Por Roque U. Hernández*

Fotode la serie ‘Gráficos por Ayotzinapa’

Híbridos nosotros mismos, instalados de soslayo en el interior de las instituciones científicas, algo ingenieros, algo filósofos, terceros instruidos sin buscarlo, hicimos la elección de describir las madejas dondequiera que nos lleven. Nuestro vehículo es la noción de traducción o de red (…) la red es el hilo de Ariadna de esas históricas mezcladas”

 

El contexto de la violencia de Estado

Una mirada particularmente creativa del escritor francés Bruno Latour (1997) para adentrarnos en las convergencias críticas de la realidad en base a las nociones explicativas de la naturaleza, de la política y del discurso. Su libro, Nunca fuimos modernos (1997), podría servirnos de referencia para desplazar el análisis en la descripción del proceso histórico de cómo se construyó el sistema político mexicano y las contradicciones que nos confronta en la cotidianidad a la sociedad organizada.

Esta respuesta organizacional de la sociedad civil que visibiliza y expone, ante la opinión pública nacional e internacional, un problema que ya se enunciaba como uno de los principales enemigos que ensombrecen la vida de las personas que habitan en el Sur de los Estados Unidos. La Violencia de Estado en tanto que práctica estructural para legitimar la presencia policial en el país.

Así como se señaló en las elecciones del 2012 sobre el retorno del autoritarismo del viejo régimen priísta con la imposición de Enrique Peña Nieto a la Presidencia de la República, la desaparición de los 43 estudiantes en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero (ubicado en el Sur de México) el pasado mes 26 y 27 de septiembre, ejemplifica el sentir-vivir de los jóvenes en el país cuya clase social se reduce en desaparecer, ser asesinado y tener un entierro inhumano. ¿En qué lugar territorial depositamos las aguas amargas del sufrimiento y el despojo humano cuando la vergüenza de las fosas comunes resulta el calvario afectivo para los familiares de los estudiantes desaparecidos?

México posee muchos rostros de tierra. De Norte a Sur, atravesando por el Centro y el Occidente, si no recupera el sentido común de la política plural empezando por desaparecer la construcción histórica de las diferencias de clase, de género, sexualidad y etnicidad, nuevamente la re-emergencia de las movilizaciones sociales que apelan a la aparición de los estudiantes normalistas de Guerrero será anecdótico para la memoria colectiva. Además, la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa se sumarán a las cifras de personas víctimas de la delincuencia.

De acuerdo al resumen ejecutivo del International Crisis Group, organización internacional no gubernamental, “los estimados del total que han muerto en conexión a la violencia durante los últimos seis años van desde 47,000 a más de 70,000, sumados a miles de desapariciones”. Una violencia que comienza durante el régimen del entonces representante del Partido Acción Nacional en la Presidencia de la República, Vicente Flox Quezada, se amplía durante con el respaldo de Estados Unidos la Iniciativa Mérida que “incluyó el despliegue de 96,000 miembros del ejército, junto con miles de marinos y al nombramiento de docenas de oficiales militares como jefes de policía en pueblos y ciudades”. Después de la entrada de Enrique Peña Nieto en el 2012, “México tiene más de 2,000 fuerzas policiales que operan de manera independiente a nivel federal, estatal y municipal”, resume el citado informe.

 

Ejes de poder en resistencia

La relación compleja entre el Estado y el narcotráfico en el mercado global reafirman proyectos políticos en conflictos, puesto que se enfrentan la hegemonía occidental individualista y los principios prácticos de la filosofía comunal. En esta dispersión institucional y social del poder y la resistencia, opera la violencia organizada para fragmentar la construcción de un proyecto político con rostro de humildad y de autonomía cuyas fuentes de inspiración recuperen el diálogo político con el Cono Sur de América Latina. El México después de 1988 perdió la credibilidad democrática, lo que acrecentó las movilizaciones permanentes en resistencia.

Como expresa James Scott (2003), “la cólera, la humillación y las fantasías, son siempre, experiencias que se realizan dentro de un marco cultural creado en parte por la comunicación marginal entre los subordinados”. Ante el cerco mediático y la inoperancia del sistema de partidos políticos, resurge las movilizaciones en permanencia solidaria para repropiarse de la tecnología y generar redes de apoyo solidario-afectivo que facilitan la organización social. La humillación hacia los familiares de los desaparecidos regeneró la cólera y la indignación social adaptada en los medios de información para evidenciar que en México nunca fuimos modernos, ni democráticos.

Con la desaparición de los estudiantes en Guerrero se evidencia que en México, pese a la firma del Tratado de Libre Comercio firmado entre Estados Unidos y Canadá en 1994, la presencia de las maquiladoras en la frontera norte para producir fuerza de trabajo en beneficio del sistema capitalista y la contaminación visual y ecológica de los parques eólicos en el Istmo de Tehuantepec, nuestra modernidad democratizadora está inacabada.

