¿Por qué no es famoso un sacerdote que ayuda a los migrantes que recorren la ruta más peligrosa?

Por Melva Frutos

Un migrante guatemalteco entra presuroso a la oficina de registro de la Casa del Forastero “Santa Martha”. Toma asiento en una banca de madera tallada, de ladito, con una nalga apoyada y la otra en el aire. Tras un sencillo escritorio color café se encuentra Yefri Salguero, uno de los encargados de atender a quienes llegan al lugar. Tiene una libreta en la que anota los datos de los nuevos visitantes. El recién llegado se identifica como Jorge Luis. Dice que no se quedará mucho tiempo, sólo quiere tomar un baño para luego ir a revisarse al centro de salud. Cuando le piden que muestre sus pertenencias, mete la mano derecha en una mochila rota y saca dos prendas hechas rollo: un pantalón caqui y una playera celeste. La mano izquierda le cuelga. Todavía trae incrustadas las esquirlas de los balazos que le dieron los Zetas el marzo pasado cuando iba en el tren a Nuevo Laredo.

Venía de Guatemala rumbo a Estados Unidos para conseguir trabajo y ayudar a su familia. Se subieron los pistoleros y asaltaron a todos los migrantes que iban en los vagones. A él de paso le dispararon y lo tiraron del tren. “Es lo más cerca que he estado de la muerte, de verdad”, dice con voz cortada.

El joven de 23 años pasó 20 días internado en la ciudad fronteriza. Lo salvaron de morir, pero no pudieron sanarle la mano. Los fragmentos enterrados le provocan un dolor tan intenso que teme perderla.

Como sólo tomará una ducha su nombre no queda en los registros del albergue. Ni media hora tardó en entrar y salir. La fantasía de cruzar la frontera mexicana sigue clara en su mente, y aunque las condiciones serán más complicadas esta vez, pretende sanar rápido para lanzarse a conquistar el sueño con el que abandonó Guatemala.

Monterrey es territorio clave en el flujo migratorio de los centroamericanos que quieren brincar a Estados Unidos. La ciudad funge como plataforma para quienes se dirigen hacia los estados fronterizos donde prueban su suerte cruzando el Río Bravo. El tránsito por Monterrey no es siempre apresurado. Es común que los migrantes permanezcan en la ciudad desempeñándose en diversos empleos. Las vías férreas que atraviesan el área metropolitana dan acceso a los albergues existentes, donde les dan cobijo y asesoría de manera gratuita.

II

El padre Jesús Garza Guerra da un sorbo a la botella de té Lipton sabor limón y pregunta si ya llagaron los trabajadores que arreglarán las tuberías de la segunda planta de la casa. Su teléfono celular suena, el sacerdote se disculpa para tomar la llamada. Han sido días ocupados. El padre Garza pasa su tiempo inmerso en la organización del Taller Nacional de Pastorales de Migrantes que se realizará en Monterrey.

Como coordinador del Departamento Pastoral de Movilidad Humana, su labor es ardua y demandante. Intercambia algunos comentarios acerca de la planeación del evento para el que sólo faltan tres semanas. A sus 72 años, el padre Garza carga consigo dos aparatos de telefonía móvil, ambos smart phones: un Nextel que utiliza como radio y un teléfono celular tradicional. Cuelga y prosigue contando que él no creció con esta causa como le ha pasado a otros dirigentes de casas de migrantes. Siempre se inclinó por el sacerdocio sin saber de dónde le vino esa idea, pero asegura que su bisabuela le contaba que desde muy pequeñito jugaba a oficiar misa y decía que quería ser papa. “Me preguntan que porqué se medio lo de ser padre y yo les digo que yo creo que por pendejo. No encuentro otra razón”, ríe a carcajadas.

Jesús Garza Guerra nació y se crió en la casa de su bisabuela en el Barrio Antiguo de Monterrey. Ahí vivía con su padre, Faustino Garza Gómez, obrero en Fundidora, y su madre, María de Jesús Guerra, quien por un tiempo trabajó como maestra. Sus tres hermanos eran Julia Guillermina, Faustino y Oscar. Cuenta la historia de su familia para luego dar otro sorbo al té helado en un intento por mitigar los 40 grados centígrados que azotan la capital norteña.

