¿Qué hacer cuando tus tías de Tijuana te agreden por ser del Distrito Federal?

Penélope Martínez

 

Estoy de nuevo en el Distrito Federal. No digo que nunca debí haber salido de aquí, pero me pregunto si era necesaria una conmoción tan fuerte para descubrir la extraña manera de ser de esas personas a quienes me une un lazo sanguíneo. En definitiva, éstas fueron unas vacaciones que no olvidaré jamás.

 

No viajes en viernes 13

Ese viernes 13, a causa de la neblina, el avión no podía aterrizar. Nos tuvieron sobrevolando 20 minutos, luego nos llevaron a Mexicali y de ahí, después de media hora, a nuestro destino. Ese viernes 13 sentí por primera vez el calor abrazador de Baja California. Todo era nuevo para mí, aunque la gente diga que Tijuana puede parecerse a muchas otras ciudades.

Yo no iba por el sueño americano. Yo buscaba a mis “parientes”. Y entonces me fui a Tijuana, donde no hay más México hacia el norte, donde la gente habla spanglish, donde las vías rápidas son demasiado rápidas.

Traía colgado al cuello un cristal, el cual, por algún motivo, se fracturó: la premonición de muchas cosas que sucederían en unos cuantos días. Me aferré a hacer de lo evitable algo inevitable. Pese a todas las advertencias me fui a Tijuana, buscando algo que ni yo misma sabía qué era.

Primeras impresiones

Después de una larga espera, mi tía María llega por mí al aeropuerto. Es una mujer nerviosa que habla sin pausa. No puedo evitar pensar que es capaz de aturdir a cualquiera.

Me dice un montón de cosas que no entiendo bien, luego que si me parezco mucho a mi madre y a la tía fulana y a la prima perengana… Soy esa curiosidad traída desde el Distrito Federal.

En su casa conozco a mis primos César y Luis, sus hijos, y a José, el hijo de otra tía que dejó su casa para vivir con ellos. Todos son muy amables, lo amable que se puede ser con una persona a quien no se conoce y que está de visita.

 

Welcome to Tijuana

María me sube de nuevo a su coche, un modelo viejísimo con una visible abolladura a un costado; hubo un accidente en el que un autobús le pegó. Maneja con rapidez brutal. Yo busco el cinturón de seguridad y ella me aclara que aunque lo encuentre, no sirve… Me sujeto del asiento.

Mi tía trabaja únicamente los viernes, y me toca acompañarla. Administra una empresa dedicada a los transportes, así que hoy es un ir y venir para dejar facturas, hacer cobros y depositar pagos: Abarrotes el Florido, Plaza Caliente, un montón de lugares que conozco de pasada.

En una de las breves paradas aprovecho para comprar mercancía oficial de Los Xoloitzcuintles de Tijuana, “el equipo sin fronteras”. Aquí son un fenómeno y la gente los ama de tal modo que hay camisetas, chamarras, gorras, plumas y una infinidad de productos inspirados en el equipo patrocinado por el Casino Caliente.

Desde que llegué le dije a mi tía que quiero conocer la frontera; yo no tengo muy claro si es un muro, una puerta o una valla. Las películas, los documentales y la música hablan de “el otro lado”, y Tijuana está llena tanto de gente que trabaja allá con visado y se levanta diario de madrugada para cruzar la línea, como de quienes esperan a que algún pollero los pase.

Una vez concluidos los asuntos de trabajo, mi tía decide que iremos a Tecate (que está muy cerca), y llama a uno de sus conocidos para que nos acompañe. Me presenta a Quique, quien resulta ser el hermano de Becky, una de las mejores amigas de mi madre durante su juventud.

El Mejor Pan de Tecate es una panadería curiosa. Tiene una enorme variedad de bizcochos, está abierta las 24 horas y además te regalan café para que disfrutes sentado en una de las pequeñas mesas que hay afuera. Una cosa así no la he visto nunca en el Distrito Federal, así que, como turista japonés, tomo varias fotos.

María recuerda mi petición, y en Tecate también hay frontera. Después de caminar unas cuadras, mis ojos se topan con un largo muro que en medio tiene unas puertas. Del otro lado está Estados Unidos de América. En un fragmento de la pared hay una obra de arte urbano en la que se observa a una mujer de rasgos autóctonos que lleva a un niño a sus espaldas. Puede leerse la frase “El sueño americano”.

