Por Kaizar Cantú

Existe una relación implícita entre la humanidad y las montañas. Desde hace tiempo el magnetismo de la cima arrastra nuestro mirar hacia sus nubes y su bruma, sus bosques y su roca, sus nieves y su magma. Los dioses olímpicos compartieron tiempos muertos en la punta de un monte; la figura del ermitaño y su sabiduría existen en espera de preguntas postradas sobre cumbres; El Anillo debe ser destruido en las calderas de un volcán; se sospecha que el universo eligió para el axis mundis la silueta de una piedra altísima.

Como otros, insisto hasta el hartazgo del lector que Monterrey es pueblo de montañas y que éstas figuran no sólo en el paisaje regiomontano, sino también en los significados de su inconsciente mitología. En esta ocasión vuelvo a una imagen particular: la casona en lo alto del monte. La ficción de espanto sostiene cierto agrado por el fantasma palpable que son los edificios encumbrados entre bosques o peñascos. Monterrey tomó el tropo y lo ha suplantado con castillos suburbanos que articulan vecindarios aferrados a las faldas del monte. La vibra difiere, mas el mensaje permanece casi intacto: las alturas son morada de una raza distinta a la que vive al ras del terreno; desde arriba se tiene otra perspectiva del espacio, se habita una esfera lo suficientemente distante.

En uno de los costados del Cerro de Chipinque, a unos seis o siete kilómetros de ascenso desde la primera caseta del parque, hay una vereda señalada por las letras amarillas de un letrero; “Caminantes”, redacta la pintura sobre madera. Quince o veinte minutos de buen paso develan una escalinata muy tosca entre los árboles. El ritmo roto de los peldaños culmina en una figura simple: un monolito de piedra con ventanas abarrotadas. Cada paso ascendente detalla las facciones de aquel edificio. Aparece la escalera roja que conduce a la entrada principal, las columnas rectangulares de los pasillos exteriores, las chimeneas oscurecidas por todos sus fuegos, el frío y la humedad que broncearon la roca amarillenta de las paredes, los árboles proyectándose difusos desde la ausencia del techo. Aquello es el rastro de uno de las primeras respuestas al reto de la montaña en Monterrey, uno de los primeros castillos personales pensados para acercarse al cielo. Lo que se ve, lo que imaginan, lo que recuerdo es la casa del general Juan Andreu Almazán.

Titubeo al decir que Andreu Almazán fue una figura controversial; el adjetivo achica y es impreciso. Dígase que era simpático y de enemistad fácil. En sus años de mayor apogeo sus enemigos lo acusaron de traicionero, de ser un hombre sin moral fija ni lealtad a otra cosa que su nombre y sus bolsillos. En efecto, la carrera militar y política de Almazán se lee como un listado de fuerzas en pugna durante las primeras décadas de México en el siglo XX: combatió la dictadura de Porfirio Díaz en nombre del maderismo, marchó junto a Zapata contra Madero, estuvo al servicio del terror de Huerta, volvió a las filas de Zapata y, finalmente, fue perdonado por Obregón en pos de la unificación nacional, proyecto de amplio lucro para el general gracias a sus subsecuentes negocios en la construcción de carreteras, puentes y vías férreas; los detractores no tardaron en notar lo fructíferos que fueron aquellos negocios durante su período a la cabeza de Comunicaciones y Transportes. Las glorias militares y económicas elevaron al general hasta los estratos más elevados de la clase política mexicana. Brillaba con un resplandor tal que en 1939 fue postulado como candidato del Partido Revolucionario de Unificación Nacional a la presidencia. Chocaría con el sucesor del presidente Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, y todo el aparato político tras de éste. Así comenzó la caída de Juan Andreu Almazán, con otra Gigantomaquia.

Leo en palabras de Ramírez Rancaño una anécdota: Almazán pasea por los bosques de Chipinque y encuentra a un par de hacheros en pleno corte. Les reclama un desperdicio de recursos, a lo cual responden que si tanto le molesta el mal uso del terreno que lo compre y lo administre. Puede obviarse qué hizo Almazán en respuesta. Cabe imaginar al general ascendiendo en coche por los toscos caminos del Cerro de Chipinque. Busca paz en el vuelo de rayones verde y ocre, el vaivén submarino de las copas elevadas, la llama indecisa en su chimenea. Los muros lo refugian del bullicio de sus enemigos. Vuelca la mirada por encima del mundo, con el abdomen pegado a la mesa y una pluma sujeta en la diestra. Incluso postrado en su propio Olimpo siente la salpicadura del veneno manchar sus botas. ¿Qué puede hablar un hombre de tanto orgullo? Quizá vez en cuando una memoria, una excusa, una disculpa.

Juan Andreu Almazán murió en 1965. La casa permanece particularmente viva; serán los brotes vegetales y las pantallas de niebla. El gigante fue derrotado por el sistema y gateó hasta su castillo. En la cima quedaron serenadas las voces iracundas, los clamores de guerra, los goces de una victoria ajena. Nos dejó un rastro de mitología regiomontana: el barco que flota a la deriva por encima de la ciudad.

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