¿Cómo un sociólogo de origen español que estuvo en una pandilla chilanga se transformó en un referente de la cultura vallenata de Monterrey?

Por Diego Legrand

Ilustración por Cristina Guerrero

A las 11 de la noche, una llamada despertó a Nicho Colombia en su casa del municipio de Guadalupe, Nuevo León. “Nicho, aquí hay uno de tus chavos herido, lo rajaron en una pelea al lado de tu casa. A ver si puedes caer por él antes de que nos lo llevemos”, le espetó el comandante de la policía municipal del otro de la línea, como si fuera su culpa que le hubieran clavado un puñal al Coke durante una riña de barrio.

Para cuando llegó al sendero, en el que encontró a dos chavos cargando al bulto ensangrentado, ya era casi media noche y Coke había fallecido. En el celular de sus compas sonaba una lejana canción de vallenato; quedó como telón de fondo cuando llegaron los ministeriales con sus sirenas ululantes y los llantos familiares de una madre desconsolada. El Coke, como muchos otros kolombianos, cayó preso de la violencia que inundó las calles de su barrio desde que las cosas se descarrilaron en Nuevo León. Murió en los brazos de sus amigos y de Lorenzo Encinas, un reportero de Multimedios Televisión, mejor conocido como Nicho Colombia en el mundo del vallenato regio.

Al día siguiente, después de realizar las diligencias correspondientes, una cohorte de familiares y de pandilleros de la clica pasearon y lloraron al Coke por las calles de su colonia. Iban en una troca descubierta, con los pies desbordándose —según los testigos—, al ritmo de los Diablos Vallenatos,¹ de canciones como “Me tocó perderte” y “Los caminos de la vida”, de Los Diablitos. En estos lugares, explica Nicho, casi cuatro años después del incidente, vives y mueres al ritmo del vallenato y de las cumbias rebajadas. “Estos huercos fueron las primeras fuerzas que reclutaron los cárteles cuando se puso ruda la cosa aquí en Monterrey, y se volvió todavía más difícil una vida que de por sí siempre ha sido bien cabrona. ¿Por qué mataron al Coke? No sé la verdad. Estamos hablando de 2001, todavía no se veía tanto narco en la ciudad; por una pelea en una fiesta, dijeron, o por alguna rivalidad de barrio de las que existen desde siempre, igual que las pandillas de la ciudad; pero lo que si te puedo asegurar es que el de los cholombianos es un mundo muy triste, lleno de excelente música”.

Nicho llegó a Monterrey en los años 80, cuando las pandillas todavía eran rockeras y se llamaban Los Rolling Stones del Topo Chico, los Beatles de Tierra y Libertad, o la Black Betty (en homenaje a la canción de Pearl Jam) de la Moderna.

No quiere hablar mucho de su pasado, pero se sabe que es originario de Galicia y que antes de llegar al noreste vivió un buen cacho de su juventud en el Distrito Federal, donde fue parte de una ganga de la que no quiere decir el nombre, a pesar de que casi todos la conocen en Monterrey. A la pregunta de cómo es que un sociólogo de origen español, egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, llegó a ser parte de una pandilla chilanga y poco a poco se transformó en un referente de la cultura vallenata en Monterrey, Nicho contesta con evasivas; no le gusta hablar de sí mismo frente a una grabadora.

Lorenzo es un hombre introvertido que siempre habla en susurros, como si estuviera revelando información sensible a cada palabra. Es alto y fornido, con unos pómulos prominentes que encierran una pequeña nariz aguileña asentada sobre un diminuto labio superior. Entallado en su inseparable chaleco de Multimedios Televisión, Nicho parece vivir con una prisa permanente, como si estuviera llegando tarde a todas partes. Y en efecto, a nuestra segunda cita en la comida china de la colonia La Purísima² volvió a llegar tarde y mojado por la constante lluvia que sacudió a Monterrey durante los meses de octubre y noviembre de 2013.

Después de unos minutos de incómodo silencio y tres bocados de pollo Min, murmura que su primer contacto con el vallenato ocurrió en 1985, a los pocos días de su llegada a Monterrey, en los Condominios Constitución. “Allí estaba un tipo moreno de bigote negro, tocando en el acordeón un aire que yo nunca había escuchado, y me enamoré inmediatamente de su música. Todavía no lo sabía, pero se trataba de Celso Piña, mucho antes de que despegara su carrera internacional y de que nos volviéramos amigos”.

