Por Kaizar Cantú

Apenas si se puede ver entre tantas luces. Alcanzan a aparecer siluetas de colores en cadena; parecen la sierra dibujada por un niño en pleno arrebato de psicodelia, rayando el espacio con crayolas al final de cada espasmo.

Marco sostiene un caballito de tequila. Batalla para distinguir bien el brillo del líquido. Hay un montón de gente animándolo a que lo beba. Es muy joven; tiene 19 años nada más. Beber el agua que arde dentro de un vasito de cristal ayudará a justificar su estancia y su hombría. Con un movimiento rápido del brazo empuja el tequila entre sus labios y a través de la garganta. Apenas un comienzo.

El aire tampoco aclara bien los sonidos. De la canción sobrevive sólo el martilleo grave de una máquina; puñetazos directos al tímpano no sonarían muy diferente. Es el beat que induce al trance, heredero del ritmo de las bacanales. El principio permanece intacto: el cuerpo vibra con el sonido hasta salirse de sí, incorporándose a la orgía sensorial, a la sobrecarga de estímulos.

Marco se prepara para el noveno sorbo. Aún le queda aguante para rato. Distingue un poco menos los ojos que atestiguan su escalada, pero las voces están ahí, asomando apenas el aliento por encima de la bruma musical. No nos consta si se imaginó coronado por hojas de laurel. Bebe.

El techo baja y la pared curva se aleja. Hay gente arriba, hay gente abajo, todos sin derecho ni revés, sin orden en el cuerpo; se disiparon en la luz y los ritmos.

Ya van 24. Las siluetas y sonidos son inaprehensibles; la atmósfera devora todo y lo incorpora a sus pulsaciones. Marco debe seguir. Ha llegado demasiado lejos. ¿Qué más queda si no fundirse?

Los flashazos del techo se multiplican. Las sensaciones estallarán en cualquier momento, sangrando el caos. Será un diluvio a la inversa, lluvia de dentro hacia fuera, una explosión que busca los astros. Cuántas ansias.

Este es el último, cuadragésimo. El vaso tiembla, sujeto más por los labios entreabiertos que el pulso de la mano. Bajan los líquidos más allá de lo que deberían. Todos gritan y aplauden. Marco ha triunfado. Sus amigos lo llevan cargando hasta la salida, victorioso. Llegará a casa a descansar; su cuerpo lo necesita.

De noche, sin signos previos, Marco se apaga. Las luces, el sonido y las sombras amainan gradualmente bajo la luna. El Vat Kru también muere.

***

En la calle Antonio L. Rodríguez, a la altura del Puente Santa Bárbara, en medio de un estacionamiento amplísimo y vacío, hay un cilindro achaparrado. La roca de sus paredes es de un color moca muy pálido. Le faltan pedazos de muro y en su fachada se distinguen los típicos rayones de aerosol. Una escalera con peldaños coloridos que se pierden bajo el ramal que los asfixia sube hasta la entrada principal. A los flancos de la escalinata hay vistosas formaciones de roca y hierba que ha crecido demasiado. Por debajo cruza un estanque artificial en el que se remojan las hurracas. De entre las líneas del hierbal asoma una piedra enorme del mismo tono que las paredes; un grafiti de curvas elegantes le devuelve un poco el aire altanero. Hay un hoyo enorme en la pared del lado opuesto. Quien se asoma atisba los restos de lo que asemeja un coliseo con un platillo parabólico suspendido justo en medio del techo. El interior está compuesto por un anillo central que se hunde en el suelo y hace eco hacia sus costados. La periferia del aro se ensancha y multiplica en un movimiento ascendente para formar una secuencia de tres gradas. Bajo cada una corren pasadizos de techo bajo y llenos de escombro, tablones, botellas y tuberías oxidadas. La luz se filtra a través de agujeros distribuidos por toda la pared. Así se ve hoy el Vat Kru.

El Vat Kru fue una de las estructuras más interesantes dentro de la escena antrera de Monterrey durante los 90 y a inicios del nuevo milenio. Mientras los centros nocturnos se concentraban en el Barrio Antiguo, encendiendo las entrañas de casas arcaicas y locales pequeños con humo, luces y estruendo, el Vat Kru acomodo su particular forma de coliseo en la frontera entre Monterrey y San Pedro Garza García. Allí reventaban la vida los jóvenes y otras criaturas de piel noctámbula. Todo aquello colapsó con Marco Israel López Vargas, “el regio más chupador”. Terminó la fiesta.

Schultz declara que la fiesta es la intensificación de la vida durante un lapso de tiempo muy corto. Poco antes de ello sugiere una deificación del ser humano mediante el festejo. El hombre antiguo creó dioses a su imagen y semejanza, colocándose a sí mismo en el linaje de lo supra-humano que justificaba su ascenso por encima de todas las demás criaturas y hacia las llamas de lo etéreo. La humanidad celebró su estirpe sagrada y mantuvo un lazo estrecho con los dioses mediante procesiones, sacrificios, excesos. Los griegos ponían a prueba sus cuerpos en la arena olímpica y jugaban a revivir en los anfiteatros lo nunca sucedido; Roma quedaba patas arriba a mediados de diciembre con permiso de Cronos durante las Saturnales, tiempo de entregarse a los placeres hasta desbordar el cuerpo de sí, sin límites ni jerarquías; los carnavales burgueses en la frontera del Medioevo distorsionaban el orden velando rostros y cuerpos con máscaras y ropajes excesivos; aún queda relativamente fresca la memoria de los festivales psicodélicos de rock sesentero al aire libre, el estallido de unos cuantos fragmentándose en forma de sonido frente a los miles de voraces espíritus.

Monterrey tuvo su época fiestera. Después de las renovaciones destructivas al Barrio Antiguo durante la década de los 80 despertaron las ganas de estallar espacios pequeños y el cuerpo mismo. Los jóvenes querían sentirse dioses a su manera, experimentar la trascendencia de la hipnosis rítmica como sucedía hace milenios. Cuando se celebra la noche, cuando se celebra la vida sin los grilletes de lo cotidiano, del servicio al sistema con el propio sudor, el cuerpo ya no es suficiente para contener la energía, por eso todos se funden con los otros cuerpos, con la materia del edificio y las vibraciones del aire, las ondas de luz.

El Vat Kru fue uno de esos templos del festejo en Monterrey. El sacrificio era casi ritual, cíclico como los festines en el laberinto de Asterión. Sin embargo, fue traicionado por su propia naturaleza. Marco atravesó los límites de su cuerpo para nunca volver. Hoy se habla de aquello con cinismo, indignación y un dejo apenas perceptible de melancolía. Pero al instante fue considerada una proeza del ser festejante, testimonio de la presencia del espíritu de la Fiesta que posee la carne y la exprime hasta que sólo quedan destellos de calor.

Ya no importa. Marco partió y se llevó la fiesta consigo. 

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