¿Qué busca cuando lee La Iliada y La Odisea un hombre que cose su ropa desde los siete años?

Son las nueve de la noche de un viernes cuando Manuel abre las puertas del restaurante de comida mexicana La Terraza en un centro comercial cercano al aeropuerto de Nashville, Tennessee. Lleva un traje sastre azul marino y una pañoleta blanca y esponjada sorprendentemente larga para un hombre que ya ha entrado en los setenta. La sencillez de su atuendo nos muestra los destellantes diseños que Manuel ha confeccionado para las estrellas, aunque durante una Semana de la Moda del otoño en Nueva York, una entrevistadora de la cadena televisiva CNN lo definió como “la persona más famosa sobre la que nunca has escuchado”. Y es que Manuel es famoso sólo entre los famosos. La lista de clientes a quienes ha vestido a lo largo de una larga y brillante carrera es una corte de músicos de la estatura de Elvis Presley, Ricky Nelson, Gram Parsons, Gene Autry, Roy Rogers, Dolly Parton, Johnny Cash, Bob Dylan, Elton John, Keith Urban, Marty Stuart, Los Beatles, Chicago, The Flying Burrito Brothers, los Tigres del Norte; actores como James Dean, El Llanero Solitario, John Travolta, Sylvester Stallone; políticos como Ronald Reagan y Bush padre.

Desde que era un joven recién llegado a los Ángeles, un joven desconocido y lleno de ambiciones, Manuel Cuevas ha gravitado alrededor de algunas de las figuras que han definido la cultura popular norteamericana del siglo XX pero, a pesar de que ha prestado sus servicios a una clientela internacional, su nombre es poco conocido fuera de ciertos círculos sureños. El porqué de su relativo anonimato es menos interesante que preguntarse cómo es que un oriundo de Coalcomán, Michoacán, llegó a codearse con la crema y nata de la música y la moda del Oeste, contribuyendo y transformando una tradición cuyos comienzos podemos rastrear en la década de los veinte.

Antes de entrar a La Terraza, Manuel sacude el agua de su paraguas. Viene huyendo de una lluvia torrencial que tal vez demore la llegada de su sobrina y su marido desde Los Ángeles, a quienes Manuel va a recoger después de cenar. “¡Hola Manuel!”. Los saludos vienen de las meseras mexicanas, colombianas, ticas, delgadas, regordetas, bonitas y no tan bonitas. Se acercan una por una, como por turnos, dejando a un lado la comanda para plantarle un beso al recién llegado comensal, quien devuelve los saludos con sentido entusiasmo. Los besos y saludos no paran una vez que Manuel se sienta a la mesa y pide una orden de aguacate, tortillas calientes y de plato fuerte un filete de pescado a la plancha. El restaurante no es modesto, es un espacio grande flanqueado al costado izquierdo por una parrilla alargada donde se ve a los cocineros trabajar sin parar; el lugar está a reventar. La clientela, una mezcla variada de anglosajones y latinos.

Familias nucleares y extendidas junto a parejas jóvenes, delgadas y sin hijos. Una mesera distinta a la que tomó la orden, trae el plato de aguacate seguida de una tercera que sostiene en una mano el plato de tortillas. “De maíz ¿verdad?”. Manuel muestra una sonrisa traviesa, pareja y blanca. Tan blanca como la melena y la pañoleta, un contraste con su rostro moreno y bronceado: “Claro”. “¿Y tiene fiesta mañana?”, la sonrisa de Manuel se repite, siempre espontánea. Se tienta el bolsillo del saco y extrae una invitación. Hace muchos años que cada Cinco de Mayo Manuel organiza una fiesta que el tiempo ha hecho famosa en la tierra de Al Gore. Sin embargo, la fiesta no es más que una de las manifestaciones de la reputación que Manuel ha labrado a lo largo de una carrera que empezó en Los Ángeles, allá por la década de los setentas. O aun antes en Michoacán allá por los cuarenta.

