El hombre que sucumbió a su propio personaje

Por Diego Legrand

 

Monterrey, 2013. Una camioneta negra se estaciona en el patio de una pocilga mal iluminada. Baja un hombre alto, equipado con un chaleco antibalas.

¿Dónde está? ¡Tráiganlo! ordena Max, y los hombres a su alrededor ejecutan sus órdenes.

A un lado de la camioneta, un sicario le señala el centro del hangar con el dedo.

Allí está.

Mientras se acerca a su víctima, Max recuerda lo que le dijo El Patrón el día anterior:

No podemos permitir que piensen que pueden entrar y salir de esto como si fuera un club social. ¡Los perros deben de entender que una vez que entras, no sales jamás!

La frase le gustó; sigue resonando en su cabeza al momento de explicarle a su antiguo gatillero por qué va a morir.

Una vez que entran, ya no hay salida para los perros.

El otro hombre, maniatado en el suelo, trata de balbucear unas plegarias en medio de su llanto, pero sólo se escucha el ruido seco de un disparo a corta distancia; y luego, el movimiento de un hacha que quiebra los huesos de su nuca y raspa el suelo asfaltado del lugar.

 

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En las redes sociales circula una fotografía de Max. Sonríe y posa rodeado de sicarios en el centro de un hangar. En la esquina derecha del retrato grupal, un hombre carga una enorme cámara y se ve aún más feliz que él. Él es Marcelino Calzada y está filmando una de las secuencias más impactantes de La Ciudad de la Furia, su tercera película amateur en 16 años.

En el pasado, Marcelino ha tenido problemas para grabar algunas escenas de violencia, y por ello ha aprendido a apreciar el holgado momento en que culmina una toma exitosa. La que acaba de filmar es quizá la más violenta de todas, aunque al igual que en la mayoría de la escenas más fuertes de sus películas, todo sucede fuera de foco. O eso argumenta Marcelino por lo menos, cuando defiende su trabajo.

“Nunca ha sido mi intención rodar películas de violencia realista”, explica, sentado al volante de su pequeño Renault Steepway rojo mientras recorremos el centro de la ciudad de Monterrey: “Me basé en libros de periodistas del narco como [Ricardo] Ravelo o Anabel [Hernández] para recrear algunas escenas, como la de los picaderos de Tijuana, pero eso sucedía en otros lugares, no aquí. Y eso era ficción en Monterrey… hasta que la ficción se volvió realidad”, argumenta, como si tuviera que justificar la crudeza de su trabajo fílmico.

A Marcelino, como a la mayoría de los regiomontanos, la violencia lo alcanzó desprevenido. En 2007, la ciudad se convirtió en un campo de batalla en el que los antiguos aliados del Golfo y los Zetas dejaron decenas de cadáveres regados por las calles. Los decapitados y colgados se volvieron poco a poco una escena cotidiana en la joya del noreste mexicano.

Aunque se niegue a admitirlo, el director veracruzano ha comenzado a hacerse de una sólida reputación como autor de serie B, el género burlesco por excelencia del cine mexicano.

“El problema con el cinema de serie B”, explica, “es que se suele considerar como un trabajo barato, chafa, mal hecho…”.

Y es que desde sus inicios, el género ha sido considerado como cine de bajo presupuesto, creado solamente para rellenar las diferentes funciones que se proponían en un mismo día por un precio único en Hollywood. Pero asimilarlo a un género barato sería olvidar que la óperas prima de David Lynch, Eraserhead, y El Topo, de Alejandro Jodorowsky,fueron exhibidas en estos circuitos, así como las de René Cardona en México, antes de que sus autores despegaran completamente; sin hablar de Death Proof, de Quentin Tarantino, y Planet Terror, de Robert Rodríguez, mucho más taquilleras y creadas en homenaje a un género que genera millones de dólares en recetas a través del mundo fuera de los circuitos cinematográficos tradicionales.

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De su niñez en Veracruz, Marcelino Calzada casi no recuerda nada, salvo el olor a rancio de las butacas y las pantallas mal iluminadas de un cine de pueblo, cuando la entrada todavía costaba 10 pesos y se veían películas mexicanas y estadounidenses a la par, antes de que “la piratería y las grandes cadenas de distribución asesinaran el negocio de los pequeños cines independientes en el país”.