Nada nuevo para las personas, quienes en la cotidianidad, buscan sobrevivir a la violencia estructural del Estado. Los conflictos internos de los partidos políticos para culpabilizar a los responsables de tan lamentables hechos, no cubren las exigencias de la aplicabilidad en la jurisprudencia en lo que se refiere a los Derechos Humanos.

En este sentido, vivir en las condiciones económicas limitadas para acceder a la escolarización en las Escuelas Normales Rurales y/o Urbanas en México, es desafiar la construcción social del estudiante magisterial dado las prácticas sexistas, discriminatorias y racistas que separan proyectos políticos múltiples de poder de resistencia. En principio, garantizar la formación de sujetos críticos que asuman la responsabilidad de edificar sociedades plurales basadas en el respeto, la reciprocidad y el sentido común de la política, ha sido el centro de amenaza para el Estado.

 

Redes solitarias autónomas

A veces preguntarnos resulta más abstracto y complaciente que encontrar respuestas prácticas al ejercicio de la violencia. ¿Qué proyecto político se está construyendo en el México contemporáneo de desapariciones y de asesinatos de jóvenes? ¿Qué futuro propositivo estamos sembrando para mejorar las condiciones de vidas para quienes nos sustituirán en 50 ó 60 años? ¿Qué referentes de sociabilidad se adoptan en la infancia con las representaciones de violencia a la que cotidianamente están expuestos?

Contrario en resolver las exigencias de estudiante, mujeres, periodistas, defensores de derecho humanos, el Estado acciona bajo la represión como medida de seguridad y contra-insurgencia para beneficiar la consolidación de un régimen económico excluyente y enajenante. Este terrorismo de Estado, como lo nombran algunos medios internacionales, nos enseñan una vez más que la reconstrucción de redes solidarias internacionales “atraviesan las fronteras de los grandes feudos de la crítica (porque somos) reales, colectivas y discursivas” en palabras de Bruno Latour. Las diversas estrategias discursivas llevadas de la mano del arte y el pacifismo social, expresan un lenguaje en común de resistencia: ¡Todxs somos Ayotzinapa!

El sistema político, las formas de gestionar la seguridad pública, el conflicto que se genera en el sistema educativo y las acciones organizativas como respuesta a la modernidad inacabada en México, refuerzan la psicosis económica en conflicto y los des-encuentros en la sociedad. Es lamentable el mutismo de los países de no condenar la violencia estructural a la que están sujetos los estudiantes, las mujeres, periodistas, transexuales, trabajadoras del sexo y defensores de derechos humanos.

En la situación de opresiones múltiples en la que vivimos, debemos recuperar la práctica de la democracia como obra de arte a efecto de originar una cultura por la resistencia “producto de la solidaridad de los subordinados“. Más que unidad, urge la inclusión en las diferencias en el sentido común de recrear redes de solidaridad, en apoyo a las personas vulneradas por la violencia de Estado, tejiendo el pacifismo en lenguajes horizontales y cohesivos. Los intereses económicos en términos de la organización financiera global apuntan en reproducir la violación de los Derechos Humanos.

El principal reto, entonces, será romper con la jerarquización de poder entre los colectivos que re-emergen en este contexto de drama nacional, poniendo el acento en los riesgos que supone aprovechar de esta coyuntura dañina para beneficios de los partidos políticos en nombre de la red de solidaridad internacional. Asimismo, enfrentar la espontaneidad organizativa de la re-movilización social transnacional. Actuar en la autonomía transnacional, significa no asumir condicionamientos políticos para ejercer presión y enjuiciar a los responsables de la desaparición y asesinato de las personas en México.

 

Fuentes:

C. Scott, James, (2004) Los dominados y el arte de la resistencia. Discursos ocultos, México,Era edit;México

Latour, B. (2007) Ensayo de antropología simétrica, Argentina, Siglo XXI edit, 2007.

El desafío de Peña Nieto: los cárteles criminales y el Estado de Derecho en México, Latin America Report No 48, 19 de marzo de 2013 en http://www.crisisgroup.org/en/regions/latin-america-caribbean/mexico/048-pena-nietos-challenge-criminal-cartels-and-rule-of-law-in-mexico.aspx?alt_lang=es

 

*Candidato a doctor en Estudios Latinoamericanos y Antropología Social y Etnografía (UAM/EHESS). Actualmente profesor de la cátedra “Del Feminismo a los feminismos diferenciadores: identidades en poder de resistencia” en el Instituto de Ciencias Políticas, Francia.   

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