Esa es otra característica de Nicho: considera a casi todas las figuras del mundo vallenato como sus amigos. Varios años después del primer encuentro con Celso Piña, se volverían a encontrar en una comida en honor al escultor Fernando Botero en Monterrey, donde el cantante le preguntaría:

Oye Nicho, ¿quién es ese tal Botero?

Es el que pinta gorditas, Celso.

Aaaaah. ¿Y es tan bueno como García Márquez?

Pues algo así, Celso, algo así —recuerda entre risas el ex columnista de El Norte³ y del periódico sensacionalista Metro.

Nicho es una especie de puente entre la cultura vallenata callejera y el mundo intelectual que rodea la música y la literatura colombiana en general, un Caronte moderno que navega entre dos universos paralelos que rara vez se encuentran pero nunca dejan de tocarse del todo. Cuando el cronista Carlos Monsiváis fue a Monterrey y decidió conocer la cultura vallenata, Nicho reunió a una decena de jóvenes de los barrios duros kolombianos, entre los mejor portados de la raza, para que lo rodearan mientras explicaba los fundamentos de su estilo de vida al escritor chilango. De pronto lo interrumpió uno de los chavos para decirle al oído: “Oye Nicho, como que es medio loca ese vato, ¿no? Me está mirando raro desde hace rato…”, a lo que el periodista le respondió que se sí era loca, pero que también era un gran tipo y que no se preocupara.

Varias veces más se volverían a cruzar Nicho Colombia y el cantante Celso Piña, como en el magno concierto que realizó con Alfredo Gutiérrez en diciembre de 1993. En la ciudad de Monterrey, Los Diablitos y el Binomio de Oro (acompañados de Celso Piña, Aniceto Molina y Chiches Vallenatos) lograron reunir hasta 100 mil personas en la Expo Guadalupe de 1999, antes de que comenzara el periodo más difícil de los enfrentamientos en la ciudad. Para algunos chicos de barrio, Celso Piña es un ejemplo a seguir, un especie de Cuauhtémoc Blanco o de Carlos Tévez salido de la favela, que ha logrado conquistar al mundo moderno con su talento callejero, pero aunque el mundo vallenato posee una infinidad de cantantes amateurs, pocos son los que realmente tienen acceso a los grandes escenarios y muchos menos los que salen de la pobreza con sus acordeones, tambores y guacharacas. Nicho es de los referentes aún vigentes en la ciudad.

Para que entiendas un poco lo bella e intensa que es la cultura del vallenato en la ciudad, te voy a contar una pequeña anécdota”, suelta de pronto Lorenzo Encinas mientras se hunde poco a poco en sus memorias.

La primera vez que se adentró en la Fomerrey 19, en el municipio de Guadalupe, colindante con Monterrey, se le acercó un huerco que le dijo: “Nicho, te quiero retratar con este acordeón. Era de mi hermano, que murió hace poco, y el siempre te leía. ¿Me puedes hacer ese favor?” Brota una lágrima de su enorme mejilla mientras recuerda. Se sintió tan conmovido que además de tomarse una fotografía con el acordeón, se lo llevó al Binomio de Oro, famoso grupo que andaba de paso por la ciudad, para que tocaran con él en el concierto y le hicieran un homenaje al hermano fallecido.

La muerte tiene otro sentido en las colonias vallenatas de Monterrey, no sólo porque siempre han sido las más afectadas por la violencia urbana y la discriminación social, sino porque son quizá los herederos más fieles de una tradición latinoamericana que ve a la muerte como un rito de paso obligado, más allá del sincretismo moderno. En un entierro vallenato como el del Coke o el de cualquier otro de los chavos, se llora, pero también se bebe, se canta y se enfiesta en honor al difunto.

La génesis del vallenato en la principal ciudad comercial del norte de México es a la vez difusa y relativamente coherente. En diversos documentales, como Regio-Colombia, de Ana Barcén, o The Evolution of Cumbia Music in Monterrey, de Vice, varios sonideros se disputan la primicia de haber traído esta música y las cumbias colombianas a la ciudad. Aún así, los diferentes relatos concuerdan en que fue más o menos a mediados de los 60 cuando comenzaron a llegar canciones a la ciudad desde Estados Unidos y el Distrito Federal; fue en los sonideros de las colonias Independencia y la Risca donde se dieron los primeros bailes caseros y callejeros, cuenta Juan Olvera, investigador de la U-Erre. Nicho todavía recuerda que cuando él realizó su diagnóstico sobre las pandillas de la ciudad para la UANL, en 1992, los vallenatos todavía tocaban en los camiones con palos en lugar de guacharanga y usaban botecitos como tambor. En los barrios, los huercos siempre han sido autodidactas.

