¿Cómo lograr que convivan consultorios de psicoanálisis y una bodega donde el arte no está bajo control oficial?

Por Alma Vigil

Primer acto

A través de un pasillo, en una casa de El Barrio Antiguo de Monterrey, se asoma un hombre con la piel casi pegada a los huesos, cabello tupido y completamente oscuro, a pesar de sus 55 años de edad. Cruza el corredor con unos cuantos pasos y entra a La Bodega, el único espacio especializado en teatro alternativo que a duras penas sobrevive en la ciudad. Busca a alguien, pero sólo ve montones de latas de cerveza vacías y colillas de cigarro tiradas en el piso. Recolecta algunos de esos botes de aluminio y más tarde, con un abrelatas, les remueve la tapa superior. Después perfora siete puntos estratégicos en el fondo de cada lata para colocar en su interior un foco Mr16 y afianzarlo con varios tornillos, tuercas y sujetadores de papel, lo que sigue es lijar el bote, pintarlo y crear un pequeño boom (una especie de escuadra) con trozos chicos de aluminio para poder moverlos con facilidad. El hombre es Roberto Cueva, mejor conocido como El Flaco, desde hace más de tres décadas es electricista experto en iluminación de teatros clandestinos.

El Flaco conoció a Daniel Ontiveros, gestor cultural de La Bodega, en noviembre del 2010, cuando el director teatral David Colorado presentó allí su obra Plan de vuelo, iluminada con esas singulares luminarias que hace El Flaco. Además de ser electricista, El Flaco es ávido intérprete del teatro clown y corporal. Dice que con sólo verlo a muchas personas les causa gracia. Su voz es muy tenue y por eso no le gusta el teatro hablado.

Unos meses después del encuentro fortuito, en 2011, Daniel otorgó una beca al Flaco para participar en el 1er Ciclo Formativo de Mimo, donde impartió un taller llamado Ángeles y demonios. En el curso, El Flaco, junto con 12 personas más, personificó serafines, querubines y arcángeles. Desde entonces apoya a Daniel con la iluminación para las obras de teatro, performances, encuentros y demás talleres que se han realizado en La Bodega. También dio un curso de iluminación escénica en el que enseñaba a crear sus características luminarias recicladas. Dicen que no le fue muy bien porque hablaba con un lenguaje demasiado técnico que la gente no entendía.

La Bodega hace honor a su escueto nombre: es un enorme cuarto localizado al fondo de un corredor que colinda con tres consultorios de psicoanálisis. Todos están al interior de una casa de la calle Mina en El Barrio Antiguo.

Adentro de La Bodega parece gobernar la penumbra: telas oscuras impiden que entre la luz del sol por las ventanas. Además, todas las paredes están pintadas de negro, aunque en una de ellas también hay una parte en color blanco y otro tramo luce un tapiz color vino con figuras de flores doradas. Al entrar al lugar, del lado izquierdo se puede ver un espacio cuadrado formado por columnas que sostienen una pequeña habitación, como tapanco. Unas escaleras situadas a un metro de la tarima que está en el fondo, permiten el acceso a esa alcoba, donde hay retazos de telas, cajas, lámparas, tablas de madera y otros artículos que han ido dejando los teatreros luego de realizar sus actividades.

En época de invierno La Bodega es como un congelador y cuando hace calor es igual que un horno. No cuenta con aire acondicionado, lo único que apenas puede combatir el calor son cuatro abanicos colocados estratégicamente cuando hay alguna actividad. Todo lo que existe en el sitio es medio improvisado: la iluminación la controlan con una caja de madera que ya se ha descompuesto varias veces.

No obstante, entre sus negras paredes se esconde cierta magia. La Bodega ha sido sede de obras con teatreros locales, nacionales e internacionales, que han utilizado los recursos con los que cuenta el lugar para montar sus obras.