“Cuando los chicos de mi edad se dedicaban a coleccionar figuritas de acción y perseguirse por las calles de Veracruz, yo pasaba mi tiempo viendo en la tele pelis de acción ochenteras, como Rambo o Rocky. Esas eran las que quería hacer”, cuenta con desenfado Marcelino.

Así que a los 22 años decidió que ya había perdido demasiado tiempo esperando a que le enseñaran algo en la carrera de comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL). Empuñó una pequeña cámara semi-profesional que había comprado unos meses antes, en el verano del 96, y salió a filmar su primer largometraje, del que el último vestigio fue un tráiler de un minuto y ocho segundos, violento y oscuro, en una página de YouTube con 537 reproducciones.

De los casetes grabados no quedó ni rastro, y de la cinta sólo se recordaría el nombre de Los Antihéroes, epónimo de la incipiente compañía productora con la que trabajaría sus siguientes películas durante casi dos décadas. Una especie de Frankenstein embarazoso y querido a la vez que lo invitó al mundo del cine independiente de serie B.

Ocho años más tarde, en febrero de 2004, inició el rodaje de su verdadera ópera prima: Monterrey Extremo. Tres años antes de que explotara la violencia en Nuevo León, Marcelino grabó en menos de dos semanas, y con un presupuesto de 15 mil pesos, aquella película en la que dos bandas de delincuentes se disputaban a fuego y sangre el control del mercado pirata de la ciudad. Antes incluso de que se comenzara siquiera a murmurar la letra que pronto se volvería tabú en toda la región. Una suerte de premonición.

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En 2010 y 2012 grabaría sucesivamente Amado y la Ciudad de la Furia, aunque estas dos películas ya estuvieran mucho más impregnadas del ambiente que permeó la urbe en esos años de conflicto; mucho más oscuras y realistas, el completo opuesto de la filosofía narrativa de su aclamado primer opus. De acuerdo con algunos de sus más cercanos colaboradores, Marcelino se dejó embaucar por una corriente cinematográfica que apañó las pantallas de cine y televisión desde que la ficción trató desesperadamente de alcanzar una realidad absurda en un país en guerra.

Alrededor del narcotráfico se comenzó a desarrollar una industria filmográfica nacional, con al menos siete casas productoras dedicadas a financiar cintas violentas de bajo costo, como Los Chacales de Sinaloa, Tierra de sangre y Narcos y perros, en los últimos años. Las películas se exportaron sobre todo a Estados Unidos, como si se tratara de narcocorridos, pero en pantalla grande.

La violencia infiltró a la industria cinematográfica mexicana, pero también la impactó desde fuera: de seis películas estadounidenses rodadas en México en 2010, sólo quedaron dos en 2011… y se desecharon proyectos como la cinta On the Road, basada en el libro de Jack Kerouac, que iba a ser presuntamente dirigida por Francis Ford Coppola en el norte del país.

Con la atribución de la Palma de Oro del festival de Cannes a mejor director para Amat Escalante y a mejor película para su filme Heli en 2013, los reflectores internacionales se volcaron por fin hacia México para tratar de subrayar el impacto de la violencia ligada al narcotráfico en el cinema local. Pero a pesar de sus esfuerzos, la hora de Marcelino Calzado nunca vino en los circuitos tradicionales

Cuando se le pregunta sobre su similitud con estos géneros paródicos, Marcelino lo piensa unos segundos y se reclama más bien de otra casta:

“Es verdad que mi última película se realizó después de que las cosas se hayan puesto feas, pero es un reflejo de la realidad, no una apología, bato”, pregona el director que a veces inserta una que otra palabra rebuscada en las frases que mastica como si halara piedras con la garganta, mientras que en su fuerte acento regio aún se distingue una pizca del tono jarocho de su Veracruz Natal.

