¿Cómo es el búnker donde unos reporteros de nota roja se convirtieron en corresponsales de guerra?

La llamada recibida poco antes de las cinco de la mañana informaba acerca de un 51 ocurrido al interior de un table ubicado sobre la calzada Madero del centro de Monterrey, muy cerca del lugar en el que se encontraban Yadira y su camarógrafo esperando los acontecimientos policiacos del día. Desde la esquina de las avenidas Padre Mier y Constitución, los periodistas abordaron el coche de la televisora para la que trabajaban y se dirigieron por la calle Zuazua, rumbo al centro nocturno Azul Tequila.

En realidad, la noticia ya no era tan sorprendente para una ciudad acostumbrada a lo peor: desde el inicio de la guerra entre los cárteles de la droga en el estado, diversos bares y centros nocturnos habían sido blancos de numerosos ataques de este tipo. La ubicación de la Avenida Constitución y Padre Mier de la que Yadira y su camarógrafo partieron, en el centro de Monterrey, es conocida como “Punto Sierra” y aproximadamente desde el 2003 es el sitio de reunión de la mayoría de los reporteros.

Mientras se trasladaba al lugar de los hechos, la joven reportera pidió a sus jefes que enviaran una unidad móvil al Azul Tequila para realizar su transmisión en vivo en el noticiero matutino. También se comunicó con el resto de los periodistas de la fuente policiaca. A partir del 2011 en Monterrey, los periodistas ya no llegaban solos a un evento de este tipo. La brutal realidad había hecho olvidar las primicias noticiosas. “Llegamos en pocos minutos al lugar que ya habían acordonado, incluso ya estaban los de la Policía Regia en el sitio. Habían asesinado a un hombre y las cosas estaban aún muy calientes. Poco a poco llegaron todos los compañeros, y me sentí un poco menos desprotegida, pero sabía que igual era vulnerable”,recuerdaYadira.Consu micrófono en una mano y su teléfono celular en otra, buscó testigos que le proporcionaran información acerca de los hechos, -aunque para ese entonces ya poca gente se atrevía a hablar con los medios de comunicación por temor a las represalias del crimen organizado- y comenzó su transmisión en vivo en uno de los noticieros matutinos más vistos de Monterrey.

No pasaron ni diez minutos cuando yo ya estaba entrando al aire. Hago lo normal, saludo y empiezo a dar la información de los hechos. Se trataba de un muerto que tenía menos de una hora de haber sido asesinado por hombres armados que ingresaron al table Azul Tequila. Era algo que ya se estaba haciendo normal. Y me refiero a los muertos. Era una etapa muy difícil y de extremo peligro para nosotros. Pero esa vez me sacaron el susto de mi vida cuando de repente los pistoleros regresaron. Yo no había visto que llegaron en una camioneta, se bajaron y me apuntaron desde metros de distancia, me gritaban: ‘córtale culera, córtale o te va a llevar la chingada, te vamos a cortar la cabeza’. Yo primero me paralicé y no sabía qué hacer. Claro que le corté, pero todavía yo de pendeja, muy propia, di las gracias a la audiencia y me despedí”. Yadira se ríe de sí misma, “pero salí disparada corriendo para donde se me ocurrió y mi camarógrafo igual. Me metí a ocultarme en una sala de masajes en la calle Reforma y él se metió debajo de un carro. Porque los tipos seguían dando vueltas a la manzana a bordo de la camioneta. Me dio mucho coraje porque los de la Policía Regia se reían, en lugar de ayudarnos”, relata, en medio de una tediosa espera en el Punto Sierra.

Sin embargo, el ánimo de la joven no decae, siempre tiene una sonrisa en sus delgados labios maquillados de rosa y, mientras juega con su larga cabellera café rojizo, presume que para llegar todos los días con el pelo planchado y embellecida debe despertar a las tres de la mañana. Hoy viste un sencillo pantalón negro, blusa blanca y saco negro con el logotipo de la empresa, y unas cómodas botas de mediano tacón. Yadira no es su verdadero nombre, pero por razones de seguridad, la reportera prefiere que se use un seudónimo.