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Daniel Ontiveros es un hombre de 38 años que parece de 20: es delgado, caucásico y muy afable, pareciera que nunca se enoja. Desde hace años se dedica a hacer páginas web pero su verdadera pasión es la pantomima; ha recorrido diversas ciudades de México, España y Argentina y ha tomado varios cursos de este género teatral. En la actualidad tiene un grupo independiente llamado Mimosqueteros con el que hace diferentes presentaciones en Nuevo León, tanto en La Bodega como en otros espacios que se adaptan como escenario para el teatro, incluso en la calle o en parques de colonias populares.

La Bodega, como espacio teatral, existe desde hace nueve años aproximadamente, pero Daniel se encarga del lugar desde el 2011. Luego de que asistiera como espectador a la obra de David Colorado -donde también conoció al Flaco- le gustó mucho el espacio, tanto como para realizar el 1er. Ciclo Formativo de Mimo. Cuando pidió el contacto del administrador del lugar a David, se dio cuenta que lo manejaba su prima, la psicóloga Celia Ontiveros. En esa casa, Celia, quien ahora labora para la Procuraduría General de la República, también renta tres consultorios donde trabajan seis especialistas de psicología: las némesis de La Bodega.

A partir de que Celia se encargó de La Bodega hubo mucha libertad en el lugar: conocía bastante gente a la que le fue facilitando el sitio para ensayar, ya que en otros espacios oficiales por lo general los horarios estaban saturados.

La propiedad está a nombre de Luis Eduardo Ontiveros, papá de Celia y hermano del papá de Daniel. Se la pasó a su hija para que al terminar su carrera tuviera su propio consultorio. Celia trabajó ahí durante un tiempo hasta que consiguió un empleo en la Procuraduría General de la República y comenzó a rentar los consultorios.

En algunas ocasiones prestaron el lugar para hacer fiestas, pero tuvieron problemas con los vecinos por el ruido, por tanto movimiento de gente en la calle, porque dejaban latas de cerveza en los alrededores, e incluso algunas personas se orinaban en las banquetas. Así que dejaron de hacerlo. Además, en La Bodega no cuentan con el equipo de seguridad que se requiere para realizar ese tipo de eventos, según las leyes del municipio.

Cuando Daniel contactó a Celia, ella le dijo que si quería, él manejara La Bodega. Le pasó la agenda de lo que estaba programado y hasta ahora Daniel se encarga de ella. No tiene ningún empleado, todo lo que se ocupe lo hace él, aunque hay personas como El Flaco que lo apoyan.

Se podría decir que Daniel es un tanto confiado: durante un tiempo tuvo cinco llaves que prestaba para que la gente pudiera entrar a los ensayos programados. Con la mayoría no hubo ningún problema, pero con otras sí: dejaban abundante basura, hacían mucho ruido y metían otra gente que ni siquiera estaba involucrada con el teatro.

Entonces, las psicólogas que trabajaban en los consultorios se empezaron a quejar, y en mayo de 2013, luego de un escandaloso encuentro de performance, Celia le dijo a Daniel que tenían que cancelar todo lo que habían programado para junio.

En el verano de 2013 La Bodega se mantiene en pausa y hay probabilidades de que cierre definitivamente.

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El Flaco era estudiante en la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, cuando en 1980 conoció a Gerardo Valdez, director, iluminador y fundador de Teatro Rehilete. En ese entonces, Gerardo era maestro de teatro en el Consejo Nacional de la Juventud (CREA), ubicado en la esquina de Padre Mier y Mina en El Barrio Antiguo. El Flaco se inscribió a uno de sus talleres teatrales y cinco años después ingresó a la Escuela de Teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, abandonando su carrera como ingeniero para incursionar en el mundo teatral de Monterrey.

Gerardo Valdez, de 60 años de edad, es un hombre robusto, con el cabello platinado por las canas al igual que su prominente barba. Relajado y apasionado por el teatro. En 1984 fundó el Teatro Rehilete, uno de los espacios teatrales alternativos pioneros. El proyecto duró más de 25 años; llevaron obras a casi todos los municipios de Nuevo León, y en 1987 rentaron la primera sede de Teatro Rehilete en el Centro de Monterrey.

