¿Qué hay detrás de lo inefable efainefable?

Por Carl Sohmer

El Hombre Gato me dejó esperando por casi cuatro horas en un callejón húmedo y maloliente. Cuando finalmente apareció, cayendo desde uno de los techos con la gracia de un costal de cebollas, se rehusó a darme su nombre.


Según la leyenda, puede que el Hombre Gato sea una de muchas cosas. Hay quienes sugieren un niño dejado en un callejón y criado por los gatos de las calles. Otros, de imaginación más naturalista, prefieren una historia de abandono y enfermedad mental, salpicada en ocasiones con una vida de pobreza y temporadas en el manicomio. El Dr. Fischer, psicoanalista, escribió: “Partiendo de lo que he escuchado, y de lo muy poco que he visto, puedo decir que el llamado ‘Hombre Gato’ es una criatura de-evolucionada por su ambiente. Lo que en algún momento fue un ser humano —tal vez uno inteligente, incluso sensible— ha sido transformado por una interpretación brutal de su hábitat, que sería, en este caso, la ciudad.

 

Dicho de otro modo, el hombre antes del Hombre Gato se dio cuenta de que habitaba un espacio plenamente salvaje, quizá más aún que cualquiera de los engendrados por la Naturaleza, y la única respuesta de su psique ante la epifanía fue abrazar su propia animalidad subyacente. La revelación debió ser demasiado fuerte, un verdadero shock, casi en el sentido literal. Eso explicaría el cambio en su comportamiento; es una transición causada por el trauma […] Respecto a por qué adoptó el carácter del gato, debo aceptar que es algo que me elude por completo”.


La verdad es que no sabemos casi nada del Hombre Gato. De entre las pocas certezas con las que contamos pueden mencionarse que es una criatura existente, tal vez un experimento de la Naturaleza, el Gobierno u otra imaginación desocupada, y que ronda medio desnudo por los parques, callejones y techos en el lado oeste del Bronx.


Nuestro primer encuentro formal sucedió en un callejón que le sirve de guarida cuando no pasa la noche fuera —bajo los puentes o detrás de alguna pescadería—, cuya ubicación prefiero no revelar.

 

Lo que sí puedo decir es que es un espacio estrecho, atrapado entre paredes altas de ladrillo muy rojo, tupido de un aire que apesta a sudor, pelo y una mezcla de desechos que no creo posible desmenuzar. Al fondo se ve una cerca alta de tablones blancos pero ya podridos, sobre la cual se elevan las siluetas del lado norte de Manhattan. Cualquier fotografía del lugar daría la impresión de ser un montaje, un simulacro de callejón según la estética de la tira cómica, incluidos los basureros de aluminio y hasta una puerta medio rota y tapizada con grafiti.


Llegué al callejón cargando dos sándwiches de atún metidos en una bolsa de papel. Pensé que el Hombre Gato los aceptaría como símbolo de buena fe, pues la comida es una ofrenda que inspira confianza entre todas las bestias, incluido el hombre. Y en efecto, cuando éste apareció, haciendo una entrada que podría llamarse dramática de haberse ejecutado con menos descuido, lo primero que hizo fue acercarse a olfatear la bolsa, que luego me arrebató con una mano peluda y de palma regordeta.


Otra de las pocas certezas que se tienen sobre el Hombre Gato es que, por sí solo, no es nada agradable a la vista. Yo, que lo he experimentado de muy cerca, debo agregar que verlo comer es aún menos agradable. Después de desgarrar la bolsa de un tajo con las uñas, tomó el primero de los sándwiches y lo estrelló contra el interior de su boca como si fuera una astilladora, echando a volar una mezcla de migajas y saliva que dejó salpicada su diminuta playera. Luego se hizo cargo del segundo sándwich, separando las rebanadas y lamiendo la plasta de atún que quedaba en medio, como quien desarma una galleta Oreo para deleitarse con el relleno.