Llegué a la tienda de Manuel en Nashville el viernes al mediodía. La casa que alberga la tienda y el estudio de trabajo es una casa victoriana que no está lejos de Music Row, la calle principal para la vida nocturna. Antes de que la ocuparan los diseños de Manuel, la casa fungió por un tiempo como un burdel. Hoy en día carece de las exóticas y llamativas marquesinas que iluminan la calle principal del honky-tonk – la música típica del sur y el suroeste estadounidenses y también el tipo de bar donde se toca-. La tienda de Manuel se anuncia con un letrero simple que, en letras blancas contra un fondo negro, deletrean su nombre. Aun en horas de servicio, las puertas de la tienda están cerradas. Tal vez porque ésta no es cualquier tienda y los precios van de los cientos a los miles de dólares. Hay quienes han gastado sus ahorros de toda la vida en una camisa bordada con un diseño de Manuel.

La primera planta está dividida en cuatro habitaciones. Las primeras dos albergan los diseños de Manuel: faldas cortas de piel con bordados de cactus y flecos que cuelgan del dobladillo; chaquetas de cuero también bordadas; boleros estrechos, adornados con intrincados diseños; abrigos largos, como los que usaba Johnny Cash, negros, grises, azules. Una tercera habitación resguarda una de las colecciones que ha contribuido a la reciente atención que han recibido el nombre y el trabajo de Manuel. Se trata de cincuenta chaquetas. Cada una representa un estado de Estados Unidos y está bordada con distintivos que según el juicio del diseñador, caracterizan cada región de su tierra adoptiva.

“Durante mucho pensé en cómo devolverle, agradecerle a mi tierra adoptiva. A México lo llevo en el corazón, pero fue aquí y no allá, donde me dieron las oportunidades”, dice con orgullo, y tal vez con un poco de melancolía, mientras me muestra algunas reproducciones de las chamarras, en compañía de una pareja de admiradores que llegaron desde Tulsa para la fiesta del Cinco de Mayo. Es la primera vez que vienen y a pesar de las demoras a raíz del mal tiempo lograron llegar a la meca de la cowboy couture. Alrededor de Manuel se comportan con reverencia. Escuchan cada palabra con atención y asienten con la cabeza. Se encuentran frente al hombre que algunos han llamado el “Rembrandt del oropel”. La pareja debe rondar los cincuenta. Son delgados y atractivos, aunque hacen una pareja dispareja. Él es alto y caucásico, ella bajita y de pelo oscuro. Cuando Manuel me presenta, les cuenta orgulloso, “Ella viene de Nueva York para hacerme una entrevista”. La pareja sonríe y asiente, mientras Manuel me toma del brazo, luego del hombre, me abraza y me planta un beso en la frente, un gesto que repite con la mujer que se le ponga enfrente.

REMBRANDT

Mientras toma llamadas en la cuarta habitación, en la parte trasera de la tienda, la pareja me habla con solemnidad sobre el significado del trabajo de Manuel. “Es un artista, un genio”, dicen y miran la ropa que cuelga a nuestros costados y también en las paredes y en los techos. “Te cambia el estilo de vestir y la manera de ver la ropa”. Esto no es poca cosa para Manuel viniendo de los directores del Museo de las Américas en Tulsa, donde ahora se exponen las chaquetas en una exhibición titulada Star-Spangled Thank You Tour, que pasó primero por el museo Frist de Tennessee y a la cual asistió Constance Gee, amiga de Manuel y esposa del rector de la Universidad de Vanderbilt. El paso de la tienda al museo no es uno pequeño.

