Por Oziel Gómez

Ilustración por Cristina Guerrero

Después de las vías y la antigua estación del tren, más allá, por donde el pueblo se antoja más pequeño y el sol parece que pega con más ganas porque hay pocos árboles, está el cementerio. En el cementerio hay muertos, hay tumbas sin muertos y muertos sin tumbas. De enterrarlos y exhumarlos se encarga Juan Reyes. Juan Reyes tiene sesenta y dos años y ha estado los últimos treinta y dos haciendo esto.

A LAS SEIS Y TREINTA DE LA MAÑANA, como casi todos los días, Juan cruzó la enorme reja negra de la entrada al panteón. El cielo empezaba a hacerse azul. Apenas un par de minutos antes había salido de casa y al cerrar la puerta y encarar la calle había divisado el lugar. Desde su casa, como a mitad del cerro, las tumbas le quedaban de frente. Aquél día el sepulturero más antiguo del pueblo llevaba un suéter con un calavera blanca estampada sobre el pecho. Seguramente saludó al guardia acurrucado en su garita junto a la entrada. Luego avanzó por el sendero que divide un camellón con pinos dispersos que vistos desde arriba forman una cruz. A ambos lados del camino se extendían hileras de tumbas y capillas. Las placas de mármol, las cruces, las estatuillas de ángeles y santos, y el césped estaban cubiertos por una fina capa de rocío nocturno. Por treinta y dos años a Juan le había amanecido ahí, en el panteón. Pero también, en esos treinta y dos años, le había atardecido e incluso anochecido. Unas horas más tarde, ya bien entrado el día, estaría junto a la capilla preparando la mezcla.

JUAN REYES, que bien puede ser Juan Armando Reyes –porque no se pusieron de acuerdo el registro civil y la iglesia– es un tipo macizo, de piel morena, tostada, mirada recia y ojos negros. La gorra –siempre usa una– esconde el poco cabello que conserva, canoso. Lleva un mostacho amarillento, tupido y mal cuidado bajo el que se dejan ver los espacios donde deberían estar los incisivos superiores. Los dientes que le quedan están maltratados y amarillentos, quizás por el humo del cigarro que apenas y les da descanso.

Este hombre empezó a trabajar en el panteón cuando tenía treinta años luego catorce en la Empacadora Valenciana en el mismo pueblo. “Era muy rápido, más que uno que le decían “El Rayo”. Podía hacer hasta mil cajas (de mango y ciruela) en un solo día. Eso sí, terminaba con los dedos todos machucados”, cuenta. Durante la plática Juan va mencionando nombres de alcaldes y administradores rematados con todo y apellidos. Al principio impresiona. Sin embargo, después se nota que es una habilidad de retención que necesita quien se mueve día a día entre epitafios y números de lote, rastreando tumbas para los familiares que andan perdidos. Que en dónde queda tal tumba, que por qué me la movieron, que no señora, que le digo ahí sigue, y demás.

LOS PRIMEROS MUERTOS del panteón municipal datan de principios de siglo XX, según se puede leer en los epitafios mejor conservados. Son los cuerpos de las víctimas del cine que se cayó y los de una epidemia que Juan no recuerda. Estas tumbas están amontonadas en el fondo del cementerio, detrás de una glorieta de pinos y una maltrecha barda blanca. Muchas son de granito que luego de casi un siglo se encuentra descarapelado, enmohecido y desperdigado por el suelo. Algunas miden varios metros de altura, otras son un simple montículo de tierra encabezado por una cruz que adorna las hierbas silvestres. Hay gavetas con enormes agujeros que dejan ver el interior. Vacías. Otras tantas, olvidadas, poco les falta para venirse abajo. Aunque los olvidados no son sino los muertos –o lo que queda de ellos–. Los senderos entre las tumbas están llenos de hierbajos y escombros. Están las que tienen mejor suerte, las que de vez en cuando algún familiar viene a limpiar y dejar un ramo de flores. Estaba la fosa común, con diecisiete cuerpos de laboratorio envueltos en yeso que entregó la universidad local. “Estaba la fosa” porque el lote se vendió y sin saberlo se construyeron gavetas y se enterraron difuntos sobre aquellos sin nombre.

La parte nueva es el típico cementerio mexicano. Flores azules, amarillas, verdes, rosas, artificiales y naturales. Abigarradas. Estatuillas de santos, ángeles y el Niño Dios sobre las tumbas de mármol y en las capillas de concreto. A notable diferencia de la parte antigua, la mayoría se conservan bien pintadas y con el pasto recortado. Hay retratos y veladoras, y coronas de flores frescas que se ocuparon recientemente. Del lado izquierdo del panteón está la calle. Una larga barda amarilla de unos dos metros divide a los vivos, sus casas de los muertos y sus casas. Es decir la muerte de la vida, que del otro lado transcurre normal, como si no echara en falta a los que están tras el muro. Las tumbas del lado derecho van disminuyendo unos treinta metros hacia el fondo. Una capilla solitaria, cubierta de azulejos blancos bien cuidados que adorna una virgen, marca el final del cementerio, aunque detrás ya se ven los avances en la construcción de varias gavetas. Más allá quedan los cerros, los huisaches, los arbustos y nada más.