 

Me considero una persona de estómago débil, pero fui incapaz de mirar hacia otro lado. Tras aquella voracidad había cierta técnica, e incluso un rastro muy fino de lo que podríamos llamar modales. Fue como ver un elefante raspándose la cara con una servilleta.


Tras haberse hecho cargo de los sándwiches, el Hombre Gato comenzó a lamerse las manos, arrastrando la lengua desde la base de la muñeca hasta la yema de alguno de sus rechonchos dedos.

 

Tenía la cabeza cubierta casi por completo de cabello rojizo y una barba abundante, también rojiza; tanto pelo hacía que su cabeza se viera enorme, inflada. Y enterrado en medio de todo aquel rojo alcanzaban a verse un par de ojos diminutos y muy negros, además de la punta de una nariz bien chata, casi de globo. El resto era pura barriga: grande, peluda y descubierta.


—¿Salieron buenos? —pregunté.


—Muy buenos, gracias.


—…Decían en la calle que no hablaba.


El Hombre Gato se tomó su tiempo para saborear los rastros de pan y atún que le quedaron debajo de las uñas, extrayéndolos con lengüetazos breves y bien calculados. Aún no estoy seguro de si aquello fue una demostración de higiene obsesiva o glotonería animal. No obstante, una vez satisfechos sus instintos, contestó:
—No debe subestimar la capacidad de un gato.


—Pero usted es un hombre, no un gato. Según me han dicho.
—Un error común, y muy humano. Yo soy un gato entre gatos; batallaría mucho para encontrar un gato más gatuno que yo —dijo, luego estiró el cuello y la lengua en un intento por lamerse la base de un pie; por supuesto, su barriga no lo permitió.


—¿Y qué dicen los otros gatos?


—Los gatos no nos hablamos mucho entre nosotros, miau.


—Pero algo le habrá dicho uno, ¿no?


Siguió con sus intentos por rozarse el pie aunque fuera con la punta de la lengua. Se rindió después de cuatro o cinco estirones, quedándose ahí “sentado”: con las rodillas contra el suelo y ambas manos casi pegadas en frente de éstas. Su barriga iba de arriba para abajo, luchando por rellenarse de aire.


—Hay cosas que sólo pueden hablarse entre gatos —dijo con una voz casi desaparecida—, cosas que no entendería.


El Hombre Gato se quedó sin decir nada por unos cinco minutos.

 

Sólo permaneció sentado, con la mirada bien fija en algún punto de la pared de ladrillo. Ya casi era de noche; el cielo pronto sería púrpura, y una luz tenue salió de la calle para caer sobre mi espalda.

 

El Hombre Gato seguía mirando, y mirando.


—¿Y cómo debo llamarlo?


—¿A mí? —preguntó, levantando la cabeza como si tuviera resorte.


—¿A quién más?


—Me han llamado Rojo, Sagán y hasta Misifú, pero esos siempre cambian.


—¿Entonces?


—Dígame como quiera, no importa.


Dijo esto y giró el cuerpo, un gesto de orgullo y me aventuro a decir que desdén. Luego comenzó a dar vueltas y vueltas sobre un eje invisible bajo su cuerpo, descendiendo con una torpeza que por poco culmina en otra caída. Al final quedó tendido boca abajo, con sus manos esponjosas bajo el mentón. No tuve que esperar más que un par de segundos para escucharlo dormir.

***

Se dice por las calles que el estómago del Hombre Gato tiene el tamaño adecuado para contener a tres niños pequeños. Yo diría que cuatro, si se aprietan un poco. Por suerte para los neoyorkinos, el Hombre Gato no come carne humana, ni grande ni chica, y dudo que sus instintos le permitan aventurar siquiera un bocado. Su dieta está compuesta —generalmente y hasta donde se sabe— por mariscos y, aunque éste lo niegue, una variedad de frutas. Corren rumores de que se le ha visto comer pájaros, roedores y hasta insectos, todos ellos aún vivos y pataleando cuando se los echa a la boca, pero los testimonios son escasos y nada convincentes.