Según cifras del 2013, México y Honduras son los países de Latinoamérica que ocupan el primer lugar como zonas de riesgo para que los periodistas ejerzan su labor. La asociación Reporteros sin Fronteras ha publicado en su página de internet que en el 2011 fueron asesinados cinco periodistas en México, ocupando el lugar número 13 a nivel mundial. En el 2012, la cifra subió a seis reporteros privados de la vida a causa de su labor periodística. Claro que hay que tomar en cuenta que Reporteros sin Fronteras no incluye a todos los trabajadores de la información en sus reportes, sino tan sólo a los reporteros acreditados oficialmente. La asociación civil Nuestra Aparente Rendición, por su parte, tiene un registro de 127 periodistas asesinados en México del 2000 al 2012.

II

Es martes en la mañana y el día se antoja tranquilo en el Punto Sierra. De igual forma, los reporteros de la fuente policiaca empiezan a llamar a sus fuentes para conocer la situación de la ciudad. No vaya a ser que se les escape una nota. Al llegar al punto de encuentro después de haber dejado a sus dos hijas en un colegio en Guadalupe, Marco se asegura de acomodar su coche bajo la sombra del único árbol que hay en ese espacio pavimentado. Refunfuña: “esta sombrita está bien peleada porque todos estamos aquí todo el día”. El intenso calor que inunda Monterrey al inicio de cada verano desata en cualquiera un espíritu de supervivencia. Marco pone su coche detrás del de un fotógrafo que llegó una hora antes a estacionarse frente al viejo encino. Recargado sobre el cofre del Chevy rojo de su compañero de la lente, advierte que las cosas han cambiado en los últimos años. En el pasado las coberturas se hacían a bordo de las ambulancias y la ciudad era mucho más pequeña. El reportero cazaba cualquier nota mientras se fuera a publicar, desde un atropellado o un asalto, -delito que era más común y de mayor intensidad- hasta los accidentes y homicidios que se llegaban a suscitar esporádicamente. Ahora los reporteros no cubren todos los choques. Van dependiendo de si están buenos, es decir, de la cantidad de muertos que haya en el incidente.

Antes del 2007 un homicidio era una nota digna de seguimiento hasta por un mes. Una ejecución era todo un acontecimiento que regularmente sucedía en zonas despobladas. La investigación seguida a detalle por los medios de comunicación los llevaba a presenciar las declaraciones ante el Ministerio Público así como las presentaciones de los indiciados y así obtenían, dato tras dato, día tras día, toda la información del evento hasta que el caso quedara resuelto.

Durante años, Marco –cuyo nombre tampoco es verdadero- fue el único repo tero en el diario en que labora, en cubrir este tipo de eventos. Cuando había un asesinato y una investigación, en el turno que fuera, tenía que acudir a cubrir el hecho, pues contaba con los contactos y la experiencia para hacer la crónica completa. A sus 40 y tantos años luce conservado. Es alto y robusto, con una cabellera medio larga y plateada. Su cara ancha y rojiza da conformidad a su boca y ojos pequeños y redondos, que son bordeados por algunas patas de gallo que ya se le notan cuando sonríe. Su nariz es larga y respingada. Al igual que los compañeros del medio para el que trabaja viste de manera formal. Pero Marco se distingue por usar siempre pantalones de pinzas en colores beige y gris, y camisa impecablemente blanca y perfectamente planchada; sus zapatos son de vestir y relucientes. Realmente es todo lo opuesto a lo que se espera de un reportero policiaco que lleva casi 25 años cubriendo esa dura fuente.

Hace muchos años buscaba llegar antes que todos al lugar de los hechos, tener la mejor foto y la información más completa. Si sabía de algo que los demás medios no supieran, se quedaba con la primicia y codiciaba su información. Así era antes la competencia. Pero en el 2006, cuando la delincuencia aún no arreciaba en Monterrey, le tocó cubrir noticias en Nuevo Laredo y descubrió la otra faceta de la guerra contra el narcotráfico. En la cobertura de un asesinato le dijo a un compañero de allá que fueran a ver el caso de ese día, a darle seguimiento, tras lo que su amigo le contestó que no, que allí las cosas no se hacían de esa manera. Solamente relataban lo que se iba dando a diario porque no les daba para más. Los muertos eran el pan diario, cuenta Marco. Poco después, esa misma violencia llegó a Monterrey y tuvo que acostumbrarse a trabajar de forma tan precaria, como todos sus colegas del Punto Sierra. Mientras me cuenta lo interrumpe una llamada: “¿Cuál es tu 12?”, pregunta Marco por radio a su interlocutor, un reportero de otro medio. Quiere saber cuál es su ubicación. Los de la fuente policiaca están tan inmersos en su argot que regularmente hablan en claves. Marco le avisa que lo espera en la esquina de la tienda de conveniencia para comer. “Yo estoy en Sierra, vente para hacer siete”.

