¿Qué historia había detrás de la máscara plateada?

Por Federico Campbell 

Ilustración por Haydeé Villarreal

Hacia 1942 desapareció de la lucha libre mexicana el joven Rudy Guzmán, originario de Tulancingo, Hidalgo, y hermano menor de Black Guzmán, uno de los luchadores imbatibles del momento, como Tarzán López. No se volvió a saber de él sino hasta el 5 de febrero de 1984, cuando el Enmascarado de Pata, mejor conocido como El Santo, dejaba escapar su último suspiro en un blanco quirófano del Sanatorio Mosel.

Durante 40 años el oscuro gladiador de las barriadas y las arenas de provincia, que difícilmente escapaba a la sombra prestigiosa de su hermano, se sumergió en la libertad alucinante del anonimato, incurrió en el juego del todo por el todo de la máscara —palabra que en griego quiere decir “persona”— y entró en la leyenda. Como muchos de los elementos que daban cuerpo a su misterio, son inciertos los datos que informan sobre la paternidad de su nombre de lucha: El Santo. Pero algunos poseedores de hemerotecas privadas lo relacionan con The Saint, el personaje de una tira cómica de los años 30 firmada por Leslie Charteris.

Pronto se lo fue tragando su propio personaje. Como Johnny Westmüller ante Tarzán, la persona sucumbió a la antropofagia del mito. (“No estaba loco”, dijo la señora Westmüller. “Simplemente, él era Tarzán”.) Se indagó en vano su verdadera identidad. A los 14 años, en 1953, el escritor José Emilio Pacheco ganó un concurso de la revista Box y Lucha que jugaba a las adivinanzas con los presumibles nombres de El Santo. Se insinuó que era Wolf Rubinsky; algunas conjeturas apuntaban a que su máscara escondía el rostro de Crox Alvarado, actor y luchador costarricense radicado en México (muerto, curiosamente, pocos días antes que el Enmascarado de Plata, seudónimo derivado de la Máscara de Hierro); una revista policiaca publicó la fotografía de un hombre semi-calvo cuyos labios carnosos, colmillo derecho, nariz de ventanas anchas, rasgos de los párpados y mirada felina coincidían con las peculiaridades visibles del enmascarado, pero la convicción colectiva de que no tenía sentido conocer la identidad del ciudadano impidió reproducir su cara natural.

Para tratar con El Santo había que respetar las reglas del juego que él propuso para beneplácito de todos: “Nadie hay detrás del enmascarado”. Todos y ninguno. El mito. Aquel 5 de febrero, quienes nacieron en la década de los 30 o a principios de los 40 —la generación de El Santo: a favor o en contra— sintieron que algo fenecía, algo que era de todos y que no volvería jamás. La biografía de El Santo no queda trazada por una periodización de sus diferentes etapas; son los sexenios presidenciales los que marcan cada capítulo. El México de Manuel Ávila Camacho y los días de la Segunda Guerra Mundial se empalman con su despegue. El primer informe presidencial transmitido por televisión, el de Miguel Alemán, en 1952, instauró la incidencia del medio masivo, pero los combates de lucha libre por Televicentro —y no desde la Arena México o de la Coliseo, feudos de Salvador Luteroth— fueron los que colocaron, junto con El Santo, la primera piedra del monopolio insaciable. Más tarde, la campaña presidencial de Adolfo López Mateos dejó correr la especie de que El Santo era priista, sutileza propagandística que quién sabe si obró en desdoro de luchador, pero que en todo caso usufructuó el candidato del Poder. Y posteriormente, en palabras del propio Santo, “los años de Echeverría no fueron buenos para los luchadores”.

En 1978, un estudiante del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) presentó como su examen final un largometraje de ficción titulado Adiós, adiós, ídolo mío, elaborado sin intenciones comerciales. En él, la figura de un Santo envejecido, abotagado y panzón intenta patéticamente mantener con vida a su personaje como si el tiempo no hubiera transcurrido.

