Por Kaizar Cantú

Hace varios días atravesé sin querer una plaza encajonada en uno de los varios callejones adyacentes a la calle Morelos. Me parece que la flanquean Hidalgo y Mariano Escobedo. El mapa la etiqueta con las palabras “Zona Rosa” bajo el sello de un pino circulado. No era la primera vez que pasaba por ahí, ya había pisoteado su suelo viejo con un paso más joven. Entonces sólo deslizaba el cuerpo frente a los muros y las bancas como quien juega a que se muere el tiempo entre transiciones de escena. Perdía en un borrón las particularidades de la arquitectura y el espíritu de jardín semi-escondido.

Estas redacciones me han sensibilizado un poco la vista a las formas en el espacio. Ahora noté el cambio de las baldosas por una matriz de suelo liso, la fecha grabada en la corona del Antiguo Ayuntamiento, los querubines y mujeres de mantel santo elevadas desde la pared cobriza que construye Las Monjitas, los bailes del fuego dentro de un cajón, personas ciclando sepa qué tristezas en la dilatación de sus pupilas. Aquel parquesillo ahora se antoja una de las pocas burbujas que cuelgan al costado de la ciudad y todas sus existencias.

Poco antes de acceder al cuadro del parque hay un hotel de esos con restaurante de tipografía fina en el nombre. Leo en curvas de oro sobre una placa café “Santa Rosa Suites: Restaurant & Hotel”. Uno que otro vestido o corbatín pasa tras el vidrio oscuro inscrito con la misma palabrería. Las paredes son color durazno. Arriba hay ventanas de barrote negro enmarcadas por arcos y grabados de columnas dóricas; rebotan con gracia contra la curvatura del ojo.

Mi interés queda un poco a la derecha. Hay una puerta no vista desde hace cinco o seis años. Es de vidrio, con manijas rectangulares de metal; una ventana grande y de esquinas medio achatadas. Antes no había ni cadena ni candado, tampoco el tapiz de periódicos de chismes y otra información barata. Recuerdo que desde fuera se veía oscuro, mas no tanto; el sol no hiere su penumbra, ni siquiera el nuestro, el de amarillos salvajes. Me asomo entre la ruptura de celulares en oferta y el martes de mercado: negro y un par trazos blancos, muy rígidos, como escritura con palillos de tiza. El nombre queda arriba, escrito en dos partes separadas por una línea, casi como si se declararan ajenas una de la otra, fragmentando el significado. La mitad de la izquierda dice “Santa Rosa” en morado y con trazo petulante, la de la derecha “centro comercial y artesanal” en verde y como escrito a máquina.

Si esto es memoria y no ficción, hace apenas poco aquella puerta estaba abierta, estaba viva. Empujarla demandaba un poco de esfuerzo. Detrás se extendía (el verbo es de lo menos adecuado) un pasillo mediano, aunque de anchura suficiente para el tránsito de unos cuantos. Dos o tres islotes flotaban a lo largo. Los cubrían dulces, collares, piedras de colores y otras monerías dignas de brillar bajo las pestañas. Desde las paredes asomaban pocas tiendas, de trapos finillos la mayoría. Recuerdo haber incursionado de entre todas sólo en una: vendían figuritas, cómics y otras tantas rarezas de mi interés; un collage de imágenes muy japonesas sofocaba la apenas discernible puerta de cobre. Más allá del último islote alcanzaban a distinguirse sillas y mesas. Lo que a éstas seguía daba la apariencia de un muro de aire negro. Siempre temí aventurarme hacia el fondo. Llegué a imaginar que no existía fin en ese pasillo o que quedaba muy fuera de aquí.

Resulta agradable fantasear sobre la existencia de espacios ajenos al espacio, análogos a la transición entre un sueño y otro o las habitaciones escondidas dentro de un videojuego. Aquella plaza, Santa Rosa, causaba una impresión de hallazgo accidental y tal vez poco grato si se exploraba a fondo. Empujar su portón de vidrio negro daba acceso uno de los planos de los cuales nos advierten voces como las de Hitchcock previo a la incursión en relatos de horror, suspenso y extraña maravilla. Para la imaginación bien contaminada cabía la posibilidad de encuentros con objetos imposibles, criaturas de saber tan antiguo como las aguas o habitaciones en las que falla la sintaxis del cosmos, donde a dios se le torcieron los renglones.

Quizá a esta ciudad le falta un poquito más de eso, de lo que está fuera de lo que está, de perderse un instante (y sólo un instante, en tanto sea posible tal cosa) entre el agua turbia, el callejón brumoso, los márgenes del universo funcional como lo reconocemos. También hay identidad en los rincones más extraños de cada mitología.

Lástima que la puerta está cerrada. 

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