según la ley sarracena, porque ese nombre de Mulecto quiere decir “lugar donde viven los herejes” en la lengua de los sarracenos. Por todas partes los hombres son llamados Mulehetici, es decir, herejes de su ley, como los Patarini entre los cristianos. Y ahora les contaré toda su historia, según lo que yo, micer Marco Polo, he oído contar a muchos hombres.

El Viejo era llamado en su lengua Alaodino, y como todo el pueblo que mandaba, era fiel a la ley de Mahoma. Maquinaba una maldad inaudita, a saber cómo convertir a sus hombres en audaces matadores o espadachines de esos que comúnmente se llaman Asesinos, mediante cuyo valor pudiera él matar a quien quisiera y ser temido por todos. Habitaba en un valle muy noble, entre dos altísimas montañas; allí había mandado hacer el jardín más vasto y soberbio que jamás se vio. Tenía abundancia de todas las buenas plantas, flores y frutos del mundo, y de todos los árboles que pudo encontrar. Mandó hacer las casas más bellas y los más hermosos palacios que jamás se vieron, porque eran todos dorados y estaban decorados con todas las cosas hermosas del mundo, y las tapicerías eran todas de seda. Había mandado hacer muchas fuentes encantadoras, que estaban en las distintas fachadas de los palacios, y, dentro, todas tenían pequeñas cañerías por donde corría vino en unas, leche en otras, en otras miel y en otras el agua más clara. Allí residían las damas y doncellas más hermosas del mundo, que sabían tocar muy bien todos los instrumentos, cantar melodiosamente, danzar en torno de aquellas fuentes mejor que cualquier otra mujer y, por encima de todo, estaban instruidas en hacer a los hombres todas las caricias y confianzas imaginables. Su papel era ofrecer todas las delicias y placeres a los jóvenes que allí se llevaba. Había multitud de ropas de cama y de vituallas, y de cualquier otra cosa deseable. No podía hablarse de ninguna cosa vil, y no estaba permitido pasar el tiempo en otra cosa que no fueran juegos, amores y retozos. Así, aquellas doncellas magníficamente adornadas de seda de oro iban a retozar a cualquier hora por los jardines y palacios; porque las mujeres que les servían quedaban encerradas y nunca eran vistas al aire libre.

El Viejo daba a entender a sus hombres que aquel jardín era el Paraíso; había obrado de esta manera porque en su época Mahoma dio a entender a los sarracenos que irían al Paraíso quienes hicieran su voluntad; allí encontrarían todas las delicias y placeres del mundo, tantas hermosas mujeres como desearan para sus retozos, y aquellos hermosos jardines llenos de ríos de vino, de leche, de miel y de agua, corriendo por separado y llenos. Por eso los sarracenos del país creían fielmente que aquel jardín era el Paraíso. En cuanto al Viejo, quería darles a entender que él era un profeta y que podía hacer entrar en el Paraíso a quien quisiera.

Y en este jardín no entraba ningún hombre, salvo aquellos de mala vida a quienes quería convertir en sus satélites y asesinos. En el umbral del valle, y a la entrada de aquel jardín, había un castillo tan fuerte y tan expugnable que no temía a nadie del mundo; se podía entrar en él por un camino secreto y estaba guardado muy diligentemente; por otros lugares no se podía entrar en el jardín, sólo por allí. El Viejo tenía a su lado, en la corte, a todos los hijos de los habitantes de aquellas montañas, entre los doce y veinte años, al menos aquellos que pretendían ser hombres de armas, y ser valientes y bravos, y que sabían de oídas que, según su desventurado profeta Mahoma, el Paraíso estaba construido de la manera que he contado; los sarracenos lo creían. ¿Qué más puedo decir? A veces el Viejo, cuando deseaba suprimir a un señor que le hacía la guerra o que era su enemigo, mandaba meter a algunos de esos jóvenes a aquel Paraíso de cuatro en cuatro, de diez en diez o de veinte en veinte, exactamente como quería. Porque ordenaba que les dieran un brebaje a beber, que tenía por efecto dejarlos dormidos inmediatamente. Entonces dormían tres días y tres noches, y durante su sueño los hacían coger y llevar al jardín; allí, al despertarse, se daban cuenta de dónde estaban.