Ha sido un día muy largo. Es hora de ir a dormir.

 

Tijuana makes me happy

A lo lejos se escucha una voz a través de un megáfono: alguien ofrece trabajo en una fábrica; no se necesita mucha experiencia, sólo ganas de trabajar. Aquí hay muchas maquiladoras. De joven mi madre trabajó en una de costura y en otra donde ensamblaba circuitos electrónicos.

César le dice a María que alguien le está reclamando un dinero. Mi primo se dedica a traer coches de Estados Unidos y revenderlos. Una clienta le dio un anticipo de 200 dólares y ahora ya no quiere la mercancía pero sí su dinero. Creo que se va a quedar queriendo.

Hoy se une a la excursión mi tía Juana. A ella ya la conozco, hace algunos años fue de visita a mi casa. Se dedica a las ventas, sobre todo de ropa y productos de Avon. Vende entre sus conocidos y en el llamado “sobreruedas”, lo que en Chilangolandia conocemos como tianguis.

Primera parada: playas de Tijuana. Ya había escuchado que ese lugar es considerado la última esquina de América Latina. Alcanzo a ver una valla. Juana me explica que esa es frontera con Estados Unidos de América y que del otro lado está la guardia fronteriza (“la migra”, como la conocemos).

Parecería fácil cruzar, cosa de nada. Entonces levanto los ojos y me encuentro con varios nombres escritos en los barrotes, el recuerdo de quienes han muerto en el intento. Se me eriza la piel… Luego me detengo en una frase que lo resume todo: “Aquí es donde rebotan los sueños”.

Recorremos el malecón, con sus negocios de comida y sus cafés. Es un lugar alegre, lleno de vida. Las familias disfrutan tirarse en la arena y la gente joven se reúne para caminar y pasar el rato.

Ya en las calles del centro (yo supongo que es el centro), María frena frente a la Plaza Santa Cecilia, me dice que me baje y tome fotos, que por allá adelante me espera. Yo salgo corriendo con el celular en la mano. Minutos después se aparece Juana jadeando tras pegar tremenda carrera:

¿Cómo se le ocurre a María mandarte sola? Agarra bien tu bolsa. Por lo que sé, aquí hay muchos carteristas.

El lugar es pintoresco. Hay un trío norteño tocando. Es curioso cómo se asume la mexicanidad en el norte. Lo mexicano son los sombreros enormes, los bigototes, las trenzas… pero es que yo siento todo muy forzado. Son mexicanos queriendo ser más mexicanos porque les preocupa parecerse a los gringos.

La avenida Revolución (“la Revu”) es uno de los principales atractivos turísticos y el corazón de la vida nocturna. Lo único que tengo en mente es cumplir mi deseo de tener una fotografía de un burro-cebra. Después de pagar 25 pesos, logro mi cometido; ahora sí tengo la máxima prueba de que estuve en Tijuana.

Mis tías también me llevan a conocer la zona norte o “zona de tolerancia”, donde la prostitución está permitida. Pasamos por el famoso Callejón Coahuila, un sector lleno de tugurios frente a cuyas puertas se ofrecen mujeres jóvenes (muchas que seguramente ni siquiera son mayores de edad) a las que llaman “las paraditas”.

Además visitamos la frontera de Tijuana con San Isidro, donde hay largas filas de automóviles esperando pasar al otro lado, y la UABC (Universidad Autónoma de Baja California), que también tiene un campus en Mexicali y otro en Ensenada; su símbolo, me cuenta mi tía Juana, es el borrego cimarrón.

Terminamos el recorrido en la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas, donde mi madre estudió un tiempo antes de partir al Distrito Federal, y de la que siempre me ha hablado con mucha nostalgia, pues en aquel entonces no pudo concluir sus estudios. Pero yo creo que eso ya es lo de menos. Terminó la preparatoria abierta con un matrimonio y tres hijos, luego entró al sistema abierto de la UNAM y ya hasta tiene título.