Un Ford convertible modelo 1959, con chofer al volante y El Santo instalado en el asiento de atrás, hace su aparición en la puerta principal de los estudios Churubusco. Uno de los dos policías que le abren paso pregunta: “¿Y este señor quién es?”. Mientras avanza el auto, el otro gendarme le contesta: “Es un luchador que fue muy conocido hace muchos años”.

La idea para la película de José Buil —esa en la que El Santo vence a Robin, Batman y Superman— surgió en el CCC. Sin otro tema para su tesis, se le ocurrió decir en broma que iba a hacer “una de El Santo”. Supuso que como la crítica mexicana —con la excepción de Jorge Ayala Blanco— despreciaba las películas de El Santo y las ponía como ejemplos típicos del “churro”, todos se reirían. Pero la broma fue tomada en serio por sus compañeros, y así descubrió Buil que entre ellos había muchos admiradores de El Santo, “un poco vergonzantes, es cierto, porque El Santo nunca fue bien visto en las altas esferas culturales”. Se trataba más bien de un personaje relegado a los estratos proletarios que suelen consumir la cultura más barata; no se le entendía como un núcleo de significaciones importantes procedentes de las “clases subalternas”.

Un compañero de Buil tenía una colección de todos los cómics de El Santo que empezaron a circular en los años 50 —los editados por José G. Cruz, quien después se “quedó” con el copyright de la tira— y además conocía exhaustivamente la filmografía completa del Enmascarado, que empezó con El cerebro del mal, filmada en La Habana batistiana en 1958. Al investigar sobre la incorporación de El Santo al cine nacional, José Buil se dio cuenta de que la pantalla grande había sido un vehículo mucho más importante que las mismas luchas para hacer del personaje un mito, antes de que El Santo fuera un héroe del cómic y diera su primer brinco en la industria cultural.

Carlos Suárez, mancuerna de El Santo en los negocios, su representante y fidelísimo amigo de toda la vida, presentó a Buil con el Enmascarado de Plata en los estudios Churubusco.

“Allí hablamos largamente y me di cuenta de que era un personaje un poco incapaz de verse en un contexto cultural amplio porque para él todo partía de sí mismo. Se concebía como un superhéroe inmortal, aunque mexicano. Suponía que su leyenda iba a sobrevivir más allá de sí mismo, lo cual se ha comprobado irremediablemente cierto”, dice José Buil.

Lo sorprendente para Buil fue que El Santo se presentaba ante él y sus compañeros, en su vida cotidiana, como un hombre enmascarado. “El día que nos invitó a su casa nos recibió como el ciudadano cuyo nombre a nadie le importa, es decir, enmascarado. A partir de entonces fue muy fácil imaginárselo comiendo enmascarado, durmiendo enmascarado, haciendo todas las cosas de la vida cotidiana enmascarado”.

Originalmente la idea era hacer un documental en el que se vería al personaje como luchador, actor, protagonista de cómic.

“Gracias a El Santo las luchas se convirtieron en un negocio más lucrativo para los luchadores mismos. Provocó, además, una industria muy artesanal: la de los monitos, muñecos, carteles, cómics, periódicos especializados, libros, capas, máscaras, llaveros.

“Intentando el documental y siguiendo la broma con Andrés de Luna, Jorge Rodríguez y Gustavo García (que había hecho un corto en Ciencias Políticas, El Santo contra Fidel Velázquez) inventamos una historia durante una plática, una anécdota que era de plano una comedia sobre El Santo, sin mayores connotaciones. A la hora de comenzar el documental nos empezamos a dar cuenta de que El Santo era en realidad un personaje inédito a pesar de todas sus películas. Un rasgo sobresaliente consistía en que en 1979, cuando ya estábamos filmando, vimos que El Santo ya se había salido del gusto de las clases medias y estaba como marginado al consumo de las capas más proletarias.