Viste una playera interior blanca y un pantalón gris de tela ligera. Sobre el respaldo de la silla cuelga una camisa, también gris, que se quitó al llegar. Ni el ventilador de pedestal que avienta aire a su máxima velocidad ayuda a que baje el calor. Las ocho pequeñas mesas cuadradas y las sillas que hay en el comedor se las donó el dueño de una taquería. En la cocina de junto ya huele a comida. Ahí anda Toñita, quien es la encargada de muchas de las tareas de la casa desde hace nueve años, junto con Lupita, una mujer mayor que no oye bien. María Elena prepara sopa de pasta de estrellitas y carne con calabaza y elote para los inquilinos. Huele delicioso.

III

Al padre Jesús le dieron la coordinación de las casas de migrantes en 1999 porque en su momento no había quién la atendiera. Para entonces ya era secretario ejecutivo de la Pastoral de Turismo. “Me dijeron que si quería atender la secretaría ejecutiva de la Pastoral de Migrantes y yo no sabía nada de esto, así que fui a tomar un curso a Honduras”. Anduvo de una parroquia a otra durante 34 años. Fue parte de la Conferencia Episcopal, secretario ejecutivo de turismo y vicario adscrito en la Parroquia Cristo Rey. Durante su vicariato tuvo oportunidad de relacionarse con las familias más acaudaladas de Monterrey, a quienes pidió ayuda para formar el patronato como asociación civil.

En un principio los migrantes centroamericanos y mexicanos llegaban al albergue Cristo Rey. Ahí se les permitía pasar la noche, pero la violación de una mujer forzó la búsqueda de un lugar más seguro y ordenado. El 15 de septiembre de 1999 anotaron en una libreta los nombres de los primeros migrantes que llegaron a la Casa del Forastero “Santa Martha”, un inmueble en la calle Matamoros prestado por la familia Muguerza. Jesús Garza fue apoyado por los amigos que había hecho en las distintas iglesias. “Con los migrantes empecé solo, pero como era secretario ejecutivo tuvimos reuniones con la familia Lobo, dueña del grupo Protex, con Marcelo Garza Lagüera, de Industrias Orión, y las damas de la alta sociedad para formar un patronato para construir una casa de migrantes”.

Siguió el consejo de una de las damas adineradas de Monterrey que le dijo: “Padre, las cosas de nuestro Señor empiezan muy sencillas. Consígase una casa, réntela y consígase quién le haga de comer”. Desocuparon la casa cuando el espacio se volvió insuficiente. Duran- te dos años rentaron varias más. Lograron reunir 600 mil pesos a base de rifas y donativos. El dinero fue suficiente para comprar el inmueble localizado en la esquina de Amado Nervo y José María Bocanegra, en la colonia Industrial.

La casa es grande, con dos recamaras amplias, sala-comedor y cochera; en la parte superior hay dos departamentos. Fue acondicionada poco a poco para recibir a los migrantes. La fachada tiene dos tonos de pintura carcomida por el tiempo; arriba es café y abajo blanca. Los grafitis de “El Chato”, “Taz”, “Hugo”, “Morris”, “El Pollo” y “El Güero” rayan las paredes. Son una señal de triunfo que hace constar su paso por la esquina de ese barrio bravo.

Al entrar por una pequeña puerta negra de hierro forjado hay un corredor de altas paredes color verde musgo y manzana. A la derecha del pasillo está la oficina del sacerdote. Sobre su escritorio se apilan cientos de papeles, todos ellos pendientes por atender. De lado izquierdo está el comedor con mesas verdes y sillas del mismo tono. En dos grandes refrigeradores y un congelador pequeño se almacena la poca comida que llega al albergue. A un costado queda la cocina. Seguir por el pasillo lleva a una pequeña puerta de aluminio color crema. Del otro lado está la capilla, un regalo de parte de Carlos Elizondo, directivo de Protexa.