 

Los Zepeda López

A mi abuela Esperanza, la madre de mi madre, la he visto dos o tres veces en mi vida, una cuando ni tenía uso de razón. La verdad es que ella no me quiere mucho; no le preocupa cómo me va. Es más, creo que ni siquiera sabe a qué me dedico. Pero no la culpo, casi nunca nos tratamos.

Mi tía Karla (a quien ya conozco porque nos ha visitado un par de veces) acaba de llamar para decir que doña Perita se siente mal; le dio una fuerte impresión saber que mi avión se había retrasado. Ahora está en una clínica del IMSS, donde verificarán que todo está en orden. Toda la familia se reunirá para ir a verla, incluida yo, el objeto de sus preocupaciones.

Hago un repaso mental: llegué el viernes temprano, es sábado por la noche, ella sabe que ya estoy en Tijuana, no ha llamado para preguntar cómo me encuentro, y hasta ahora se siente mal… Creo que no la entiendo. Pero bueno, acompañaré a todos, y de pasada aprovecho para saludarla y hacer de cuenta que nos guardamos un cariño añejo… Ajá.

En un principio estábamos María, Juana, su esposo y yo, cuando de repente se suman Rosalía y Arcelia. Con el simple hecho de escuchar que llegaron siento incomodidad. Una vez, por teléfono, mi tía Rosalía —Chali, como la llaman— le dijo a mi madre que nosotros, los Martínez Zepeda, no éramos más que extraños. Ahora tengo que saludarla.

Arcelia, Chela, es menos dura de lo que la imaginaba. Me impresiona lo mucho que se parece físicamente a mi madre. Pues sí, supongo que alguna semejanza debo tener con toda esta gente, sin importar lo raro que me miren; aunque no les guste, mi bonita nariz respingada se la debo a mi abuelo Abraham.

Mi primo Salvador, el Chava, es caso aparte. En cuanto le dicen que soy la hija mayor de Marisa me aclara que él no tiene ni primos ni tíos, que a él no le gustan esos títulos. Entonces le extiendo la mano.

Bueno, pues, mucho gusto en conocerte. No sé qué seamos, pero normalmente la gente se presenta como un acto de amabilidad.

¿Pos ésta qué trae? Miren si es rara. ¿Ya la vieron? Para mí que quiere venir a bromear con todos.

Tú eres quien dice que no somos nada, pero eso no quita que podemos presentarnos, ¿no?

Suelo tomar todo con el mejor sentido del humor posible, pero veo que aquí mi actitud los desconcierta. De cualquier manera, yo no esperaba un gran recibimiento; antes de empacar mis cosas ya sabía que muchos de mis parientes me tenían mala voluntad de manera gratuita y aún sin conocerme.

Por fin Esperanza sale de urgencias. Se ve algo cansada, pero bien. Me da un abrazo un poco seco y me saluda:

¿Cómo estás, mija?

Bien, abuela. ¿Usted cómo se siente?

Bien

Después de eso, ella y yo no volvemos a cruzar palabra en todo el camino.

Finalmente todos se reúnen en casa de mi abuela y yo paso por el respectivo interrogatorio grupal: ¿cómo le va a mi mamá?, ¿cómo me llevo con ella?, ¿cómo están mi papá y mis hermanos?, ¿qué estudié?, ¿en qué trabajo?, ¿se gana bien en el Distrito Federal?, ¿quién de la familia tiene coche?… Al menos nadie pregunta si ya voy a casarme.

Fin de mi segundo día aquí.

Cambio de planes

Es domingo y me levanto a las 10:00AM; bastante tarde, según yo. Ayer quedé con mi tía Juana que me llevaría a la Ruta del Vino, en Valle de Guadalupe, así que sólo me queda bañarme y estar lista para cuando ella llegue.

María lleva días organizando una comida para festejar el cumpleaños de mi primo César, así que decide de manera repentina que la hará hoy en un par de horas en casa de mi abuela. Para ser honesta, me siento aliviada de no tener que estar presente. Sé muy bien que no les agrado mucho.

Reconozco que es absurdo, pero algunos de mis parientes me dan miedo; percibo la hostilidad. Según yo, venía a ver sólo a algunas tías, pero uno no puede llegar aquí y esconderse de todos los demás. Sus relaciones son raras. Sé que incluso hay varios que no se soportan entre ellos.

