Por Kaizar Cantú

 

Hasta ahora me doy cuenta de lo raro que es el concepto de “periodismo narrativo”. Raro no por el concepto en sí, sino por las dos palabras elegidas para significarlo.


Definamos ambos términos. Usaré definiciones de diccionario en vez de especializadas, ya que los teóricos y especialistas a veces quedan atrapados en su propio vórtice de palabras, lo cual puede resultar útil (y entretenido), pero hoy quiero nadar cerca de la superficie, sin zambullirme de lleno.


La RAE dice que el periodismo es una “captación y tratamiento, escrito, oral, visual o gráfico, de la información en cualquiera de sus formas y variedades”. Hay dos acciones en esta definición: captar y tratar, que podemos suponer como los verbos clave del periodismo. El periodista percibe, es decir, observa con todos los sentidos y aprehende lo observado. Luego procesa lo percibido, como una maquinita, y expresa los resultados de su proceso en un lenguaje.

 

¿Y qué es lo percibido? Según la RAE, “la información en cualquiera de sus formas y variedades”. Nótese que la palabra “noticia” no aparece por ningún lado, tampoco hay referencia alguna a lo verídico…Ya nos vamos topando con problemas. Pero me estoy apresurando. Y como dije, hoy no tengo ganas de un chapuzón tan profundo.


Pasemos a la segunda palabra: narrativa. La narrativa es lo “perteneciente o relativo a la narración”; una narración es la “acción y efecto de narrar”; y narrar es “contar, referir lo sucedido, o un hecho o una historia ficticios”. Quien narra habla de lo pasado, incluso si lo que pasó no pasó en verdad. Más interesante todavía es que quien narra cuenta, como en los cuentos (valga la redundancia); recrea un ambiente, caracteriza, apela a sensaciones físicas y emocionales a través del lenguaje.

 

Con ambas palabras ya definidas puede hacerse un intento por mezclarlas y ver qué sale. Si el periodismo es la percepción y trabajo de la información percibida y la narración un recuento de lo pasado, entonces nos aventurémonos a decir que el periodismo narrativo es un intento por relatar la información percibida, darle un tratamiento, digamos, literario.


El énfasis queda, por supuesto, en la palabra “relatar”. Pero, ¿a qué viene esto de agregar el término “narrativo” al periodismo?


Dice Borges que el libro es una extensión de la memoria y la imaginación humana, una especie de prótesis de la consciencia de toda una especie. En Cristobal Nonato, Carlos Fuentes describe un Benito Juárez que acarrea los archivos de la República como si México fuera de papel y tinta y no de tierra y personas. Si los libros son la memoria cavilada de los siglos, ¿qué son los periódicos?


McLuhan comparó a la prensa con un vigía en una torre colocada al margen de una ciudad rodeada por murallas. El vigía percibe lo que se aproxime y avisa a la ciudad con claridad y prontitud. Con una poquita de imaginación es posible plantear disfunciones en el desempeño del vigía. De entrada, puede que el vigía no sea muy buen observador y reporte el exterior a medias. También cabe la terrible posibilidad de que decida mentir sobre lo que sucede en el exterior para favorecer a otros o a sí mismo. Si hay muchos vigías y cada uno ve y describe cosas distintas, es casi seguro que la ciudad terminará confundida y arrancándose los pelos.


Son todas proyecciones muy desconfiadas y pesimistas. Mejor imaginemos por un instante que hay varios vigías bien coordinados.

 

Todos son honestos, capaces y con una ética laboral impecable.

 

Aún así, afuera suceden muchas cosas muy rápido. La información es demasiada, hace falta transmitirla con claridad, precisión y una rapidez en ocasiones vertiginosa. Los vigías desarrollan un método práctico, eficiente, que cubre las necesidades básicas de la información: qué sucede, quién está involucrado, cuándo y dónde sucedió, cómo sucedió y, si hay tiempo, por qué sucedió.


El método, aunque cumple su función de informar con precisión y rapidez, simplifica el mundo en su carrera por llevárselo al público en bandeja de plata hasta la puerta de sus casas. Y en un mundo tan plagado de personas y acontecimientos, no podemos darnos el lujo de una simplificación.


Se habla de periodismo narrativo por una carencia en el periodismo a secas. En palabras de Osorno, “con una nota breve (o siete mil), se alimenta en los lectores una tramposa sensación consoladora de que el mundo gira demasiado rápido y de que no tenemos tiempo de detenernos a hacer algo a lo que sí te obliga una historia bien narrada: pensar”.