Después de dos horas de estar tocando vallenato en las camaronerías del centro y el camión que los llevó a Tierra y Libertad, donde fueron a una prepa a regalar juguetes, el Pelón, Kikín y Chino han recolectado poco menos de 250 pesos con canciones de Andrés Landeros y del difunto Diomedes Díaz, aunque éste sea el menos querido de los famosos en Monterrey, según el Pelón. Moreno, alto y de mirada incisiva, él es el único de los tres que quiere vivir de su música, pero las veces en que ha intentado formar un grupo sus compañeros le han quedado mal. Al parecer es una bonita utopía vivir del vallenato en la capital de la música texana. Su acordeón vale casi 14 mil pesos y aprendió a tocarlo solo, explica con orgullo. “A mí no me hables de notas y particiones que no entiendo nada de todo eso, pero si me pones una rolita, solito la escucho y voy aprendiendo”. El Pelón tiene 22 años y dos hijos que mantener, además de su esposa en la colonia Guadalupe, donde viven los tres y a la que regresaran cuando acepte subirlos un camión a cambio de algunas canciones de Los Diablitos para amenizar el viaje. “¿Nicho qué?”, pegunta cuando se le habla de Lorenzo. “Puede ser que sí. No es que lea demasiado, pero me suena a algo colombiano”.

En cuanto a las cumbias rebajadas, el mito popular dice que fue el uso continuo y el desgaste de los viniles lo que llevó a que poco a poco se fueran alentando las músicas hasta llegar al ritmo lento y guapachoso que ahora se escucha en los barrios de la ciudad, aunque no se descarta que la falta de pilas en las caseteras haya podido ser causa de lo mismo, sin contar los efectos alentadores de la marihuana.

Nicho va caminando por la Fomerrey 106 cuando ve pasar un morro de no más de 17 años, tatuado, al volante de una camioneta Navigator con una música de Andrés Landero a todo volumen. Se para más lejos y se mete a una casa con su ametralladora semi automática. Afuera se escuchan los gritos de una mujer.

El Señor Matanza se llevó a un morro de 15 años sólo porque le debía un poco de dinero. No es que le enoje la falta del producto en realidad, la idea era mandar un mensaje, relata Nicho al borde de las lágrimas, como cada vez que cuenta una historia de estas, retomando a Manu Chao. Lo último que se escuchó de la voz del morro de la ametralladora, según los vecinos, fue “somos la ley” y un chasquido de balas disparadas. Pero un día no llegó a su casa entero, concluye también Nicho. En este mundo todos saben casi todo lo que pasa, pero lo niegan porque lo que rige es la Omerta.

El dimorfismo sexual es otra característica de la raza. No son “ninis” estos niños. La mayoría de los kolombianos trabajan en chambas catalogadas como subempleos, de muy poca paga y peor situación social. En los bailes es donde se ve más claro este dimorfismo, cuando en círculos bailan lentamente los miembros de cada grupo con sus morras, con un impresionante número de códigos y placas que generalmente no impiden que los conciertos terminen en peleas grupales. Los hombres tienen peinados y ropas muy particulares que son su reivindicación social, su forma de existir ante el mundo; incluso tienen pasos como el del gavilán, en el que simulan estar esnifando pegamento para burlarse justamente de la visión que se tiene de ellos. “Somos gente muy orgullosa”, responde Nicho a este postulado. No es un estudioso del cholombianismo, es un miembro de la raza.

Porque antes que nada, Nicho es un vallenato, un enamorado de la música y de su gente con cierto poder de convocatoria entre estos grupos. En la segunda entrevista admite que tiene 5 hijos: Diego, Armando, Lorenzo, José Carlos y Rei, y que sólo 3 de ellos escuchan vallenato. También tiene una infinidad de nietos.