Todos los días a las 12h00, Toñita hace sonar una campana en el pasillo. Su tintineo llama a los muchachos a comer. Al final del corredor hay una habitación que conecta a otra puerta que lleva al segundo piso. Un joven mira hacia dentro por una de las ventanas. Es moreno, delgado y sostiene un refresco de manzana. “¿Aquí es la Casa del Migrante?, pregunta al padre. “Sí. Pásale por la vuelta y toca el timbre en la otra puerta y ahí te van a recibir”. Para que el muchacho pueda subir al segundo piso, Edgar Ramírez tiene que amarrar al “Mojado”, un perro grande color café, bravísimo. El can es una cruza de weimaraner con dalmata que le regalaron al padre cuando aún era un cachorro. El “Mojado” anda suelto en la segunda planta, y como no quiere a las mujeres, hay que sacarlo a la terraza del tercer piso cuando una dama sube al segundo.

IV

Edgar es guatemalteco y cincuentón. Tiene tres meses de haber llegado a la casa y dos años de que fue deportado de Estados Unidos. Vivía desde los ochenta en Houston con su familia y atendía su propio negocio de elaboración de banquetes para fiestas. Ahora ayuda con el cuidado de los huéspedes. Por las noches y los domingos, cuando la cocina está cerrada, él prepara comida para todos en una estufa que tienen en la parte de arriba.

En el segundo piso hay cuatro habitaciones, cada una con cuatro literas. Las ventanas están enrejadas. Ahí descansan los migrantes y sus pies descamados sanan un poco. Algunos matan el tiempo sentados en sillas y bancas frente a la pantalla de plasma de la sala central, esperando la hora de volver al camino. Son flanqueados por paredes de las que penden un cuadro de la Virgen de Guadalupe y dos mapas de papel pegados con cinta adhesiva, uno de México y otro de Estados Unidos. Para llegar a la oficina de registro hay que pasar por la pequeña cocina, en donde Edgar y un joven migrante lavan unas vasijas.

En la oficina está Yefri. Tiene 25 años y tez morena; es delgado, de labios y nariz gruesísimos, con ojos grandes. Yefri llegó de Honduras. Han pasado un año y dos meses desde que dejó su país por el sueño que todos padecen en ese lugar: el sueño americano. Desde entonces ha ido y venido de la casa. El tiempo que permanece ahí lo pasa colaborando junto con Edgar en la administración y cuidado del lugar. Son supervisados por Pedro, un centroamericano que tiene varios años residiendo en la ciudad y apoyándose en el albergue. Pedro ya cuenta con su FM2, el documento que le da permiso para radicar legalmente en el país.

Yefri recibe a los recién llegados de tres en tres. Sentado ante un sencillo escritorio café claro, les pregunta de dónde son y si traen identificación. Responden que no. Se las quitaron los Zetas en el camino.

Las utilizan para llamar a sus familias, decir que los tienen secuestrados y pedir un rescate a cambio. Por eso es común que lo primero que buscan los migrantes es un teléfono con el cual llamar a casa y avisar que se encuentran bien. Dos de ellos descansan en la banca de madera labrada. Los robustos hombres se ven bien vestidos. Usan pantalón de mezclilla, camisa de vestir y tenis blancos y limpios; cosa extraña para un par de migrantes buscando albergue. Uno se llama José Luis Díaz, de tez blanca, cabello castaño y ojos azules. La ropa se las regaló un señor en el camino cuando vio que apenas iban tapados. En el tren les robaron todo, hasta los calcetines.

El tercer sujeto es delgado, se sienta en una silla junto a un sofá que está cubierto por una cobija a cuadros. Usa gorra azul, se llama Erick, tiene apenas 19 años. Callado y observador, pone atención a las indicaciones de Yefri: no pueden quedarse en la casa portando teléfonos celulares, ni cuchillos ni cortaúñas. Todo hay que entregarlo y al marcharse se les devolverá. A las 7h00 deben levantarse para asear la casa y desayunar. Sólo se les da la comida y la cena, el desayuno corre por su cuenta. Pueden ir a la tienda de abarrotes de enfrente, pero nada más a las 9h00. A las 14h00 se les permite salir otro rato. Esos son los únicos momentos que pueden pasar fuera durante su estancia de tres días. Después de un bocado matutino hay que subir a la terraza a lavar ropa. Importante: está prohibido acercase a los bordes y también gritar piropos a las muchachas que pasan. Toñita explica que hay razones para subrayar esas dos últimas reglas: temen que el acoso de las mujeres del barrio pueda llevar a otro incidente como el que sucedió en el albergue Cristo Rey, y les preocupa el comercio entre narcomenudistas y migrantes; los inquilinos solían atar billetes a un cordón que descendía hasta las manos del vendedor, quien devolvía el hilo con un paquetito de droga.

