Por China Miéville

Ilustración de la serie: ‘Del barrio’ Por diferentes artistas urbanos

Las novelas policíacas nunca acaban bien. Hablo, por supuesto, de los whodunnits. Hay un cadáver en la biblioteca. Siete odiaban al difunto. Un policía curtido juega bajo sus propias reglas, o el guardián de una humilde biblioteca desenvuelve con cierto encanto una serie de verdades muy crudas. Existen otros paradigmas, por supuesto —las fórmulas de alt-crime perfeccionadas por genios como Patricia Highsmith, los yasesabequiénfue, los quienquéhizo y los realmentenoimportaquiénfue—. Pero el centro gravitacional del genero, la fuerza que combaten los disidentes, es el whodunnit. Sea éste light, noir o estrictamente policíaco, la problemática es la misma. Y estas novelas —que amo apasionadamente— siempre acaban mal. Incluso las más brillantes. Y no quiero decir que acaben mal para los que habitan el mundo dentro del libro, sino para aquellos que existen más allá del texto.


Las reseñas de novelas policíacas refieren con frecuencia la decepcionante conclusión de este o aquel libro. Este es el caso incluso cuando los reseñistas han gozado la novela. A veces uno casi puede percibir su desconcierto cuando, habiendo seguido de cerca cada uno de los hilos que anudan tramas y sub-tramas, se dan cuenta de que la historia no podría haber sido resuelta de mejor modo, que el final es “justo” (cualidad crucial para el aficionado de la novela policíaca: nada de sospechosos de último minuto, ni evidencia a la que el lector no haya sido expuesto/a), que la historia está bien escrita, que sorprende… y que, sin embargo, decepciona.


Esto se debe, pienso yo, a que las novelas policíacas son imposibles. Específicamente, imposibles de acabar.


Claro que se corre el peligro de hacer del argumento una apología, de usarlo para evadir la responsabilidad de combatir la mala escritura y todo tipo de estupideces. Así que insistamos en que una de las razones —a veces nebulosa, pero, en mi opinión, inevitable— detrás del fracaso de cualquier novela policíaca bien podría ser la insuficiencia del autor. No obstante, incluso cuando el autor es más que competente, estos libros siempre dejan al lector sintiéndose aunque sea un poco decepcionado.


Porque las novelas policíacas no son lo que dicen ser. No son, de entrada, novelas realistas.

Las deducciones ridículas e intoxicantes que Holmes hace a partir de los raspones en un bastón no son actos de raciocinio, sino la brillantez de un pensamiento mágico. (Esto no quiere decir que ésta y otras “deducciones” sean necesariamente “ilógicas” o que no den sentido a la evidencia; todo lo contrario: la vuelven sentido. El sentido sigue a la detección en estos relatos, no al revés.) Los muchos y varoniles Virglios que aparecen ex nihilo para escoltar a Marlowe a través de sus oníricos purgatorios no son personajes, sino elocuentes opacidades con figura de hombre, algo mucho más interesante. La incapacidad de Dalgliesh para resistirse a los pánicos morales híper-realistas del día —al pobre lo aflige un SRAG— es una ópera elegíaca de la angustia vivida en Holland Park más que un reporte cotidiano de los pesares de un policía. La ficción policíaca es ficción del sueño. Esto no es algo malo, sino precisamente lo que la vuelve indispensable.


En segundo lugar, las novelas policíacas no son novelas de detección, ni de revelación y menos aún de solución. Estos son aspectos necesarios, pero son también, además de insuficientes, de cierto modo, lamentables. Estas son novelas de potencialidad. Narrativas cuánticas. Su poder no radica en el último acto, sino en la profusión de superposiciones que le anteceden: los podría-ser, los qué-tal-y-si y los nunca-se-sabrá. Hasta que llegue el último capítulo, cada posibilidad es tan real y verdadera como las otras, todas ellas elucubradas por el crimen, ninguna atrapada en la vulgar ficción. Es por eso que la frase más importante en un relato de misterio no es la que comienza con las palabras “El asesino es…” —que, no importa qué tan necesaria y fabulosamente ejecutada, es un acto de desintegración narrativa—, sino la imputación a medio relato de que “Todos son sospechosos”. Así pues. Cuando todos los sospechosos se vuelven una certeza única, el relato colapsa, y decepciona. ¿Cómo podría no hacerlo? Hemos sido expulsados del Paraíso de la duda.


No hay por qué desesperarse. Incluso si las historias fracasan, aún nos fascinan, y no podemos vivir sin ellas. Y son uno de los varios fenómenos que pueden, en el aquí y el ahora que, fracasar y nada más. Aquí nos resulta útil un consejo de Beckett: fracasa de nuevo, y fracasa mejor. Algunos relatos policíacos, después de todo, fracasan bastante bien.


(Y para los lit-geeks, hay una, sólo una historia dentro el género que triunfó ante lo imposible y venció este koyabashi maru narrativo. Es su brillante solución al enigma narrativo lo que hace de Lady Don’t Fall Backwards de Darcy Soto la única novela policíaca perfecta que se haya escrito.)


*Texto publicado en whatever.scalzi.com. Traducción de Staff de El Barrio Antiguo

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