III

La esquina en la que se sitúa la tienda de conveniencia Seven Eleven es el punto de reunión al que el alfabeto radiofónico -lenguaje utilizado internacionalmente en radiocomunicaciones de transmisión de voz en la marina y la aviación- le dio su nombre. En éste, las letras del abecedario están representadas por palabras: Alfa es la A, Bravo es la B y así en orden alfabético, hasta la S que es representada con la palabra Sierra. El Seven, su estacionamiento y hasta el pequeño árbol de esa esquina bajo el que Marco deja su coche cuando llega temprano, son parte del Punto Sierra.

A las ocho de la mañana es el cambio de turno. Los reporteros que cubren la fuente en el horario nocturno se van a ocupar las sillas de las redacciones. Su misión es escribir los hechos que reportearon desde las diez de la noche. Ahora les toca a los de día seguir con la cobertura de accidentes viales y domésticos, pleitos, riñas, asesinatos y otros enfrentamientos. A un costado de sus vehículos estacionados sobre la acera de Padre Mier, reporteros, fotógrafos y camarógrafos esperan ansiosos el suceso que los saque de su soporosa rutina y que les eleve la adrenalina a la que se habían acostumbrado durante los últimos años en los que la violencia en el estado se incrementó al cien por ciento. Es complicado ser reportero de policiales si no te gusta la adrenalina.

Sin importar camisetas o las líneas editoriales de sus respectivos medios, la mayoría de ellos comparten el pan y la sal en un reducido espacio en el interior de la tienda. En ocasiones traen su almuerzo y en otras compran sus alimentos en los comercios de los alrededores. “Vamos a comer, porque aquí de repente sale un movimiento y nos quedamos con el almuerzo ahí sin comer”, pregona Marco.

Lupita, la cajera del Seven Eleven, los saluda amablemente como si los conociera de siempre. Conoce su rutina: llegan a los refrigeradores, toman un refresco, después se dirigen a una barra metálica color plateado en la que hay dos hornos de microondas y algunos dispensarios de servilletas. Aunque los dispensarios están vacíos porque el nuevo gerente no los quiere y desde que llegó quitó las servilletas, las cucharas y todo lo que había, para que ya no comieran allí; lo que al parecer no fue una medida demasiado eficiente. Aún vienen cuadrillas de albañiles, servidores públicos y hasta las secretarias de las oficinas de por aquí a calentar su lonche. Marco trajo un sándwich preparado por su esposa que también trabajó en la policiaca, pero que dejó el oficio para dedicarse a cuidar sus dos niñas que ahora tienen 12 y 14 años. El menú general entre los demás compañeros es igual de práctico: tacos y sándwich. Entre ellos se convidan y también aprovechan para compartir los sucesos más recientes. En algún momento pueden llegar a estar más de diez reporteros desayunando en el espacio de dos metros por tres. Las cámaras, las mochilas y laptops descansan en un rincón.

La primera impresión que dan es la de una camaradería de años, de esas que existían en las redacciones de los periódicos más antiguos. Entre bromas y albures no dejan de lado su trabajo y platican acerca de las más recientes ejecuciones. El resto de la clientela parece no asustarse al ver a tantos representantes de los medios en un solo lugar, departiendo tan plácidamente. “De hecho, llegan y los saludan, nos conocen porque nos ven a diario, ni sabemos cómo se llaman, pero son caras conocidas”, dice uno de los fotógrafos de un periódico.

El reportero hace un nuevo recorrido por sus fuentes. Llama a la Cruz Roja, a la Verde y a la Policía, pero nada, ya casi es medio día y no ha salido una sola nota para mandar a la redacción. Prosigue con la charla. Describe una cobertura en el municipio de General Treviño, un muerto por delincuencia organizada. Ese día los periodistas viajaban en caravana y fue lo que los salvó. Transitar acompañados de las televisoras que llevan coches con logotipos es favorable para todos, pues en caso de encontrarse con algún grupo delictivo, son identificados y no los confunden con elementos del grupo contrario.