A JUAN SE LE VA EL DÍA construyendo capillas, haciendo mezclas para las placas, cavando fosas de hasta varios metros y recubriendo sus paredes con cemento. Hoy “hay cuerpo” –como dicen para referirse a un entierro– aunque no para la cuadrilla de Juan. De un momento a otro un acordeón se comprime, se estira y suelta su melodía melancólica. Lo secunda el rasgueo intermitente de una guitarra y le hace tercia la voz constipada de un chelo. Son tres músicos que ensayan junto a su camioneta. Desde la sombra de un árbol Juan ve aparecer por el camino un carroza blanca. De lado del conductor, con la mano en la ventanilla, camina un joven de traje. El de la funeraria. Detrás vienen los dolientes. “Es de todos los días: uno o dos muertos diarios. Ya creció mucho el pueblo, ya está grande”. Y es verdad: en cinco meses se llenaron cerca de 120 lotes en la parte nueva. El problema vendrá, según Juan, cuando se topen con las tuberías de combustible que encuadran la parte trasera del panteón.

DESCANSANDO BAJO LA SOMBRA DICE que el “morirse es negocio”. Lo es. Aunque él haga coraje por el aumento en el precio de los servicios de sepultura. Antes, recuerda, cobraban 350 o 400 pesos por cavar una fosa, bajar el féretro y taparla; ahora son 900 pesos. Las exhumaciones de cuerpos que se hacían gratis, con fe en la generosidad del cliente, ahora se pagan como un entierro. “Quisiera ser el administrador –dice Juan– para ayudar al pueblo. Al pueblo porque está jodido y lo quieren amolar más”. Pero Juan no es administrador, así que sólo le queda echarle el ojo al cliente y si nota que no tiene muchos recursos cobrar barato, pero si tiene pinta de pudiente subir el precio. “Es que el rico es como el azadón: todo lo quiere para acá, para allá nada”.

Hace tiempo, cuando jubilaron a un tal Mariano, Juan se quedó encargado del panteón por tres años. La única condición que puso era que lo dejaran trabajar al mismo tiempo como panteonero, haciendo capillas, cavando pozas y exhumando. Cuenta que los demás administradores que llegaban solo querían estar sentados, además de que con los mil trescientos pesos que recibía de pago cada quincena “no llegaba a fin de mes con la panza llena”.

Hermoso cariño, hermoso cariño, ya estoy como un niño con nuevo juguete contento y feliz. No puedo evitarlo y quiero gritarlo: hermoso cariño que Dios ha mandado, nomás para mí”. Son los músicos que cantan frente a la tumba.

JUAN TIENE MUY CLARO QUE PARA EXHUMAR un cuerpo, es decir extraer de la caja los restos del difunto y guardarlos en un osario para liberar espacio en las gavetas, deben pasar por lo menos cinco años. Antes de eso resulta difícil, por lo descompuesto del cuerpo. Primero saca el cajón y busca la manera de destruir la tapa. Luego embolsa cada hueso empezando por los pies. “Ya conozco cada hueso para que no se quede nada”. Sobre los administradores dice que “quisiera que hicieran un traslado de un cuerpo de tres meses para que sintieran lo bueno”. En una caja de madera el olor del cuerpo en descomposición es más intenso por lo poroso del material. Hace tiempo Juan tuvo que cargar con la parte trasera de un féretro con un difunto de apenas unos meses. No olvida, ni olvidará, el líquido que se escurría por entre las uniones de las tablas y le caía en las manos. “Todo el olor me llegaba a mí”, dice riendo, aunque aquél día seguro que no lo hacía. Lo que le quedó luego fue el aroma fétido impregnado en la nariz.

SI POR ÉL FUERA SE DEDICARÍA A CONSTRUIR CAPILLAS. Según dice, aunque sin aire de orgullo, él fue el primero en construir capillas con techos de dos aguas en este panteón. Y con eso sería feliz. Sólo con eso: “Hacerlas, prepararlas y que no se ocupen. Yo no estoy a expensas de que se mueran. Es lo más feo. Imagínese que el siguiente sea un familiar de usted… No vas a abusar del dolor para ganártelo (el dinero)”. Y parece que lo de Juan es amor por el trabajo, sin embargo él lo niega y asegura que es cierta responsabilidad. “Desde que me quedé solo (como administrador) se me quedó en la mente. Estoy impuesto a venir a atender el panteón”. Aunque no lo acepte, el hecho de que cuando lo despidieron (hace un par de años) se haya ido al río con su mujer durante una semana para tratar de olvidar que ya no trabajaba aquí, parece demostrar lo contrario. Por aquellas fechas llevaba 28 años de panteonero. Lo recontrataron años después ya que había regresado de Estados Unidos. Estuvo allá cuando lo del 11-S y la caída del puente Queen Isabella, en Texas. Cruzó de ilegal el Río Bravo a bordo de una balsa, se escondió en un centro comercial, estuvo desempleado, en Mission (Texas) trabajó sin saberlo para un narcotraficante, compró un carro Lincoln, conoció güeras, pero al final era mejor llorar en casa y se regresó a México: “Extrañas tu pueblo con calles empedradas”.

