Por Kyzza Terrazas

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Una parcela de aproximadamente cien metros cuadrados. Aquello sería un baldío si no fuera porque se utiliza para guardar automóviles: personas alquilan un espacio para dejar allí sus coches y, en teoría, alejarlos de los peligros de la calle. Es lo que se conoce en el DF como una “pensión”. A diferencia de otras —son mundos de paso, son no-lugares que abundan en la ciudad—, en ésta solo trabaja una persona, a saber: P, un hombre bajito, muy delgado, cincuenta y varios; como es calvo, casi siempre lleva una gorra tejida y delgada, parecida a las que usan los musulmanes —eso justamente lo hace parecer más bien afgano. No es raro que antes de entrar en la pensión imagine que al abrir la puerta estará P, el gran P, rodeado de cabras en vez de coches y de montañas áridas en vez de edificios mal diseñados y a medio construir (¡oh, estereotipos!). Pero no, casi siempre está ahí, fundido con el silencio: manos cruzadas tras la espalda cual caricatura de filósofo, mirada hacia abajo, pululando entre los autos. Pienso que cuenta piedras, que repasa en su cabeza quién le debe lo del mes; quizá maldiga su vida y todo aquello que lo condujo hasta el lugar donde está. Pero lo dudo. Nada en él expresa animadversión con sus alrededores.

Conozco a P hace poco más de seis años y sé muy poco sobre él: los jueves y los domingos duerme con su familia y el resto de los días está de fijo en la pensión. En el fondo del terreno tiene un cuarto muy pequeño, sin adornos (si acaso un calendario, pero no de chicas en bikini), y un baño. Sé que tiene una mejor relación con algunos de los otros usuarios porque a mí siempre me recrimina que me estaciono mal, a pesar de que en mi lugar no hay ningún tipo de señalización que sirva de guía. También he visto que es amigo, o al menos “cuate”, de dos seres extrañísimos que trabajan en un diminuto taller de reparación de calzado que está a unos pasos de la pensión (uno de esos tipos —sin duda extraterrestre— usa una de las barbas más largas de la historia de la humanidad y a veces va a acompañado de una niña de 4 años que no parece ser ni su hija ni su nieta). Algunas noches he observado a P “platicando” adentro de alguno de los autos con sus respectivos dueños, por lo general hombres de edad mediana, seguramente casados. Quiero creer que lo que sucede allí dentro es en verdad lo que pienso que ocurre: que P tiene una larga ristra de amantes enloquecidos, que al interior de esos autos tiene el mundo arrodillado frente a él.

Durante más de seis años he visto a P casi diario y, en efecto, no sé casi nada sobre él. Sin embargo, lo observo y pienso que es la prueba de que el estoicismo es una virtud que debiéramos cultivar con mayor esmero. Que nuestros deseos son vanos. Que tal vez debiéramos vomitar sobre estos intentos adolescentes de sobresalir, de crear, de cambiar el mundo.

Enséñanos a vivir, P —enséñanos a deshacernos de la necesidad de vivir. 

 

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