Manuel regresa entusiasmado, como niño con juguete nuevo. Sonríe una sonrisa pícara, “era mi sobrina que viene con su marido de LA”. Cada año, un día antes de la fiesta, los amigos de Manuel que se cuentan por los cientos, viajan desde donde sea que estén y se dan encuentro en la tienda para unas copas de tequila. Pero este año el mal tiempo parece amenazar la tradición. Para las cuatro de la tarde, la pareja se ha ido al hotel y Manuel espera con ansias noticias de sus convidados. “¿No han llamado?” pregunta inquieto a Lauren, una de sus asistentes, una mujer joven (como todas las que trabajan para Manuel excepto su costurera, María Inés Pérez, que ha trabajado para el más de 14 años, lo que quiere decir que empezó cuando era joven), de piernas largas y bien contorneadas. “No, Manuel, nadie ha llamado”, contesta Lauren, sin desviar la mirada de la computadora. Detrás de su escritorio está la escalera que conecta el primer piso con el segundo, donde de pronto aparece una chica con el pelo oscuro vestida en una minifalda que más bien parece faja seguida por un mulato de pelo rapado. La chica es Lalie Kavulich, otra de las asistentes de Manuel. Desde hace varios años Manuel tiene estudiantes haciendo algo así como el equivalente al servicio social en el sistema educativo mexicano, que acá llaman “internships”. Lalie hizo su internship con Manuel hace más de cuatro años pero amó tanto el trabajo del mexicano que le pidió que la contratara. Y Manuel la contrató. El chico que la sigue es Philip, otro interno, de voz dulce y delicada.

Manuel me señala la parte de arriba y me pregunta si quiero un tour, a lo que de inmediato contesto “sí, por favor”. Mientras subimos las escaleras, Manuel me cuenta de su amor por “las letras” y que sus libros favoritos son La Ilíada y La Odisea. “Y ¿por qué? Le pregunto. “Pues porque yo quería ser como Telémaco y recorrer el mundo” contesta sin titubeos. Subimos las escaleras y nos encontramos en una cocina bañada de luz. Tazas de café, jarras de limonada. Después de la cocina están los cuartos de trabajo. En uno está Carlos, un mexicano del Distrito Federal que llegó recientemente a trabajar con Manuel. Un chico dulce, aunque un poco loco. Carlos está cortando y midiendo telas. En un cuarto contiguo está María, cosiendo. María también es mexicana, lleva 14 años trabajando para Manuel. Y no sólo cose, como me entero al día siguiente en la fiesta, sino que también cocina. María es una mujer callada, un poco tímida, pero los ojos se le iluminan cuando habla de su trabajo con Manuel. Después pasamos al lugar donde Manuel diseña. Es un cuarto más bien desordenado. Contra cada pared hay estantes repletos de telas. Aquí y allá, trajes a medio terminar, telas cortadas y listas parta cortar. El centro de la habitación está ocupado por una mesa del tamaño del cuarto. Sobre ésta descansan los diseños de Manuel. “Primero pinto a mano sobre la tela el diseño que se me ocurre”, y que normalmente incluye flores (muchas veces rosas) o cactus o algún tipo de planta (como la marihuana), “después se imprime el diseño y luego se cose y se borda”. Luego del breve recorrido, encontramos un pequeño rincón donde charlar.

El quinto de 11 hermanos, Manuel aprendió su oficio a los siete años, como antídoto para su carácter perezoso. Adolfo su hermano mayor “lo vio flojo” y le enseñó a coser. “De ahí no paré. Desde niño me hacía toda mi ropa”. Manuel tiene una voz ronca, terrosa y cigarrera. No se puede estar quieto mucho tiempo; sentado en un recoveco de la casa victoriana que alberga su estudio y su colección prêt-à- porter, tamborilea los dedos encima de las telas y los estoperoles que brillan como diamantes o piedras preciosas en cajitas de plástico que están por todas partes. Se levanta de la silla. Está de espaldas a una pequeña ventana, el sol blanco de un día nublado ilumina su pelo a contraluz. Se sienta de nuevo y comienza su historia. “A los siete años me mudé a vivir con mi tío en Colima. Ahí me crie. Mi tío era muy filósofo” y fue él quien que le sembró la costumbre de leer. Su hermano Adolfo “desaparece” (y éste es uno de tantos hoyos negros que minan su leyenda) y Manuel tiene su “llamado”. Aprende a trabajar el cuero y la plata; aprende hacer calzado además de trajes, sillas de montar, piel, trajes para novias, quinceañeras, debutantes. “Mi ambición era aprender, me uní a un grupo de teatreros, pero no me gusto la pobreza” dice sin disculpas. “Yo siempre fui alzado hasta las cachas”. Pero no desaprovechó la vida itinerante. Así, haciendo vestuarios Manuel recorrió la República Mexicana. Por ahí de principios de los cincuenta, con el gobierno de López Mateos, llegó al Distrito Federal, pero lo encontró “esnobista” y pequeño para sus ambiciones que más tarde lo llevarían a Los Ángeles.