Nos perdimos y nunca llegamos a la dichosa Ruta del Vino… pero no importa. De todos, mi tía Juana y su esposo Enrique me parecen los más agradables, así que pasar con ellos el domingo me hace mucho más feliz.

 

American citizens

Que yo sepa, tengo tres primos que son american citizens y que viven en Tijuana: José, el hijo de Rosalía; César, el hijo de María; Andrea, la hija que acaba de tener mi tía Karla. A Rosalía y a María las ayudó mi tío Abraham. Él pagó un pollero y les dio dinero para los gastos médicos. De Andrea no sé mucho, sólo eso, que también nació allá.

En realidad, más que un servicio de salud, el negocio es que te venden la nacionalidad”, me dice María. Esa es la condición: un niño será ciudadano siempre y cuando se paguen los gastos médicos. Otro beneficio que buscan las madres mexicanas como mis tías es que, cumplidos los 21 años, sus hijos pueden solicitar la ciudadanía para ellas.

Me resulta muy curioso mi primo José. Cada vez que opina sobre algún asunto de “interés nacional” concluye haciendo la aclaración de que se siente mexicano (a pesar de haber nacido en San Diego). Para mí él es más bien “norteño”, con su pronunciación cantada y sus modos un tanto rudos, y con su lenguaje gracioso cuando dice que algo está “suave” o “perrón”.

Ya es 16 de septiembre y me paso la noche conversando con José. Desde mi llegada sentí afinidad con él; percibí una especie de recibimiento secreto. Con frecuencia uno quiere saber cómo son las personas con quienes se comparten genes. Él y yo no somos la excepción.

Mi primo comienza a contarme que está en el primer semestre de la licenciatura en derecho y que trabaja para pagarse una escuela privada mientras puede cambiarse a la UABC. A veces le ayuda a su papá, otras se dedica a labores temporales, como ahora que está en un lugar donde arman estuches de regalo para relojes que se venderán en Cotsco durante la época navideña.

Me llama la atención el entusiasmo con que habla José a pesar de no tener ni 20 años. Lo escucho con atención.

Yo quiero aspirar a otras cosas, no quiero ser como la mayoría… como mi madre… No quiero entrar a trabajar a una maquiladora y quedarme ahí para siempre, ¿sí me entiendes? No quiero ser conformista, digo, sí, se compran un departamentito y luego lo pagan toda su vida… Yo no quiero eso. Quiero aprender cosas, y quizás, más adelante, tener un negocio. Por eso admiro a mi papá aunque no convivamos mucho… Él es bueno para los negocios, y creo que en eso me parezco a él. No quiero ser como la mayoría… ¿sí me entiendes?

Después de exponerme sus ideas, José me pregunta qué hay de mí.

¿Y tú qué? ¿De qué la haces? ¿A qué te dedicas?

Hablamos un rato más, hasta que nos viene el sueño. Debe ser difícil para José haber crecido distanciado de su padre y ahora estar lejos de sus hermanas porque su padrastro no lo acepta. Debe ser difícil desafiar al destino…

Me siento muy contenta de haber conocido a mi primo, de haber hablado con él. Nos despedimos y nos vamos a dormir.

 

Tijuana-Ensenada

Ordeno mis cosas porque María y yo nos vamos a Ensenada con mi tía Karla. Decido llevarme lo necesario y dejar mi chamarra favorita —que traía puesta cuando llegué—, además de los regalos que he comprado para mis compañeros del trabajo y para mi familia.

Al verme, Karla baja de su camioneta y me da un abrazo, no tan efusivo como me lo esperaba. Por fin conozco a su hija Andrea, quien tiene dos meses de nacida y no para de llorar. Me subo adelante y me pongo el cinturón. María decide ir atrás para cuidar a la niña.

Sobre la carretera Tijuana-Ensenada hacemos algunas paradas para que yo conozca y tome fotografías. La primera es Popotla, un poblado de pescadores donde comemos tamales y capturo imágenes del mar y las gaviotas. Las otras dos son Playa la Misión y Playa Salinas.

Por fin llegamos a Ensenada. Voy mirando por la ventana y pongo atención en cada detalle del camino; siempre he sido muy curiosa. Mi tía vive en un fraccionamiento donde hay varias casas pequeñas, todas muy parecidas unas a otras. Me queda muy grabado que estamos muy cerca de un Casino Caliente. Siempre es bueno saber esos detalles… por si algo se ofrece.