Los pocos reportes detallados y verificables del Hombre Gato en busca de comida provienen de los mercados y fruterías esparcidos por el nor y suroeste del Bronx. La mayoría concuerda en que sale a comer poco antes de que amanezca, cuando los camiones llegan a descargar la mercancía, o recién caída la noche, ya que los puestos están a punto de cerrar. Los métodos descritos varían de persona a persona, pero casi todos entran dentro del robo o una variante mercantil de la carroña. Algunos describen al Hombre Gato escabulléndose, sigiloso y ágil, sobre los techos, entre los corredores o hasta colgando de postes y alambres, siempre protegido por las sombras. Otros dicen haberlo visto causando accidentes que tumban la mercancía de los estantes, permitiéndole tomar lo que ya no sirve (fruta destrozada, pescado sucio, charcos de leche). Félix Jahoda, comerciante local, le atribuye un poder persuasivo parecido a la hipnosis: “Lo mira a uno con esos ojos chiquititos que tiene y de repente van haciéndose grandes, muy grandes. Luego se siente un calor muy agradable en el pecho, y después unas ganas muy fuertes de regalarle cerezas, atunes o hasta un jamón completo. Es como mirar a un bebé. Un bebé con ojos de serpiente”.


A pesar de la novedad y efectividad de sus propios métodos, el Hombre Gato no ha desaprovechado las técnicas desarrolladas por su especie para sobrevivir en un hábitat urbano. Patrulleros y vagabundos de la zona informan haberlo visto rondar los barrios pobres del extremo norte, donde visita uno de los varios remolques esparcidos a lo largo y ancho de lo que fue el Parque Dupin.


El Parque Dupin es una de las muchas víctimas de la decadencia económica sufrida por Nueva York en la década de los 70.

 

Inaugurado en 1929, con el nombre del detective en mente —la antigua casa de Poe no queda lejos—, el parque era un parche de terreno verde y de extensión mediana, con varias bancas, dos fuentes y amplios caminos flanqueados por hileras de flores.

 

También había árboles, pero no muchos; se trataba más bien de un amplio jardín, diseñado para sentarse a admirar un plano extenso y de un verde brillante. El parque sirvió como área recreativa y de relajación por casi cuatro décadas, pero comenzó a perder su brillo a finales de los 60, con la llegada de la crisis fiscal y los altos índices de crimen. Dejó de recibir visitas y poco a poco fue sufriendo las consecuencias del abandono comunitario y municipal. Pronto, los pocos que iban eran en su mayoría ladrones y narcomenudistas; entre el 1973 y 1975, las pandillas juveniles lo convirtieron en una de sus zonas preferidas para disputarse rencillas territoriales. Para principios de los 80, el área que rodeaba el parque había quedado prácticamente abandonada. Sólo había unas cuantas casas frágiles y un bloque de condominios que para entonces —y aún hoy— se estaba cayendo a pedazos. Fue durante esa misma época cuando se instalaron las primeras casas-remolque entre el escombro y la hierba crecida. Los remolques continuaron llegando durante el resto de la década y siguen ahí hasta hoy.

 

Acampé por varios días dentro de uno de los edificios en ruinas frente al Parque Dupin. El interior estaba completamente cubierto —paredes, piso y techo— de grafiti, y un inconfundible aroma a desecho, no muy distinto al del callejón del Hombre Gato, empapaba el aire. Podía ver todo el parque desde donde me encontraba: parecía una pradera diminuta, corrompida. La hierba crecía amarilla y dispareja, rebotando un brillo enfermizo de vuelta al sol. Alcancé a contar 20 casas-remolque distribuidas por todo el lugar. La mayor concentración de ellas (8) se encontraba cerca del extremo noroeste, de cara al Hudson, quizá porque ofrecía un panorama más placentero que los escombros y la calle vacía.


El remolque que visitaba el Hombre Gato se encontraba al suroeste, del lado que apunta hacia Manhattan y su callejón, prácticamente aislado de todos los demás. Por sí solo no era particularmente llamativo: tenía forma rectangular y estaba cubierto por una capa de pintura color crema con franjas cafés; las ventanas eran de un azul oscuro, casi negro, y había una mecedora de madera a un costado de los escalones que ascendían hasta la puerta. Pero al atardecer sucedía algo que, una vez visto, me convenció de que había llegado al lugar correcto.


