Por Camilo Ruiz

La propia dirigencia del PRD admitió que las elecciones intermedias habían sellado la que a la fecha es “la más grande y profunda crisis” del sol azteca. Carlos Navarrete, su presidente nacional, ofreció su renuncia, e inmediatamente comenzó la carrera por la sucesión. En septiembre, una nueva dirección, supuestamente alejada de las prácticas chuchistas, será electa. Hasta ahora toda la competencia se ha basado en distanciarse de la dirigencia anterior.De lo que si habrá -de las nuevas prácticas, del nuevo programa- no se sabe nada todavía. Lo poco que sabemos del contenido de “lo nuevo” gira a la vez en torno a una vuelta a los orígenes del PRD como oposición en los gloriosos años ‘80 y a un rechazo de la obra de Los Chuchos.

Los poco originales llamados a evitar el gatopardismo (“hay que cambiar de verdad”; “hay que transformarse de fondo y no nada más las caras”) no se han hecho esperar. Por supuesto, desear que algo no suceda es pocas veces un buen remedio para evitarlo, y lo que los análisis o declaraciones sobre la crisis del PRD venidas del mismo partido suelen evadir es cómo y por qué se llegó a ese punto. A lo mucho, la historia empieza el 26 de septiembre: “Eventos como los de Ayotzinapa han mostrado lo errado de nuestro rumbo”.

En este nuevo panorama, donde todos aceptan la profunda crisis del PRD, demonizar a Los Chuchos, la tribu que durante los últimos años ha dirigido al Sol Azteca, se ha convertido en la nueva moda. No es raro que los marineros critiquen al capitán cuando se hunde el barco, pero en este caso han sido los propios marineros quienes lo eligieron. Las cosas pueden resultar un poco más difíciles que unir fuerzas entre diferentes tribus para hacer tabula rasa y echar a Navarrete, Ortega y compañía.

Para empezar, si Los Chuchos han controlado el PRD desde hace casi una década, es precisamente porque han sido mayoría absoluta, una y otra vez, desde entonces. En el PRD no ha habido fraudes técnicos, imposición ni coerción —lo que no quiere decir que sea democrático—. Los delegados del partido en sus diferentes congresos han sido esclavos voluntarios de Los Chuchos, y éstos han asegurado mayorías a través de los canales institucionales del partido.

El siguiente paso es explicar el largo y consensual dominio chuchista. Es aquí que el poder explicativo de un Belaunzarán o un Ríos Píter se termina. Si el vocabulario de la usurpación y el fraude ronda sus intervenciones, es claro que tal teoría no se acomoda con los hechos. En realidad, y esta es la clave, Los Chuchos son el PRD. Representan la culminación lógica, en cuanto a programa y estilo, de 25 años de perredismo. Son la expresión más acabada de las contradicciones del nacionalismo revolucionario de izquierda, y por eso han sido hegemónicos dentro del partido. Las almas muertas del perredismo saben que, durante la década pasada, ninguna corriente expresaba mejor los intereses tribales-individuales de la mayoría de perredistas.

La condición necesaria de lo anterior era que el PRD dejara de funcionar desde hace tiempo como un partido, encarnando un programa político cuya aplicación concreta beneficiaría a un cierto sector de la sociedad mexicana —al pueblo, para ponerlo en su acepción original—. Eso sucedió probablemente desde que el ejercicio del gobierno se volvió algo constante, tras la victoria de Cárdenas en las elecciones del DF en 1997. Desde entonces, el PRD dejó de ser un partido y se convirtió en la alianza inestable de un conjunto de tribus, donde las cuestiones políticas eran cada vez menos importantes. Se convirtió en un cuerpo social, un ente interesado esencialmente en la reproducción de sus condiciones de existencia: el acceso al poder estatal/municipal y el dinero proporcionado por y para las elecciones. El PRD no es un partido con un aparato, es un aparato con un partido.

En un sentido estricto, el PRD no representa tampoco a ninguna clase. La burguesía mexicana siempre los vio con algo de desconfianza, pero los aceptó y al final se dio cuenta de que podían llevarse bastante bien con un Ebrard, un Monreal o un López Obrador. Al campesinado, ahí donde gobernaban, lo capturaron en redes clientelares calcadas de las del PRI. Lo mismo a los sectores informales urbanos o en proceso de urbanización, que fueron los verdaderos vectores sociales del perredismo, por lo menos en la Ciudad de México. Del proletariado, por supuesto, ni se habla.

¿Habrá renovación en el PRD? Lo descrito anteriormente impide la emergencia de una dirección que mire por encima de las tribus guerreras. Los más preclaros entienden esto y apoyan a un presidente de fuera, a un árbitro-intelectual: Basave, Bartra, vaya usted a saber quién más.Lo paradójico es que un cambio en esa dirección requiere, ante todo, del apoyo activo de Los Chuchos, porque como son y seguirán siendo mayoría dentro de las estructuras partidarias, nadie puede ser presidente del PRD sin el consentimiento de estos y del grupo mexiquense de Héctor Bautista. El gatopardismo tiene muchas formas, y probablemente veamos una particularmente extraña: que los chuchos promuevan a un líder externo para que dirija una renovación anti-tribus; para que la suya se mantenga, bajo una cierta cubierta de neutralidad, como la primera entre iguales.

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