“Así se detiene el fascismo”, escribió una conocida activista en Facebook al postear el video en el que Bernie Sanders vota a favor de Hillary Clinton en la Convención Nacional Demócrata. No son pocos los que creen que el papel de Sanders consistía en empujar hacia la izquierda a la candidata oficial, y que ahora que ha perdido la nominación, su deber es hacerse a un lado y apoyar a la favorita para evitar un triunfo de Trump.


Pero Sanders tuvo un último golpe de mala suerte. Su esperado apoyo a Clinton llega en el momento de la peor filtración de la política americana en muchas décadas, probablemente en toda su historia. Una filtración que prueba casi palabra por palabra la crítica de Sanders hacia el partido demócrata, y que muestra que éste último lo detesta y está dispuesto a hacer todo lo posible antes de aceptarlo como su candidato. Lo que acabamos de ver son los Panama Papers de los demócratas.


La nota dominante en la prensa acerca de los 20 mil correos es la clara intención del equipo de la presidenta demócrata, Debbie Wasserman Schultz, de echarle lodo a Sanders; y junto con eso la extremadamente cercana comunicación entre la dirección nacional y el equipo de campaña de Hillary Clinton, lo que elimina cualquier duda acerca de la neutralidad del establishment del partido.


Los demócratas manipularon a Sanders hasta el último momento. Su equipo había mandado un video para que se transmitiera antes de su discurso, en el que varias activistas afroamericanas apoyaban al senador de Vermont. Bueno, los organizadores de la convención nacional se tomaron la molestia de cortar del video las partes que incluían a cualquier negro, para hacer parecer a Sanders, hasta el último momento, como un blanco que sólo concitaba el apoyo de otros blancos.


Estos escándalos son graves, pero hay uno peor: una hoja de Excel y una cadena de correos circulados entre altos dirigentes, con los nombres de 23 CEO’s y grandes donantes, donde se discute abiertamente quién va a ocupar qué puestos federales una vez que Hillary, esa demócrata convencida, llegue a la Casa Blanca.


El director financiero de la Convención Nacional escribió el 20 de abril: “Última llamada para juntas directivas y comisiones […] Manden los nombres de las personas que quieren que sean consideradas para las juntas directivas de, por ejemplo, el Servicio Postal Federal, el Fondo Nacional de las Artes o el Fondo Nacional de la Salud”.


En la lista están los nombres de, entre otros, un director de la consultora McKinsey, uno de los principales desarrolladores de bienes raíces de California y un gran comerciante de vinos y cervezas de Maryland. Estos dos últimos han dado alrededor de 400 mil dólares a la campaña de Clinton (poco menos de 8 millones de pesos).


Sí, prebendas estilo monarquía borbónica, pero en la “izquierda” americana.
Hasta hace unas semanas se especuló acerca de si Sanders iba a llamar a votar o no por Hillary Clinton. Durante meses, el senador de Vermont criticó a un “sistema torcido” que no representaba la voluntad del pueblo y que se traducía en una influencia desmedida del dinero sobre la vida pública. Durante ese tiempo, los grandes medios de comunicación se unieron con Washington y los politiqueros demócratas para cerrarle el paso a Sanders.


Pero para él nada de esto importa a estas alturas, porque la tarea histórica de su movimiento en este momento consiste en la lucha contra el fascismo —.i.e., en votar por quien sea con tal de que no gane Donald Trump—.


Es un despropósito comparar al candidato republicano con Mussolini y Hitler. Esto no es sino otra muestra del famoso reductio ad hitlerum, el dispositivo discursivo que descalifica moralmente a cualquier oponente al compararlo con el líder nazi. La beneficiaria de esta mitología es, por supuesto, Hillary.


Clinton no es mejor que Trump. Acabemos con ese mito. Los demócratas no son mejores que los republicanos. Obama es el presidente que más latinos ha expulsado y el que más civiles ha asesinado fuera de Estados Unidos. La política exterior está dominada por el mismo pequeño grupo de mandarines que se llevan igual de bien con los Bush que con Obama. El ascenso del populismo nacionalista de Donald Trump no es otra cosa que un testimonio a la enorme decepción provocada por la presidencia de Barack Obama, un presidente que llegó al poder con bastante más credenciales progresistas que Hillary Clinton.


Clinton tuvo que hacerse a la izquierda para poder ganar la primaria demócrata y desplazar a Sanders. Derrotado ese oponente, la marea vuelve: ahora habrá que disputarle la derecha a los republicanos. El banderazo de salida lo dio su esposo, Bill, al sugerir que los musulmanes se ganarían los derechos de ciudadanía sólo si probaban que no eran terroristas. Un comentador avisado entendió bien el mensaje: Clinton se desliza hacia el Trumpismo. Esperemos cuatro meses de lo mismo.


La cuestión es, tras el empuje a la izquierda y del jale a la derecha, dónde quedará Hillary al final de cuentas. Mi hipótesis es que quedará donde empezó: como la alta consejera de Walmart, como la secretaria de Estado más guerrerista, irresponsable e intervencionista de las últimas décadas.

Por Camilo Ruiz Tassinari

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