El periodismo repasa el mundo con una mirada muy veloz. Lo hace así porque la vida moderna es aceleradísima, anda al paso de lo que en inglés se llama breakneck speed. Se pierden detalles, contexto, minucias que explican el suceso al ubicarlo dentro de una Historia y de un Tiempo, que lo observan a fondo para que no pierda su humanidad.


Como dice Osorno, se trata de narrar, no de registrar.

 

La aproximación del dato duro, de la estadística, por útil que sea, ignora ciertas texturas del suceso. La noticia lo trabaja y empaqueta para su consumo rápido y fácil; comprime la complejidad de una serie de momentos en el tiempo al tamaño de una píldora. Porque no hay tiempo. Porque el público tiene la necesidad de informarse de lo que está sucediendo.


El periodista es una especie de escritor que experimenta otro tiempo.

 

En palabras de Campbell, el escritor tradicional, el que está alineado con la tradición de Joyce, de Chesterton, de Hemmingway, es como un agricultor. Tiene todo el tiempo para cuidar y cultivar sus ideas, curtirlas hasta que alcancen su perfección. Su ritmo mental es más lento, no hay prisa que le acose el pensamiento. El periodista, por el contrario, vive acelerado bajo a presión del tiempo y los hechos. El escritor se sienta a contemplar el mundo en todos sus tiempos, el periodista lucha por alcanzar el presente justo cuando se está transformando en pasado.


Un periodista narrativo es una hibridación de ambas especies. Cuenta el suceso con la paciencia y pericia de un literato. Lo que lo separa del periodista tradicional es su aproximación al suceso. Una profesora nos decía que la noticia es como el pescado: comienza a apestar al tercer día. Si el periodista a secas empaqueta y vende el pez tan rápido como pueda, el periodista narrativo lo conserva en sal y hielo y luego va diseccionándolo para exponer cada una de sus partes con lujo de detalles; toma el dato duro y le añade las texturas del color, los aromas, las sensaciones más superficiales y también las más profundas. El periodista a secas reporta, el periodista narrativo recrea, es decir, trae de vuelta a la vida un pasado que se dio por muerto.

 

¿Para qué? Para comprenderlo mejor y proporcionarnos otra perspectiva de lo que somos y cómo llegamos a serlo.


Otra de las grandes diferencias entre ambas especies de periodista es su cercanía con el suceso. La ética laboral del periodista a secas le impide involucrarse con la noticia. No puede tomar partidos, ni emitir juicios; su trabajo va encaminado hacia la tan protegida objetividad. El periodista narrativo no prescinde por completo de ésta, pero sí la baja del pedestal. Sabe que si no se mete de lleno en la noticia, hay detalles que se pierden.


En la década de los 60 se formalizó una rebelión periodística que ya tenía tiempo en gestación. Al movimiento se le conoció como new journalism, y uno de sus principales objetivos era combatir la noción tan cerrada de objetividad construida por los medios. Los “nuevos periodistas” reporteaban de cerquita, echando mano de un lenguaje casi novelístico que reflejaba su cercanía con el suceso y los involucrados.


Osorno, parafraseando lecciones de Alma Guillermoprieto, fomenta una ruptura con uno de los más rígidos estatutos de las escuelas de periodismo. Su consejo, tomado de otro consejo, es “que los reporteros mezclemos la información recopilada con observación, análisis y nuestras reacciones personales”. La sugerencia viene por necesidad. La necesidad de humanizar la labor periodística que ha caído en los vicios de su propia formalización.


La objetividad obsesiva de los medios informativos dejan al periodista en el anonimato, convirtiéndolo en una de máquina que registra lo que sucede en el mundo y suelta lo visto en una larga tira de papel lleno de frases rígidas. Extrae la personalidad del texto, extirpa la persona que observa el mundo e intenta relatarlo. El periodismo es escritura a fin de cuentas, y no hay escritura sin cuerpo, pues escribir es un acto corporal, tanto por los movimientos mecánicos de quien articula como por la expresión de las experiencias vividas por éste.


En resumen, el periodismo narrativo cubre una necesidad ignorada por el periodismo a secas. Profundiza la información y le añade dimensiones al dejar de lado la objetividad rígida y acercarse con una perspectiva más humanizada. Cuenta historias, reaviva el pasado recreando los ambientes y sensaciones que lo conformaban.

 

Esto no quiere decir que el periodismo narrativo sea mejor que el periodismo a secas. Ambos cubren necesidades distintas. Sin uno, el otro queda de frente a una ausencia que su propia naturaleza es incapaz de reparar.


Porque por supuesto que el periodismo narrativo también tiene su lado flaco. Existen los periodistas panfletarios, el reporteo tendencioso, los problemas que vienen con la novelización de eventos y personas reales…. Pero eso será tema para otra ocasión.

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