“Cuando nos preguntamos por qué, concluimos que el proceso de colonización cultural al que el país está sometido desde los años 60 había inundado los gustos de la clase media con nuevos nombres: Batman, El Hombre Araña, Superman, El Halcón Negro, Bruce Lee, y que eso demostraba que un superhéroe mexicano sin el apoyo implícito de la industria cultural estaba condenado a la marginación en el gusto de los consumidores”, afirma Buil.

Por esa razón los estudiantes de cine decidieron hablar con él personalmente. El Santo aceptó recibirlos en su casa.

“Carlos Suárez nos citó en la mueblería ‘El Santo’, por el rumbo de Iztapalapa. De allí partimos a la casa del luchador, quien nos recibió como todo un caballero, pero enmascarado.

“La casa de El Santo —cuando menos la que nosotros conocimos— era una residencia con amplios jardines, alberca, frontón y dos o tres autos en el garage. Mientras esperábamos en la sala, en donde había un piano de cola que tenía sobre las teclas una partitura de Chopin, y más arriba figuras de porcelana y de marfil, comentamos que no había ningún indicio de que esa fuera la casa de El Santo. Luego entendimos por qué. A quienes lo conocían sin máscara los podía invitar a su casa y presentarse como un ciudadano común y corriente, sin ocultar para nada su verdadera personalidad, pero a nosotros, que estábamos buscando y tratando a El Santo, nos recibió como tal.

“Bajó Carlos Suárez y nos invitó a pasar subiendo las escaleras y recorriendo un largo pasillo en cuya última puerta se encontraba El Santo vestido con una camiseta deportiva, pantalones blancos de buena tela, zapatos también blancos, calcetines de color contrastante y, obviamente, con máscara.

“La habitación en la que se encontraba El Santo estaba repleta de toda clase de documentos, trofeos, máscaras de rivales caídos y regalos que le habían hecho los aficionados, llenos de lentejuelas y diamantina. Un cuadro hecho de pura lentejuela lo representaba. Y muchas fotos: El Santo con López Mateos, con Echeverría, con Miguel Alemán, con vedettes, con Rosy Mendoza, con Jorge Rivero, con tigres y con leones.

“Nos recibió amablemente. Se mostró como un gran anfitrión. Nos invitó coca-colas con hielo, mandó traer una charola con botana, quesos y carnes frías y nos proporcionó generosamente toda la información que queríamos, sin ningún egoísmo.

“Nos veía como a estudiantes de cine y nos estimó, nos trató con afecto. Mostraba orgullo y cariño, aparentemente por el hecho de que unos estudiantes como nosotros nos acercáramos a él sin tratar de utilizarlo ni manipularlo, sin fines comerciales, sólo para hacer una película porque nos interesaba y lo admirábamos.

“Llevábamos una cámara de 16 milímetros y un par de luces. Le pedimos permiso para filmarlo en su capilla mientras rezaba y accedió de muy buen humor. Él mismo decidió la posición de la cámara. ‘La cámara aquí, las luces allá, muchachos’, dijo. Mientras preparábamos la toma nos contó algunas cosas de su fervor, su costumbre de orar antes de ir a la lucha y después de la lucha y que tenía esa capilla porque él todos los días sentía la necesidad de rezar. Todo lo decía sin solemnidad alguna y entre bromas. Nos agradeció mucho nuestro interés por su figura y su persona, aunque él consideraba muy natural nuestro interés.

“Al salir de su casa nos dimos cuenta de que en México había un personaje inédito que podía llevar una vida cotidiana enmascarado: como padre, actor, hombre de negocios, y también nos fijamos en que ése era el aspecto que el cine industrial había desdeñado del personaje.

“Ahora que ha muerto, el cine mexicano ve desaparecer a su personaje más rico, potencialmente sin hacerle una gran película.

“Era un Clark Kent mexicano, pero el asunto de la doble personalidad, que en Superman pertenece por entero al mundo de la ficción, en El Santo era una realidad, un hecho absolutamente normal y cotidiano. Sin la máscara podía conocer a muchas personas que jamás imaginaban que estaban tratando con El Santo; por otra parte, también trataba a personas que lo conocían sólo como un hombre enmascarado.