Aquí nadie se pierde

A pesar de estar muy cansada, sólo consigo dormir un rato. No vine de tan lejos para quedarme encerrada. María está medio dormida, así que le invento que debo hacer algo del trabajo y que iré a buscar un café con Internet. Tomo mi mochila y salgo a la calle sin rumbo fijo. En un lugar tan pequeño (en comparación con la ciudad de México), nadie puede extraviarse.

Antes de comenzar a alejarme, memorizo algunas calles de referencia, luego camino hacia la enorme bandera donde, según me han dicho, se ubica el puerto. De paso entro a algunas de las llamadas tiendas duty free a oler perfumes y a darme una idea de los precios. No es tan barato como pensé.

Un letrero llama mi atención: Wi-Fi gratis. No es mala idea revisar el correo y conversar con mis hermanos o con algún amigo; hacer esas tareas en el celular siempre me ha resultado bastante desesperante. El Café Torino es un lugar muy agradable, y me atrevo a decir que aquí sirven uno de los mejores pasteles tiramisú que he probado en mi vida.

Aún no quiero regresar, así que después de pagar decido caminar en línea recta a ver qué encuentro. Cansada de ver tiendas de curious (curiosidades) y liquors (licores), me propongo darle una sorpresa a mi tía y llegar a su trabajo, el Californa Express Carwash. Con la dirección anotada en un papel, le hago la parada a un taxi y le pido que me lleve a avenida Reforma y calle Octava.

Por mi acento el chofer se da cuenta de que no soy de Ensenada. Le explico que vengo de la Ciudad de México. También le cuento que tengo muchas ganas de ir a La Bufadora, pero que no sé de ningún transporte que me pueda llevar. Me da una tarjeta del sitio. Cualquier unidad puede llevarme, esperarme una hora y traerme de regreso el día que yo quiera.

 

Fractura definitiva

Karla se muestra un poco sorprendida de verme. Tras terminar de hacer sus pagos me muestra el lugar, cómo funciona el sistema de lavado y cuáles son los paquetes que ofrecen. También me cuenta que tiene problemas, que hace unos días peleó con sus jefes y por lo visto dejará el trabajo.

El plan de esta noche es ir a comer pizza a un restaurante argentino, por lo que Karla llama a la babysitter para que cuide a Andrea. Después de rogarle un poco, María accede a acompañarnos. Ambas se arreglan y se maquillan. Como yo soy más práctica, sólo me siento a esperarlas.

Es 16 de septiembre, la mayoría de los lugares están cerrados. Por fin encontramos un pequeño lugar donde sólo hay un par de señoras rubias sentadas en una mesa. El mesero trae la carta de los cocteles. Les comento que nunca he probado un Martini y que reunirme con ellas es la mejor ocasión para pedir uno y celebrar.

Noto que ambas me miran de una manera extraña. Es Karla quien comienza a hablar.

Así que tu hermano fue a contarle a tu madre que aquí lo tratamos muy mal, ¿no? Es un malagradecido.

Yo la miro sin alcanzar a entender lo que ocurre. Entonces trato de explicarle lo que sé de la historia.

No se trata de ustedes, se refería a otras personas. Ustedes deben saber a quién…

Sí, a tus tíos, mis hermanos. ¿Ustedes creen que pueden venir a criticarnos? ¿Ustedes creen que son mejores porque tienen estudios?

Siento un nudo en la garganta y me embarga una enorme confusión. Sólo alcanzo a articular algunas palabras, intentando no empeorar las cosas:

Un momento… Yo… Yo no vengo a esto. No vengo a que me hablen mal de mi familia. Vengo a conocerlas… Somos parientes.

¿Parientes?

María no tarda en hacerle segunda.

Pero seguramente ustedes no saben muchas cosas de tu hermano…

Se me escapan unas lágrimas que luego me escurren por las mejillas:

No es necesario todo esto… Sólo les pido que me lleven por mis cosas, yo puedo quedarme en un hotel.

Dejo sobre la mesa un billete.

Esto es de lo mío. Las espero afuera.

Ya en la camioneta las agresiones aumentan, pero convertidas en gritos. Comienzo a sentir algo muy parecido al miedo.

