Por Niñovicio

El momento había llegado. Después de un gran periodo de comunión, el tiempo de despedirnos tocaba a nuestra puerta. Estábamos ahí de frente, bajo una sábana de estrellas; su mirada reflejaba un sentimiento reprimido, dándole a sus ojos un brillo fascinante. La besé en la frente, con gran lentitud, como queriendo quedarme en ese sitio por siempre, pues lograba traer a mi mente los lugares más utópicos y sublimes que un mortal puede imaginar.

Ella abordó un taxi, y de nuevo el sentimiento de vacuidad invadió mi espíritu. Quedé ahí parado, detenido en el tiempo observando cómo se desprendía de mí el ser con quien horas antes me había fundido en una profunda pasión. De golpe, el tumulto y el bullicio regresaron. Gracias al estado cuasi vegetal en que me encontraba, no me percaté de lo que en verdad sucedía: la mirada de aquella mujer, que yo pensaba era de tristeza y dolor, realmente era de auxilio y horror.

El taxi a toda velocidad empezaba a alejarse de mí. La ahora cautiva intentaba abrir la puerta, pero este era un acto imposible. Corrí a gran velocidad, imprimiendo a mis piernas una fuerza sobrenatural que sólo se alcanza al ver a un ser amado en peligro.

Un semáforo en rojo, la euforia galopeando por mi cuerpo a cien por hora, rompo el vidrio, el conductor imposibilitado para avanzar, comienza una batalla que no terminaría pronto. Logro abrir la puerta, intento bajar a quien cautiva y desesperada aguardaba por mí, pero una fuerza sobrenatural la detenía en aquel triste umbral. Sin pensarlo si quiera, me adentré en el terreno del raptor.

El raptor y yo, confrontándonos como en toda guerra: cada uno estaba buscando conquistar un objetivo que se cruza en el camino del otro. Un intento tras otro, todos frustrados. Sabía bien que en esta ocasión perdería mil batallas, pero no la guerra.

La hermosa musa transportadora hacia mundos sublimes había quedado ahora en segundo plano. Ahora sólo éramos el raptor y yo, en una batalla sofocante por la condena o la liberación. ¿Quién ganaría? Era difícil de predecir, pero la muerte esperaba sentada como copiloto, con una tranquilidad escalofriante que nos anunciaba que lo único seguro era el óbito de alguno.

Un descuido del conductor, su puerta abierta, las trompetas de la victoria resuenan en mi mente, la adrenalina recorre cada rincón de mi cuerpo, el auto a toda velocidad, nuestros cráneos sintiendo la brisa generada por la cercanía con el asfalto mojado. Mis manos toman el control de su cabeza, comienza la cuenta final. Mi victoria estaba ahora segura, boom, el estallido de su rostro con el asfalto retumba en mi cabeza, boom, el raptor inconsciente entre mis manos llenas de cólera, vibraciones en mi cabeza descontrolan mis sentidos, boom, el golpe fulminante, mi latido detenido, desubicación total. ¿Dónde estaba? ¿Dónde está mi amada?, eran preguntas que llegaban a mi mente al verme parado en aquella inmensa y vasta selva de nada.

Desconcertado, parado en la nada, vi cómo el raptor aparecía a lo lejos, una inmensa mancha roja en el espacio blanco. La duda me invadía. Me acerqué con el miedo de un niño a lo desconocido. No podía entender cómo había llegado a ese sito cuando debía estar en la cumbre del Olimpo disfrutando del amor conquistado en guerra.

De nuevo frente a frente, el raptor y yo. Quedé perplejo ante aquella inmensa mancha de sangre. El cráneo del cual nacían ríos rojos ahora tenía rostro: era yo el verdadero raptor, el que había envuelto a esa mujer en una sabana de egoísmo, obsesión y miedo.

*Texto publicado en https://julianulloa.wordpress.com/

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