Antes de dejar la tierra natal, Manuel estudió psicología e historia en un instituto, hoy desaparecido, en Guadalajara. Al terminar sus estudios volvió a su vida itinerante. Viajó a Manzanillo y después pasó una temporada en Baja California, en donde saboreó los primeros frutos de su trabajo al confeccionar ropa para las ficheras de una popular discoteca, cuyo dueño era su amigo. “Siempre tuve amistades finas que me ayudaron”, comenta sin ironía. Manuel solía cruzar “al otro lado” –Estados Unidos- buscando telas que luego transformaba en vestidos “juveniles y llenos de vida” y que vendía a las ficheras a precios que éstas podían costear. ¿El motivo detrás de esta excéntrica clientela? “Se vestían muy mal –recuerda Manuel-. Yo siempre he querido hacer ropa fantástica, diferente y única”. Es por eso que Manuel no produce dos piezas iguales. Cada traje se origina en el cliente al que Manuel estudia escucha atentamente, cuando puede hacer amistad con él y de esa recolección de datos nace un traje. Así sucedió con los legendarios trajes negros de Johnny Cash. ¿Pero cómo es que Manuel conoció a Cash?

A mediados de los cincuenta, Manuel llegó a Los Ángeles, la capital de la industria cinematográfica, sin conocer ni a un alma. Pero gracias a que es “un hombre luchista”, como se autocalifica, al poco tiempo de su arribo encontró trabajo como ayudante en la sastrería de un chino, quien pronto se dio cuenta del talento del joven y lo dejó ir. Hollywood se le abrió a Manuel como flor en primavera y fue a caer en manos de la legendaria maestra del bordado, Viola Grae. Con ella refinó su aprendizaje, pero todavía no descubría el verdadero estilo que habría de definir su carrera. La epifanía llegó en un momento más bien incómodo e inesperado y por medio de una mujer, una modelo con quien Manuel salía en aquellos tiempos y quien lo invitó al Rose Parade en Pasadena. Enamorado aceptó la invitación, un poco a regañadientes pues la chica le dijo que para vivir la experiencia del desfile había que dormir ¡en la banqueta!, lo que inquietó a Manuel “siempre alzado hasta las cachas”. Al despertar creyó estar aún en un sueño. El brillo y el destellos de los trajes y los carros alegóricos desafiando frente a él iluminaron sus ojos como si se tratara de una aparición y en esa banqueta de Pasadena tuvo su revelación. “Ahí dije ‘eso es lo que yo quiero hacer’”. Manuel regresó a LA con una visión. Como su primer patrón en la sastrería china, Viola Grae pronto se dio cuenta del talento de su joven aprendiz y lo dejó ir, esta vez poniéndolo en manos de nada más y nada menos que del “Sastre de las Estrellas” Sy Devore. Pero a éste pronto lo dejó también para irse a trabajar con Nudie Cohn, el sastre del Rat Pack: Sammy Davis Jr., Frank Sinatra, Dean Martin, entre otros. En su lista de clientes se encontraban también Gram Parsons, Hank Williams, Elvis Presley. Con Nudie, Manuel encontró a su alma gemela. Como Manuel, Nudie era un inmigrante. Nacido en Kiev, su familia se estableció primero en Nueva York y después en California, donde creció. Abrió su primera tienda en la Gran Manzana, Nudie for the Ladies, que se especializaba en ropa interior para mujeres del espectáculo y después regresó a California donde estableció su famosa tienda en el Norte de Hollywood, que llegó a ser conocida como Nudie’s of Hollywood. Dos de sus trajes más famosos son el esmoquin de oro que Elvis Presley usó para la portada de su álbum 50,000,000 Elvis Fans Can´t Be Wrong (Manuel participó en el diseño y en la hechura) y el infame traje para Gram Parsons en la portada del disco The Gilded Palace of Sin, que lleva bordados de botellas de pastillas y hojas de marihuana.