María apoya en todo a Karla, quien se muestra cada vez más enfurecida.

¿No quieres oír lo que no te gusta?

No quiero estar aquí… Ya no quiero.

Pues me vas a escuchar… Me vas a escuchar hasta que te canses… Eres como tus hermanos, que nos desprecian. ¿Por qué sienten que son superiores?

Sólo llévame por mis cosas.

Me vas a seguir escuchando hasta que yo quiera.

De repente recuerdo que en la mochila que dejé en su casa está mi computadora.

Tienes que regresarme mis cosas.

No te voy a dar ni madres.

Siempre hay modos… Tienes que devolvérmelas.

¿Modos? No te voy a regresar nada.

Llévame por mis cosas o llamo a la policía.

Quiero ver que lo hagas. Quiero ver que seas capaz…

Saco de mi bolsillo el celular. Dudo un poco en marcar…

¿A quién vas a llamar? —me pregunta María.

Karla, párate. Mejor nosotras le marcamos primero a su madre.

La camioneta comienza a estacionarse frente a un Oxxo. En un descuido de ambas desabrocho el cinturón, abro la puerta y salgo corriendo. Corro con todas mis fuerzas; alcanzo a escuchar sus gritos. Sigo corriendo hasta que no puedo más y me detengo. Cuál será mi suerte que al levantar la mirada me encuentro con un módulo de la policía municipal.

Le explico a un oficial la situación: soy del Distrito Federal, vine a conocer a unos parientes que prácticamente son unos extraños para mí, dos tías me agredieron, tienen mis pertenencias y no quieren regresármelas. Después de solicitar una unidad llegan dos policías y me suben a una patrulla.

No recuerdo la dirección exacta, pero sé que la casa de mi tía está en un fraccionamiento cerca del Casino Caliente. En el camino le llamo a mi madre y le explico la situación. Mis tías ya se habían comunicado antes, pero fue mi padre quien les contestó y les advirtió que las hacía responsables por cualquier daño hacia mi persona.

Mi buena memoria nos lleva al domicilio. Cinco minutos después llegan mis tías, y Karla comienza a gritarme de nuevo.

¿A esto viniste de tan lejos? Mejor te hubieras quedado en tu casa. Aquí nadie te quiere.

Mientras tanto María le dice a uno de los policías que seguramente estoy bajo el influjo de alguna droga porque por la tarde me ausenté misteriosamente. En ese momento ya todo comienza a parecerme más gracioso que trágico; mis tías están locas… No les queda de otra, deben devolverme mis cosas.

Ya con la mochila puesta y antes de que la patrulla deje el lugar, comienzo a correr de nuevo. Es media noche y no hay tantas opciones, así que me hospedo en un pequeño motel de nombre Colón, el cual anuncia orgulloso que tiene “TV a color”.

Me recibe un hombre de unos 60 años que me mira un poco preocupado y trata amablemente de suavizar las circunstancias.

Muy bien… ¿Qué número le gusta, niña? Tengo el 9, el 11, el 12…

El 12 está bien.

Le voy a pedir una identificación.

Sí, no hay problema.

¿Penélope?

El hombre comienza a cantar “Penélope, con su bolso de piel marrón…”, mientras yo me seco las lágrimas y sonrío.

No se preocupe, aquí todo es muy tranquilo. Le entrego su llave y el control de la televisión, señorita.

Una vez instalada en la habitación, llamo a mis padres, quienes me ofrecen cambiar la fecha de mi vuelo de regreso. No acepto. Ya estoy aquí, es lunes, todo estaba planeado para que vuelva hasta el jueves. Siempre he pensado que las cosas pasan por algo. Tengo dinero, no mucho, pero alcanza para un poco de aventura.

Eso sí, no pienso regresar a Tijuana hasta que sea momento de tomar mi vuelo. No quiero más sorpresas desagradables de las que ya he recibido.

 

En plan de turista

Al día siguiente me despierto con los ojos hinchados. Me baño con el pequeño jabón Rosa Venus y marco el número de la tarjeta que me dio el conductor el día anterior. Iré a conocer La Bufadora.

Antes de salir, me dirijo a la recepción del hotel, donde me atiende otra persona. Se trata de un hombre blanco de ojos azules, un poco mayor que el de anoche.