A JUAN TODAVÍA SE LE ANUDA LA GARGANTA. Uno pensaría que tras treinta y dos años aquí, el corazón se curte como se curte la piel, como se curten las manos de tanto palear tierra y cavar hoyos. Pero a Juan todavía se le anuda la garganta. Lo confiesa y se escuchan los gritos de una mujer. Una madre que hoy trae a enterrar a su hija de veintitrés años. Son gritos de un dolor profundo. Juan camina lento y echa una mirada rápida. De esas que no se desean, pero se echan, casi forzadas. La mujer se aferra a los brazos de otra con los ojos cerrados. Ahora sólo solloza. Ahora grita. Ahora gime. “No, nunca te acostumbras”, dice Juan con severidad y mira al frente. El sol pega en la nuca y en la espalda con su intensidad de casi las doce del mediodía, la camisa se humedece y la frente se cunde de sudor. Hay que imaginarse al hombre a su edad en medio del círculo de familiares. Ha estado ahí esperando la orden para empezar. Es hora. La hora indeseable. También para Juan. Hábilmente cruza las cintas por las barras del féretro y se acomoda sobre la fosa. Las piernas abiertas, un pie en cada orilla. Sus movimientos son el centro de atención de los presentes. Es él finalmente quien deja bajo tierra al ser querido de aquellos que le lloran arriba, afuera. Con el cálculo de tres décadas centra la caja y la baja lentamente hasta que asienta en el fondo. Tira de las cintas, algunas personas echan flores sobre el hoyo y Juan pone las placas de concreto. Comienza a palear la tierra. A Juan le cae el sudor por la frente. Con la mirada gacha ve caer frente a él los terrones hasta que llena la fosa. Luego se va.

ME LO PARTISTE, MEMO. Aquí estoy. ¿A dónde vas tú que no vaya yo? Espero verte luego”. De pie, una mañana bajo la sombra de la última capilla, Juan leyó en voz alta el papel que acababa de recoger junto a una tumba. Una cruz de madera, un ramo de flores y una foto la adornan. Se sienta. El calor es bochornoso a esa hora de la mañana. Antes de ser sepulturero este hombre no pensaba en la muerte, que ahora concibe como algo natural, que tiene que pasar, algo que es parte de un ciclo. Y que “tiene que agarrarnos preparados”. Tampoco la venera y no entiende por qué se le adora. él parece ser parte involuntaria de este ciclo. Porque cuando se piensa en la muerte se piensa en un panteón, en coronas de flores, en una carroza, en un par de hombres bajando el ataúd y la tierra llenando la fosa. Y ahí está Juan. Pensándolo bien se podría decir que él termina aquí, sudoroso, empolvado, bajo el sol quemante, lo que el doctor obstetra inicia en una aséptica sala de parto. Ambos procesos tienen tanto de similar y tanto más de diferentes. El médico trae a la vida: hay sonrisas, fotos y felicitaciones. En cambio Juan, palada tras palada, separa para siempre al ser amado. Es un viaje sin regreso al que no se lleva maleta, sino sólo el corazón y este debe estar preparado, piensa. “Yo nomás quiero tener listas las maletas. Y me ven raro porque preguntan que qué maletas vas a alistar y yo les digo que la maleta es el corazón”.

JUAN TIRA LA COLILLA DEL QUINTO cigarrillo que ha fumado este día. Sentado bajo la sombra de los árboles mira a los dolientes. La mujer ya no grita. Los músicos se han marchado y poco a poco todos se marchan también. Suena la música desde el otro lado del muro amarillo. Del lado de los vivos suenan las mismas canciones: banda. Por el camino unos niños de uniforme escolar juguetean como si fuera éste un parque. En el camión el aire está sofocante, han de ser unos treinta y ocho grados centígrados aquí adentro. El cerro, las casas, el monumento a Morelos, los negocios de lápidas, y, más allá de la vía y la antigua estación del tren, donde el pueblo se ve más pequeño y el sol parece calentar más porque hay pocos árboles, el cementerio y Juan. Ahí como ha estado por treinta y dos años.

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