Manuel pasó 14 años trabajando para Nudie. Ahí conoció a Johnny Cash cuando éste apenas empezaba su carrera con su primer hit Walk the Line. Manuel cuenta que Johnny le pidió nueve trajes para llevar con él en su primera gira y que al recibirlos le llamó por teléfono: “¿Te das cuenta de que todos los trajes son negros?” Manuel contestó con un lacónico y travieso ”Sí”. A diferencia de otros músicos de la época, Cash no era devoto de las rosas y el oropel. Tal vez el diseño más atrevido que usó confeccionado por Manuel fue el largo abrigo de piel oscura adornado con telas indígenas. También le diseñó una chaqueta de piel con flecos en los hombros y mangas.

Por la misma época, Manuel conoció en un bar a otra figura legendaria: Colonel Tom Parker, famoso por ser el representante de Elvis y la mente maestra detrás de su éxito. En ese primer encuentro, Parker le dijo: “Este músico, Elvis, vale millones. Hay que vestirlo bien”. Manuel pensó que un overol no era mala idea. Y no lo fue. Pero tal vez la producción más famosa de su época en Hollywood fueron los trajes que diseñó para la portada del álbum Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, que salió a la venta en 1967, tres años antes de que Manuel dejara de trabajar para Nudie y abriera su propio negocio. Los llamativos trajes militares que llevaban los integrantes de la banda inglesa han hecho historia y quién iba a decir que el autor intelectual es un mexicano nacido en un pequeño pueblo de Michoacán.

“¿Y cómo fue conocer a John Lennon?, le pregunto curiosa. Manuel se queda pensativo un momento. “Yo siempre he creído en tratar a todos por igual. Dando es como recibimos, hija de mi vida”, me dice en un español que porta algo de norteño. Después de la entrevista volvemos a la planta baja. Manuel tiene hambre y decide ir a comer algo en el restaurante al otro lado de la calle. Un sitio de comida tex-mex al que igual van policías, que familias y locales.

Al salir de la tienda dos jovencitas ligeramente vestidas se abalanzan sobre Manuel para abrazarlo. A las dos les planta un besito en la boca. Son amigas de Lalie y Lauren y han pasado a saludar. Hablan con Manuel sobre la fiesta de mañana y se despiden con otro beso. Cruzamos la calle un poco de manera atrabancada. En el restaurante como en la calle, todos conocen a Manuel. Carlos llega un poco después acompañado de Dargee, un protégé de Manuel que dice venir de Inglaterra exclusivamente para la fiesta. Nos sentamos a comer y Manuel se dedica a dar lecciones de moral a Carlos. “No hagas cosas buenas que parezcan malas- le dice- si un jovencito se baja de un carro con la no en el pantalón, pues qué va pensar la gente”. Las pláticas de esta naturaleza no son infrecuentes. De hecho, parecen ser más bien recurrentes y una parte de la cultura nashvilleana.

Cuando regresamos a la tienda la hija más pequeña de Manuel ha llegado. Viene de Nueva York. “Ella es puro cerebro”, comenta Manuel. Se saludan cariñosamente. Jessi viene acompañada de dos amigas, para aumentar la presencia femenina. Su hija le da un beso a Manuel en la mejilla y le pide las llaves del coche. En lo que ella y sus amigas se van, regresa la pareja de Tulsa y su regreso coincide con la llegada de Rosie Flores, una más de las cantantes que ha vestido Manuel. Rosie, por supuesto, no llega sola: está acompañada de una amiga estudiante de diseño. Poco después llega una segunda pareja también de Texas pero de El Paso, donde tienen uno de los ranchos más grandes de la zona y se dedican al ganado. El hombre, redondo, de barba y bigote blanco, lleva un sombrero, jeans y botas. Su esposa alta y de pelo largo y rubio, también viste jeans botas y aretes y collares de plata. Todos se acomodan alrededor del escritorio de Lauren en algunas sillas y bancas de las paredes cuelgan guitarras y fotografías autografiadas con notas cariñosas hacia Manuel (“ I love you man” y cosas por el estilo), así como portadas de revistas donde ha aparecido (Wallpaper, Cowboy Couture). Manuel saca una botella de tequila Tradicional de un estante y vasos para todos, mientras beben, cada uno comparte historias sobre el primer traje hecho por Manuel que compraron, como si hablaran de posesiones preciosas. “Yo encontré a Manuel en las páginas amarillas”, dice Joe el hombre del sombrero.

