¿Qué gloria hay en atrapar pescaditos?

Por Barry Newman

Leigh, Inglaterra. El criadero de gusanos de Kevin Ashurst, un cobertizo de ladrillos de ceniza unido a un purificador de aire, queda a una milla de este viejo pueblo textilero, en medio de un campo de flores silvestres rosadas.

“¿Buscando trabajo?”, saluda el hombre tatuado al llegar el auto del visitante una cálida mañana. En el corral, unas cuantas ovejas muertas alimentan una nueva generación de moscardones azules. Dos trabajadores, inclinados sobre los cadáveres, sacan los gusanos con cucharas y los ponen en cubas de plástico. El olor es de los peores que puede haber.

Ashurst, un hombre carnudo de 43 años, se limpia la carroña de la mano en el overol y tiende la misma para saludar. Después la mete en la cubeta y saca una muestra de su mejor producto, húmedo, blanco y retorciéndose.

“¿Ve? Ese es el tamaño de todos, más o menos. Muy buenos gusanos, gusanos de calidad. En el refrigerador siguen así una semana”.

¿Quién mantiene gusanos en el refrigerador? Los pescadores comunes. Kevin Ashurst les vende gusanos a los pescadores comunes. Él mismo es un pescador común, uno de los mejores. Los pescadores comunes ponen gusanos en sus anzuelos para pescar peces toscos, como el barbo, la breca, el albur y las carpas pequeñas. Los peces comunes viven en aguas turbias, son por lo general diminutos y saben horrible. Los pescadores deportistas, los que pescan salmones y truchas, los consideran sabandijas asquerosas. Algunos de ellos piensan lo mismo de los pescadores comunes.

Hasta hace unos 10 años, los pescadores británicos de clase alta mantuvieron la exclusividad de los peces de clase alta. La clase trabajadora tenía que pescar en hoyos de grava abandonados y en los canales industriales. No era un deporte refinado, pero sí bastante divertido si había dinero de por medio.

Los pescadores pagan para alinearse en una ribera y competir por la pesca que pese más en conjunto. El ganador tira sus pescados y se lleva a casa el banco de las apuestas. La estrategia básica no ha cambiado mucho desde la primera competencia en 1903: un concurso para los catch tiddlers, o pescadores comunes. Los tiddlers acumulan, onza por onza. La técnica requiere un anzuelo del tamaño de la pata de un mosquito, un sedal tan delgado como tela de araña y una caña que debe tener unos 36 pies de largo.

La pesca común es popular en Gran Bretaña, más que los dardos. Casi 4 millones de personas la practican, y muchos otros la observan. Los encuentros de pesca salen en la televisión aquí, aunque en la pantalla la pesca no se aprecia tan bien como los dardos. La pesca común también es popular en el continente, y en el Bloque Oriental. Hay un campeonato mundial todos los años. Algunos han atraído hasta 20 mil espectadores.

El del año pasado se celebró en el Newry Canal, Irlanda del Norte. El ganador fue Kevin Ashurst, el cultivador de gusanos de Leigh. En cinco horas de pesca intensiva, atrapó 13 carpas pequeñas y una brema pequeña, reuniendo el menor peso ganador registrado jamás: 1 libra y 10 onzas.

“Me fue bien”, le dijo al locutor de la televisión nacional. “A los demás muchachos no les fue tan bien”.

Hoy, Ashurst deja su trabajo temprano y se va a escarbar la tierra en busca de larvas de zancudo, una clase de carnada que aquí llaman gusanos de la sangre. En la noche hay un encuentro en el canal de Bridgewater. Tiene que prepararse. Entretanto, su esposa le sirve té al visitante en su casa de una apartada callejuela de Leigh, y le muestra los trofeos de su marido: estantes llenos de copas de brandy, de copas de metal ornamentales y de pescados esculpidos.

“No sé lo que haría Kevin si no pudiera ir de pesca”, dice Shirley Ashurst. “No porque lo haga descansar. Si no pican, quiere saber por qué. Se devana los sesos. Vuelve a casa y representa de nuevo todo el encuentro”. Toma de un estante un trozo de cristal con una inscripción y le quita una huella. “Este es una belleza”, dice.

El padre de Shirley Ashurst era minero de carbón. Kevin Ashurst recuerda que solía pescar con él, y fue así como se conocieron ellos. El padre de Ashurst también minaba carbón, pero después de un accidente grave, se dedicó a cultivar gusanos. Kevin maneja el cultivo ahora. Él y Shirley tienen un hijo de 21 años. Algún día, si quiere, el criadero será suyo.

“¿Oye algo goteando?”, pregunta Shirley Ashurst. Pone en la mesa su taza y corre escaleras arriba. “Tiene unos gusanos de sangre en la bañera”.

Un rato después, Ashurst llega de su cultivo de gusanos en un camión y se dedica a seleccionar en el garaje su nuevo cargamento de gusanos. “¿Ve usted? Todo eso sale del barro, más o menos”, me dice, exhibiendo una serpenteante masa roja en un balde.

Con su camiseta de manga corta y sus pantalones bolsudos, está impregnado por gusanos. Arruga la frente y tiene los ojos cansados. Tiene un acento de Lancashire tan fuerte que un extraño a menudo sólo puede entender una palabra, como el “lanzar” de esta frase:

“Me gustaría que la pesca fuera tan popular como lanzar dardos. Yo sería una gran estrella de lanzamiento. Y andaría en una limosina lanzada”.