¿Podría darme la dirección exacta de aquí?

Avenida Guadalupe 134, casi esquina con avenida López Mateos. ¿Vendrán a buscarla o le harán un envío?

No soy de aquí, no conozco, y necesito la dirección para que me traigan de regreso.

¿De dónde viene?

Del Distrito Federal

Bueno, pues le recomiendo que no se lo diga a nadie. Aquí no los quieren mucho…

Sí, gracias

Me pongo a pensar: mis parientes no me quieren por muchas cosas que no entiendo y, encima, este sujeto me odia por venir de “la capital”…

Taxi Express envía por mí al señor Carlos, con quien desde un inicio entablo conversación. Él es de Jalisco y su hermano es dueño de la base donde trabaja. Hablamos de muchas cosa: del Distrito Federal, de Ensenada… Yo le cuento la “triste historia” de cómo me quedé sola en el puerto, y él me anima a pasar bien el resto de mis vacaciones.

La Bufadora no es un géiser marino como todos creen. Se trata de la combinación de una cueva, el oleaje y la presión. Más allá del espectáculo que produce la enorme columna de agua, el sonido que emite es impresionante; La Bufadora resopla como un animal enfurecido. Es martes, no hay muchos visitantes, así que somos ella y yo.

De regreso en el centro de Ensenada me decido, de una vez, a visitar por fin Valle de Guadalupe. Es increíble cómo va cambiando el paisaje, del mar y el puerto a los viñedos y los olivos. Don Carlos me cuenta que en esa zona las condiciones climáticas son muy parecidas a las del suroeste francés, aunque a veces un poco más extremas, con una temperatura que en un mes como este, septiembre, puede llegar a los 40 °C.

Visitamos la casa L. A. Cetto. El señor Carlos espera en el taxi mientras yo me uno a un recorrido durante el cual nos muestran las enormes instalaciones y que concluye con una cata de vinos. Compro algunas botellas y un aceite de oliva para mi madre. El chico que me ha atendido se muestra un poco sorprendido de que viaje sola y antes de despedirnos me desea suerte.

Regresamos al centro, al motel Colón. Me despido de Carlos, no sin antes agradecerle todas sus atenciones más allá del servicio.

Me da gusto haberlo conocido… Siempre es grato encontrar personas amables y buenas.

Nada qué agradecer. Pásela bien, señorita. Y no se preocupe, cualquier cosa que necesite, ya sabe que el sitio está aquí enfrente. Ensenada es un lugar tranquilo.

Dejo mis cosas en la habitación, aún tengo ánimos de salir a caminar. No pienso reclamar mis pertenencias que se quedaron en casa de María, por lo tanto aprovecho para comprar de nuevo algunos pequeños regalos. Luego me dirijo a la avenida Ruiz, donde están todos los bares.

No puedo irme sin visitar la cantina Hussong’s, la más vieja de toda Ensenada. Pido una cerveza con Clamato y comienzo a beber sola mientras observo al resto de la concurrencia. Cumplido mi capricho, pido la cuenta y vuelvo al motel a dormir.

De pasada, Puerto Nuevo

Me levanto tarde, como a las 10:00AM. Me baño y acomodo todo. Dejo la llave y el control de la televisión en recepción. Debo volver a Tijuana para abordar mi avión y regresar al Distrito Federal.

Desayuno un aguachile en los mariscos El Primo Nava, que también me recomendó Carlos. Después de comprar de nuevo mercancía de los Xolos en una tienda oficial (no quiero volver con las manos vacías), un taxi me lleva a la Central de Autobuses de Ensenada.

Se me ocurre que en lugar de llegar directo pasaré a Puerto Nuevo, pues mi madre me dijo varias veces que ahí se come una deliciosa langosta con frijoles. En la terminal me explican que ningún autobús va para allá. Lo que queda es pedirle al chofer que me baje en el poblado más cercano y caminar.

La mochila ya comienza a pesarme. Con algo de trabajo me acomodo en el asiento. Vamos sobre la carretera Ensenada-Tijuana cuando, en el kilómetro 54, el chofer me indica que debo bajarme, atravesar un puente para llegar a Primo Tapia, y de ahí buscarle.