Es también por eso que hay rejillas en las ventanas. Pueden llamar a su casa de las 9h00 hasta las 21h00; la cuota es de cinco pesos el minuto. Y si quieren recibir llamadas desde Centroamérica o Estados Unidos, en la pared a espaldas del escritorio de Yefri hay cartulinas con los números de teléfono de la casa y las claves LADA correspondientes.

El esfuerzo del padre Garza para dar calor y asesoría a los desplazados es aplaudido por ellos y por quienes lo conocen en persona. A pesar de no contar con la popularidad que poseen “los famosos”, como él les dice a los presbíteros Pedro Pantoja, encargado de Belén Casa del Migrante en Saltillo, Luis Eduardo Villareal, de la casa San Nicolás Tolentino, o al fundador del albergue Hermanos en el Camino, el sacerdote Alejandro Solalinde de Ixtepec, Oaxaca, siempre tiene manos que lo apoyan.

Cada mes de diciembre, el padre Garza organiza la Posada del Migrante con la finalidad de recaudar fondos para la subsistencia del albergue. La colaboración es extensa. Participan desde familiares, amigos de la casa y hasta los propios trabajadores y huéspedes. Este 2013, como cada año, le prestaron el espacio del Salón Vasco de Quiroga en la zona del Obispado, muy cerca del centro de Monterrey. También fue benévola la música que amenizó el evento. Cada invitado pagó 100 pesos por un lugar en una de las más de 30 mesas, además de llevar su bebida y alguna fritura. Para la realización de la típica rifa navideña, cada quien donó un regalo. La cita fue a las 8:00PM, pero desde mediodía los migrantes participaron con entusiasmo en la organización del evento.

A la hora citada, el sacerdote, colocado junto a la mesa de registro, dio la bienvenida a la concurrencia y con la ayuda de los inquilinos condujo a cada quien a su lugar. La noche transcurrió llena de alegría y compañerismo. Relatan quienes asistieron que el padre estuvo jubiloso.

Otra vez logró llenar el salón. “Cada año vienen casi las mismas familias, pero con el detalle de que se van sumando más y que siguen viniendo las siguientes veces. Todos ya son conocidos y a todos les gusta colaborar en esta gran fiesta”.

A Erick también lo asaltaron los delincuentes. Fue en el municipio de Tierra Blanca, poco antes de llegar a Orizaba, Veracruz. Un grupo de hombres armados subió al tren y despojó de sus pertenencias a los alrededor de 3 mil migrantes a bordo. Comandados por un hombre con cabello largo y sombrero, los amenazaron y muchos fueron golpeados. Le quitaron 800 quetzales – mil 300 pesos -, su ropa, zapatos y mochila. Por eso los tenis rojos que calza Erick son dos números menores que su talla. Un regalo del camino. Pidió a Yefri que le consiguiera unos de su medida porque los que trae ya le aprietan mucho y duele. Hay quienes llegan descalzos, con los pies despellejados y llenos de ámpulas. Con todo y zapatos regalados, tanto camino sin calceta provoca un roce directo con el calzado que termina desgarrándoles la piel.

Yefri saca de uno de los cajones del escritorio un tubo pequeño de pasta dental para cada quien. De una pieza de jabón de tocador hace tres utilizando un cuchillito de sierra. Es la dotación que necesitará cada uno mientras permanezcan en la casa del migrante.

V

El padre Jesús Garza describe su infancia como feliz. Nunca le faltó nada a pesar del alcoholismo de su padre. “Yo era el consentido; mi papá siempre me daba todo.

Sacaba las monedas y me daba lo que le pedía. Yo entonces no sabía que él era alcohólico ni qué era eso”. Cuando su padre se jubiló y abrió una tienda de abarrotes en casa, compró una cantina.