En aquella búsqueda del lugar de los hechos, los reporteros pararon en un poblado para obtener información sobre cómo llegar, pero se encontraron con un pueblo fantasma en donde ni si quiera la Presidencia Municipal estaba abierta. Tocaron a la puerta principal y un guardia se limitó a abrir una rendija por donde se asomó con semblante tembloroso. El hombre dijo no saber nada al respecto, y de inmediato volvió a encerrarse. Estaba muerto de miedo. Después de dar con el lugar y tomar las gráficas necesarias, los reporteros fueron advertidos por un representante del Ministerio Público que les dijo que tomaran sus fotos y se fueran de inmediato porque por ahí andaban dos grupos armados contrarios. Regresaron a toda prisa a Monterrey. “Y en eso, que nos topamos con un convoy de hombres armados, pero vieron que éramos reporteros y no hubo pedo.

Más tarde nos enteramos que hubo un enfrentamiento entre los dos grupos y quedaron seis muertos”. Era la época en que todos los periodistas viajaban juntos como medida de protección. Si salían de Sierra y alguno de ellos no se encontraba en esa esquina, acordaban verlo poco antes de llegar al lugar de los hechos. Pero claro, advierte Marco, los jefes aún al día de hoy no lo saben del todo, o se hacen los que no saben. Ellos no son los que se arriesgan.

Al terminar de contarme la anécdota de General Treviño, le avisan de algunas detenciones. Transmite la información al sitio web del periódico por teléfono y posteriormente elabora la nota en su laptop y la envía a la redacción sin despegarse de su asiento. Mientras hace su trabajo, un fotógrafo presente describe la esquina como un espacio que estratégicamente articula muchas actividades, cientos de personas que convergen en diversos ámbitos.

IV

Los reporteros llegaron a Sierra aproximadamente desde 2003. Cuenta la leyenda que el periodista Antonio Plascencia se paró a comprar refrescos y notó que era un punto central, del que podrían moverse fácilmente a cualquier suceso. Tenía la facilidad de estar conectado con todas las avenidas principales: Constitución, Morones Prieto, Revolución, Garza Sada y Cuauhtémoc. Aunque eso cambió un poco desde el huracán Alex, cuando las vialidades se vieron afectadas y que tanto Constitución como Morones Prieto se volvieron de sentidos únicos y opuestos. Pero ellos siguen ahí por costumbre. Antes, la usanza en los reporteros policiacos era ubicarse cerca de las fuentes que cubrían. Los únicos que se ubicaban en un lugar externo eran los periodistas de la noche, quienes a lo largo de su historia se han situado en cuatro puntos diversos en el centro de Monterrey. Hace 20 años iban al cruce de Humboldt y Venustiano Carranza, a aguardar las noticias nocturnas. Años después se empezaron a reunir en Venustiano Carranza y Ruperto Martínez, donde se ubicaba la Policía Regia que antes llamaban Brigada Nocturna y estaba una dependencia de la Cruz Verde. Con el tempo, se mudaron a la Alameda, a un lado de la parada de una ambulancia de la Cruz Verde que acompañaban en sus traslados. Hasta que finalmente se movieron al Seven Eleven de Ocampo y Pino Suárez, donde esperan cada noche, después de que sus colegas se mudaron al Punto Sierra.

Otro periodista interrumpe la charla y pide que no se mencione el punto en que se reúnen. Desde el inicio de la era de la delincuencia organizada en la región, se han vuelto sumamente cautelosos en sus hábitos de seguridad. Pero el fotógrafo le recuerda que eso ya no importa porque hasta los cárteles saben de su ubicación: “por aquí pasó el otro día un convoy de camionetas, todos armados, redujeron la velocidad y se nos quedaron viendo, pero siguieron avanzando. Han venido a comprar cocas aquí al Sierra y nomás nos ven, serios, pero tranquilos y no nos dicen nada”. En julio de 2011, llegó un hombre a bordo de una camioneta para avisarles que en Felix U. Gómez estaban colgando unas narcomantas. “Fuimos, tomamos las fotos e hicimos transmisiones y todo. Pero de repente nos percatamos de que el hombre de la camioneta estaba allí, preguntándonos ‘¿ya las tomaron? ¿Pero las tomaron bien y todo?’. Resulta que era de los mismos narcotraficantes, o esocreemos. Aunque así también llegan ciudadanos a avisarnos de accidentes o de enfrentamientos en proceso.”

