Texto e ilustración por Óscar Hernández

Un sábado abordamos el camión Ruta 100 en el ramal que nos llevaba desde la estación del metro Indios Verdes hasta el metro Revolución por toda la avenida Insurgentes. La ruta iba más lejos, pero mi hermana y yo bajábamos antes, en la avenida San Cosme. Al abordar la unidad vi cuatro manchas negras al fondo del vehículo. Se movían y chocaban entre sí; se gritaban palabras, cantaban canciones, olían a tabaco, mota y a gasolina. Uno de ellos se acercó a nosotros y nos dijo que no tuviéramos miedo, que ellos iban a bajarse antes. Había algo en su forma de hablar que inquietó a mi hermana. Cuando reparé en el tipo, inmediatamente identifiqué su atuendo. Era un punk y venía con otros tres que se dirigían al tianguis cultural del Chopo, ubicado en la calle Aldama, a espaldas de lo que en ese entonces era la estación del tren de pasajeros en Buenavista. Un chavo con menos suerte que la nuestra intentó descender del camión al momento en que un punk lo sujetaba de la muñeca. Le pedía amablemente que se despojara de su reloj porque ya se les había acabado la gasolina que venían inhalando; sí, por increíble que parezca, andaban aspirando combustible. Mi hermana me sujetó de la camisa y en un movimiento rápido, sin saber cómo, descendimos de la unidad. El chavo no pudo bajar y quedó a merced de los punks. Desconozco que habrá sido de él, pero una cosa es segura: su reloj no llegó a casa ese día. Mi hermana, temblando, sostuvo mi mano mientras esperábamos el siguiente transporte.

El punk imponía respeto y miedo a la vez. Así vivía, siempre en el último asiento del camión, siempre al límite, intentando destruirse porque era la imagen viviente de la filosofía de lo marginal al no tener opciones y saberse carente de oportunidades. El punk aborrecía cualquier forma de representación del sistema. Casi siempre se le miró como un gran ícono de la contracultura. Me viene a la mente una frase que leí hace muchos años en una chaqueta de cuero de un punk. Decía: “Analiza tu persona, no la mía.” En el barrio encontraba lo fundamental para vivir. Se juntaba con otros iguales que se sabían parte de la marginalidad. Las pandillas rápidamente absorbieron a los punks y pronto se vieron entre los chavos banda, repartiendo madrazos por doquier, imponiendo respeto, viviendo al límite.

Cierto día, varios morros andábamos sin nada que hacer. De pronto escuchamos que había un borlote en la colonia Estrella y presurosos quisimos ir a ver con nuestros propios ojos lo que estaba ocurriendo. De lejos se veía una suerte de tarimas sobre tambores de aluminio, una batería improvisada y un par de amplificadores; muchas crestas, chamarras de piel con estoperoles, botas y pantalones cuadrados bailaban con frenesí en el slam; el vocalista se desgañitaba. Era un auténtico toquín punk, una tocada marginal que parecía más un ritual azteca por la luz amarilla plástica del poste del alumbrado público. Varios punks y chavos banda iban y venían con bolsas de cerveza, algunas chavas traían minifaldas y otras pantalones súper entubados, unos andaban sentados en la banqueta inhalando cemento y solventes. De la nada aparecieron dos patrullas y varias panels. De ellas descendieron los elementos del orden, quienes a la menor provocación empezaron a acomodar democráticamente toletazos y patadas, levantando a quien se dejara. Los punks corrieron en dirección hacia donde nos encontrábamos, y rápidamente una señora nos abrió la puerta de su casa. Entonces varios punks entraron corriendo detrás de nosotros. La señora nos salvó de ser víctimas de la razia. Recuerdo que un chavo dijo que lo único que estaban haciendo era pasar el rato y que en realidad no estaban molestando a nadie. La señora respondió:

Pues sí, mijo, pero con esos pelos hasta del panteón te han de correr. Ya ni la chingas.

Al otro día resultó que en ese brutal operativo, además de las golpizas y estafas, detuvieron a un par de “chavos mariguanos” que habían privado de su libertad a una chica; ésta se encontraba embarazada. La policía estatal se había anotado un acierto, aunque todos sabían que los punks detenidos fueron chivos expiatorios de la prensa amarillista.

Años después vi un grafiti en la pared de una fábrica ubicada en la colonia Viveros de Xalostoc que rezaba: “Estamos haciendo del punk una amenaza”. En aquel momento estaba en lo cierto, el punk ya era visto como un peligro, como algo que no servía y sólo se dedicaba a perjudicar a la sociedad. En el Primer Manifiesto Pacheco, Juan Pablo García Vallejo señala que “la sociedad siempre se fija en lo que el individuo le hace a esta, pero la sociedad nunca se fija en lo que le hace al individuo”. La frase se aplica perfectamente al movimiento punk. Lo cierto es que de aquel mítico personaje hoy ya no queda nada más que su versión light, refinada para que no lastime a nadie, artificialmente estética, punks de aparador nada más. El grafiti duró muchos años más, hasta que las constantes inundaciones y las salpicadas que daban los vehículos a la barda lo fueron borrando y ya no quedó rastro de él. Del mismo modo, la figura del punk en el barrio fue desapareciendo, dando paso a nuevas formas de identidad. Muchos punks aún viven de la manera en que lo hacían los verdaderos dinosaurios que pese a la satanización encontraron nuevas formas de expresarse. Eso nos demuestra que el punk no ha muerto.

Comments

comments