José Reta fue removido de su puesto como tipógrafo en el periódico El Porvenir el 25 de junio, por razones oscuras, como le sucedía a muchos regiomontanos en esa época turbulenta. 1929 fue un año particularmente agitado y peligroso para vivir en Monterrey. Nuevo León fue golpeado primero por una sequía tan fuerte que parecía interminable y después brotó la mortal epidemia de gripe española que dio muerte a miles de pobladores del estado. Además de haberse desatado un bandolerismo que no le pedía nada al de los años recientes.

Aún con las inclemencias de la naturaleza y la malicia del hombre, en la joven ciudad industrial se gestaba una transformación positiva. En esos mismos años se empezaron a organizar los obreros de las ramas laborales de las grandes y florecientes empresas regiomontanas; exigían que se respetasen sus derechos fundamentales, enarbolando siempre el artículo 123 del derecho al trabajo digno y útil, plasmado en la constitución que el gobierno de Venustiano Carranza legó al país.

Desde los altos hornos de Fundidora hasta los talleres de El Porvenir, las luchas y los conflictos laborales despertaron la conciencia de los obreros, incluyendo a José Reta, que consideraba su despido injustificado. A los dos días, mandó una carta a la Junta de Conciliación y Arbitraje para informarles de su situación. Según Reta, la historia inició con el escaseo general de trabajo que trajeron consigo los conflictos militares que florecieron tanto en Nuevo León como en el resto del país. Rumores del fin de la guerra contra los cristeros y la toma de la ciudad por José Gonzalo Escobar afectaron económicamente a las industrias y talleres de Monterrey, incluidos los periódicos locales.

Como medida de supervivencia, el fundador y dueño de la empresa, Jesús Cantú Leal, tuvo que reducir a tres días de trabajo a un alto número de obreros. José Reta, el más decidido de los afectados, fue secundado por su compañero Andrés Kaufmann, en sus protestas por la medida. El patrón Cantú propuso un trato de trabajo al tipógrafo: podía aceptar laborar en los talleres con la reducción estipulada o mantener su trabajo diario pero sólo por un plazo de tres meses.

Sin embargo, en los días siguientes se resolvió la situación económica en el Estado y por ende en el periódico, gracias a la enorme capacidad productiva de las industrias fundadas en los comienzos del siglo XX. Todo volvió a la normalidad y debido a esto, Reta siguió operando su linotipo como de costumbre, sin avisar al patrón qué había decidido, confiado de contribuir a la impresión del diario insignia del periodismo regiomontano.

Pero para su sorpresa fue despedido al terminar los tres meses de plazo.

José Reta aseguró a la Junta de Conciliación que su despido se debió a su participación sindical activa en la Unión de Obreros de Artes Gráficas y que Cantú buscaba desde tiempo atrás un pretexto para deshacerse de él.

Unos años antes, los obreros del corazón de hierro que fue la Fundidora Monterrey también habían sufrido una serie de atropellos que generaron huelgas, movilizaciones y los primeros intentos de formar sindicatos por departamentos y talleres. Para cada una de estas manifestaciones, los empresarios buscaron maneras de contrarrestarlas. La forma más grave era despedir a los grupos con conciencia laboral con el fin de eliminar la existencia de sindicatos independientes, para después crear ellos mismos sindicatos blancos, los cuales eran simples organizaciones sin espíritu de lucha atadas a la voluntad del patrón. Como muestra del poder del empresario, los obreros integrantes del Partido Comunista fueron desocupados de su labor en la fundición del acero local en 1928.

José Reta, bajo quien caía la sospecha comunista, inició por su lado una batalla legal en la cual ninguna parte implicada cedió la victoria a su contrincante. Jesús Cantú Leal, por medio de su abogado Virgilio Garza, informó a la Junta de Conciliación que José Reta había sido despedido dos veces. La primera porque el trabajador había organizado una huelga en el periódico que la misma Junta calificó como injustificada; la segunda, porque según Cantú, cuando Reta supo que sólo laboraría tres meses, descuidó su trabajo para dedicarse a sus actividades con el sindicato.

El gobierno carrancista de Nicéforo Zambrano aprovechaba este tipo de situaciones para demostrar su legitimidad ante Monterrey y su gente. Debido a la organización general en la comunidad de trabajadores, se hizo evidente la planeación y solidaridad que se daba en las calles e industrias de la ciudad. Una década antes del evento, en el año de 1918, después de la fallida huelga de los tranvías, se creó la Junta de Conciliación y Arbitraje del Estado, que hasta hoy en día es convocada siempre que hay un malentendido entre patrón y trabajador.

A diferencia de los tranviarios, José Reta no desistió y contraatacó enviando una carta de Secundino Recio, un antiguo compañero del taller. En dicho documento Recio relataba que Jesús Cantú estaba en búsqueda de la identidad de los militantes pertenecientes al sindicato presente en el periódico, la Unión de obreros de Artes Gráficas. Al saber que Reta era integrante y cofundador del sindicato, declaró frente a Recio que tendría que desocupar a su compañero tipógrafo.

Además de esta decisiva carta, Reta detalló al presidente de la Junta que la falta de trabajo en el periódico fue exagerada por el señor Cantú, pues después de empezar a reducir los días de trabajo a los obreros, se comenzaron a imprimir cinco revistas y periódicos más. Con ello lanzó un duro golpe más al declarar seriamente que en El Porvenir violó el correo de cinco empleados pertenecientes también al mismo sindicato que Reta; estos trabajadores fueron contratados después de que él fuese despedido.

Abusos como este eran pan de cada día para el trabajador metropolitano.

Uno de los casos más conocidos fue el conflicto con la compañía norteamericana ASARCO, la cual explotaba a sus trabajadores de forma cruel; hacía laborar a los hombres en condiciones de higiene casi inexistente. Tampoco tenían servicio médico aunque trabajasen en lugares donde peligraba su vida y recibían un sueldo de dos o tres pesos diarios mientras que los norteamericanos ganaban ocho pesos realizando la misma labor que sus homólogos hispanos.

En las posteriores citas individuales con la Junta de Conciliación, Jesús Cantú Leal, en la comodidad de su hogar, pudo negar rotundamente lo que escribió Secundino Recio. A la Junta llegó una carta del empresario insistiendo que la razón del despido de Reta se debió solamente a que éste nunca le informó su decisión sobre el trato de trabajo y de misma forma nunca fue a mostrarle alguna inconformidad sobre la situación.

Para acabar con procesos burocráticos y demás incomodidades, el tipógrafo demandó la reposición de su puesto en el taller y el pago de los salarios de los días en que fue desocupado. Pedro Ramírez intentó negociar con el señor Cantú, pero el empresario y hombre de letras respondió de forma concluyente a la Junta de Conciliación que no deseaba tratar ningún arreglo conciliatorio con Reta o su abogado.

El resultado de esta batalla legal no fue accesible para los regiomontanos de la época. Si hubo algún convenio o arreglo entre José Reta Rodríguez y Jesús Cantú Leal se encontraría archivado en la institución correspondiente a la federación en la ciudad de México, y para los habitantes del Monterrey de 1929 era costoso y poco práctico viajar tantos kilómetros para un asunto entre sindicales y empresarios.

Hoy en día, en Nuevo León, donde no existen las huelgas, -por lo menos no oficialmente- encontrar la historia y el desenlace de estos casos de la lucha obrera es una tarea que se presenta con muchos impedimentos para quien intente rescatar la memoria histórica de la ciudad de Monterrey.

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