V 

Un miércoles en la mañana, en la esquina de Sierra, bajo la sombra del encino y sentado sobre su automóvil, el fotógrafo del Chevy espera a Marco. Una mujer de unos 30 años baja de un camión en la parada ubicada sobre Constitución, camina al centro del estacionamiento hasta donde se detiene un coche Altima color azul, conducido por otra mujer de la misma edad.

La primera se sube, por lo que el fotógrafo supone que todos los días le da raid al trabajo. El lugar también es sitio de intercambios mercantiles: en los cajones de estacionamiento hay una compra-venta en proceso. Un hombre que llegó en una camioneta Explorer blanca le vende un tocadiscos antiguo a otro vestido con ropa formal que arribó en un Sentra rojo. Regularmente los comerciantes de Mercado Libre toman este punto para entregar y cobrar productos. El movimiento a esa hora, dentro y fuera del establecimiento, es continuo y es inducido por la gran cantidad de oficinas y negocios que se localizan alrededor, en El Barrio Antiguo y en los Condominios Constitución. Llegan hombres y mujeres de todas las edades, vestidos con ropa formal de oficina o con atuendo relajado, así como amas de casa y señores que llegan por el periódico y el café para poder despertar en esta mañana calurosa.Acostumbrados a seguir historias ajenas, los reporteros conocen las de algunas mujeres que llegan al lugar en compañía de un hombre del que se despiden cariñosamente, mientras que minutos después arriba otro igual de cariñoso por ellas. En la acera de enfrente hay estacionadas tres grúas de Garage y Talleres, que esperan el llamado a algún servicio. Más adelante, en la esquina con Florencio Antillón, se ubican los autos de distintas aseguradoras que también toman este punto para partir a los llamados de sus clientes. “Antes se paraban aquí con nosotros, pero desde hace como dos años, se detienen allá en la esquina. Pensaron en ponerse lejos de nosotros, no fuera a ser que nos avienten una granada o nos rafagueen y les toque a ellos”, confiesa el fotógrafo.

Marco llegó ese día transmitiendo información a su medio vía telefónica. Venía de un accidente del que le avisaron cuando dejaba a sus hijas en el colegio. Si antes acudían sólo a los homicidios,desde el 2007, todos los reporteros de la sección tuvieron que unirse a esa labor. La actividad diaria era tan intensa que ya no se daban abasto y los iniciados que no tenían contactos para ello, buscaron sus propios informantes. Aprendieron ciertas medidas de protección por instinto. No hubo un curso de cómo trabajar en medio de la delincuencia que vivía el estado. A diferencia de los famosos corresponsales de guerra que se miran en películas, estos trabajaban en una guerra sin un frente preciso, colmado de balas cruzadas. La única herramienta que les fue proporcionada fue un chaleco antibalas que ahora aguarda en las cajuelas de sus coches por si acaso los enfrentamientos arrecian de nuevo, “y es que sí ha tocado que se den enfrentamientos, disparos cuando estás ahí en una cobertura. Llegas a un evento, a algo que ya sucedió, pero regresaban o surgía otro problema”, cuenta Marco .Aún en estos días, el sector de la Independencia es zona de peligro en las coberturas. Cuando se dirigen a un punto caliente se colocan en lugares que los mantengan protegidos de las balas que puedan llegar desde lo alto del cerro, con la intención de amedrentar a los policías. De 2012 a 2013, desde que disminuyó ligeramente la violencia en la ciudad, ya no todas las coberturas son en equipo. Si alguno se entera de un hecho en proceso, argumenta ante los demás que tiene que ir al baño o que le llamaron de su redacción, como pretexto para retirarse de Sierra y ganar la nota a los demás. Aunque más tarde todos se lo encuentran en el lugar de los hechos.