Entre 5:00 y 6:30PM, más o menos, comenzaban a llegar gatos, muchos de ellos. Salían de las orillas del parque, como si los hubiera escupido la tierra, y empezaban a caminar rumbo al remolque con una elegancia y una serenidad que no he sido capaz de encontrar en otras criaturas. Iban con la cabeza elevada y la cola sujeta en lo alto, meneándose con alegría, si no es que con complacencia. Había gatos negros, blancos, grises, rubios, peludos, sin pelo; creo haber visto uno de un naranja que pensé posible sólo en la tinta, pero puede que haya sido un truco del sol. Visto desde arriba y a lo lejos, aquello parecía una invasión, una marcha de hormigas en la selva. Una vez que todos llegaban hasta el remolque, formaban una multitud frente a éste y ahí se quedaban, callados y bien quietos, con la cabeza erguida en dirección a la puerta. Luego comenzaban a maullar en completo desorden. Los maullidos de cada uno eran breves, tranquilos, pero en conjunto ensamblaban un escándalo de pesadilla.


Después de unos minutos, la puerta se abría de golpe y aparecía una mujer flaquísima y menguada por los años, de cabellera blanca como la tiza. Llevaba un vestido que tal vez fue azul pero ahora se veía gris, con un diseño de flores color mostaza. Los gatos maullaban con mayor fuerza cuando la veían salir de su remolque, y ella inclinaba el cuerpo hacia la multitud, ladeando la cabeza para colmar sus tímpanos. Luego se volteaba hacia dentro y volvía a salir, esta vez cargando una cubeta de aluminio que sujetaba con ambas manos. Era entonces que la masa de gatos comenzaba a sacudirse y los maullidos se volvían más prologados y violentos. La mujer se quedaba ahí, rígida como un ídolo de piedra, con la cubeta pegada al pecho mientras los gatos seguían intensificando el caos de sus plegarias bajo los destellos rojos del sol. Después de unos 20 o 30 segundos de admirar la escena, la mujer echaba la cubeta hacia el frente, desparramando una plasta rosada y llena de pequeños trozos de carne en cubos. Los gatos lanzaban un último gran maullido, esta vez al unísono, y seguían la plasta rosa en su recorrido por el aire hasta que chocara contra algún trozo de tierra estéril. La masa entera se echaba hacia donde caía el charco rosa, comiéndose a sí misma en el proceso. Después de la primera ronda, la mujer le daba de nuevo la espalda a los gatos y volvía a salir con otra cubeta llena de plasta que lanzaba al aire. Luego hacía lo mismo otra vez, y otra, y una vez más; durante mi estancia frente al parque alcancé a contar hasta 7 cubetazos de comida. Con tantas opciones disponibles, la masa de gatos acababa por fragmentarse en varias manchas pequeñas y peludas. La mujer permanecía de pie en el marco de la puerta, con una cubeta vacía bajo el brazo, mirándolos comer, envueltos por los últimos momentos de la tarde. Al acabarse el festín, ella se esfumaba al interior del remolque y la masa se dispersaba hacia las orillas del parque para perderse con la misma facilidad con la que había aparecido.


Fue necesario presenciar esta escena varias veces antes de que el Hombre Gato hiciera su aparición, que sucedió, finalmente, un jueves por la tarde. No estoy seguro qué tenía de particular aquel día. Tal vez figuraba como fecha importante dentro de un calendario muy estricto o sus condiciones cumplían a punto con los dictámenes de un riguroso criterio; también es posible que se tratara de una reacción espontánea, típica de los vagabundeos de una mente animal. Tratárase de lo que se tratase, la única particularidad que puedo señalar de aquella tarde es que había una capa de nubes despedazándose por encima del sol.


