Por Carmen Libertad Vera

Tiene un flaquísimo cuerpo de garrocha y un garfio por perfil aguileño, éste último a manera de sobresaliente nariz y justo al centro del rostro visiblemente arrugado. Todas las mañanas, muy temprano, viaja un promedio de hora y media a fin de llegar a su lugar de trabajo, espacio ubicado en el mero refuego del arrabal. El trayecto diario lo realiza a bordo de un apretujado y guajolotero camión suburbano, único medio de transporte público con origen y destino en la cercana ciudad-dormitorio donde él vive, en casa de uno de sus hermanos.

Dicen que se llama Arturo. Y así ha de ser, porque él responde con ininteligibles sonidos cuando alguien lo llama por ese nombre. En realidad, casi todos lo conocen como “El Mudo”.

Porque en lenguaje llano, Arturo es efectivamente mudo. Desposeído de nacimiento de la capacidad para expresar con palabras sus emociones y pensamientos. Aunque a veces él trata de comunicarse utilizando lenguaje oral, lo único que logra es emitir una serie de monosilábicos galimatías donde predomina el uso de la M, la J y la U. “Mummjujum, mummjujum” es la respuesta clásica que otorga a sus interlocutores cuando intenta responder verbalmente una pregunta o dar información.

El trabajo que Arturo desempeña es de ayudantía. Y vaya que cumple todas las tareas que le encomiendan, quizás denotando cierta rígida torpeza motriz al ejecutar movimientos corporales, pero de que cumple, ¡cumple!

Por lo que a eso de las 8:00 AM, más o menos, Arturo anda aquí y acullá acomodando docenas de sillas metálicas, una por una, y arrastrándolas ruidosamente desde lugar donde las apilan hasta el sitio correspondiente junto a las mesas. Barre con desparpajados escobazos, estiba cartones con envases vacíos, recoge bolsas de basura embrocadas en depósitos pequeños, alforjas boludas que después congrega en el interior de un gran tambo tipo petrolero. A veces, acarrea baldes de agua para medio regar chirles macetas de asbesto; otras, va al carro del patrón para ayudar a descargar mercancía. En ocasiones nomás se trepa en una silla periquera, listo para todo lo que se ofrezca.

Porque él es obediente con las órdenes que recibe. Así, sí alguien le dice “Arturo estira la lona, lleva esto para allá, tráete el trapeador, limpia las charolas, cómprame una botella de cátsup y una bolsa de hielo”, Arturo, portando su infaltable cachucha para el sol, va, estira, lleva, trae, limpia y compra todo lo que se requiere, más lo que por default le acumulen.

A sus casi 50 años, se le sabe solterón y sin novia. Pero es coqueto y ojo alegre, por lo que no desaprovecha el paso de alguna muchacha de muy buen ver para observarla de frente y de espaldas, suspendiendo cualquier actividad que en ese momento realice para recrearse la vista con lo que alcanza a distinguir de los llamativos atributos femeninos. Sus redondos ojillos entonces brillan con impar alegría, y una socarrona sonrisa hace que su disparejo bigote canoso se arquee creando el tradicional efecto de una saboreada actitud.

El Mudo es simplemente un asalariado chalán que realiza su chamba con gusto. Convirtiendo la chinga diaria en una condición de vida a la que, sin mayores cuestionamientos, acepta y disfruta.

Por lo tanto, no resulta extraño verlo convivir apacible y feliz con mucha de la gente que lo rodea. Con frecuencia se adhiere a alguno de sus dos grupos de amigos, integrándose al diario y bromeado cotorreo, el cual escucha con atención y, cuando la charla lo amerita, con marcado esfuerzo y más allá de sus consabidos “mummjujum, mummjujum”, intenta participar articulando una que otra frase elemental. A veces lo logra, aunque para ello tenga que recurrir a remarcados aspavientos de sus manos y la subrayada gesticulación de su delgado rostro. Sea como sea, él en ese medio siempre se da a entender. Y no pocas veces hasta le celebran lo que a tiros y tirones dice.

Como buen alcoholiquín funcional, no hay día en que él, en solitario o en grupo, disfrute el paladear unas buenas helodias. Ya sea que las compre, o se las inviten. Tampoco rehúye el trago de tequila que alguien le role. Y si el ambiente se alegra con algo de música, arrítmicamente intenta llevar el compás del jolgorio con los disparejos movimientos de su esquelético cuerpo.

Con toda seguridad nadie se preocupó por “darle escuela”. Creció en forma silvestre. Sin recibir instrucción elemental, y mucho menos la educación especial destinada a personas que el ñoño lenguaje de lo políticamente correcto considera convalecientes de “discapacidad sensorial y de la comunicación”, catalogada dentro del “Subgrupo 130” bajo el nombre de “discapacidad para hablar (mudez)”. Sic.

Él aprendió los conocimientos básicos mediante el ejercicio de obligada práctica. De allí que conozca a la perfección el valor de los billetes y las monedas en circulación, y aunque a veces lo parezca, nadie lo puede hacer tonto sacando cuentas o contando cambios, si bien para ello tenga que recurrir frecuentemente a la ayuda de sus dedos en la búsqueda de un resultado matemático exacto.

La última corrida del camión suburbano que lleva a Arturo de regreso al lugar donde vive sale a las diez de la noche. Razón por la que él, a menos que se organice una parranda y alguno de sus amigos se comprometa a darle un raid, pinta su raya y se esfuma del sitio alrededor de las nueve de la noche.

Su rutina comprende diariamente un mínimo de 12 horas laborales los 7 días de la semana, lo que sumado a las otras 3 horas de traslado obligado suman al día un total de 15. La nueve restantes son para asearse y medio dormir, si bien le va

No es difícil pensar que para muchos patrones, El Mudo vendría a ser algo así como la encarnación del siervo perfecto. Conformista y pasivo. Obediente y sumiso. Cumplido y manejable. Feliz con su realidad de sujeto libre no sometido a ningún tipo de esclavismo, aun cuando carezca de cualquier garantía o prestación laboral.

De saberse su existencia, capaz que hasta más de algún corporativo trasnacional lo propondría a los científicos como el prototipo ideal para la clonación de un ejército de siervos, sociablemente destinados a la pizca agrícola o la maquila industrial más primaria y repetitiva. Entre otras muchas posibles tareas.

Por fortuna, situación semejante todavía sólo es factible en los fantásticos terrenos de la ciencia ficción abordados por Aldous Huxley en su espléndida novela Brave New World.

Así que por largo e indefinido tiempo, Arturo puede seguir muy tranquilo en esa su anónima y feliz condición de chalán.

Comments

comments