VI 

La mañana del jueves pasa similar a las anteriores, entre el tedio y el calor de Monterrey, pero los relatos siguen. Sí tienen poco trabajo, admite Marco, pero no es porque la violencia haya terminado. Sólo está maquillada desde las elecciones presidenciales. “Fue muy evidente que 15 días antes de las elecciones disminuyó notablemente. En las noches no había nada absolutamente, cuando estábamos acostumbrados a amanecer con cuatro, cinco o seis muertos. Pasaron las elecciones y otra vez empezaron poco a poco hasta que se fueron para arriba”. En el transcurso del año, los enfrentamientos entre las bandas no han sido tan constantes y el ejército ya no tiene tanta presencia en las calles, ya no lo buscan como lo hacían antes, cuando los detenían o los enfrentaban. Ahora sólo salen para recabar información cuando pasa algo.

Mientras revisa su Twitter, Marco afirma que las publicaciones en el tema de seguridad se han omitido por indicaciones propio Presidente de la República, pero que eso no significa que la violencia haya terminado en Nuevo León. De pronto, reportan un 51 en Santa Catarina. Rápidamente avisa al fotógrafo sobre el hallazgo de un hombre sin vida. En el trayecto, mientras conduce, llama por teléfono a sus fuentes para conseguir la ubicación exacta del cadáver. Debido al ruido del tránsito de la congestionada vía y al sonido de los radios que no paran de sonar, apenas alcanza a escuchar que el cuerpo se encuentra cerca del parque industrial de la carretera a García.

Buscando en los alrededores del parque, se detiene en un estrecho camino que lleva a la calle José Eleuterio González. Al fondo se ven las luces de las unidades de policía con sus torretas azules y rojas. El lugar está siendo acordonado por una mujer policía para impedir el paso de periodistas y curiosos.

Ya se encuentran allí los investigadores de la procuraduría, -reconocibles por sus vehículos claros sin placas- así como los hombres de blanco que trabajan en el área recolectando evidencias y subiendo el cuerpo del difunto a la camioneta del Servicio Médico Forense (SEMEFO).

Marco y su fotógrafo conocen bien la mecánica de estos acontecimientos y se mantienen al dentro de la distancia impuesta por las autoridades en los casos de homicidios, pero advierten que hay veces en las que no les importa y antes de que pongan la cinta se pasan a tratar de tomar la foto de cerca. Antes, los policías no eran tan escrupulosos, pero desde que se vino toda la violencia los tratan como si estuvieran haciendo malo. Marco pide datos de la persona asesinada a las fuentes oficiales presentes. En un corralón ubicado a un costado de la angosta vía abandonaron el cuerpo de un hombre de aproximadamente 35 años, maniatado, con alrededor de siete días de haber muerto por impacto de bala en la cabeza. Parados bajo el intenso sol, a 40 grados de temperatura, los reporteros aguardan el ingreso del cadáver a la camioneta del SEMEFO durante más de una hora, sólo para captar la imagen deseada.

El camino de regreso es infinitamente más relajado. Marco enciende el estéreo del coche y los Cadetes de Linares cantan la de Nave 727 ̧que trata sobre El Señor de Los Cielos, Amado Carrillo. El fotógrafo silba al ritmo de la música. Después de redactar su nota y enviarla al periódico, Marco pide dos hotdogs al joven que algunas tardes coloca su carrito de jotchos junto al arbolito de Sierra, y mientras le pone cátsup y mostaza a su comida, recuerda que previo al reciente periodo de violencia, ya había amenazas provenientes de comandantes de la policía ministerial por alguna publicación en la que se sintieran señalados. Pero sabían que no pasaba nada. Repentinamente dieron inicio las advertencias fuertes, las pesadas, en las que con una llamada a su Nextel, una voz amenazadora les decía todo lo que les iba a pasar. Les indicaban paso a paso lo que les iban a hacer, antes de quitarles la vida. Los de la fuente policiaca se dieron cuenta de que miembros de las bandas de crimen tenían sus ID’s y que aunque los cambiaran, los volvían a obtener, por lo que empezaron a desconfiar de sus propios colegas, pensando que la información se podía estar filtrando desde el interior del gremio.