Entonces dejó de tomar. Dos poderosas razones obligaron a don Faustino a dejar el vicio: 1) si seguía tomando, se bebería la cantina entera; 2) la hernia hiatal que le diagnosticaron en estado avanzado. Ésta le arrebató la vida cuando el sacerdote tenía 14 años.

Jesús Garza estudió sus primeros dos años de sacerdocio en el Seminario de Monterrey, localizado entonces en el Templo de San Luis Gonzaga, en el cruce de las avenidas Hidalgo y Cuauhtémoc. Las persecuciones religiosas de la época lo forzaron a continuar su aprendizaje en el Seminario de Montezuma, en Nuevo México. “Allá recibimos el diaconado. Sabíamos latín, las misas y las clases eran en latín. Pero yo era de los más burritos, pasaba de puro panzazo. Daban siempre diplomas y medallas al final: que el primer lugar en teología, en filosofía, etc. A mí me daban el de Piedad”. Suelta una gran carcajada. Se ordenó con otros 12 sacerdotes hace 48 años.

En un principio, la Casa Santa Martha también albergaba mujeres, hasta que tuvieron un problema con una pareja. Una dama que llegó en compañía de su esposo acusó a otro migrante, a quien llamaban “El Negro”, de haberla violado. Pero el padre Garza asegura que el suceso es falso porque el acusado no tenía piernas. Usaba unas prótesis de madera que le consiguieron en el albergue y antes de dormir las dejaba a un lado de su cama. “En la mañana las piernas estaban tiradas en el patio y ellos ni dieron seguimiento a la denuncia en la ministerial y aprovecharon para con esa situación, sacar su visa humanitaria”.

A partir de ese momento, el albergue sólo aceptó varones. Fue requerida la apertura de otro espacio que permitiera la estancia de mujeres. Ya entonces el presbítero Luis Eduardo Villarreal contaba con la voluntad y algunos donativos para ejecutar la proeza. Garza Guerra lo acompañó en su visita al obispo y ambos explicaron la necesidad de abrir un nuevo albergue. Tuvieron que insistir bastante debido a que las autoridades eclesiales no estaban al tanto de la situación migratoria de Monterrey. Con permiso y recursos establecieron la Casa San Nicolás Tolentino en la colonia Guadalupe Victoria, dentro del municipio de Guadalupe. El nuevo albergue se mantiene a flote gracias a una rifa que organiza anual- mente el presbítero Luis Eduardo. A diferencia de la Casa Santa Martha, los inquilinos pueden quedarse hasta dos semanas, pero es necesario que salgan durante el día. Se les proporciona sólo desayuno y cena.

Es común que a ambos albergues lleguen personas buscando trabajadores para sus casas, ranchos o negocios. Los inquilinos son libres de aceptar las ofertas.

En la Casa Santa Martha se les pide buscar otro techo si consiguen empleo; la Casa San Nicolás les permite regresar por las noches a dormir.

Hay otro albergue, el Trabajador Mexicano Santa Martha, al que llegan los trabajadores del país que ya tienen un trámite para visa de trabajo en Estados Unidos y vienen a su cita en el consulado. Llegan con grupos traídos por algún contratista, pero sólo se les permite quedarse una noche. A la mañana siguiente asisten a su compromiso con las autoridades norteamericanas y después se retiran.

La cantidad de migrantes que se reciben en ambas casas varía. En ocasiones alcanzan a tener más de cincuenta. A Santa Martha llegaron ese día 37. Mientras ellos entraban, otros salían. El movimiento es constante en estos días de calor. En temporada de frío el flujo migratorio baja porque no hay mucho trabajo para ellos en Estados Unidos.

VI

Antes la delincuencia rondaba la Casa Santa Martha. Los miembros de las bandas criminales locales recorrían el albergue como buitres tras su presa. Andaban buscando a quién secuestrar o posibles reclutas. Eran otro motivo para no salir, pero eso terminó. Desde que un grupo contrario levantó, asesinó y colgó a los narcomenudistas y delincuentes del barrio, ya no hay peligro.

También han recibido visitas de los militares y la Fuerza Civil. “Vinieron y preguntaron qué era aquí y les dijimos que era la Casa del Migrante. Pasaron y revisaron. Ahora ya hasta son amigos.