El festín de los gatos progresó como siempre, al menos durante el comienzo. A las 5:41PM todos brotaron de sus escondites y marcharon hacia el remolque. Una vez formada la muchedumbre, la anciana salió a echarle un vistazo antes de proceder a alimentarla con varios cubetazos de plasta con carne. Estaba preparando la cuarta cubeta cuando una mancha roja y muy peluda, mucho más grande que las otras, apareció, salida del extremo sudoeste del Parque Dupin. Era el Hombre Gato, que marchaba hacia la comilona con paso torpe sobre sus cuatro extremidades, meneando el trasero muy en alto, como si intentara ondear una bandera. Los gatos dejaron su comida por un momento y lo vieron acercarse al remolque. Todos quedaron sentados, con el cuerpo muy rígido y en dirección hacia la figura del Hombre Gato. Hasta la anciana había dejado la cubeta en el suelo y miraba aquel estómago cubierto de pelo que venía bamboleándose hasta su casa.


El Hombre Gato apenas estaba acercándose al remolque cuando los demás gatos formaron una pared gruesa y esponjosa entre él y los charcos de alimento. Éste siguió caminando, absorbido en el placer de su marcha, hasta que se detuvo de golpe justo frente a la muralla. Quedó petrificado, con el cuerpo a medio andar; luego puso las rodillas y las manos contra el suelo, ejecutando su versión imperfecta del felino sentado. Ahí permaneció, sin moverse, mirando a los suyos, que lo miraban de vuelta.


Pasados unos minutos de pura inmovilidad y silencio, el Hombre Gato elevó su mano derecha, proyectándola hacia el frente con el más extremo cuidado. Estaba tanteando el ambiente, asegurándose de que sus congéneres lo dejarían dar aunque sea un paso más.

 

Los gatos respondieron moviendo la muralla entera un paso al frente, obligando al Hombre Gato a poner la mano de vuelta en su lugar. Éste esperó un par de segundos y volvió a aventurar un paso, pero recibió por respuesta otro movimiento de la muralla completa.

 

Los gatos no esperaron y comenzaron a avanzar como una falange.

 

El Hombre Gato intentó echarse para atrás en sus cuatro extremidades, pero la torpeza y su anatomía lo traicionaron, haciéndolo caer de espaldas. La marcha siguió avanzando y avanzando, casi hasta tocar la punta de sus peludos dedos.

 

Entonces se detuvo, así: de golpe y nada más. Un gato se separó de la hilera del frente. Era blanco con manchas cafés, de cuerpo esbelto y cabeza grande. Caminó hacia el Hombre Gato con zancadas lentas y muy firmes. Llegó hasta el cacho de estómago que le cubría la entrepierna y comenzó a escalar la curva de su barriga, siempre con paciencia y un porte que no puedo describir de otro modo más que marcial.

 

Cuando llegó al pecho, de frente a todo el pelo que cubría la cara del Hombre Gato, se le quedó viendo por unos momentos, directo a los ojos. Luego le soltó una bofetada. Y otra. Y otra. Y otra más. Continuó abofeteándolo por casi un minuto entero, produciendo un sonido suave pero que se proyectó nítido por todo el parque. Los otros gatos sólo los miraban, inmóviles, y la anciana hacía lo mismo.


Una vez que terminó con las bofetadas, el gato se bajó de la barriga y volvió a su hueco al frente de la muralla. El Hombre Gato se incorporó sobre sus cuatro extremidades y se marchó del parque tan rápido como pudo. Los demás rompieron filas y volvieron a concentrarse en los charcos de plasta rosa.

 

Comieron, tranquilos y sin más interrupciones, hasta oscurecerse el cielo.

***

El folklore neoyorkino establece que el Hombre Gato es una criatura elusiva, tanto que hay quienes lo han designado como un símbolo de buena o mala fe. Verlo al aire libre es algo tan poco común que sus apariciones han llegado a ser interpretadas como una de las muchas señales que el cosmos envía a las criaturas que lo habitan para guiar su camino y hacerlas sentir un poco menos insignificantes.