Por ejercer su trabajo de forma honesta nadie ha padecido una agresión grave en Nuevo León, asegura Marco. “Como mencioné, ha habido situaciones que se dieron al llegar a la cobertura, como levantones transitorios y robo de equipo, pero que alguien tome represalia por nuestra labor, no. Las amenazas sí han estado y fuertes, pero por fortuna no han pasado de eso”. Aunque empezaron a maximizar las precauciones en su ruta al trabajo. Llegaban a los eventos a velocidad moderada, con las luces intermitentes y las internas encendidas, pero eso no les eximía de ser encañonados por los propios policías estatales, federales e incluso militares en su cobertura, con el riesgo de que a alguien se le fuera un tiro.

El 10 de mayo de 2008, el reportero de Tv Azteca, Gamaliel López, desapareció junto con su camarógrafo, Gerardo Paredes. Fue el único periodista desaparecido durante el conflicto que se desató en el 2007, bajo la presidencia de Felipe Calderón Hinojosa. Hasta el momento no se sabe cuál fue su destino. Gamaliel hizo guardia también en el Punto Sierra en algunas ocasiones.

VII

El miedo ha llegado a permear la vida personal de Marco. Toma sus precauciones cuando recibe amenazas y prefiere mantener a su esposa y a sus hijas al margen de sus actividades. “La última amenaza que tuve, pensé que si debía sucederme salgo, prefería que me pasara sólo a mí. Tenía que salir a unos compromisos con la familia y les dije: ‘ustedes váyanse en la camioneta y yo me voy en mi carro’. No podíamos faltar, pero tampoco podíamos arriesgarnos, así que me fui en un coche diferente por si sucedía algo en el camino.” No es vivir a salto de mata, asegura, pero sí se ha vuelto más cuidadoso y observador en cada lugar al que va.

Este año han continuado los asesinatos de periodistas en México. El director del portal Ojinaga Noticias de Chihuahua, Jaime Guadalupe González, falleció después de un ataque en el que recibió 18 balazos, cuando se dirigía a su oficina. La Fiscalía General del Estado de Chihuahua informó que el comunicador fue ultimado cuando viajaba en su vehículo, acompañado por una mujer que resultó ilesa. Los casquillos encontrados en el lugar del crimen eran calibre 5.27 x 38, que pertenecen a una pistola escuadra, mejor conocida como “mata policías” porque atraviesa todos los chalecos antibalas.

Como cada viernes por la mañana, Marco y el fotógrafo van por barbacoa a una taquería en la colonia Independencia, para compartir el almuerzo con los demás compañeros de la fuente. En una ocasión llegaron unos tipos, recuerda Marco, mientras prepara su primer taco sobre la barra plateada del Seven. Traían una cantidad indeterminada de fotos que ofrecieron regalar a “la raza” de Sierra, en las que se mostraba una riña en el interior del penal. Les aconsejó no aceptarlas. Si alguno de ellos las hubiera publicado, los del cártel contrario hubieran pensado que los periodistas estaban coludidos y las represalias habrían iniciado.

La taquiza hizo menos tediosa la espera por algún evento durante la mañana del viernes. Por la tarde fue reportado al Nextel de Víctor, el periodista de la tarde del mismo medio, un 19 en proceso. Sucedió un accidente en avenida Constitución a la altura de Liverpool. Una camioneta blanca de doble cabina recibió un cerrón de un coche que venía por el carril exprés y cuyo conductor trataba de incorporarse a la circulación normal. La camioneta volcó y quedó sobre dos carriles, resultando levemente lesionado el conductor. Los reporteros llegaron en cuestión de minutos al lugar y estacionaron su automóvil delante de la ambulancia de la Cruz Verde. Primero se avocaron a captar imágenes de las maniobras de los paramédicos que aseguraban al herido a la camilla en la que sería trasladado a un hospital. Una vez conseguidas las fotos principales, voltearon sus lentes hacia los vehículos siniestrados y solicitaron información a los elementos de tránsito que realizaban el parte informativo. Entrevistaron de forma breve al responsable, mientras se formaban largas filas de coches que transitaban a vuelta de rueda debido al pequeño espacio que quedó en la vía obstaculizada por el accidente. Después se devolvieron a su punto de encuentro perpetuo, en espera de un nuevo accidente que no faltaría en producirse, como cada viernes en Monterrey, en la larga espera que forma el meollo de su trabajo cotidiano como reporteros de nota roja.