En Colombia, el fenómeno musical regio es visto con cautela y recelo, si no es que con agresividad y enojo, por los orgullosos habitantes de una región que no se reconocen en el mundo del vallenato regio colombiano. En las páginas de internet dedicadas al tema, los insultos vuelan: “Esos hijueputas no son de Colombia” y “¿Qué es esa mierda que no es vallenato?” son las respuestas más comunes de unos valientes internautas, ferozmente escondidos detrás de sus computadoras. Pero cuando se habla de Celso Piña, los discursos varían de repente y se vuelven homenaje en la boca de los críticos del país cafetero. Aparte de su origen musical común, estos dos mundos comparten una historia de violencia y vidas intensas similares, unos en las zonas de guerra del César colombiano y los otros en las colonias más difíciles de Monterrey, además de los varios referentes dedicados a plasmar en sus letras historias de todo tipo —hay mucho vallenato romántico, por ejemplo— de sus tierras respectivas.

En una ocasión, durante los bloqueos que invadieron las principales arterias e incomunicaron la ciudad de Monterrey durante casi tres días en febrero de 2009, Nicho recuerda que mientras grababa con su cámara de televisión, uno de los “tapados” que se manifestaba contra la entrada del ejército al lugar —se manejaron varias hipótesis en los medios en ese momento, entre otras la de que fuera un movimiento organizado por el poder narcotraficante de la ciudad o un movimiento social ligeramente empujado por algunos grupos de poder— levantó su máscara y llamó su atención-

Pssst, Nicho, soy yo. ¿Cómo estás?

¡Espérate! ¡Ponte tu máscara, no se me vayan a tirar encima tus patrones!

Nombre, no hay falla, aquí te cuidamos. Tú grábale, Nicho —le contestó el niño mientras se reintegraba con los otros manifestantes (amas de casa, niños, abuelos y adolescentes más que nada).

De algunos años a la fecha, el trabajo de reportero de televisión se ha vuelto algo riesgoso en Monterrey. De hecho, el jueves 24 de Marzo 2011 asesinaron al presentador del programa local El Club, de la cadena Televisa Monterrey, junto con un camarógrafo y otra persona. El caso fue polémico debido, entre otras cosas, a la narcomanta que dejaron los narcotraficantes en el lugar del crimen, presuntamente advirtiendo a los medios de comunicación para que no colaboraran con otros grupos del crimen organizado.

En otra ocasión, Nicho llegó con su equipo de grabación a una escena de crimen en la que acababan de matar a cuatro personas y se encontró con una madre en lágrimas sosteniendo un balón en sus manos; uno de los muertos era su hijo de 13 años. En el fondo de la casa sonaba un aire de Kaleth Morales en una radio que nadie apagó porque se encontraba detrás de la línea de precaución policiaca.

A inicio de los 90 comenzaron a sonar algunas canciones colombianas en Radio Alegría y el programa Antología Vallenata, de XEH-AM, y en 1996, Nicho abrió su columna intitulada “Aquí estamos”, en el periódico Metro; un año después sacó otra, “La raza del sol”, para El Sol. Él nació el 5 de Julio de 1963. Será lo último que nos diga sobre sí mismo, en la tercera entrevista. Como siempre, prefiere hablar de vallenato que de su vida, pero cuando comienza a contar la historia de la música en la ciudad, lo difícil es callarlo.

El ligero calor de quemadura que invade la yema de los dedos cuando rozan demasiado las cuernas de una guitarra, esa especie de picazón que el callo va opacando cuando sale la segunda capa de piel en unas manos demasiado acostumbradas a tocar el mismo aire, produce un calor ínfimo, una quemadura quirúrgica que molesta, pero es irrelevante en cuanto se escapan en orden las primeras notas de una canción de vallenato que cuenta la historia de toda una población. Porque ese es el propósito de esa música: es un vivero de historias y de memoria que los cholombianos de Monterrey han retomado a su manera y han disciplinado para contar su propia leyenda.

La vida siempre ha sido dura en estas tierras, y los aires que corren entre las casas de la Independencia o de la Risca que todavía se atreven a sacar las bocinas a la calle para corear a Los Diablitos a todo volumen no son sólo una escapatoria o una compensación para los hijos más pródigos de la violencia que se desató durante casi 5 años en Nuevo León. Son el reflejo de un modo de vida muy triste, lleno de excelente música. Son el placer simple y culposo que emana de una quemadura ínfima.

 

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  1. El grupo no son los diablos vallenatos sino Los Diablitos.

  2. No es la colonia la Purísima, sino zona de La Purísima, en la colonia centro.

  3. Nicho no era columnnista del Norte, sino colaborador del grupo reforma, del Sol, y del Metro.

     

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