Yo he tenido la oportunidad de ver al Hombre Gato en circunstancias mucho menos espontáneas que una aparición. Sin embargo, hubo una vez en la que se materializó sin previo aviso, muy en lo alto, por encima de mi cabeza.


Iba caminando por el noreste de Manhattan en rumbo al hotel después de haber tomado fotografías para un artículo sobre la fauna marina que puede apreciarse desde la costa de la isla. Atardecía y yo sentía mucha hambre, así que me detuve por un bocado en un camión que vendía falafel y otros platillos.

 

Compré dos wraps de pollo con verduras y comencé a comerme uno, guardando el otro para cuando llegara al hotel. Aproveché el momento para recargarme contra el camión y relajarme un poco. El cielo lanzaba destellos dorados y naranjas desde la orilla del horizonte, rebotándolos contra la calle y la fachada de los edificios; corría una brisa agradable, y la ciudad estaba particularmente tranquila. Alcé la mirada para distraerme con la altura de los edificios. Fue entonces cuando noté una mancha roja y muy redonda enganchada en una de las azoteas. Era el Hombre Gato, sentado con su mala imitación de la postura felina: de rodillas, con las manos echadas hacia el frente, casi tocando el suelo. Parecía un monje meditabundo, sumergido en una plegaria.

 

Un monje-gato.


Me le quedé viendo por un tiempo. Sólo se quedó ahí sentado, mirando sepa qué cosa que se perdía detrás de los rascacielos y se mezclaba en el horizonte. Pensé que hacía lo mismo que yo: relajarse al final de la jornada. Quizá estaba ahí para ver el sol e imaginar que era una enorme bola de estambre perdiéndose poco a poco tras la orilla del mar.


Bajé la mirada para ver la hora y echarle dos o tres mordidas al wrap que tenía en la mano. Cuando volví a ver el techo, el Hombre Gato ya se había ido.

***

Mi segundo —y último— encuentro formal con el Hombre Gato tuvo lugar, de nuevo, en su guarida. Esa vez me hizo esperar menos, pero de todos modos tuve que aguantar un par de horas entre los aromas de su callejón. Cuando al fin llegó, no lo hizo cayendo de uno de los techos. Tampoco brincando desde uno de los postes de luz o rodando dentro de un bote de basura. Llegó caminando.

 

En dos patas.


El Hombre Gato apareció detrás de mí, emergiendo del lado de la calle. Me pasó de largo, sin mirarme, y se metió al callejón. Se veía más descuidado que de costumbre: traía manchas de suciedad por todo el pelo y un par de rasgaduras en su diminuta camisa.

 

Caminaba con cierta dificultad; supuse que se había lastimado, pero tal vez sus piernas no estaban bien acostumbradas a sostener todo su peso en vertical. Le ofrecí la bolsa de papel que había traído, esta vez con dos sándwiches de salmón. Estiró la mano hacia atrás, con la palma abierta, y la sacudió de derecha a izquierda en el aire.


—No, gracias —dijo, y siguió adentrándose en el callejón, con la cabeza baja y los hombros caídos.


Llegó hasta la puerta medio rota al costado del callejón, tomó la perilla con su palma inflada y empujó con todo el cuerpo. Fue adentrándose muy lentamente en el interior de edificio, como una película que se proyecta cuadro por cuadro, y se detuvo a medio camino. El cielo era púrpura, y pronto sería negro.

 

Todavía alcanzaban a distinguirse las siluetas de Manhattan elevándose por encima de la barda del callejón.


El Hombre Gato ladeó su rostro hacia el lado de la barda y dijo su nombre. No Rojo, ni Sagán, ni Misifú: su verdadero nombre, que he procurado olvidar. Luego siguió empujando la puerta hasta desaparecer dentro de la oscuridad del edificio. La puerta se cerró de golpe tras él, dejando el callejón solo, en silencio. Hacía frío, pero la luz mercurial me calentaba los hombros y la nuca.

 

 

* Texto publicado en Pukwudgie (2018). Traducción de Staff de El Barrio Antiguo.

 

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