VIII

Para Yadira, tener novio o casarse sería muy complicado si quiere seguir trabajando en la nota roja. Cada noche, mientras cena con sus padres, empieza a cabecear de sueño sobre su plato antes de las diez. Levantarse todos los días de madrugada y llevar un ritmo de vida tan intenso le provoca cierto desgano para buscar una pareja, y de todas formas, no sabe a qué hora la vería. En general, los reporteros policiacos tienen una vida personal bastante complicada, entre los largos horarios de trabajo y los precarios sueldos que perciben en comparación con los riesgos de su empleo. De hecho, son una de las profesiones con la mayor tasa de divorcios. Los reporteros de los medios impresos, llámense ABC o El Porvenir, ganan entre diez y 12 mil pesos al mes. Los de El Norte, Milenio y El Horizonte, según la antigüedad y la labor reporteril que realizan, pueden llegar a cobrar entre diez y 20 mil pesos. Los de televisión perciben entre diez y 15 dependiendo de la sección que cubran, todos con jornadas de cuando menos 12 horas. Además, los sucesos a los que en ocasiones se tienen que enfrentar resultan a la larga un motivo de riesgo para quienes comparten sus vidas. En este mundo de hombres rudos, las mujeres están particularmente expuestas.

Cuando el conflicto arreciaba en Monterrey, Yadira recibió una llamada amenazante por realizar un reportaje sobre las acciones del ejército mexicano en el estado. “Ese día yo estaba en la cocina de mi casa, mi papá se encontraba en la sala y escuchó todo porque contesté por el altavoz del Nextel.

¿Te imaginas? Me llamaron a mi Nextel, tenían todos mis datos y me lo dijeron. Me reclamaron por hacer la nota sobre el ejército y me dijeron que me iba a llevar la chingada, que me iban a matar. Mis papás se asustaron tanto que se fueron a vivir a un hotel por un mes. A mi papá le dio vitíligo a raíz de eso y nuestras vidas cambiaron mucho”. Además del riesgo implícito que existe cuando un reportero realiza su labor periodística en la cobertura de un hecho delictivo en Nuevo León, tiene que lidiar con la suspicacia de sus colegas cuando llega con demasiada anticipación a cualquier evento de este tipo. Aunque cada uno tiene sus propias fuentes de información, siempre existe cierta duda acerca de la legalidad de estas y de la posible connivencia del periodista con sus fuentes informativas, así que para evitar ser vistos como sospechosos, los periodistas de nota roja comparten de vez en cuando la información obtenida de primera mano con sus colegas, y cuando es muy duro el caso, aún se desplazan en grupo para la cobertura informativa de los sucesos. Para muchas personas la guerra contra el narcotráfico desatada por Felipe Calderón en 2006 significó una variación intensa de su actuar diario, pero para los periodistas de nota roja de la ciudad representó un verdadero cambio de vida.

Recargada sobre la barra metálica del Seven, Yadira suspira. Le entusiasma su trabajo y está segura que sólo con pasión se puede ser un verdadero reportero. Aunque está consciente de que es tan capaz como el resto de sus compañeros periodistas, admite que hay ocasiones en que la soledad que queda al final del día le provoca lamentar la falta de una pareja con quien compartir.

Son tantas veces las que ha sido encañonada, que al recordarlo literalmente tiembla. Se coloca las manos en las mejillas contando la forma en que lloraba y la crisis por la que pasó cuando llegó con dos camarógrafos a realizar un reportaje en un terreno ubicado a un costado del río Santa Catarina. Hacían su nota sobre un auto abandonado, cuando escucharon súbitamente un escandaloso frenón de un grupo armado que vigilaba esta parte de la ciudad. A ella sólo la encañonaron, pero no la golpearon ni le quitaron sus pertenencias como a sus compañeros. Aunque el miedo la ha obligado a ser cautelosa y a no bajar la guardia, sigue reporteando los sucesos más peligrosas de toda la ciudad en compañía de su camarógrafo, y en ocasiones, de los demás reporteros policiacos que se reúnen cada mañana en el Punto Sierra, en espera de que suceda algo nuevo que los saque de su estupor y los lleve a algún lugar de Nuevo León, a contar lo que otros no se atreven a contar.

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