Por Karem Nerio

Al ver su cuarto, pienso que faltan los cánticos de los Libres y Locos, falta la música en inglés y no se escucha la voz de Roy. Cómo me gustaría ver la cama destendida, los diccionarios abiertos, la ropa sucia en cualquier esquina; ese orden es más bien un desorden provocado por el silencio.

Un silencio demagógico y burocrático que viene con sello oficial. Producto de una policía que calla sus propias filas, porque vivimos en los tiempos en que la verdad grita amordazada. El silencio del vecino que por decir que “en algo andaba” no escucha razones, cifras o dolores. La mudez social se acumula en la sangre hasta que algo hierve combatiente.

El silencio de alguien que escucha la historia de los hombres que entraron a la casa Rivera Hidalgo y se llevaron a Roy. Un silencio que luego se convierte en un nudo en la garganta si escuchas a su madre, Letty Hidalgo, contar cómo no duerme por encontrarlo. En ese silencio de ver la calle re-nombrada en honor a su búsqueda, cuatro años después de su desaparición, ahí donde hace cruce con Kristián Karim Flores y otros y otras 26 mil en México que no han vuelto a casa. Un silencio que no es minuto porque lo atraviesa la esperanza.

El silencio del cuarto y el silencio denunciante se llevan en las entrañas de saber que Roy no está en su cuarto. Se transforman en las ganas de entender que “nos necesitamos”, en los pasos para seguir buscando una voz que vuelva a las paredes de su hogar.

La serie 4 años sin Roy, por Olivia Garza García.

Roy Rivera Hidalgo desapareció el 11 de enero del 2011 cuando varios hombres encapuchados y armados, que traían chalecos de la Policía de Escobedo, entraron a su casa por la noche y se lo llevaron a la fuerza. El día de su secuestro Roy estaba por iniciar su cuarto semestre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL. En unos días más cumpliría también 19 años.

A cuatro años de distancia, no hay pistas de su paradero y las autoridades estatales no han avanzado en sus investigaciones, pero su presencia y su memoria siguen vivas. Su habitación sigue pintada de azul y oro, los colores de los Tigres de la UANL. Ahí continúan sus libros, su ropa, algunas películas y medallas, un póster y una cachucha que revelan su pasión por su equipo favorito de futbol. 

*La Galería de fotos utilizada en los ornitorrincos de esta semana son una colaboración al Barrio Antiguo de la fotoperiodista Olivia Garza García.

Comments

comments