Tras dejar a Nudie en los setenta, Manuel le pidió ayuda para abrir su propio negocio a otro de sus diseñadores héroes, Nathan Turk, y se volvieron buenos amigos. Una de las cualidades de Manuel es que es tan encantador que hace amistad hasta con las piedras. Por esa época, la alta costura vaquera declinaba, por lo que Nathan cerró las puertas de su propio negocio y le ofreció a Manuel sus máquinas de coser. Manuel aceptó y firmó un cheque que Nathan nunca cobró. Así empezó su propio negocio con 26 empleados.

Joe era cliente de Nathan y cuando éste cerró su propio negocio no sabía a donde ir. Encontró a Manuel en las páginas amarillas. “El día que llegué a su tienda había unas muchachitas a las que Manuel les estaba tomando medidas. Traían unas minifaldas de este tamaño – y aquí hace un gesto con las manos, la copa de tequila en la derecha, y da una carcajada que sacude el lugar-. Y pensé ‘¿Este güey qué es?’ – Refiriéndose a la sexualidad de Manuel – No, yo no pertenezco aquí”. En la tienda de Manuel había unos sillones azules, casi al ras del piso, donde se sentaba la clientela. Rosie Flores también se acuerda de la tienda. Joe continúa: “Entonces Manuel terminó con las muchachitas y se me acercó. Me dijo, ‘será bueno para mí trabajar para ti’ –vuelve a soltar la carcajada- ‘este tipo está loco’, pensé yo. Pero entonces me tomó las medidas y luego me mandó mi traje. Nunca un traje me ha quedado tan bien”. “Es porque me di cuenta que tienes una pierna más larga que la otra”, contesta risueño Manuel, mientras se sirve otra copa de tequila.

En esas estamos cuando llega un trío de vaqueros que se unen al tequila. Pero son taciturnos, más bien callados. La pareja de El Paso pregunta por un buen lugar para comer steak y Manuel les recomienda La Palma. Allí se van junto con la pareja de Tulsa. Rosie y su amiga se despiden también y Manuel sale a buscar la camioneta para ir al aeropuerto a recoger a su sobrina y su marido. El trío de vaqueros se va de juerga, anticipando la fiesta del día siguiente. Llueve a cántaros sobre Nashville.

Entre los habitantes de Nashville, la celebración del Cinco de Mayo se ha convertido en un rito de temporada. Ya desde abril empiezan a correr los rumores y las invitaciones. La organización de la fiesta está a cargo de Morelia Cuevas, la hija más grande de Manuel, producto de su primer matrimonio con Barbara Cohn, hija de Nudie Cohn. A finales de la década de los ochenta, Manuel decidió cerrar su tienda en Los Ángeles en donde la moda Western Cowboy dejó de ser tan popular y mudó el negocio y la familia a Nashville, más cerca de su clientela: el mundo de la farándula. Así que sacando cuentas, Manuel lleva casi 20 años haciendo su famosa fiesta. En realidad la fiesta patria es un pretexto para festejar su cumpleaños que, aunque es el 23 de Abril, no se celebra oficialmente sino hasta el Cinco de Mayo.

Contrario a lo que yo pensaba, la fiesta empieza desde temprano y la invitación nos convoca desde la una de la tarde “hasta que nos amanezca”. En la invitación aparece un mariachi borracho vestido de rojo que reza “Tequila Fest!” y una lista de las múltiples bandas que tocan a lo largo de tarde hasta entrada la noche. La fiesta es en la casa de Manuel, aproximadamente a 40 minutos de Nashville. La gente de fuera que no tiene dónde dormir es invitada a quedarse en la cabaña para huéspedes o puede montar una casa de campaña en el escampado.

