En aquella modesta cocina, sobre una mesa que lo mismo sirve de comedor, escritorio y tabla para planchar, Armida termina de forrar y personalizar los cuadernos que sus tres hijos estrenarán el nuevo primer día de clases.

Después de verificar que dentro de cada mochila no falte ninguno de los obligados útiles escolares, en el interior de un bote de avena guarda las etiquetas sobrantes que, de urgencia, esa misma mañana, compró en una papelería cercana a su hogar: una pequeña vivienda de dos cuartos en humilde vecindad.

Desde el espacio contiguo, que lo mismo funcionaba de estancia, dormitorio y patio de juegos, se escuchaban las entremezcladas voces de sus hijos. Dos varones y una mujercita, de 12, 10 y 7 años de edad, respectivamente. Todos concebidos en distintos momentos de su vida, por diferentes hombres que le habían jurado amor eterno pero que, uno a uno, desaparecieron para siempre de su lado después de saber que estaba embarazada; por lo cual, como si fueran sus hermanos, en las actas de nacimiento de sus hijos, éstos llevaban los mismos apellidos que ella.

Al recordar lo anterior, Armida suspiró resignada. ¡Ya ni llorar era bueno! Por lo que a los 23 años, cuando nació su tercer hijo, y asumiendo por completo su condición de madre soltera, decidió tomar al toro de su destino por los cuernos. Fue entonces que se hizo la salpingoclasia y declaró clausurado al amor a su decepcionado corazón.

Ahora, con casi 30 años de vida, no se arrepiente de haber cancelado la fertilidad en su vida, ni la pasión en su cuerpo. Día a día, ella sólo vive preocupada en ajustar para pagar renta, agua, luz y gas; en alimentar, vestir y dar escuela a sus hijos, estirando el limitado salario que recibe como empleada en una tienda de artículos de importación.

Por fortuna, piensa Armida, a los coreanos dueños de la tienda en que trabaja se les ablandó el corazón y la dieron de alta en el IMSS. Eso ha aliviado un poco su situación, sobre todo cuando alguno de sus hijos se enferma. Porque… ¡Cómo batallaba antes para alcanzar a pagar consulta y comprar cualquier medicamento en alguna farmacia de similares! Más de alguna fiebre o infección infantil la tuvo que tratar con puros remedios caseros, o tecitos que le recomendaban sus vecinas.

Ella ahora también agradece que en las escuelas el gobierno regalen mochilas y útiles escolares a los niños. No quiere imaginar los días de peor comer que pasarían si hubiera tenido que comprar cuadernos de cuadricula o de raya, tamaño profesional, lápices del número 2, bicolores, bolígrafos, sacapuntas, borradores, tijeras, colores, marcatextos, lápices adhesivos, reglas, transportadores y hojas de papel bond tamaño carta, además de las mochila con logotipos oficiales, que fue lo que cada uno de sus hijos recibió para cursar así sexto, cuarto o segundo grados de educación primaria.

Armida deja escapar de su pecho un nuevo suspiro, sus labios dibujan breve sonrisa en su rostro. Con renovado optimismo, se dispone entonces a preparar la cena de casi todos los días. Frijolitos refritos y torta de huevo en salsa de jitomate.

Sobre una parrilla de la pequeña estufa, coloca una cacerola de peltre en la que vierte un chorrito de aceite de canola que inicia a calentar, agrega luego un chile verde que inmediatamente ampolla su delgada piel y, desde una olla medio despostillada, vacía varias cucharas para cocina cargadas con frijoles en caldo; repetidamente menea las guisadas leguminosas para luego, con evidente destreza, machacarlas y condimentarlas con sal de grano. Comprobada la sazón, agrega un poco más de caldo y reduce a su expresión mínima la flama en la estufa.

Desde hace varias semanas su vieja licuadora está descompuesta, por lo que ella ahora coloca rudo molcajete sobre la misma mesa donde estuvo forrando los útiles escolares de sus hijos; en el negro cuenco del mortero asienta tres jitomates, una cebolla grande y cuatro chiles serranos previamente hervidos; con movimientos circulares comienza a preparar la salsa con que aderezara la torta de huevo a cocinar.

Ambos alimentos serán la cena de su familia. Con una reservada parte de esos mismos alimentos, a la mañana siguiente elaborará los lonches con que enviará a sus hijos a la escuela, en su regreso a clases. Rutina culinaria que ella repetirá con muy ligeras variantes todas las noches, porque, sí, unas veces nomás habrá frijoles y otras sólo comerán huevos estrellados sin salsa.

Cuando termina de cocinar, Armida llama en voz alta a sus hijos: “¡Se acabaron las vacaciones! A cenar porque mañana lunes se van a tener que levantar más temprano, para que caliente el agua y se bañen. Quiero que regresen muy limpios a la escuela”.

Entre confundidas exclamaciones de alegría e inconformidad, después de lavar sus manos en el fregador de aquella cocina-comedor, los tres chiquillos se sientan alrededor de la multifacética mesa familiar.

Armida sirve en cuatro platos alternadas porciones de torta de huevo en salsa y frijoles refritos al mismo tiempo que, sobre un comalito, recalienta algunas tortillas y arrima a la mesa una jarra de agua.

Ocupando su lugar en la cena familiar, Armida se dispone también a llevar el primer bocado a su boca cuando, de pronto, una inoportuna pregunta cruza por su mente: “¿Y si el gobierno, en lugar de regalar útiles escolares mejor exigiera a los patrones que los trabajadores tuviéramos un salario suficiente, que ajustara para pagar nosotros mismos todos nuestros propios gastos?”.

Pregunta con la que Armida se va a dormir sin lograr encontrar una buena respuesta.

Por Carmen Libertad Vera

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