¿Se salió El Chapo o lo dejaron ir?

Por Flavio Meléndez Zermeño

La fuga del Chapo Guzmán exhibe a la par su poderío económico y la corrupción de sectores clave del Estado mexicano, en particular de sus sistemas de seguridad y procuración de justicia. Esa huida sólo pudo ser posible a partir de una larga cadena de corrupción que vulneró desde hace tiempo las medidas de seguridad de la más célebre prisión de alta seguridad del país. Además de la autocomplacencia de un gobierno que considera que al ocultarlos, los problemas dejan de existir, aquí se encadenan el eslabón de la corrupción estatal con el eslabón del poder corruptor de uno de los grandes capitales del mundo y su estrategia de “plata o plomo”. Esta estrategia es particularmente eficaz, pues ningún individuo puede resistirse a la disyuntiva forzosa que plantea, dado que en cualquiera de los términos que se elijan se pierde algo, sólo que en uno la pérdida es total mientras que en el otro hay una ganancia acompañada de riesgos —una disyuntiva con una forma semejante a la de “la bolsa o la vida”, que el psicoanalista francés Jacques Lacan llamó “vel de la alienación” —.

Para que el criminal más buscado del mundo esté nuevamente libre ha sido necesaria la participación de personal de base y de mandos de distinto rango de la penitenciaría del Altiplano, de la Policía Federal, de la Secretaría de la Defensa Nacional, del CISEN y de la Secretaría de Gobernación. La responsabilidad política y administrativa de esta última es directa, ya que de ella dependen las labores de inteligencia y los reclusorios de máxima seguridad del país. De ahí la declaración de Osorio Chong señalando una traición de funcionarios federales: “Traicionaron a las instituciones y vamos por todos los involucrados; habrá sanción para quienes faltaron a su responsabilidad, no importa de qué nivel ni quiénes sean” (La Jornada, 17 de julio de 2015). Solo le faltó agregar que esos funcionarios traicionaron también a su jefe, pues el secretario de Gobernación es uno de los principales afectados por este acontecimiento.

Por otra parte, en las redes sociales y en las plumas de algunos periodistas han surgido versiones que plantean que todo ya estaba calculado por Peña Nieto y su primer círculo de colaboradores, que cada detalle forma parte de un plan escrupulosamente elaborado, decidido y puesto en práctica con antelación, para no solamente ocultar los acuerdos con el capo que sostienen tal plan, sino para servirse de él como un distractor, una cortina de humo que oculta los verdaderos problemas del país. Estas versiones conspirativas llegan a sostener incluso que el famoso túnel del escape en realidad no existe o que, en el mejor de los casos, el alarde tecnológico y los recursos puestos en su construcción son solamente una manera de proteger la imagen del gobierno, dado que la huída habría sido por la puerta principal de la penitenciaría.

Lo que en este caso las interpretaciones conspirativas desconocen activamente es que la evasión del Chapo Guzmán ha puesto al presidente de México en ridículo frente a gobiernos extranjeros, prensa y sectores de la política y la economía internacionales, hasta el punto de que Peña Nieto es el hazmerreír del momento. Así, la fuga del poderoso narcotraficante justo cuando el “primer mandatario” (título que por este mismo hecho le queda ya grande) viajaba a Francia resulta en una auténtica burla no sólo al Estado mexicano, sino a la investidura de quien se supone que es su máximo representante. La expresión “afrenta al Estado mexicano”, utilizada por Peña Nieto al llegar a París, es un reconocimiento de que él ha sido afectado directamente por la burla, que como tal se revela lograda al otorgarle su signo a la visita de Estado al país galo.

La versión conspirativa también deja de lado otro aspecto ligado a lo anterior: lo más importante para los administradores neoliberales de lo que queda de los estados nacionales es su prestigio internacional, y el de Peña Nieto ahora se encuentra por los suelos, en el peor de los sitios posibles. Su estrategia de combate al narcotráfico —que es una continuación de la de Calderón— ha demostrado su rotundo y último fracaso con la fuga del Chapo. Esto sin considerar la indignación que en muchos países produjo la masacre y desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, las ejecuciones extrajudiciales en Tlatlaya, el escándalo por el conflicto de interés de “la Casa Blanca”, el fracaso relativo de la llamada Reforma energética (que en la Ronda 1 atrajo poco interés de los grandes capitales transnacionales por invertir en la industria petrolera de nuestro país) y las recientes muestras, no menos evidentes por su sutileza, de conflictos en la “pareja presidencial” que en sus inicios se publicitó como una telenovela más del monopolio televisivo.

Cierta tradición psiquiátrica y psicoanalítica ha equiparado a las teorías de la conspiración con los llamados “delirios sistematizados”, a partir de una serie de rasgos compartidos: la tenaz resistencia a los intentos de persuasión, la interpretación invariable de cualquier indicio como comprobación de las premisas de partida, el ensamblaje sin falla de todas las piezas y en consecuencia la exclusión del azar, puesto que todo acontecimiento es calculado por Otro (el o los conspiradores) a cuya voluntad omnímoda se le atribuye ser la causa de todo lo que ocurre.

Por supuesto que en la práctica política ocurren conspiraciones reales y efectivas, pero esta suerte de “conspiranoia” sólo puede imaginar conspiraciones perfectas y todopoderosas, cuya único defecto es que permiten que se hable abiertamente de su existencia. Si en esta ocasión la teoría del “Túnel de la conspiranoia” tiene la forma de un delirio compartido socialmente, hay otro rasgo de ella que es más interesante y que atañe a su relación con ese poder al que pretende cuestionar.

Esta conspiranoia le atribuye a Peña Nieto un poder que la fuga de Guzmán Loera ha demostrado que no tiene; le devuelve al presidente de México un lugar que hace tiempo perdió y que nada anuncia que pueda recuperar en las condiciones de un “Estado delincuencial” (como lo ha llamado Javier Sicilia), que pretende administrar haciendo usufructo de los beneficios que le deja (lo que para el derecho es usufructo, para el psicoanálisis es una forma del goce), sin pagar los costos de su participación directa en la impunidad de raíz del sistema político mexicano.

Los adeptos de las interpretaciones conspirativas se revelan entonces como nostálgicos de un amo absoluto, que detenta un poder inexpugnable, frente al cual lo único que queda es la inmovilidad y la queja impotente, pues si ese amo lo controla todo no hay nada qué hacer, por lo menos nada que tenga la dimensión de un acontecimiento que abra a una temporalidad distinta. Esta posición subjetiva no puede tomar en cuenta los signos presentes de fracaso del proyecto político de Peña Nieto y de la inexistencia de cualquier pacto político que le pueda dar un mínimo de viabilidad al Estado mexicano, por lo menos tal como existe ahora. Por lo mismo, desde ahí tampoco es posible proponer acciones que rompan (con) los poderes establecidos.

A diferencia del túnel que permitió la salida del Chapo Guzmán del penal de alta seguridad del Altiplano, el túnel construido por la conspiranoia no tiene salida alguna, porque ésta siempre la tienen en sus manos los poderosos y, por supuesto, ellos nunca van a abrir la puerta ni a soltar las llaves que pueden abrirla.

El tiempo del ocaso del Estado es el tiempo de la producción de subjetividades en movimiento, de las mutaciones micropolíticas que producen formas de lazo social en las cuales los deseos compartidos pueden dar lugar a una nueva polis, en la que tengan cabida las multiplicidades sociales.

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