Más y más esta “fiesta” me recuerda a los “reventones” de mi adolescencia. A pesar que habrá comida, la invitación solicita a los comensales traer su platillo o su bebida favorita, a lo cual casi nadie hace caso. Excepto yo, que llego cargando un six pack de Coronas.

Las cabañas de Manuel están en un pueblito cercano a una gasolinera y rodeado a los cuatro lados del compás, por llanuras que este año no están tan verdes porque la lluvia no ha caído con la frecuencia que debería. Aunque hoy, el cielo promete una tromba. Las dos cabañas están en la punta de una colina ligeramente empinada. Es un terreno muy grande que de trasfondo tiene unos bosques tupidos y tentadores. Para entretener a los niños se ha puesto un tobogán inflable y unos columpios. Para la lluvia, dos carpas blancas a los costados del escenario que descansa al centro y de frente a las dos cabañas. Manuel no está por ninguna parte pero la gente ya se ha sentado en las mesas bajo las carpas y ronda el bufete, una mezcla de comida cubana y mexicana: moros y cristianos, tamales, frijoles, papas fritas. Los cocineros son un par de mexicanos de Veracruz que hablan zapoteco. Me encuentro con Lalie que está en la barra con su novio haciendo de bartender sirviendo margaritas y destapando cervezas. “¿Dónde está Manuel?”. Lalie me señala el interior de la cabaña principal. Adentro de la cabaña hay aún más comida: los postres. Junto a ellos una máquina de hacer palomitas que más tarde se pondrá a funcionar. Detrás de la estancia está una sala decorada con cobijas bordadas y muebles rústicos donde conozco a John Huston, el ingeniero de sonido de grupos como Led Zeppelin, The Who, Patti La Belle, James Brown. También conozco a un artista de San Antonio que me lleva a ver su obra, una bicicleta con adornos al estilo de los alebrijes. Me explica el proceso del reciclado y que acaba de tener una exposición en Japón. Yo no sé si creerle o reír, así que mejor le pregunto cómo conoce a Manuel. “De cuando viví en Nashville. Manuel es un gran hombre y tiene un corazón de dulce”. “Sí -le digo-, pero ¿sabes dónde está?”. Se encoge de hombros y vuelve a admirar su bicicleta. Cuando me voy me alcanza a gritar “Mira, esos son los cuernos de Bonanza”, y señala un par de cuernos gigantescos que cuelgan de la pared.

Arriba de la sala hay un tapanco y ahí veo a Dargee, quien me invita a subir. Las escaleras, como el resto de la cabaña, son de madera y del barandal cuelgan más cobijas y algunos cuadros de paisajes extraños. Dargee me muestra “el cuarto de invitados”. Cuatro camas de madera, maletas y bolsas de dormir en el suelo. Dargee, como otros invitados es un hombre extraño. Para empezar, no tiene cejas. Es muy blanco, casi transparente y dice que se ha vestido de negro desde hace 35 años, lo que imagino debe ser su edad, así que le pregunto si se ha vestido de negro desde que era un bebé. Dargee sólo me mira un poco confundido. “Las dos cabañas están unidas por una especie de puente”, continúa, guiándome hacia él. Y en efecto, detrás de la puerta hay un pasillo muy oscuro que lleva al tapanco de la segunda cabaña. Dargee dice ser un productor de música “de muchos hits” que yo debo conocer, aunque nunca me dice cuáles y empiezo a sospechar que el mundo de la farándula es un poco loco y tal vez no fue tan malo dedicarse a las letras. Pero si lo vuelvo a pensar, tal vez da igual. Dejo a Dargee en el “cuarto de invitados” y regreso a la fiesta.