Cuando una vez despiertos los jóvenes se encontraban en un lugar tan maravilloso y ven todas las cosas que he dicho, exactamente como dice la ley de Mahoma, y las demás doncellas siempre a su lado, cantando todo el día, retozando y haciéndoles todas las caricias y gracias que pueden imaginar, sirviéndoles comida y los vinos más delicados, embelesados en éxtasis por tantos placeres y por los riachuelos de leche y de vino, se creían realmente en el Paraíso. Y las damas y señoritas estaban a su lado todo el día, jugando, cantando y haciendo gran regocijo, y ellos actuaban con ellas… a su voluntad; y allí estos jóvenes tenían todo cuanto quisiesen, y nunca quisieron por su propia voluntad marcharse. El Viejo tenía una corte hermosísima y grande, y vivía muy noblemente; hacía creer a todos aquellos simples de las montañas que vivían a su alrededor que era realmente un gran profeta; y así lo creían ellos de verdad. Aquel Viejo había enviado a jóvenes de ésos a predicar por muchos lugares, y por ello muchas personas se convirtieron a su ley. Al cabo de cuatro o cinco días, cuando el Viejo quería mandar a alguien a algún lugar para matar a un hombre, hacía dar inmediatamente el brebaje a tantos jóvenes como necesitase; y cuando estaban dormidos, los hacía coger y llevar a su palacio, que estaba fuera del jardín. Y cuando estos jóvenes despertaban y se encontraban fuera de su jardín, en aquel castillo del Palacio, quedaban muy maravillados y nada contentos, porque del Paraíso de donde venían jamás se hubiesen marchado por su propia voluntad. E iban entonces ante el Viejo; cuando estaban ante su presencia se conducían muy humildemente y se arrodillaban como gentes que le creen un gran profeta. Entonces el Viejo les preguntaba de dónde venían, y éstos le decían, en su simpleza, que llegaban del Paraíso. Decían en presencia de todos que era en verdad el Paraíso como Mahoma aseguró a sus antepasados; luego contaban todo lo que en él vieron y cómo sentían grandes deseos de volver a él. Los otros, que oían todo esto sin haber visto nada, quedaban extremadamente maravillados y sentían grandes deseos de ir al Paraíso, y más de uno deseaba morir para poder ir allá, y esperaba ese día con impaciencia. Pero el Viejo les respondía:

—Hijo, eso es por el mandato de nuestro profeta Mahoma, porque él hará entrar en el Paraíso a quien haya defendido a los servidores de la fe; si vosotros me sois obedientes, obtendréis este favor.

Y por ese medio inspiró a su pueblo tantas ganas de morir para ir al Paraíso, que aquel a quien el Viejo ordenaba ir a morir en su nombre se consideraba muy afortunado con la certeza de ir al Paraíso.

Y cuando el Viejo quería hacer matar a un gran señor, ponía a prueba entre sus Asesinos a los que mejor le pareciesen. Enviaba a los alrededores, pero a distancia no demasiado grande, a varios de los jóvenes que habían estado en el Paraíso, y les ordenaba matar al hombre que descrito. Iban allí inmediatamente y cumplían el mandato de su señor. Los que escapaban volvían a la corte; algunos eran atrapados y ejecutados por haber matado a su hombre. Pero el que atrapado no desea más que morir, pensando que volvería inmediatamente al Paraíso.

Cuando los que habían escapado regresaban ante su señor, le decían que habían acabado la tarea. El Viejo los recibía con gran alegría a los festejos. Además, él sabía de sobra que mostraron el más ardiente valor, porque secretamente había enviado emisarios detrás de cada uno de los que partían, para saber quién era el más audaz y el mejor para matar a su hombre.

De este modo, ningún hombre escapaba a la muerte cuando el Viejo de la Montaña quería. Si resultaba que los primeros enviados eran muertos antes de haber ejecutado la orden del Viejo, enviaba a otros, y así hasta que su enemigo era matado. Además, realmente muchos reyes y barones le hacían presentes y estaban en buenas relaciones con él por miedo a que les hiciese matar.

De este modo he contado la historia del Viejo de la Montaña y de los Aesinos. Y ahora contaré cómo fue destruido y por quién. Y también quiero decir de él otra cosa que había olvidado: este Viejo había escogido otros dos Viejos, que estaban sometidos a él, y que observaban en todo sus modales y costumbres. Envía uno de ellos a las regiones de Domas y el otro al Curdistán; y por poderoso que fuera un hombre, si era enemigo del citado Viejo, no podía escapar a la muerte. Pero dejemos eso y vayamos a su destrucción. Tengan ustedes por cierto que hacia el año 1262 después del nacimiento de Cristo, cuando Ulau, hermano del Gran Kaán, sometió a sus leyes a todo el Oriente, el dicho Ulua, quinto señor de todos los tártaros del Levante, sabiendo las malas acciones que aquél Viejo hacía y sus costumbres, y también que el Viejo hacía despojar a los que iban por los caminos, se dijo a sí mismo que debía destruirlo. Entonces tomó a sus barones y los envió al jardín y castillo del Viejo con grandes tropas; asediaron al castillo durante tres años antes de poder tomarlo, porque era tan fuerte que no podían tomarlo por asalto. Y nunca lo habrían conquistado si no hubieran tenido qué comer, pero al cabo de tres años no tuvieron nada más que comer. Entonces, faltos de víveres, fueron capturados, y matado el Viejo de la Montaña que tenía por nombre Alaodino, con todos sus hombres y todos sus Asesinos; todo el lugar fue destruido y dejado por desierto por las gentes de Ulau, señor de todos los tártaros del Levante, e hizo arrasar el castillo. Ése fue el final de ese Viejo maldito, y desde ese Viejo hasta nuestros días no hay ya ni Viejo ni Asesinos; con él termina la dominación y los males que los Viejos de la Montaña habían hecho antiguamente. Dejemos, pues, este tema y sigamos.

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