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En el momento en que acudí a la locación del primer llamado y me topé con Marcelino estacionado en su carrito Fiesta al lado del billar de Garza Sada, pensé que algo estaba mal. Pero cuando me dijo que él mismo pensaba hacer la grabación, dirección y posproducción de la película, me dieron ganas de irme por unos cigarros y no volver, aunque el tiempo me demostró que a pesar de todo, no me equivoqué al quedarme”, explica el actor profesional y antihéroe favorito de casi todas sus películas, Mauricio Atri.

Aunque durante esa primera grabación fueron arrestados Marcelino y Mauricio por la policía regia cuando un transeúnte despistado denunció el robo de una motocicleta y la presencia de hombres armados en el centro de la ciudad durante una de las principales tomas de acción de la película.

La conexión fue inmediata entre el hombre que había abierto por primera vez las puertas de la Fundidora de hierro de Monterrey al teatro en 1994 y el joven director de cine jarocho fascinado por los antihéroes. Durante más de una década, ambos participarían en una sucesión de proyectos de bajo presupuesto que lentamente les granjearían cierta notoriedad en los circuitos del cine amateur.

“No tengo la menor duda de que Marcelino seguirá caminando en este pantano de la vida que es hacer cine independiente y lo hará hasta llegar a las alfombras rojas de un futuro no muy lejano”, remata Mauricio Atri cuando habla del director que lo llevó a la pantalla grande.

Porque en 2010 Marcelino convencería a los directores del Cine independiente Rally de Monterrey de proyectar su segunda película, Amado, en las pantallas del viejo complejo de pasillos estrechos ubicado en el centro de la ciudad.

Me planté frente de la sala del Rally y le dije al encargado que no me iría hasta que me dejara hablar con el dueño del lugar… Y resulta que al final le gustó la película y me dejó proyectarla allí, en medio de El Hobbit de Peter Jackson y Django de Quentin Tarantino… Fue una sensación muy extraña, muy irreal…”, explica el que siempre ha sido un funámbulo del cinema amateur.

 

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A finales de 2014, las ojeras y las lagañas opacan los de por si pequeños ojos de Marcelino Calzada. La falta de sueño y el exceso de trabajo afectan su humor y comienzo a entender lo que sus actores suelen llamar “explosividad”. Lleva puestos unos pantalones beige cortos y una playera de Sharknado, una famosa película de serie B en la que tiburones acarreados por un tornado atacan la ciudad de Los Ángeles.

“Su honestidad brutal hace que muchos huyan, ya que no tiene pelos en la lengua, y sólo se queden a su lado personas con sentido común y sin temor a la crítica”, explica el actor Guido Esteban cuando se le pregunta cómo fue trabajar con Marcelino.

Si tuviera que definirlo en una sola frase, diría que es una especie de monolito hecho hombre; con facciones duras como el granito y enormes cachetes que se reencuentran en su nariz ancha y en su barbilla ligeramente redondeada, como si todo fuera simétrico en ese rostro. En la cima de su orificio nasal, dos grandes ojos alargados miran con severidad a su interlocutor debajo de cejas negras y pobladas, e incluso cuando está de buen humor, su cara refleja una serenidad austera. Pero la mecha de Pedro Picapiedra que constantemente recae sobre su frente le da un improbable aire de cordialidad cuando hace el esfuerzo de sonreír.

Marcelino Calzada es quizá el único cineasta mexicano autodidacta e independiente que haya logrado colocar una de sus películas en más de diez salas de cine durante la última década, sin pasar por los circuitos de distribución tradicionales. Una especie de one-man-band, quehace él mismo el guion, el casting, la dirección, la edición y los efectos especiales de cada una de sus cintas, el hombre-orquesta del cine regio, como lo apodó alguna vez una crítica de cine de la región. Un cine de autor a gran escala hecho por un hombre que trabajó como sacaborrachos en los bares de la ciudad y cocinero de una hamburguesería para poder financiar sus proyectos.

Para ganar un poco de visibilidad en un sector cerrado y sectario en el que los fondos públicos son atribuidos casi siempre a los mismos directores, Marcelino se ha tenido que convertir en uno de sus propios personajes para existir: un observador discreto de la sociedad narcotraficante moderna del noreste mexicano. El rey del género de serie B en Monterrey.

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