Cuando vuelvo a la estancia de los postres veo que el trío de vaqueros ha vuelto, pero pasan toda la fiesta dentro de la cabaña o en el porche. Me asomo a la cocina y descubro que es ése el centro de la reunión. Morelia metida en el refrigerador buscando una cerveza, María en la estufa calentando las tortillas, y alrededor de ellas hombres y mujeres. Detrás de toda la marabunta alcanzo a ver la melena blanca de Manuel y trato de acercarme. Pero cuando llego, me cierra la puerta en las narices y sólo alcanzo a ver dentro de la habitación (que después descubro que es la de Manuel) a Rosie Flores y una jovencita de pelo liso y rubio hasta la cintura. María me explica que ella no hizo la comida, sólo está ayudando con las tortillas. “¿Y Manuel cuándo va a salir?”, le pregunto. Ella me devuelve una mirada como queriendo decir “Cómo se nota que eres una novata”. Me entero después que Manuel, una diva que se da a querer, no sale de la cabaña sino hasta muy tarde y sólo para bailar. Mientras Manuel se esconde con aquella rubia misteriosa, Morelia toma el micrófono para anunciar el primer grupo que viene de Cincinnati y toca una canción sobre las botas de Manuel que se llama Manuel Boots.

El vocalista, un muchacho de apariencia joven, viste una camisa con un bordado de rosas en las solapas. Cuando baja del escenario me cuenta que gastó todos sus ahorros para poder adquirir esta prenda de Manuel. “A mí no me gustaba eso de los brillantes, me parecía, pues, tú sabes, que no era lo mío. Pero cuando vi los diseños de Manuel, y cuando lo conocí…”. “Y ¿cómo lo conociste?”, interrumpo. “Por medio de un recado. Un día pasé por su tienda y él no estaba. Vi sus diseños y me fascinaron, así que le dejé una nota diciéndole cuánto lo admiraba. Tiempo después él me llamó y cada vez que venía a Nashville nos veíamos. Nos hicimos amigos. Entonces ahorré y me hice de esta camisa, solo para mí”. En ese momento, por lo nublado del día, la camisa no parece particularmente brillante, pero el bordado es fenomenal. Las bandas (más que nada locales o poco conocidas) siguen desfilando en el escenario, pero casi nadie se atreve a bailar. Los niños juegan en el tobogán y la gente está sentada a las mesas sin mucho qué hacer. La fiesta tiene un aire un poco trágico, como si estuviéramos en el fin del mundo, en medio de la nada, hasta que una mujer con una melena rosa y esponjada como un nido de pájaros, una mujer regordeta embutida en una falda también rosa y un top verde demasiado pequeño para sus voluptuosidades, toma por asalto la pista de baile. Conforme cae la tarde va llegando más y más gente que, aunque nunca alcanzó los miles que Morelia había augurado, sí contribuyó a la pronta sequía de cervezas y a una segunda tanda de comida. La lluvia es intermitente y no parece molestar a nadie. La gente empieza a colocar sus tiendas de campaña detrás de las cabañas o se va a recostar un rato a las hamacas amarradas a los árboles. Yo sigo esperando que aparezca Manuel.

Finalmente aparece con una sonrisa enorme y los brazos abiertos para recibir a sus invitados. Una vez que hace su aparición, se pasea por toda la fiesta, brindando con un jarrito de barro que le cuelga del cuello y que reparte a los presentes para que brinden con él. Aparecen botellas de tequila a diestra y siniestra. Cerca del bufet encuentro a la pareja de Tulsa, con sus jarritos al cuello, listos para brindar. La fiesta arranca de lleno cuando Rosie Flores, una favorita en el sur, sube al escenario para cantar una canción que escribió para Manuel. Luego cae la noche y yo empiezo a preocuparme sobre cómo salir de ahí. Regreso al cuarto de los postres y me encuentro a Philip, quien amablemente se ofrece a llevarme de regreso a la civilización. Y mientras las montañas y las colinas ceden al concreto y al neón, no puedo dejar de sorprenderme de que esté en una modesta colina de Tennessee el hombre que creó los célebres uniformes militares que alguna vez portaron John, Paul, Ringo y George.

Comments

comments