Por el momento, Ashurst se conforma con un par de camiones para los gusanos y una camioneta. A las seis de la tarde carga en ella su caña (plegada en 10 partes) y su caja de equipo, que parece un pequeño refrigerador. Va al Royal Oak, una taberna de Leigh, para que le sea asignada una posición en la ribera del canal para la competencia de tres horas.

Cuando llega, la pequeña taberna ya está llena de pescadores comunes. Ashurst paga la inscripción y saca un número de una caja. Saca la clavija 54. Después de 30 años de pescar en el Bridgewater Canal, sabe que no es el sitio preferido por los peces.

“De todos modos vas a ganar, Kevin”, le dice el director del encuentro.

El canal atraviesa Leigh y sigue su curso por el campo hasta los muelles de Liverpool. En sus orillas se ven los restos de ladrillo ennegrecido de las fábricas victorianas de textiles arruinadas hace mucho. El agua, de 40 pies de ancho y 4 de profundidad, es perezosa y verde. A lo largo de una milla, por el camino de sirga, muy cerca de las fábricas, los pescadores comunes ponen sus carnadas.

Ashurst arrastra su caja hasta un pilote y se sienta. Se pone su gorro y ensambla la caña, que está hecha de fibra de carbono y cuesta 750 dólares. No tiene carrete; el sedal está atado a la punta. El pescador tiene que desarmar toda la cosa para sacar el pescado, y a menudo tiene que hacerlo muchas veces. Una vez Ashurst sacó 861 peces en cinco horas. Pesaron un total d 18 libras y 12 onzas.

“¿Qué estás usando?”, le grita un hombre desde el puesto siguiente.

“Larvas”, le responde Ashurst con un grito.

Para un cultivador de gusanos eso parece extraordinario. Pero Kevin Ashurst tiene la sensación de que esta noche hay en el canal de Bridgewater un apetito piscícola de larvas. Todo el resto de la gente usa gusanos. El siguiente ensarta uno en su anzuelo y lanza unos cuantos más al agua con una honda. Ashurst enrolla unas larvas y lanza la pelota a la oscuridad.

“Hay que recordar dónde cayó eso”, dice. “Después uno pone el anzuelo en el fondo. Los peces se apiñan. Les puede uno dar de comer demasiado, o demasiado poco. Algo sale siempre mal. Esto es muy complicado. Los grandes pescadores de caña tienen que pensar”.

Ensarta en el anzuelo una larva con mucha suavidad. Hace oscilar la caña hacia adelante y baja la carnada. Y después se sienta y se concentra en el flotador de pluma de pavo real, sosteniendo la caña como un saltador con garrocha dispuesto a saltar otra vez. “Hay que forzar los ojos”, dice. “Por eso es que no leo mucho”. Durante media hora, mientras un grupo de espectadores se reúne tras él, no consigue ni media picada.

“¿Ese es el sombrero de la suerte?”, pregunta alguien.

“Sí”, masculla Ashurst, “pero no sirve de mucho”.

“Ya debías haber atrapado uno, muchacho”, dice alguien más.

El flotador se sacude. Ashurst hala la caña y del agua emerge una carpa pequeña luchado por su vida. Tiene 2 pulgadas de largo y pesa unas 2 onzas. Ashurst cruza la caña sobre las piernas, doblando una sección tras otra, y deja caer el pescado en su red para la presa.

Ahora las larvas están en acción. Pica otra carpa, y otra, y una brema de 4 onzas. Ashurst coge ritmo. Puede atrapar un pez, traerlo a la orilla, doblar la caña, coger el pescado, sacarlo del anzuelo, ensartar otra larva, rearmar la caña, y estar pescando de nuevo en veinte segundos. “Si me mantengo así, voy a pescar 3 libras”, dijo.

A lo largo del canal, los pescadores se ponen nerviosos bajo la luz cada vez más débil del atardecer. Nadie puede igualar el ritmo del campeón mundial. Desesperados por atrapar un pez grande para ganar, lanzan gusanos con furia. Pero Kevin Ashurst se atiene a sus larvas y a su estrategia: catch tiddlers. Sentado en la caja, mira imperturbable su flotador hasta el grito final del árbitro: “¡Todos afuera!”.

“¡Todos afuera!”, dice Ashurst en voz baja, y saca la caña. Llega un árbitro para pesar la pesca. Ashurst tiene 16 pescados. La balanza se inclina en 3 libras y 1 onza. “Bueno”, dice Ashurst, metiéndose brevemente detrás de una mata, “se acabó ese lanzamiento”.

De vuelta a la taberna Royal Oak, los pescadores comunes se agolpan contra el bar, piden sus pintas y discuten acaloradamente sobre los peces que se les escaparon. Una voz débil se levanta al otro extremo del bar anunciando al ganador. En un momento de sobresalto, la conversación se detiene. Alguien anuncia que I. Cunliffe pescó una anguila de 4 libras. Se gana 94.95 dólares.

“Es una mentira”, dice alguien.

“Fue una buena pesca”, dice Kevin Ashurst.

Pero a la mañana siguiente, en el criadero de gusanos, los ojos de Ashurst están aún más cansados que la víspera.

“No pude dormir”, dijo, apoyándose en su pala. “No podía dejar de pensar en la oportunidad de ganar que tuve anoche. He debido usar un flotador más liviano”. Esparce unas cabezas de pollo en una caja con pescados. “Una vez que uno tiene éxito”, dice, “no puede detenerse. No es por el dinero. Es por el prestigio”.

*Texto de Los periodistas literarios (1996).

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