¿Qué hizo del siglo xx la época del terror?

Por Albert Camus

El siglo xvii fue el siglo de las matemáticas, el xviii el de las ciencias físicas y el xix el de la biología. Nuestro siglo xx es el siglo del miedo. Se me dirá que el miedo no es una ciencia. Pero, en primer lugar, la ciencia es en cierto modo responsable de ese miedo, porque sus últimos avances teóricos la han llevado a negarse a sí misma y sus perfeccionamientos prácticos amenazan con destruir la Tierra entera. Por otra parte, si el miedo en sí mismo no puede considerarse una ciencia, no hay duda de que es, sin embargo, una técnica.

Lo más característico del mundo en que vivimos es, ante todo y en general, que la mayor parte de los hombres (salvo los creyentes de todo tipo) están privados de futuro. Ninguna vida es válida si no se proyecta hacia el futuro, si carece de una esperanza de madurez y progreso. Vivir contra un muro, tal es la vida de los perros. Pues bien, los hombres de mi generación, y la de ésta que entra en las fábricas y facultades, vivieron y viven cada vez más como perros.

Por supuesto, no es la primera vez que los hombres se encuentran ante un futuro materialmente cerrado. Pero salían adelante, en general, usando la palabra y el grito.

Recurrían a otros valores en los que depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla ya (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas que no oyen las advertencias, los consejos ni las súplicas. Algo en nosotros fue destruido por el espectáculo de los años que acabamos de pasar. Y ese algo es la eterna confianza del hombre, que le ha hecho creer siempre que se podía obtener de otro hombre reacciones humanas hablándole con el lenguaje de la humanidad. Nosotros vimos mentir, envilecer, matar, deportar, torturar y ni una vez fue posible persuadir a quienes lo hacían que dejaran de hacerlo, porque estaban seguros de sí mismos y porque no se persuade a una abstracción, es decir al representante de una ideología.

El largo diálogo de los hombres acaba de cortarse. Y, por supuesto, un hombre a quien no se puede persuadir es un hombre que da miedo. Así, al lado de los que no hablaban porque lo consideraban inútil, se estableció y se establece una inmensa conspiración de silencio, aceptada por los que tiemblan y se dan buenas razones para ocultarse a sí mismos que tiemblan, y suscitada por quienes tienen interés en hacerlo. “No debes hablar de la depuración de los artistas en Rusia porque eso sería seguirle el juego a los reaccionarios”, “Debes callarte acerca del sostenimiento de Francia por los anglosajones porque eso sería seguirle el juego al comunismo”. Bien decía yo que el miedo es una técnica.

Entre el miedo muy general a una guerra que todo el mundo prepara y el miedo particular a las ideologías homicidas, lo cierto es que vivimos en el terror, porque la persuasión ya no es posible; porque el hombre fue entregado completamente a la historia y no puede volverse hacia esa parte de sí mismo, tan verdadera como la parte histórica y que encuentra ante la belleza del mundo y de los rostros; porque vivimos en el mundo de la abstracción, de las oficinas y de las máquinas, de las ideas absolutas y el mesianismo sin matices. Nos asfixia esa gente que cree tener la razón absoluta, ya sea en sus máquinas o en sus ideas. Y para todos aquellos que no pueden vivir sino en el diálogo y la amistad de los hombres, este silencio es el fin del mundo.

Para salir de este terror sería necesario poder reflexionar y actuar siguiendo la propia reflexión. Pero el terror no es justamente un clima favorable para la reflexión. Yo creo, sin embargo, que en lugar de echarle toda la culpa a ese terror, hay que considerarlo como una realidad y tratar de hacer algo. No hay nada más importante, en la medida que concierne a una gran cantidad de europeos a quienes, cansados de la violencia y las mentiras, frustrados en sus más caras esperanzas, les repugna la idea de matar a sus semejantes como medio para convencerlos, así como les repugna la idea de ser convencidos de la misma manera. Sin embargo, esta es la alternativa ante la cual se halla una gran cantidad de hombres en Europa, que no son de ningún partido, o que no se encuentran cómodos en aquel que han elegido; que dudan que se haya alcanzado el socialismo en Rusia, o el liberalismo en América; que le reconocen, sin embargo, a éstos y aquellos el derecho de afirmar su verdad, pero les niegan el de imponerla por medio del asesinato individual o colectivo. Entre los poderosos de estos días, éstos son hombres sin reino. Ellos no podrán lograr que se admita (no hablo de triunfo, sino de lograr que se admita) su punto de vista, y no podrán encontrar su patria sino cuando se hagan conscientes de lo que quieren y lo digan con bastante fuerza y sencillez para que sus palabras puedan ser un estímulo para la acción.

Y aunque el miedo no es clima para la reflexión justa, les será necesario, ante todo, encararse con el miedo. Encararse con el miedo obliga a ver lo que éste significa y lo que rechaza. El miedo significa y rechaza la misma cosa: un mundo donde el asesinato está legitimado y donde la vida humana carece de importancia. He aquí el gran problema político del presente. Antes de continuar hay que tomar posición respecto al mismo. Previamente a todo desarrollo hay que plantear estas dos cuestiones: ¿quiere usted ser muerto o violentado, directa o indirectamente, sí o no? ¿Quiere usted matar o violentar, directa o indirectamente, sí o no?

Todos aquellos que respondan NO a estas dos preguntas se embarcan automáticamente en una serie de consecuencias que deben modificar su manera de plantear el problema.

Mi propósito es clarificar sólo dos o tres de estas consecuencias. Mientras, el lector de buena voluntad puede interrogarse y responder.

*Texto de Ni víctimas, ni verdugos (1946).

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