Nos traen migrantes cuando necesitan ayuda e incluso nos traen apoyos de despensa”. Aún así, el albergue no ha que- dado exento de los abusos de autoridad. “Cuando Alejandra Ocádiz era delegada del Instituto Nacional de Migración en el esta- do, me mandó a la migración y entraron y rompieron todo y decían que el padre los ponía a vender zapatos”.

Los atropellos se han dado siempre, pero para el padre Garza no son nada en comparación con lo que tienen que lidiar los migrantes. Los centroamericanos sufren golpizas, robos, secuestros, violaciones, mutilaciones, humillaciones y vejaciones. En Monterrey también hay abuso, tanto por parte de los delincuentes como de los no delincuentes. En ocasiones quienes los emplean para construcción o en ferias no les pagan lo acordado, sin mencionar las condiciones inhumanas en las que laboran.

Como medida de prevención, en el albergue del padre Jesús Garza han tomado cursos de protocolos de seguridad. Aunque el lugar siempre está bien cuidado por amigos y colaboradores, prefieren no confiarse, pues para muchos son carne de cañón.

A la casa llegan a diario Arturo y Chilo, dos veracruzanos que tienen más de 10 años viviendo en Santa Martha.

Su oficio es la compra-venta de granos. Apoyan al padre con costales de arroz y frijol, y cuando el trabajo se les junta, emplean a los migrantes que quieran ganar unos pesos para sus gastos del camino.

El sacerdote hace una pausa y pregunta a Pedro si ha sabido algo de uno de los muchachos que se fue hace dos días.

– “¿No sabes nada de Beto?”

– “Sí, padre. Llamó hace rato. Dijo que ya está en McAllen”.

– “¡Ah, qué bueno! ¡Qué gusto! A él le mataron a un hermano. Se vinieron juntos y no tenían dinero para pagar los dos al pollero y se vino sólo él. El hermano se regresó y lo mataron. Es un joven muy bueno, y es al único al que le he dicho hijo.

Él va y viene y es la tercera vez que lo tenemos aquí”.

En la medida de lo posible, el padre Jesús Garza da seguimiento a los casos de los migrantes que pasan. Reunido a la mesa con los 13 inquilinos que comerán ese día en la casa, les cuenta emocionado que uno de ellos ya llegó a su destino. Les aconseja cuidarse y no ser muy confiados de quienes se les acerquen en el camino. Ellos escuchan atentos. Después del sermón, continúan comiendo e intercambiando las experiencias que han padecido.

El padre les habla de abusos porque él mismo ha sido víctima de ellos. Confiar de más en quienes no conoce le ha costado. “Una vez llegó un tipo y me dijo que necesitaba que lo ayudara, que me iba a dar un donativo de miles de pesos, pero que necesitaba viajar a Suiza y que le prestara y que allá me los daba. Como yo iba a ir para Suiza, pues se los conseguí, y pues nada, que me timó. Nunca lo volví a ver”.

A diferencia de otros, este sacerdote no llevaba la causa migrante en la sangre cuando entró al mundo de los albergues. Eso sí, nació con el ministerio y la sotana bien puestos. La vida lo ha llevado por este camino, el de los centroamericanos sin re- flectores, de bajo perfil. Lo acompañan los amparados y unos cuantos colaboradores. Probablemente la poca atención que reciba se deba a que el paso de los desplazados es menor por la capital neolonesa en comparación con otras regiones del país. Quizá también porque los ataques y amenazas que ha sufrido son menores frente a lo que pasan otras figuras importantes del mundo eclesiástico. Su papel es menos exótico que el del cura de una pequeña aldea perdida en un enclave del narcotráfico. Es un sacerdote solitario en una gran ciudad que oculta sus problemas para no tener que verlos. A pesar de todo, el padre Jesús Garza sigue apostando a la sensibilidad de sus feligreses, a la labor cotidiana que realiza con los migrantes para que las miradas volteen a ver la necesidad que hay en la casa de garabatos y pintura resquebrajada allá en la colonia Industrial. Así podrá continuar, en silencio, con su labor.

Comments

comments