Sólo que años más tarde un empleado de Gerardo que había llegado de repente a pedir trabajo ya que acababa de cambiarse a Monterrey desde Veracruz, su lugar de origen, asesinó a una chica enterrándole una varilla en el cuello. Gerardo había viajado fuera de la ciudad, así que cuando llegó y se enteró de la noticia, cerró el lugar durante un tiempo. Dos años más tarde lo reabrió en un lugar nuevo en El Barrio Antiguo, donde continuaron albergando actividades teatrales hasta que en el 2009 Gerardo se cansó del proyecto y paró las actividades.

Segundo acto

Dentro de La Bodega están unas 50 personas que observan a un chavo tatuado, vestido con un sombrero como el que usa Heisenberg, el alter ego de Walter White en la serie Breaking Bad; viste una playera blanca sin mangas y un pantalón oscuro. El individuo, además, cubre su rostro con un tapabocas y sus manos con guantes de látex, mientras que con un bisturí realiza una escarificación en el muslo derecho de Rita Cadillac, nombre artístico de Abraham Salvador, performancero de Monterrey que presenta un número semejante a los rituales del Niño Fidencio en Espinazo, Nuevo León. Su pierna está cubierta de sangre por los cortes con el instrumento quirúrgico, pero Rita Cadillac no muestra ni un solo gesto de dolor en su rostro vacío de emociones. Rita Cadillac está sentado en una silla, completamente desnudo, viendo cómo sangra su pierna. Cubre de lodo todo su cuerpo mientras en el fondo se proyecta un video con la imagen de un niño santo rodeado de estrellas y flores de colores. La música es una cumbia electrónica, la iluminación es con los focos que hizo El Flaco. El chavo tatuado, al terminar de rasgar la piel de Rita, comienza a perforar con unos filosos ganchos la espalda del performancero, con la ayuda de una chica también tatuada, y entre los dos comienzan a adornar los ganchos con listones rosas y verdes. También añaden unas pequeñas figuras de esqueletos mexicanos.

Este es un performance que formó parte del Tercer Encuentro de Creadores de 2013, Simulacros de identidad, donde participaron, además de Abraham Salvador, los artistas Eduardo Sandoval, Alix Patiño, Charlee Chamuko, Playritual, Desmantelados y Leche de Virgen Trimegisto. El día del encuentro fue el 24 de mayo de 2013, fecha que marcó el fin de La Bodega. Aunque para los asistentes fue algo divertido y sorprendente, para las psicólogas no lo fue y en un par de ocasiones solicitaron controlar el tráfico de gente y el volumen del lugar.

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Para Gerardo Valdés, al igual que para muchos teatreros de la ciudad, es una lástima que se esté perdiendo La Bodega, a la que le tienen cariño por la libertad que ha representado. Daniel es seguidor y admirador de Teatro Rehilete y de Gerardo Valdés desde hace tiempo. La primera vez que Gerardo pisó La Bodega y conoció a Daniel fue en julio del 2011, mientras Martha Garza, directora teatral, ensayaba con su equipo la obra Hans Quehans. Un payaso sin opiniones, original de Luis Mario Moncada. En la ciudad hay otros lugares en los que se presentan obras de teatro alternativo, bares como el Gargantúas o lugares como el Tierra Turquesa, pero no hay ninguno que propiamente sea un espacio para la dramaturgia.

En Monterrey, a diferencia de otras ciudades, casi no hay teatros además de los oficiales como el de la Ciudad, el del Centro de las Artes, el del Instituto Mexicano del Seguro Social, los municipales o los espacios para teatro comercial como el Nena Delgado y Versalles, los cuales presentan obras con lenguaje vulgar y personajes graciosos. En Argentina –dice la dramaturga argentina Coral Aguirre- hay muchos espacios alternativos para hacer teatro contestatario y político. No se busca el apoyo de las instituciones porque los limitan. Aunque –advierte- los dramaturgos en Argentina en realidad vivían con lo que ganaban en sus empleos, el teatro lo hacían más por amor al arte, es difícil vivir del teatro, tanto en Argentina como en México. Sin embargo, hay muchos que logran hacerlo. El teatro la mayoría de las veces no es tan comercial como lo puede ser el cine.

