Por Christopher Hitchens

Foto por Victor Hugo Valdivia

Mi profundo vicio de la impaciencia tuvo su peor resultado, estoy seguro, en la crianza de mis hijos.

Muchos hombres se sienten algo inútiles durante la primera infancia de sus vástagos y paralizados de admiración ante la manera en que las mujeres parecen saber lo que se hace cuando llegan los bebés. No creo que pueda refugiarme en la debilidad general de mi sexo. Frente a la infancia, era excepcionalmente malo. (Cualquier cosa que no diga aquí es para exculpar a los demás, no a mí mismo). Como no pocos hombres, intenté compensarlo trabajando más duramente, lo que creo que tiene su propia justificación en la tarea biológicamente esencial de alimentar, vestir y educar a las crías, pero realmente hacía tiempo hasta que fueran lo bastante mayores como para mantener una conversación. Y tengo que afrontar el hecho de que los hijos de mis dos matrimonios aprendieron mucho más sobre la virilidad y el cuidado de sus abuelos mis magníficas familias políticas que de mí. Eso es un lapso, y no sólo de tiempo, que sé que no compensaré. Uno no puede inventar los recuerdos de otra gente, y para mis hijos la figura del padre debe ser, en el mejor de los casos, indistinguible hasta un momento tardío de sus vidas. Hay días en los que esto me produce un dolor imposible de expresar y sé que en el futuro me esperan otros días de remordimiento. (Distingo remordimiento de pesar: el remordimiento es la tristeza por lo que uno hizo, mientras que el pesar es la pena por lo que no hizo. Ambos parecen estar implicados en este caso).

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