¿En qué reencarnará el mejor pizzero de la ciudad? 

POR GABRIEL NUNCIO

A Lalo Palau lo conocí hace unos 15 años y desde entonces nos saludamos con una media sonrisa acompañada de un discreto movimiento de cabeza. Él no sabe mi nombre y yo acabo de preguntar por Facebook el suyo.

La primera vez que lo vi fue en el departamento de José Luis Arcaute, precisamente arriba de su Galería Arcaute, cuando estaba ubicada en El Barrio Antiguo.

Por aquellas épocas yo acababa de descubrir las tachas y es posible que mi recuerdo esté ligeramente distorsionado, pero la primera imagen que tengo de Lalo es esta: bailando frente a una pintura hiperrealista de un hombre apuntando a la nada con una pistola. La canción era una de Raphael o de Los Polivoces: Mi gran noche o Gordolfo Gelatino. Llevaba una camisa azul doblada de los puños, y el cabello lacio degrafilado como se usaba a finales de los 90, principios de los 2000.

En todo caso, apuesto un brazo a que él no se acuerda de mí. No tanto porque (creo) esa noche todos andábamos en tachas, sino porque no cruzamos palabra. Seguramente comenzó a saludarme como lo hacía con otros clientes frecuentes de la pizzería que fundó unos cuantos años después.

Hace unas semanas me lo encontré en la recién inaugurada PizzaGuana, leal compañera del Café Iguana, ahora en el centro de San Pedro Garza García, Nuevo León. Nos reconocimos con entusiasmo. Dos viejos veteranos que coincidían entre una nueva generación que creció comunicándose con los pulgares y emoticones. Aunque en ese momento me di cuenta que había perdido cabello (yo también, maldita sea), ahora que escribo estas líneas me vuelve la misma imagen de él que en el departamento de Arcaute.

Cual veterano, Lalo me contó su periplo después de haber sobrevivido al trágico ataque al Café Iguana ocurrido en 2011: “Me fui a Contry. Allí estuve un rato. Horrible. Apenas oscurecía y comenzaban las balaceras. Luego me fui a Cumbres. Peor”.

La PizzaGuana finalmente aterrizó en la paradisiaca playa de Sayulita, donde encontró paz y comensales que descubrieron la armonía entre una rodaja de tomate y una hoja de acelga sobre queso derretido y harina tostada.

Luego me llamó El Foni -el legendario dueño del Iguana-, me contó de este proyecto y le dije: ‘Cuenta conmigo’. Empaqué y me vine. Y pues aquí estoy”.

Mi amiga Melissa y yo nos terminamos nuestras rebanadas. Estábamos a punto de pagar y entrar al Café Iguana. Era el plan original, pero Lalo nos ofreció otra tanda y como sentía que la conversación estaba a medias, acepté.

En la fachada del nuevo Café Iguana hay un letrero que dice “La Pizza” junto a un parche que cubre el resto del luminoso anuncio. “El gobierno municipal de San Pedro –cuenta Lalo- nos pidió que no pusiéramos el nombre Iguana. Por seguridad. No querían que se repitiera lo que ya sabes…”.

Me preguntó sobre mí. La realidad es que nunca habíamos cruzado más de un par de oraciones y eran todas rela- cionadas a Qué vas a querer y Cuánto va ser. Le dije que tenía años viviendo en el DF, pero volví brevemente a Monterrey. Le comenté que debería considerar abrir una PizzaGuana en el DF, que hay muchos regios allá que identificarían la marca, que hay mucha demanda y creo que mencioné a los Food Trucks.

Mi entusiasmo era genuino. Sé que este es un comentario de gordito, pero durante mucho tiempo yo sólo iba al Café Iguana por las pizzas. Me sentaba en el escaloncito de al lado o entraba al caluroso espacio de atrás y aunque tenía mis predilectas, la primera que me comía era la que estuviera recién salida del horno.

La PizzaGuana fue la primera en ofrecer las rebanadas como una opción callejera, la salsa era codiciada y la harina tronaba. Llegó a Monterrey en tiempos en que dominaban las desafortunadas franquicias de Domino’s, Pizza Hut, Caesars Pizza…

Y bueno. Allí estaba yo, un hombre que jamás ha multiplicado un peso haciendo un business plan. Lalo me paró en seco. “No, mira, a mí el dinero no me interesa. Yo ahorita estoy concentrado en prepararme para mi siguiente vida.

Tengo todas mis energías en eso.

No sé si tú sabías que nosotros somos el resultado de una vida anterior. Y esa vida, a su vez, es el resultado de otra vida anterior…”.

Suena bien –respondí- Me encantaría creer en eso pero soy ateo. Para ser más preciso, Ateo no teísta. Lo acabo de leer en un post de CNN.”

Lalo dio unos pasos atrás y buscó algo entre los trastes. Yo me terminé mi pizza, mi amiga también, y me pareció ahora sí el momento de marcharnos.

Pero antes de sacar mi cartera, Lalo puso dos libros frente a mí. Eran sobre espiritualidad y reencarnación. O algo así. “¿Los conoces?”. Melissa dijo que sí, que ella tenía uno, pero que no lo había leído. “Son libros escritos por sabios. El escritor es un sabio. El padre es un sabio. El abuelo es un sabio. Una dinastía de sabios”.

Sólo respondí “OK”. Luego Lalo profundizó sobre la trascendencia, el cosmos, la vida.

Se abrió un silencio apenas interrumpido por una canción de los Babasónicos cuando alguien abrió la puerta del Café Iguana. “¿Quieres uno?”, me preguntó. Acepté el libro con el conocimiento de que eso podía cambiar mi perfil de No teísta a Ateo ritual.

Se abrió otro silencio que concluyó cuando pedimos la cuenta: cuatro rebanadas, dos aguas y el mentado libro de espiritualidad que costó 35 pesos.

Lalo nos recordó que tienen servicio a domicilio y su precio varía según el área. Únicamente dentro de San Pedro. Le agradecí mientras nos íbamos, ya sin conocer el interior del nuevo Café Iguana.

De regreso a casa yo hablaba maravillas de la pizza, consciente de que la nostalgia era más fuerte que mi paladar. Mi amiga sólo torció la boca, indiferente.

Por cierto, me dijo: “ese libro del sabio a mí me lo vendieron en el centro a diez pesos”.

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