Por Alfredo Jaime de la Cerda

Foto de la serie ‘Banquetas del Barrio el Nejayote’

Mi tío Catarino fue un producto del desierto; el sol intenso y las fuertes ventiscas fueron su elemento. Nació en la aridez de la estepa ilímite y creció en el monte como el venado mismo.

Alto, de anchas espadas, delgada cintura, flexible y fuerte, como tronco de huizache verde. Su cara enjuta y su tez bronceada de montero, con ojos negros acerinos, ceja poblada y una mirada de aguililla. Los brazos largos y unas manazas capaces de derribar un toro. Su voz dura y fuerte, como ráfaga de estepa. Y su corazón, con unos sentimientos tan bellos, tan puros y tan claros como la luna de primavera en el desierto. Su mente se expresaba con palabra sencilla, pero algo tan sutil y tan extraño había en su plática que no se podía interrumpir; cuando él terminaba de hablar, siempre había una tregua de silencio.

Por nada del mundo habrá de borrarse la imagen que mi infancia captó al ver a mi tío montado a caballo, mirando al infinito, con la mano visera, parecía una estatua en el desierto. Un precioso caballo alazán tostado, cuatralbo, una silla vaquera con amplias cantinas para cargar mucho “bastimento”, en los tientos la cobija enrollada en una lona, una reata chavinada de esas que lloran, y la carabina 30-30 insertada en la argolla del braguero, pasado su cañón por las correas de los arsiones y la culata cerca de la cabeza de la silla, estilo indio. Montado, erguido como una regla, sus mitazas de gamuza, con magníficos botones de puro hueso labrado y un cinto de una cuarta de ancho con tres hebillas relumbrosas, sus espuelas y su chaqueta a la cintura de pana color tabaco, su paliacate rojo y su sombrero de anchas alas y su respectivo barbiquejo —en el cinto de su pantalón, siempre una funda con su navaja y su piedra de asentar—.

El caballo y mi tío parecían una sola pieza; al paso, al trote, al galope o a carrera tendida, siempre se entendían en un ritmo natural. Montar era su alegría sin límite de tiempo. Cuando galopaba, daba rienda suelta a las canciones, esos corridos divinos del Norte, donde con notas del alma se escriben las vidas, sus tragedias y sus glorias.

Cuando llevaba su penco a paso caminero, torcía con una mano el descomunal cigarro de hoja entre fumada y fumada, fluía, siempre, indefectiblemente, su plática, su cadenciosa, suave, sencilla y clara.

***

Ser norteño es levantarse con el sol y acostarse después de la faena, en pleno monte, saber de tempestades y fuertes calores, conocer el valor de la tierra y amar cada gota de agua, es llevar en las venas la savia norteña.

Consagrar el esfuerzo de los brazos familiares al pedazo de tierra “Temporalera”, reforzar la besana con el sudor de la frente y sentarse a comer el producto en la unción del hogar frente a una chimenea de brasas de mezquite seco, es tener fibra norteña. Amar el desierto sabiendo el tesoro que entraña y trabajar sin grilletes es ser producto de esos terrores y de esas arenas.

Saber criar un chinchorro, conocer de la ordeña y confeccionar sus productos es tinte y rutina en el hogar de los llanos.

Vestir bien donde no hay tiendas de ropa, desconocer los andrajos donde se siembra algodón, ni telares existen y saber calzar desde los primeros pasos, eso es vivir en costumbre del Norte.

Domar una bestia y saberla cuidar, hervir candelilla y obtener cerote, cortar, prensar y moler guayule para obtener su producto, tallar lechuguilla y sobre todo la palma y confeccionar aprestos de trabajo es faena cotidiana con la que se nace y se vive. Andar a caballo y guarnecer el carro de tracción animal en un diario trajín donde el vicio es el trabajo.

Ser tan fuerte como alto, tener manos callosas, calzar buenas botas y tener un buen sombrero de anchas alas, saber manejar la carabina, para cazar el lobo, el coyote, el venado, el león y el oso, conocer los caminos llaneros de noche o de día, eso es ser norteño.

Brindar amistad y espantar la miseria son cosas de allá. La tortilla de harina del trigo y la carne abundante, alimentos principales son en la dieta del llano.

Escribir, leer y soñar con cosas que se aprenden bajo el sol y a muy temprana edad sin importar que no haya escuelas; no cabe el analfabeta en lo inmenso del desierto, porque allí la educación se mama y la instrucción se obtiene de los adultos.

La mentira se persigue como a la cascabel y la verdad impera en los labios del norteño, que sólo sabe lo que es.

Impera el respeto juarista por lo ajeno; se ofrece, no se roba, ni se pide. Es la ley de los monteros.

La mujer de una vez es la de siempre: Santuario de energía, de amor y de respeto es el hogar. Y ojalá esto no fuera sólo ejemplo en el desierto. Ser norteño es saber ser esposo, saber ser padre, saber ser ciudadano.

Canta con el alma, la armonía es la quietud y la belleza de la paz; no hay ruidos, sino notas de silencio. El corrido es la prolongada y bella expresión ante la inmensa soledad, porque se expresa en un trino, el calmado viento, las arenas y el infinito azul del cielo; en ello se envuelve la trama de la pasión y el amor de los hombres y sus caballos de los llanos.

Esto es mi tío Catarino, hombre, arena, huizache y palma; norteño puro, como expresión de verdad, amor, belleza y libertad.

*Fragmento de El tío Catarino. Un Quijote del desierto (1963).

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