Según me dicen, aún estoy lejos. Entonces tomo una calafia (así le llaman al transporte público) que, otra vez, me deja sobre la carretera, la cual debo atravesar. Ya del otro lado, frente a mis ojos está Puerto Nuevo, una tranquila localidad ubicada a orillas del mar.

Entro al único restaurante donde hay gente. Ya son las 6:00PM. Me sorprende el vistoso platillo… Lo disfruto con toda calma. Descanso un poco. Son las 7:00PM y ya está oscuro. Según las indicaciones de los meseros, todavía debo atravesar de nuevo la carretera, tomar una calafia que me lleve a Rosarito, y de ahí otra que me deje en Mesa de Otay.

Ya en Rosarito, antes de subirme al transporte, le llamo a mi tía Juana para despedirme. Ella se ofrece a llevarme al aeropuerto, a lo cual accedo pidiéndole como único favor que no le diga a nadie que estoy de nuevo en Tijuana. Quedamos de vernos justo donde me dejará el transporte, en un Oxxo.

Tijuana, de nuevo

Me siento un momento y saco mi libreta; la había comprado para hacer anotaciones de mi viaje… Por muchas circunstancias se quedó en blanco. Arranco dos hojas para escribirle una carta a mi abuela. En ella le explico que, a pesar de todo, estoy muy orgullosa de mi madre y, por tanto, de ser una Zepeda. Le escribo sólo a ella porque mi abuelo ya murió y jamás pudimos conocernos.

Luego entro al Oxxo y le pido al dependiente que me explique cómo hacer una llamada a la Ciudad de México. Le cuento que soy del Distrito Federal, que estoy esperando a alguien, y le pido que me deje quedarme dentro de la tienda porque ya es algo tarde. Él accede.

Se trata de un jovencito que, según me platica, estudia la preparatoria y trabaja. Cuando le cuento que trabajo en publicidad me pregunta si conozco a algún famoso. Yo sólo sonrío y le aclaro que mis labores no son como él imagina. Además me pregunta si en “la capital” la gente es igual de prepotente porque, al menos en Tijuana, los clientes muchas veces tienen malos modos.

Veo el auto de Juana estacionarse. Con mucho trabajo me pongo la mochila en la espalda y tomo todas mis bolsas. Antes de irme le dejo al muchacho una tarjeta de presentación y una del metrobús.

¡Por si un día vas a la Ciudad de México! ¡Muchas gracias por todo, de verdad!

¡Hasta la vista, Tijuana!

En menos de 10 minutos ya estamos en el Aeropuerto Internacional General Abelardo L. Rodríguez. Con lágrimas en los ojos me despido de Juana.

Bueno, tía, las cosas no salieron como esperaba. A veces así pasa… Nunca conocí a mi abuelo, pero al menos ya estuve aquí, donde nació mi madre. Me da gusto que estés feliz, que estés bien. Por favor, le das esta carta a mi abuela.

También estoy agradecida con Juana y con su esposo por los buenos momentos. Sé que ella no puede llevarme a su casa, pues podríamos meternos en problemas con el resto de la “familia”. Por eso mismo decidí pasar mi última noche en el aeropuerto. Además me daba miedo hospedarme en un hotel, quedarme dormida o tener algún contratiempo y perder el vuelo.

Dormito un poco abrazada a mi mochila. Qué diferente es todo de cuando salí del Distrito Federal.

El personal del aeropuerto revisa meticulosamente mi equipaje. Al momento de documentar me doy cuenta de que mi mochila pesa 13 kilos, mismos que anduve cargando mientras caminaba por lugares que nunca antes supe que existían.

Abordo el avión con rumbo a la ciudad de México. Nos piden abrochar nuestro cinturón; estamos a punto de despegar. Dejo escapar un suspiro que estaba contenido en mi pecho… Tantos años esperando este viaje y nada salió como estaba planeado. Sin embargo, aprendí mucho. No soy la misma que cuando llegué aquí.

No cabe duda: todo tiene una razón de ser… y el que busca encuentra.

* Texto finalista del Premio Bengala-UANL 2013, cuyo jurado fue compuesto por Andrés Ramírez, Yuri Herrera, Diego Enrique Osorno, Gael García, Kyzza Terrazas y Gerardo Naranjo.

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