Por H.G. Wells

Ilustración de la serie: ‘de calle en calle’ Por diferentes artistas Urbanos

No pretenderé ser imparcial en esta materia y discutir como si mi opinión no estuviese fundada sobre la cuestión de saber si el mundo sería mejor, suponiendo que se pudiese abolir la propiedad privada respecto al suelo y a muchas otras cosas de utilidad general. Creo que la propiedad privada de estas cosas no es más necesaria e inevitable que la propiedad privada de nuestros semejantes, o de los puentes y carreteras.


La idea de que todas las cosas puedan ser reclamadas como propiedad privada pertenece a las edades sombrías de la humanidad, y no es solamente una monstruosa injusticia, sino un inconveniente todavía más monstruoso. Supongamos que todavía admitimos la propiedad privada de las carreteras, y que todo aquel que posee un pedazo quiere negociar con nosotros antes de que podamos pasar en coche. Diría usted que la vida no se podría soportar.

 

Pero realmente, es un poco de esto lo que pasa hoy día cuando tomamos el tren, y es completamente así para aquellos que tienen necesidad de un trozo de tierra donde vivir. No veo que haya más dificultad en organizar el cultivo del suelo, las fábricas y demás cosas de este género, para el bien general público, que las carreteras y los puentes, el correo y la policía. No veo ninguna imposibilidad al socialismo dentro de estos límites.


Abolir la propiedad privada de estas cosas sería abolir toda esta nube de parásitos cuya ansia de beneficios y dividendos es un obstáculo para una gran cantidad de útiles o seductoras empresas y hace que sean costosas e imposibles. Supondría esto abolirlas, ¿pero sería esto un mal?


¿Y por qué no coger esta especie de propiedad a los que poseen? Antiguamente, no solamente los esclavos han sido explotados por sus amos, sin compensación o casi sin ella, sino que la historia de la humanidad, por horrible que parezca, presenta incontables casos de amos de esclavos renunciando ellos mismos a sus derechos humanos. Quizás piense que es una injusticia y un robo apropiarse de la gente. ¿Pero no es éste el caso? Suponga que viese muchos niños en una guardería infantil, tristes y desgraciados, porque uno de ellos, que ha sido muy mimado, ha cogido todos los juguetes y pretende guardarlos y no dejar ninguno a los otros… ¿Es que no desposeería a este niño, por muy sinceramente convencido que estuviese de que su manera de obrar era justa? De hecho, es esta la posición del propietario hoy día.

 

Pensaré quizás que los propietarios, del suelo por ejemplo, deberían ser pagados y no despojados.


Pero como encontrar el dinero para pagarlos quiere decir poner un impuesto sobre la propiedad de alguien, cuyos derechos son quizás mejores, no logro ver dónde está la honestidad de este proceder. No se puede dar propiedad por propiedad más que comprando y vendiendo; y si la propiedad privada no es un robo, entonces es no solamente el socialismo, sino el impuesto ordinario el que lo es.


Pero si el impuesto es un procedimiento justificable, si pueden tasarme (como lo estoy) por los servicios públicos a razón de una peseta y más por cada veinticinco que gano, no sé por qué no se le pone un impuesto al propietario del suelo, de la mitad, de las dos terceras partes o de todo su terreno si hace falta, o al accionista del ferrocarril de diez o quince francos sobre veinticinco de obligaciones.


En todo cambio es necesario que alguien salga perdiendo; cada progreso en las máquinas y en la organización industrial priva a pobres gentes de su renta, y no veo por qué tenemos que ser tan singularmente solícitos con los ricos, con los que no han producido nada en toda su vida, cuando son obstáculo para el bien general. Y aunque niego el derecho a la compensación, no niego que se llegue a él probablemente. Cuando se trata de método, se puede concebir que nosotros podamos dar al propietario compensaciones parciales y hacer toda clase de concesiones para evitar ser crueles a su manera de ver, en nuestro esfuerzo de poner fin a las mayores crueldades de hoy.


Pero, una vez puesta aparte la justicia de la causa, mucha gente parece considerar el socialismo como una vana quimera, porque dicen que “va contra la naturaleza humana”. Se nos dice que todos aquellos que poseen una pizca de propiedad, en tierras o en acciones, o en alguna otra cosa, se opondrían vivamente al advenimiento del socialismo, y como esta gente tiene todo el tiempo y toda la industria del mundo, y toda la gente capaz y enérgica tiende naturalmente a entrar en esta clase, no habrá nunca una fuerza eficaz que instale el socialismo. Pero esto refleja una concepción muy pobre de la naturaleza humana. Hay sin duda muchos ricos de alma oscura y baja que odian y temen el socialismo por razones puramente egoístas; pero sin embargo es muy posible ser propietario y al mismo tiempo desear ver al socialismo establecido.


Por ejemplo, el hombre de mundo cuyos negocios privados conozco mejor que nadie, el segundo amigo de que he hablado, el propietario de todo ese buen calzado, da tiempo, fuerza y dinero por acelerar esta esperanza de socialismo, a pesar de que paga un impuesto sobre la renta de mil 200 francos por año y posee títulos y tierras por varios millones de libras. Y esto no lo hace por espíritu de sacrificio.


Cree que viviría feliz, y más a gusto en una organización socialista, donde no le sería necesario agarrarse a este salvavidas de la propiedad individual. Encuentra (y mucha gente de su posición piensa de la misma manera) que es una recriminación perpetua de una vida de confort y de agradables ocupaciones, el ver tanta gente, que podrían ser para él amigos o simpáticos socios, detestablemente mal educados, alojados, con los zapatos y los vestidos más abominables, y con el espíritu tan detestablemente falseado, que no quieren tratarlo como a un igual. Le parece que es el niño mimado de la guardería; se siente avergonzado y menospreciado, y como la caridad individual no parece que empeora las cosas, está dispuesto a dar gran parte de su vida y a perder si hace falta su pequeña posesión alegremente, para cambiar el estado de cosas actual de una manera inteligente.


Estoy convencido de que hay mucha más gente mucho más rica e influyente que piensa del mismo modo. Lo que me parece un obstáculo grande para el socialismo, es la ignorancia, la falta de valor, la estúpida falta de imaginación de la gente pobre, demasiado tímida y demasiado vergonzosa y torpe, para considerar algún cambio que les salve. Pero a pesar de esto la educación popular prosigue y estoy casi seguro que en las próximas generaciones encontraremos socialistas hasta en los suburbios.


La gente desprovista de imaginación que posee algún trozo de propiedad, algunas hectáreas de terreno o algunos miles de francos en la Caja Postal de Ahorros, opondrán sin duda la resistencia pasiva más tenaz, y son, me temo, junto con los ricos insensibles, con los que tendremos que contar como nuestros enemigos irreconciliables, y que constituyen los pilares inconmovibles del orden actual.


Los elementos bajos y perezosos de la “naturaleza humana” están y estarán, lo admito, contra el socialismo, pero no son toda la “naturaleza humana”, ni siquiera la mitad. ¿Y cuándo, a lo largo de la historia del mundo, la bajeza y el miedo han ganado una batalla?


Es la pasión, el entusiasmo, la indignación los que forman el mundo según su voluntad, y no me explico cómo alguien puede recorrer las calles apartadas de Londres o de cualquier otra gran ciudad de Inglaterra, sin llenarse de vergüenza y resolverse a poner fin al estado de cosas bajo y horrendo que esto deja ver.


Y no creo que sea sostenible el argumento de “la naturaleza humana” contra el socialismo.

*Fragmento de La miseria de los zapatos (1907).

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