“Como no pudimos hacer el documental, optamos por la ficción. Escribimos una historia en la que se trataba de ver a El Santo como una víctima de la industria nacional del cine y del colonialismo cultural. Muchas personas a su alrededor se enriquecieron más que él con su imagen. Desgraciadamente, nunca pudo leer el guión, porque por esas fechas andaba de gira. Hicimos la película con la idea de mostrársela y hacerle ver toda la riqueza que entrañaba su personaje, en el sentido de que él podía ser un Superman mexicano, un bastión de nuestra cultura popular.”

Adiós, adiós, ídolo mío parece buscar la desmitificación. Al final El Santo queda exhibido como un héroe patético, en decadencia, sin consciencia alguna del paso de los años, totalmente fuera de la realidad…

“Muy cruda. Sospechábamos que no iba a gustarle, pero de todas maneras queríamos proyectársela porque creíamos que le iba a aclarar muchas cosas sobre sí mismo o le iba a abrir nuevas posibilidades para desarrollar su personaje. Pensábamos que podríamos acabar con el personaje que inventaron los comerciantes para, a partir de allí, proponerle una nueva lectura de sí mismo en películas posteriores”, explica José Buil.

“Queríamos decirle: tú eres una víctima manipulada por los mercenarios del cine que no han dejado aflorar tus valores más profundos. Pero nunca vio la película”.

Cuando se proyectó la película, hirió ciertas susceptibilidades entre admiradores de El Santo, algunos muy cercanos a él, que la tomaron como una afrenta de mala fe.

“Yo lamento mucho que haya habido gente que considerara la película como una falta de respeto. No lo es. Partimos de la idea de que el amor y la admiración no excluyen la crítica. Y como la crítica es la única posibilidad de análisis, asumimos esa posición ante El Santo.

“El Santo como personaje no es un defensor de los pobres. Cumple la función de un superhéroe: defiende las instituciones, el establishment y el Bien según lo establece la ideología dominante. Trabaja para la policía, para las agencias internacionales; la tabla de valores que le asignan los empresarios del cine es representativa de los valores dominantes. Con una inversión simple esos mismos mercenarios lo podían hacer delinquir. Le hacen decir que el Bien son las instituciones y los valores del capital y que la explotación es natural.

“A diferencia de Superman, Batman y el Avispón Verde, que son inmortales porque pertenecen al mundo de la ficción, El Santo era vulnerable, falible, es decir, humano, y por lo tanto mortal. Nadie necesitó viajar al espacio profundo en busca de kriptonita y no hubo un médico que tramara su fallecimiento. El Santo murió como mueren los hombres comunes y corrientes, sencillos, pero enmascarado… Protegió su identidad hasta el último momento. Como superhéroe es más original que los superhéroes yanquis porque él sí existió, fue real, un ser vivo, de carne y hueso. Con El Santo los adictos al mundo de los superhéroes tenían una ventaja respecto a los superhéroes trasnacionales. No podía uno ir al refugio de Superman en el Polo Norte porque era improbable que lo encontrara, pero sí podía tocar la puerta de una casa en el DF y ser recibido por El Santo en persona. Su desaparición deja al país un poco más triste en medio de la crisis y un poco más desprotegido”, afirma Buil.

¿Tenía sentido del humor?

“Una vez en un restaurante al que iban llegando muchos luchadores enmascarados que se bajaban de sus autos e iban acompañados de mujeres muy guapas, El Santo se encontró con Vicente Ortega Colunga y le dijo: ‘Tú a mí me conoces sin máscara. A ver, acuérdate’. Y se fue muerto de la risa. Fue en un local de Bucareli 18, junto al PMT.

“Tal vez El Santo haya sido un gran bromista, alguien que nos jugó una broma tremenda a todos los mexicanos, porque no deja de haber un gran sentido del humor en el hecho de que un hombre se pase la vida enmascarado.

“El Santo, por lo demás, era un hombre sin malicia, sin maldad, de buen corazón, generoso y tierno. Pensaba que se debía mucho a los niños.”

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