En Monterrey es al revés: los teatreros locales buscan el apoyo de Conarte para financiar sus proyectos que también son presentados en teatros oficiales. El Flaco conoce a casi todos en el mundo del teatro en Monterrey y ha visto bastantes obras, pero a él ya casi no lo divierte el teatro; confiesa que en la ciudad hace falta más creatividad y originalidad. Muchas obras que se presentan en la ciudad son como una especie de remake de obras escritas por Shakespeare y otros autores clásicos. Además, el hecho de que reciban apoyo por parte del gobierno significa que no pueden ser realmente críticos ante el sistema y la situación del país.

Tercer acto

En la esquina de las calles Benito Juárez y Santiago Tapia en el Centro de Monterrey hay un edificio gris percudido y rojo. Sobre una de sus paredes también están dos máscaras que representan la comedia y la tragedia con una sonrisa y un gesto de tristeza. Pasa casi desapercibido. Es el Teatro Calderón, uno de los más antiguos en la ciudad. Por lo general el teatro está vacío, se ve poco movimiento dentro de él aunque en el exterior cientos de personas caminan deprisa sin prestarle atención. Algunas veces sí se presentan obras de teatro y recientemente ha sido remodelado: después de muchos años ya cuenta con clima y un equipo de sonido e iluminación más sofisticado. Cuando El Flaco trabajó ahí iluminando algunas obras, dijo que era el peor lugar para laborar, tenían un equipo horrible y hacía mucho calor, era incómodo.

La última vez que Gerardo trabajó con una obra en el Teatro Calderón, le dijeron que lo podía utilizar pero que tenía que llevar cosas a cambio. Gerardo les llevó papel sanitario, un micrófono y varios artículos de escenografía que dejó ahí. El gobierno mantuvo por mucho tiempo en el olvido al lugar. Hasta que lo arreglaron. Ahora está mucho mejor, pero sigue siendo difícil su situación. A la fecha, aun y con su remodelación y la inversión de millones de pesos que le hicieron, casi siempre está vacío.

Años atrás, además de los teatros oficiales como el Calderón, había otros espacios en diferentes lugares. Uno de ellos se llamaba, casualmente, La Bodega de Dionisios, creada por Vidal Medina, contador público que abandonó su carrera por seguir su sueño de la dramaturgia; y Mónica Jasso, directora de teatro de Monterrey. En el lugar también les ayudó El Flaco para las cosas técnicas, pero unos días después de su inauguración en la calle José María Rojo de El Barrio Antiguo, los vecinos protestaron y tuvieron que cerrar el lugar.

Es difícil hacer obras independientes y contestatarias en una ciudad empresarial acostumbrada a las actividades demasiado controladas.

Hubo otros intentos, pero nunca funcionaron, el único que lo hizo durante mucho tiempo fue Teatro Rehilete, pero ahora ya también está cerrado. La Bodega está en peligro de extinción, aunque Daniel sigue intentando mantener la flama encendida. Ahora trata de acoplarse y programar la agenda en horarios que no coincidan con los de las psicólogas, e intentará controlar más a las personas. Dice que esta vez sólo habrá una llave del lugar y la tendrá siempre él. El Flaco ya casi no trabaja en los teatros; hace reparaciones e instalaciones en casas, pone abanicos de techo, entre otras cosas que le dejan dinero. Recientemente se fue a un campamento de clown en el Estado de México y pretende seguir preparándose en lo técnico. Mientras que Gerardo Valdés ahora está arreglando una casa que compró en el municipio de García, Nuevo León, y hará obras de teatro ahí, aunque pretende recorrer más municipios.

El movimiento de teatro en Monterrey es fuerte, lo que falta no es dinero, sino espacios para volverlo realidad y difusión de ese tipo de actividades. Al final de cuentas, todos están en el teatro por amor al arte. Tanto El Flaco, como Gerardo o Daniel.

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