Por Kaizar Cantú

La primera palabrota que pronuncié, al menos hasta donde me alcanza la memoria, fue “cabrón”. No recuerdo con certeza los detalles del cuándo ni del por qué la dije. Estaba chico (menos de 6 años), así que seguro la escuché de algún familiar; mis tíos siempre estaban cerca, y desde que tengo consciencia de ellos, nunca han sido de los que tienen particular cuidado al soltar palabras. Tal vez “cabrón” se quedó conmigo por su fonética. Hay algo en su manera de sonar: el acento súbito de la segunda sílaba, la inhalación que le precede en el “ca-”; es como sentir la coreografía de un disparo, de un golpe, del dragón que infla el pecho, blando y brillante, antes de liberar sus fuegos.

El gusto me duró poco. Apenas acabé de acentuar la palabrota, mi madre me soltó encima un regaño endemoniado. ¿Qué tanto? La verdad es que sólo me llega una tormenta, caos puro e inefable. Baste decir que no me atreví a pronunciar o escribir una palabrota hasta cumplir los 14 o 15 años.

Por supuesto que me empeñé (y, como lo sugiere esta pieza, aún me empeño) en averiguar qué justificaba semejante escándalo. Obtuve varias respuestas, pero de entre las que alcanzo a recordar, sólo dos llaman mi atención: 1) las palabrotas son malas; 2) las palabrotas son cosa de adultos.

La maldad en las palabras es un concepto que todavía me elude. Si tuviera que explicar a otra criatura inteligente por qué hay palabras con una carga de maldad inherente, me temo que no llegaría más que al silencio. O a un tartamudeo, en el mejor de los casos. Parece el argumento que daría un monje medieval: se prohíbe decir “cabrón” porque no figura en la obra de Dios; es vocablo del demonio que apesta el aire con su infernal tufo y la humedad ácida de su saliva. Aunque las palabras o lenguajes peligrosos no son novedad en la ficción —el idioma impronunciable que llama a los Antiguos es quizá el más presente en la memoria de muchos—, me entristece constatar que nuestras palabrotas no desgajan la existencia, ni son vehículo de pestes interdimensionales.

La mejor explicación que puedo conseguirme para esa respuesta es que lo maligno es lo que hace daño, y las malas palabras, al menos en teoría, causan dolor por su significado e intensidad. Son como la ingesta del puerco para la carne de tantos. Sin embargo, casi cualquier conversación relajada servirá de muestra para probar que las palabrotas no son fuente de dolor, o al menos no siempre. Creo que cualquier mente creativa y maliciosa es más capaz de infringir heridas profundas que quien se limita a pronunciar profanidades.

La segunda respuesta es, a mi parecer, más interesante. Está mal que un niño diga palabrotas porque éstas son cosa de adultos. Una lógica parecida se utiliza para justificar la prohibición a menores del alcohol, el cigarro, las armas, las relaciones sexuales. Las palabrotas no deberían estar al alcance de los niños por la misma razón por la que un padre responsable esconde el cloro y los cuchillos en la gaveta más alta y bajo llave: alguien podría salir lastimado.

A la palabrota le es atribuido un filo, una capacidad destructiva que se acerca al cuadro maligno ofrecido por la primera respuesta, mas su diferencia radica en la responsabilidad. El adulto puede echar mano de la palabrota porque, al igual que el alcohol, el volante o los dineros, suponemos que es capaz de manejarla responsablemente, es decir, está al tanto de sus implicaciones, de sus consecuencias, y acepta la carga que acompaña a su pronunciación.

Esto no quiere decir (triste saberlo) que las palabrotas tengan un efecto mágico sobre la carne o la materia en general. Decir “cabrón” no lacerará la carne, tampoco aboyará un automóvil ni azotará la tierra con dos o tres plagas. Sin embargo, tienen peso, como cualquier otro vocablo.

El lenguaje es una herencia poderosa. Por algo se admira a los magos de la palabra, esos que saben tejer encantamientos de efecto maravilloso y en ocasiones milenario. Esto lo coloca en la misma categoría que la espada que emerge del lago, el libro de hechizos, el pellizco radioactivo de un insecto. Y ya sabemos lo que se dice respecto al poder y la responsabilidad.

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